Friday, July 15, 2016

AFORISMOS SÚBITOS

“Jamás el esfuerzo desoye la fortuna” se dice en La Celestina de Fernando de Rojas. Entonces nuestro esfuerzo no ha sido ni será suficiente para evitar el desastre. O quizá el desastre mismo es un premio que nos entrega la fortuna. *** Aquel hombre se marchita como funcionario ilegítimo a pesar del brillo del cargo, de la sinecura, de la hermosa oficina. ¿Habrá quien florezca en un lugar al cual no pertenece? *** Leo la más reciente novela de un escritor afamado. La misma historia que lleva años contando, cada vez peor escrita, con los clichés de siempre, los mismos estereotipos. Es un individuo triunfante que no necesita conocer los imperativos de la moral literaria: nadie escribe lo que no vive desde las entrañas, nadie expresa lo que no siente de verdad. Tal es la función del dolor, hacer a la conciencia. Este hombre no es consciente. El éxito es su enajenación. *** La zona templada del espíritu surge cuando se acepta aquello que la santa Catalina de Siena creyó haber escuchado de Dios: “Yo soy el que es, y tú la que no eres.” El yo, hipótesis inútil, se niega a considerar dicha negación, que siempre parte de un relámpago intuitivo: la identidad es una convención social necesaria pero no determinante, el verdadero nombre de la gente es nadie y su destino es ir a ninguna parte. Quien soporte esta revelación podrá saberlo: la persona es un postulado práctico, nada más. Por ello debe distinguirse entre el “yo empírico”, que ha de dominarse, y el “sí mismo”, que ha de buscarse en el interior de cada quien. *** Un místico islámico, Yunaid, afirmó que “Ser sufí es desasirse de toda preocupación, y la peor de todas es la del yo.” Por eso la sabiduría logra disolver el autoconcepto, ese dren de la energía emocional. Uno siempre es otro para los otros, así que da lo mismo toda evidencia, toda apariencia, toda afirmación. Saberlo es un descanso ontológico propio de héroes y dioses, superior. *** Todo lugar común fue realidad alguna vez. El abuso actual del término zen aplicado a cualquier cosa, desde espacios hasta productos, comportamientos, personas o indumentarias, proviene de una vinculación orgánica entre Oriente y Occidente, negada por el racionalismo pero determinante como las corrientes profundas del océano. Un autor enumera axiomas que le parecen actitudes zen. El exhorto a la unidad de Husserl: “hazte como cada ser.” La propuesta para “seguir la realidad en todas sus sinuosidades” de Bergson. La observación formulada por D. H. Lawrence: “pocos viven donde están.” La paradoja de Spinoza: “cuanto más sabemos de cosas particulares, más sabemos de Dios.” O la certeza de Sartre: “El destino del hombre está en sí mismo.” ¿Y qué es el zen? Hacer como el pez, que nada sin pensar en el agua, o como el pájaro, que vuela en el viento sin discurrir sobre él. *** Ahora la gente envejece sin hacerse mayor. La tercera edad se comporta como si fuera la primera: el pavor de terminar. *** Así como la filosofía occidental sólo es una serie de notas a pie de página sobre Platón y Aristóteles, la literatura moderna es una gravitación alrededor de Shakespeare, su astro rey. Macbeth en la oficina, Hamlet en el negocio, Ofelia en la casa u Otelo en la red: variaciones alrededor de quien anticipó el tiempo de la modernidad o tal vez lo construyó. De ahí que en ella haya tanta y tan intensa angustia de las influencias: el predecesor es insuperable y la lucha contra él, según diría el crítico, representa una agonística, un esfuerzo terminal. *** La edad avanza y deben replantearse las prioridades, como alcanzar la invisibilidad. Silencio, discreción, cautela. Quien se guarda observa, quien se exhibe no ve. *** “Háblame de Dios”, le pidió san Francisco a un almendro. En respuesta éste floreció. *** “Dame, Señor, piedad para mí mismo, y que mi obra te responda”, propuso Francisco Cervantes, aquel legendario poeta del gótico Hotel Cosmos. Era una plegaria “amigable”, como hoy se suele decir. Un posmoderno la deconstruyó: “Date, Señor, piedad para ti mismo, y que tu obra me responda.” Muchos opinaron que así quedó mejor. Fernando Solana Olivares

