Friday, January 21, 2011

NÚMEROS LOCOS.

Estamos haciendo un sótano y adentro de él apareció otro. El sótano del sótano. Platicamos si es un símbolo del símbolo y coincidimos que sí. Yo le comenté a ella:

—No soy de esta época. O pertenezco al pasado o soy miembro del futuro.

Por estos días he sido atacado por los burocrati, hijos tontos de los iluminati y hermanos pendejos de los numerati. Primero me alcanzó una reconvención del departamento de quejas del lugar donde trabajo. Fue como en El proceso. El documento llegó a más de cien kilómetros de mi oficina y quedó en manos de un nervioso funcionario que telefónicamente me urgió para ir a recogerlo en ese momento o bien ofreció llevármelo él, tratándose de algo que según su actitud parecía grave, tal vez irreparable.

Le pedí que abriera el sobre y me leyera el texto pero se negó invocando reglas, procedimientos y métodos, eso le causaba una desprogramación de algo tan misterioso como el texto mismo, que tuve en mi poder 72 horas después, luego de ir por él: un fárrago escrito en jerga seudojurídica donde se me reprochaba no haber presentado mi declaración patrimonial de 2008, amagándome con artículos reglamentarios e incisos legales bien preocupantes para mi paranoia crónica: ¿estoy vivo o muerto?, ¿soy de esta época o no?, ¿conservaré el trabajo o no?

La razón de dicha irresponsable omisión responde a otra grave falta que delante de las autoridades respectivas me apresuro a confesar, rogándoles tomen en cuenta mi buena disposición y aligeren el castigo que merezco: no tengo firma electrónica, así que la entidad vigilante de mi enriquecimiento inexplicable no recibió mi declaración el año pasado como lo hizo el anterior. Y tampoco poseo, pues fui uno más de los siete millones de colgados ciudadanos que no la tramitaron en el plazo adecuado, credencial de elector. Es decir, cuasi no existo.

Así que intenté renovarla, pues la actual data de hace dieciséis años y está llena de recuerdos que sólo a mí importan, no sirve ya como identificación. Mientras hacía cola para tomar la hebra del enredo burocrático-ontológico-laboral-hacendario-penal en que me encontraba, me acordé de un viejo conocido en el sindicalismo universitario, Leonardo Valdez, quien había llegado hasta donde ninguna apuesta entonces se hubiera jugado en su favor: presidir el organismo que ahora me daría una identificación electoral. Necesaria, desde luego, para obtener la firma electrónica, el sistema burocrático vincula un trámite con otro a la manera de una telaraña densificada.

Entendí instantáneamente por qué estaba discutiendo lo que discutía con la amable pero cortante jovencita que dirigía la unidad:

—¿Cómo puede valer para ustedes más un recibo de gas o televisión por cable que una constancia municipal de domicilio?

—Son las normas del Comité de Vigilancia del IFE.

La salida al asunto fue llevarles dos testigos de mi dirección: mi mujer y una amable amiga. Pude hacer la cita por internet, todo fluyó como si la mañana estuviese hecha de entendimientos, y ellos afirman que me expedirán una nueva credencial en una fecha cercana, la cual espero con impaciencia y zozobra, tanto para reducir mi aversión a los papeles, los trámites, las identificaciones, como para salvar mi abusiva desconfianza en una institución dirigida por el antiguo conocido: ustedes los de entonces siguen siendo los mismos, abusiva desconfianza por reducir todo un muy caro engranaje institucional a una sola persona. Pero juro que tiene lógica: debí comprarle a Z Gas un contrato de suministro donde apareciera mi dirección, en lugar de acudir a la célula política esencial de la República mexicana, el municipio, para que hiciera constar mi condición de avecindado en la zona, no bajo la presidencia de aquella persona que hace años conocí.

Descubrimos un sótano en el sótano y creemos que algo significa. Bastará quizá para el próximo movimiento: una línea diagonal de peones defensivos, o sea, ir hasta otra ciudad, ya que aquí tampoco se expide, a obtener la firma electrónica, y al mismo tiempo aclararle al departamento de quejas que confunde el año de la declaración omitida y que entonces habrá por ahí algún recurso reglamentario con incisos que le permita al imputado salvarse en esta ocasión de perderlo todo, y además promete participar en el estado burocrático presente sin volver a creerse habitante del pasado, del futuro o del más allá. Promete no volver a decir que uno no debe querer ser algo cuando se es alguien, pues acepta que alguien ya no existe y promete, de nuevo, que jamás lo volverá a hacer. La oficina de quejas será testigo de su rehabilitación intachable: tarde que temprano tendrá todos los importantes papeles, declaraciones y anexos que deba tener, presentar, tramitar y/o gestionar, junto con los que se vayan acumulando anualizadamente pues la administración pública avanza y progresa, se posiciona y se eficientiza: véase a sus finísimos encargados.

Los números locos no cuadran. El tiempo vuela. Ya estoy viejo como para decir mentiras y también para no tener todos los papeles oficiales —ontológicos—identificativos que la época demanda. De lo contrario, mi funeral será irrealizable. Es perturbador darse cuenta que el último trámite personal ya no lo hará uno mismo. Quién sabe: los designios de la burocracia son inescrutables. Acaso muy pronto se podrá gestionar personalmente el acta de defunción. A ello me abocaré si me la exigen. Aspiro a dejar todos mis papeles en orden.

Fernando Solana Olivares.

1 Comments:

Blogger Luz said...

TRAMITES INNECESARIOS... LOS CAPRICHOS DE LA BUROCRACIA:
PAPELES, PAPELES, PAPELES...
BUEN PUNTO.
SALUDOS!

11:22 AM  

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