Wednesday, July 13, 2016

CONVICCIONES INESTABLES

Las certezas existen como una necesidad de la conciencia. Son indispensables para que la vida ocurra en cierto paisaje descrito con atributos positivos, el paisaje ideal. Así tiene que ser la vida, se dice uno, y establece un sistema de referencias ideales y distópicas, deseables y negativas, de cosas buenas y malas que componen el mundo. De acumulaciones y de pérdidas. Si el sentido común sentimental fuese verdadera sabiduría, es decir, una distancia inteligente ante el fenómeno sucedido, la norma de toda persona sería una ley termodinámica: nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. La superficie lisa permite transitar sin obstáculos. La superficie estriada detiene en donde uno está. Cuando pienso en el pasado veo un abrupto y descorazonador cambio de conciencia, de existencialidad. La confianza cultural del crepúsculo de la maquiladora de utopías ---en frase de Robert Valerio, el gran ensayista muerto--- se evaporó, como todo lo sólido se ha evaporado en estas últimas épocas. Desapareció un valor humano: la confianza en un cierto mañana, en un cierto sentido. El tiempo fue vampirizado y coaguló. Osho, un polémico gurú oriental actuante en Occidente, con quien el filósofo Peter Sloterdijk pasó largas temporadas, decía que los hombres han vivido mucho tiempo como lo hacen ahora, con violencia e inconscientemente, pero que puede ocurrir un salto cuántico crucial ---un salto evolutivo o la muerte en una tercera guerra mundial. Para ese salto evolutivo debe crearse un gran Budacampo, el campo donde puede posibilitarse el futuro. El gran mesías Budacampo, le llama Osho, menos un lugar o una persona que un manantial de conciencia compartida generado por muchos seres humanos que tienen en común la búsqueda individual de sí mismos. Sin iglesias, en el neo gnosticismo tardomoderno. Lo que acaba llamando con urgencia, contagiosa y colectiva, una Arca de Conciencia de Noé. Este hombre argumenta que cada cual ha de salvarse a sí mismo, que tal es la única posibilidad: “Basta y sobra con ser el centro de uno mismo. Luego la propia paz se vuelve contagiosa: el silencio empieza a diseminarse y atrapa los corazones de otras personas.” Sucede de una manera natural, dice, “no es uno mismo quien lo hace.” Silencio significa apartar todo el mobiliario de la mente: pensamientos, deseos, recuerdos, fantasías, sueños, todo. “Uno contempla la existencia directamente. Uno está en contacto con la existencia sin que nada se interponga”, escribe. Desde luego no es fácil pero lograrlo es menos difícil de lo que parece. Es otro más que propone desmontar, detener, paralizar la mente y liberarla para estar, nada más. Toda esta argumentación derivó hasta acá por accidente, pues yo buscaba una prevención dicha por una princesa vidente, Francesca de Billiante de Saboya: “Que el Señor conceda a mis nietos la gracia de la perseverancia en los duros tiempos que se avecinan.” ¿Qué debo pedir para los míos? La perseverancia ha de seguir siendo la virtud básica, el estar todos los días al pie del cañón. Hasta que se acaben los días. Y allí “hálleme agradecido, no asustado” la muerte, esa transformación. Volviendo al tema de antes, una tristeza individual y profunda se apoderó de la mente colectiva: la desconfianza del mañana, su impostulable enunciado. Las histerias de la sociedad del espectáculo no bastan para desplazar dicha tristeza y desasosiego. Los jainas le llaman a la época triste-triste. El inmediatismo que se impuso es una reacción atmosférica. Si no hay mañana, sólo hay hoy. Tal vez. Lo único estable es que nada lo es. Y si nada es cierto, entonces todo está permitido, como dice el nihilismo predominante. Complicada cuestión, gótica, terminal, de super héroes y últimas horas, de mundos catastróficos e industrias del espectáculo donde se cuentan sobrevivencias épicas, opciones humanas al límite: regresar del cosmos a la tierra, sobrevivir a un ataque despiadado y a peripecias extremas, resistir en un tiempo decadente y final. Perseverancia significa mantener firmeza y constancia en la ejecución de los propósitos y en las resoluciones del ánimo. Es la duración permanente o continua de una cosa. Tiene por sentido permanecer. Aun desde las células cancerígenas de la comida basura, esa fuerza malévola que azota este tiempo histórico, lleno de plagas y perturbaciones. Su fijación y confianza representa su valor mismo: funciona porque sucede y al revés. Volviendo al tema: las certezas son una necesidad de la conciencia. Fernando Solana Olivares

SUCEDIENDO COSAS

Cada tanto tiempo hay que escribir un responso por Oaxaca, la madrastra, cuando su nombre es Xashaca y se vuelve áspera y violenta. En sentido estricto nunca la conquistamos. Fue por degradación y no por derrota como los mestizos nos impusimos en esa tierra huérfana donde Dios vino a poner las montañas que le sobraron en la creación. Un pequeño paraíso compensado por la histórica desigualdad miserable, por las profundas cicatrices todavía no cerradas, por un caldero humano cuya cocción no se mezcla, sólo va subiendo de temperatura. La lista de problemas súbitos para el país es perturbadora: conflictos con los maestros en todos lados, radicalmente en el sureste; reclamos de empresarios y ciudadanos por la Ley 3de3; reclamos de los católicos por el matrimonio igualitario y en contra del aborto; protestas de médicos de 29 estados exigiendo que no se criminalice la práctica médica, que cese la violencia del crimen organizado contra los médicos y en apoyo a la CNTE; vendedores de autos usados de Ciudad Juárez bloqueadores de un puente internacional en protesta; la CNTE cierra la carretera costera que comunica Chiapas con Guatemala y multiplica sus bloqueos en varios puntos más de Oaxaca y el país. Hay brotes de violencia y ataques, de otras refriegas como la de los nueve muertos de Nochixtlán, todos del lado del pueblo, ninguno de las policías ---y en los sótanos dícese que fue una celada, una bienvenida de Ulises Ruiz para Alejandro Murat. Se ventilan reclamos, demandas y procesos contra los paquetes de impunidad que quieren dejar vigentes los corruptos gobiernos salientes. Una crisis económica se asoma en el horizonte, si se descuenta la caída del petróleo, la depreciación del peso, los efectos locales del brexit. “Ahora ---escribe en sus noticias desde el infierno un corresponsal de prosa veloz llamado Fuenteovejuna, todos y nadie--- el desgobernador exterminador pretende limpiarse la infamia aduciendo que, de los muertos, ninguno era maestro. La villa mártir por excelencia, Nochixtlán, está más furiosa que nunca: la invasión federal le costó seis vecinos. En Juchitán reina el descontrol, pues desde hace meses el narco se enseñoreaba en sus calles (en menos de una semana hubo dos matanzas de cuatro personas cada una, más varios asesinatos individuales) y ahora los rige la revuelta. El domingo por la mañana dos periodistas fueron asesinados mientras presenciaban el saqueo de una tienda. En Salina Cruz van a hacer presidente municipal a un implicado en el asesinato del cardenal Posadas con la increíble cantidad de 170 votos (no la diferencia de votos, sino el total que obtuvo en una ciudad de diez mil almas donde sólo sufragaron menos de mil personas). Así las cosas en la ‘reserva espiritual de México’.” Dicho lo anterior, breve parte informativo del llano en llamas nacional. Se incendia el país ---acaso la falta de oficio del atribulado e impopular presidente y de su sexenio terminado antes de acabar. También la terca realidad mexicana que hace mucho se jodió. Aquello que crónicamente puede entenderse como las puestas en escena de la crucifixión que el país hace de sí mismo de tanto en tanto según el tarot que Alejandro Jodorowski pudo obtener. La sociedad civil, acompañada por forenses de diversas instituciones, exhumó en Tetelcingo, Morelos, más de 100 cadáveres de dos fosas clandestinas creadas por el gobierno. “Ponía así al desnudo ---escribe Javier Sicilia--- las profundas complicidades del Estado con el crimen organizado y las desapariciones forzadas.” Para este protagonista social, un poeta lanzado a la pista de su vida con extraordinaria rapidez y violencia, la enfermedad nacional no tiene más remedio salvo una coalición nacional independiente que tome el poder en 2018, con un programa de gobierno centrado en la “aceptación clara y sin hacer trampas” de la enfermedad nacional y en una sólida propuesta de justicia y paz ciudadana. Suena a utopía bienaventurada. Pero si no es eso, qué. Como una tabla rasa para lo inmediato. Los ingleses jóvenes consideran perjudicado su futuro por la salida de la UE y una técnica sociológica emergente de estas horas propone platicar con un desconocido: todos somos responsables de la salud mental de todos, afirman los animadores de la práctica. Sillas vacías delante de gente sonriente y atenta que está dispuesta a escuchar a cualquiera durante unos minutos. La época descompuesta y la necesidad de hablar con alguien. Quizá no de ese tema. Sólo hablar con alguien. Fernando Solana Olivares

EL PROVEEDOR DE GERUNDIOS

Según consigna la monumental biografía de Richard Ellman, a partir del mes de abril de 1908 Joyce no había logrado escribir nada más que los tres primeros capítulos del Retrato del artista adolescente, su primera novela iniciada en Dublín tres años atrás. Ahora estaba en Trieste y no avanzaba. La acechante miseria y las estrecheces financieras, la maldición bíblica de tener que ganarse el pan, el nulo reconocimiento y los desdenes editoriales, todo eso impedía que pudiera continuar hasta ese memorable desenlace narrativo que sólo alcanzaría en 1914, seis años después: “Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.” Cuando más descorazonado se sentía, él que con frecuencia conoció ese sentimiento junto con la ciega confianza en su singular destino literario ---“el hombre entristecido que canta la alegría”---, uno de sus alumnos lo contrató para recibir clases particulares de inglés. Joyce las impartía en la escuela Scuola Berlitz, razón por la cual estaba en Trieste y no en otro lugar. El alumno era Ettore Schmitz y dirigía una exitosa empresa de pintura anticorrosiva que contaba con una sucursal en Londres. Para mejorar su inglés y facilitar la comunicación con aquella sucursal, Schmitz decidió emplear tres veces por semana al proveedor de gerundios (il mercante di gerundi), como llamaba a Joyce. A las clases, que se desarrollaban en la fábrica de pintura, también asistía como alumna Livia Veneziani, esposa del empresario. En una de las sesiones Joyce leyó a los dos alumnos su narración “Los muertos”. Ella quedó tan conmovida que salió a buscar un ramo de flores y se lo entregó a Joyce. Fue entonces, estimulado por los intereses literarios de Joyce, cuando Ettore Schmitz reveló su verdadera identidad, olvidada hasta ese encuentro con el escritor irlandés, diecinueve años menor que él y de quien después diría, en una descripción impuesta como tarea por el propio maestro, que era un hombre para el cual las cosas parecían comportarse como puntos de luz. Se trataba de Italo Svevo, un seudónimo escogido para indicar su doble origen, italiano y suevo, y también para aliviar la tristeza que le producía contemplar el aislamiento de la única vocal de su apellido rodeada de seis consonantes. Con ese nombre había publicado dos novelas, Una vida y Senilidad, que ni el público ni los críticos tomaron en cuenta. ---No hay unanimidad más perfecta que la unanimidad del silencio ---dijo Svevo con amargura a Joyce, quien así lo contó a su hermano Stanislaus---. La única conclusión a la que pude llegar era que no soy un escritor. Las novelas sorprendieron muy favorablemente a Joyce. Su suave ironía poco a poco sobrecogedora, su temática a la vez trivial y extraordinaria, la doble condición de sus caracteres: la crueldad, los subterfugios y los eternos engaños de uno mismo, lo llevaron a decirle que era un escritor subvalorado desde luego, pero que aún en medio de la unanimidad del silencio, y tal vez por eso, era sobre todo un escritor. Esa tarde los dos se olvidaron de comer y caminaron animadamente desde la fábrica hasta el centro de Trieste discutiendo con pasión sobre su literatura. Svevo volvió a escribir a partir de entonces y Joyce, quien después de leer sus obras le hizo llegar las suyas, entre ellas los tres capítulos del Retrato, también salió de la inercia creativa que lo paralizaba. Las opiniones de Svevo al respecto fueron decisivas para poner en movimiento de nuevo al genio irlandés, quien creía que un verdadero artista finge ser Lucifer pero en realidad era un equivalente de Cristo. Sin embargo, las dificultades no terminaron del todo para Joyce: su temperamento y las circunstancias le impidieron durante su vida verse libre de ellas. No había podido averiguar todavía quién era el santo patrono de los hombres de letras para recordarle que existía y necesitaba de su auxilio, pues el último que ocupara ese puesto había dimitido desesperado y desde entonces nadie quería cargar con la cartera, como dijo el propio Joyce en una sardónica carta. Quizá sólo pudo saberlo hasta la madrugada del 13 de enero de 1941, cuando a los 58 años de edad murió en Zurich después de una operación a la que al principio se había negado, entre otras razones por la preocupación sobre cómo se pagaría. Una fría mañana, dos días después, su cadáver fue conducido a un cementerio que está en una colina. Un tenor cantó “Addio terra, addio cielo”. Fernando Solana Olivares

DE INAPRENDIZAJES

Aquello que resulta imposible. Nadie da lo que no tiene, nadie aprende lo que no puede, nadie conoce lo que no comprende. Por eso solía decir Paul Válery que la experiencia no connota. Se refería a aquella incapacidad constitutiva de la gente y sus sistemas de pensamiento para entender los fenómenos que suceden como una fuente empírica de enseñanza y rectificación, quizá la única posibilidad existencial de cambio y metamorfosis que la vida ofrece. Y aunque el escritor no lo afirmó literalmente, en su frase está contenida la exigencia de la atención, factor esencial para alcanzar esa experiencia que sí connota y se convierte en un saber de la conciencia, pues la atención consiste no solamente en destruir el ensueño mental, las fugas imaginadas, raíces principales del mal humano según Simone Weil, sino también en mirar la circunstancia o el hecho acontecido desde puntos de vista múltiples: mirar es entonces rodear al objeto. Los que no entienden que no entienden. Varios comentaristas han hablado del “mensaje” que los votantes enviaron a las fuerzas políticas en las recientes elecciones intermedias. La mayoría de las interpretaciones coincide en una cuestión evidente: la ciudadanía castigó la escandalosa y degradante corrupción de la casta política que malgobierna y expolia al país. La precariedad bienintencionada del razonamiento, en todo caso, es definir como mensaje a un hecho político que para serlo requiere un emisor y un destinatario, pues de otra manera no llega a establecerse como tal. Todo mensaje significa una comunicación, un acto donde algo se vuelve común, en una acción significante mucho más amplia que el socorrido y limitado modismo mediático del “compartir”. Pero la terca realidad, su rutinaria repetición patológica, ha dejado en claro que las castas políticas y sus partidos franquicia, sus partidos corporativos y sectarios, sus partidos dinásticos y patrimoniales, están orgánicamente impedidos para percibir o escuchar, no se diga representar, a la ciudadanía. Su cínico e impúdico autismo cancela toda posibilidad auténtica y objetiva para recibir cualquier mensaje electoral, sobre todo aquel que afecte su ontológica razón de ser. ¿Cuál? Sus intereses. Aunque esto suene tan generalizador y reductivo como efectivamente es, aunque tal sordera crónica signifique a corto y mediano plazo su propia afectación. La enajenación del principio de realidad, base operativa de la locura, es el inhóspito osario de la historia: The March of Folly le llama la historiadora Bárbara Tuchman a dicha insensatez autodestructiva. Así que con la pena casándrica y la negatividad del caso, pero la casta política mexicana y sus carteles electorales, legislativos y gubernamentales no entienden que no entienden cuál es el auténtico estado de las cosas. Son como el capitalismo terminal del que forman parte: incapaces de oír a los otros, incapaces de autocorrección. El dios malévolo. Sólo faltó que utilizaran el atroz crimen de odio homofóbico y terrorista perpetrado en una discoteca gay de Orlando, como sí lo hizo un político texano bíblico que luego se desdijo, o un criminal funcionario público de Jalisco que en la red social publicó un espeluznante comentario: “Lástima que fueron 50 y no 100”. Después de su cese fulminante escribió: “Perdón. Simplemente no concuerdo con la ideología (sic) gay.” No lo dicen pero lo implican: fue un castigo de dios. Un dios no solamente cruel sino también estúpidamente humano, presa de filias y fobias, dipsómano de una moral farisea. Un obsesivo maniático más que una divinidad. La matriz homofóbica de Occidente proviene de dos de los credos del tronco monoteísta abrahámico: el judaísmo y el Islam. No hay ninguna mención al respecto en el Jesús evangélico, cuyo amor compasivo fue adulterado por el dogmático engendro judeocristiano que la Iglesia construyó. Decir “Dios está conmigo y contra ti” es una blasfemia, clama el teólogo Zubiri. Pero la casta clerical mexicana, una variante igual de envilecida que la casta política de la que forma parte, afirma que los electores castigaron al PRI por la “imposición” presidencial de la iniciativa sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. No denuncian la corrupción crónica porque ellos mismos están uncidos a “los carros de los faraones”, como Francisco recién les recordó. Tampoco hablan del crimen y del Estado criminal, de las desapariciones forzadas, de la anticristiana violación de los derechos humanos. Que se queden entonces con su mezquino dios. Fernando Solana Olivares

LAS INSTITUCIONES VENALES

Además de estúpidas. Un desplegado de la Asociación Prodefensa de la Medicina y Cultura Indígena, A. C. dirigido a Enrique Peña Nieto (Proceso 29/V/16) reclama que su gobierno, al tiempo que pretende legalizar el uso farmacológico y terapéutico de la mariguana, está preparando la publicación de un Acuerdo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, órgano dependiente de la Secretaría de Salud, mediante el cual quedarían prohibidas más de doscientas plantas que han sido parte ancestral de la medicina tradicional y de la cultura indígena: cola de caballo, hierba del sapo, equinácea, pasiflora, boldo, tila, fenogreco, valeriana, árnica, ajenjo, anís estrella, y muchas otras que la protesta de la APROMECI no menciona. Las autoridades sanitarias no cuentan, según ellas mismas han manifestado en diversas ocasiones a los quejosos, con personal certificado o especializado en materia de herbolaria, porque de contar con él seguramente no podrían atreverse al despropósito de su prohibición. Su tentativa infundada y unilateral ---anticientífica, en una palabra--- obedece no sólo al cretinismo burocrático sino sobre todo a los intereses de la industria químico-farmacéutica, la cual en su insaciable voracidad capitalista pretende ahora capturar aquellos segmentos curativos y terapéuticos que no están aún bajo su dominio hegemónico. No tanto por lo que representan comercialmente ahora, sin duda por el potencial que contienen, pero sobre todo porque la confiscación de las plantas y su privatización forman parte de la doctrina del shock económico neoliberal cuya agenda ha diseñado múltiples lógicas de intervención del capitalismo financiero global dominado por la ansiosa compulsión del cortoplacismo y la patológica usura de la máxima rentabilidad. Para ello utiliza a las instituciones gubernamentales encargadas de las desregulaciones (o de las sobreregulaciones) legales que favorecen los intereses de las entidades supranacionales, instituciones responsables también de los desmantelamientos y despojos civilizacionales perpetrados en las privatizaciones, así como de la disminución del gasto público sobre obligaciones sociales antes sustantivas de los Estados nacionales. Algo parecido a lo que ahora intenta lograrse contra las plantas medicinales ocurrió con el cannabis cuando a principios de 1930 Harry J. Aslinger, comisario de narcóticos estadounidense de entonces, produjo una histeria pública contra esa sustancia. Terence McKenna señala que Aslinger pudo haber actuado al servicio de las compañías químicas y petroquímicas interesadas en eliminar el cáñamo como competidor en las áreas de lubricantes, comida, plásticos y fibras. Auxiliado por la prensa amarillista, Aslinger logró caracterizar el cannabis, llamado insistentemente “marijuana” para vincularlo a un subproletariado moreno y latino del que había que desconfiar, como “la hierba de la muerte”. La ciencia nunca detalló sus objeciones al uso de esa sustancia. Y una vez más los fondos gubernamentales para la investigación hicieron cierto aquello de que “el César sólo debe oír lo que place al César”. O el capital lo que place al capital. Así avanza entre nosotros esta política orwelliana del pensamiento único y el saber confiscado que ha logrado ocultar o pervertir amplias zonas de la realidad, entre otras las del reino vegetal y su alianza cognitiva con la especie humana. Entonces la burocracia corrupta decide súbitamente que las plantas milenarias de la farmacopea son un riesgo para la salud del cual ella nos debe proteger. De la heroica guerra contra las drogas a la intrépida guerra contra la herbolaria indígena. Su irracionalidad reside en el hecho de ser producto de una voluntad particular, la del capitalismo y sus intereses, y no de una voluntad general, mancomunada, libre y consciente de sí misma. La monocultura del saber impuesta por el neoliberalismo terminal cancela la ecología de saberes múltiples propia de lo humano, las plantas medicinales entre ellos. Y los recortes de realidad que produce, recortes del pensamiento, deben ser aceptados. A ver quién diablos les hace caso. Cada vez más se vuelve demasiado. Habrá un día cuando los durmientes mexicanos despertemos contra este sistema político autista, contrario al interés colectivo, al bien común. Entre tanto surgen nuevos negocios para los emprendedores: la prima de riesgo de la prohibición. “¿Tiene anís estrella? ¿A cómo el carrujo?” Fernando Solana Olivares

TARDE DE VÍSPERAS

Para Laura. La intensidad de aquella tarde era de otro orden y el conferencista prefirió darle el nombre de tensión. Hablaba ante un público indiferente, como si fuera una ocasión donde algo tiene que decirse porque algo tiene que oírse y ninguna de las dos acciones importa gran cosa. De pronto, en un giro cuya sutileza pasó inadvertida aunque no así sus consecuencias, el conferencista dejó de ser lo que era y se convirtió en lo que podría ser. Hizo a un lado los apuntes que venía consultando con morosa torpeza y su verbo se tornó magnético y hasta brillante, lleno de fuerza y precisión. Quizá entonces fue que algo comenzó a hablar a través suyo, pues más tarde, cuando se le preguntó sobre el tema de su plática, dijo no saberlo bien. Hubo entre el público quien después creyera que esa tarde una extraña operación se había cumplido: el habla nos habla, como diría el filósofo terminal; otra forma de enunciar que somos amanuenses de un espíritu que se manifiesta como lenguaje. Entre las cosas que el hombre dijo, cuyos rasgos generales quedarán en la memoria de los oyentes dispersos en fragmentos y girones porque el recuerdo humano no suma sino resta, no acumula sino desagrega, confesó ser culpable con las golondrinas. No con todas, precisó, sino solamente con aquellas que porfiaban en hacer sus nidos encima de la puerta de su casa. Fue cuando habló de Nuestra Señora de las Golondrinas y contó la historia de una mujer cautiva y torturada que sería sustraída de sus crueles verdugos por una parvada luminosa de esas aves quienes azules como acero y ligeras como el viento la transportaron al cielo. “Soy narrado, soy narrador, soy narrativa. Espacio-mezcla: una aleación. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Tropo fantástico: el lugar donde siempre llueve. La afirmación que vuelve eterno (fantástico) aquello que se dice”. Para esas alturas de la charla, soliloquio, conferencia o lo que fuera, el sentido de lo dicho había estallado. El público parecía electrizado y el orador también. Un efecto visual contribuyó a tal clima portentoso aunque discreto, tan común y corriente como excepcional. “¿Ustedes creen en fantasmas?”, preguntó el hombre a la absorta audiencia. “Yo tampoco”, contestó sin esperar la respuesta. Y desapareció. Acaso fue un juego de sombras inesperado o tal vez un súbito deslumbramiento producido por el crepúsculo que afuera de la sala de conferencias ya tendía su manto impenetrable, pero la desaparición causó una exclamación de sorpresa entre los asistentes, la cual quedó sofocada cuando las luces de la sala fueron prendidas y vieron que el conferenciante seguía allí. Varios asistentes salieron persuadidos de que aquello había ocurrido, que un portal de múltiples dimensiones había guiñado el ojo. El hombre no supo explicar a continuación, mientras el asombro era entre la audiencia, si las hadas más favorables pulularon alrededor de su cuna, pero enumeró algunos de sus defectos como involuntarias virtudes: “Sagrado descontento”, afirmó. Y luego citó a un poeta, Cristóbal Plantin, si el relator de esa tarde lo anotó bien: “Tener un hogar limpio, de gustos bien sencillos, / un huerto que dé frutos y un pequeño vergel; / buen vino, poco lujo, unos cuantos hijos, / y en silencio y a solas, una mujer fiel. / Ni deudas, ni amoríos, ni tratos con los pillos, / nada que repartir en timbrado papel; / contentarse con poco, no ambicionar los brillos, / y llevar con donaire la espina y el laurel. / Vivir abiertamente, sin ambición bastarda, / cumplir sin reticencias la propia obligación, / refrenar las pasiones hasta rendirlas todas, / tener libre el espíritu y el pensamiento fuerte, / y alentando una fe que circunde la sien, / esperar en casa, sin temores, la muerte fiel.” El hombre quedó en silencio, como si estuviera vacío pero también pleno. Ninguno de los asistentes aplaudió y fueron saliendo de la sala en un noble silencio. Al encontrarse con la noche se dispersaron. Quizá un tímido sentimiento se había radicado: el mundo y su prodigiosa arquitectura, su inabarcable condición. Del conferencista algo se supo después, cuando mencionó que no sabía de qué había hablado ni quería saber. Nadie más volvió a escucharlo. Así de despropositada es la cosa: el juego nos juega, la vida nos vive, el habla nos habla, la muerte nos mata. Fernando Solana Olivares

LA REGIÓN ERRABUNDA

Empleando aquellos “métodos indirectos” propuestos por Kierkegaard ---traducción, exégesis, comentarios aforísticos, notas de lectura, reflexiones fragmentarias, citas ajenas vueltas propias, un género ensayístico en sí mismo conocido antiguamente como “centón”, que sigue practicándose pero ahora sin comillas y en general sin aludir a las fuentes de donde provienen los decires de tantos---, Giorgio Colli levantó una catedral de pensamiento propio sumergida o camuflada, como le llama Eugenio Trías, a partir del trato con otros filósofos y poetas: los presocráticos, los griegos, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Goethe, Hölderlin, etcétera. Como algunos, siempre los menos, Colli se dispuso a reconsiderar nuestro presente volviendo a mirar el pasado, aquel origen griego milenario cuando se fundaron las formas culturales que derivarían en la modernidad y su excrecencia última, la posmodernidad. No otra cosa es lo que hemos llamado originalidad: volver al origen. En su obra póstuma El libro de nuestra crisis (una selección en español de La ragione errabonda), Colli recupera el problema de la grandeza de ánimo humana para situarla a la manera de la definición aristotélica: no estar dispuestos a sufrir (o a tolerar, como también tradujo) la arrogancia del prójimo. Tal actitud debe entenderse sobre todo como una conducta interior. La paradójica expresión de esa conducta es aquella norma taoísta de ceder para permanecer intacto, aunque dicha cesión parezca implicar la aceptación de lo que se rechaza. Dice Colli que esa arrogancia ---una expansión violenta del otro, incluidos el Estado o el poder--- ha de contrarrestarse mediante el control que la grandeza ejerce sobre la violencia personal, la cual entonces no se emplea en forma irreflexiva y homicida sino replegando la propia potencia en sí misma, haciéndola contenida y silenciosa. Hay ecos aquí de la ética budista que enseña el autocontrol, el autodominio, la autoprotección como únicos medios capaces de proteger a los demás de uno mismo. Aunque esta virtud corre el riesgo de “colorearse” de renuncia, Colli menciona otra definición aristotélica de la grandeza: el permanecer indiferente a la buena o mala fortuna. Esa indiferencia, sin embargo, no es una parálisis, ni siquiera un desánimo, sino principalmente una sabia distancia íntima ante lo episódico y relativo del existir. Nunca como ahora, dada la creciente oscuridad de nuestra época, su tono terminal y catastrófico, sus límites conceptuales y su crisis civilizacional, parece convertirse en necesaria esa indiferencia ante lo inmediato como un ánimo vital determinante para la voluntad humana, y aun para la comprensión de lo que ocurre. Empero, tampoco debiera significar un nihilismo, como el hoy absolutamente predominante, sino una doble operación cognitiva definida por los textos hindúes según el legendario consejo de Shiva a Arjuna en el Bhagavad Gita: combate como si el combate tuviera sentido, vive como si la vida tuviera sentido. En ese “como si” queda radicada la verdadera sabiduría: el mundo es y no es, está y no está, pero es desde él mismo en su dualidad donde surge la manifestación de una verdad trascendente, contingente y no. El gran teatro del mundo debe entonces asumirse como inevitable/evitable, necesario/inútil, y sin conocer ni el sentido general del drama dentro del cual cada quien desempeña un papel, ni las acciones previstas para nuestro personaje, la única salvación posible es alzarse por encima de ello. ¿De qué manera? Cumpliendo el papel lo mejor posible, sabiendo que es circunstancial, episódico y temporal. No lo dice así Giorgio Colli pero lo implica: no vivimos la vida, la vida nos vive. Y escribe que la grandeza reconduce el sujeto al interior del individuo. “No al sujeto del conocimiento, o no sólo a éste, sino al fulcro interior de la vida.” Ese punto de apoyo queda situado no afuera sino profundamente adentro del ser. En esta convicción reside otra manera de entender el lógos griego, ya no como aquel concepto moderno e ilustrado de “razón” característico del pensamiento occidental, hoy en crisis terminal, sino a un modelo estoico, participante y no excluyente, que deberá abordarse en artículos posteriores. La verdadera filosofía, propondrá Colli, consiste en eliminar toda perspectiva histórica: el ser humano, con todas sus mutaciones y desastres, no es más que una apariencia de lo inmutable. Fernando Solana Olivares