Friday, August 18, 2017

DOS DEMENTES, UN PAÍS

El autócrata y supremacista Trump, un troll de Twitter aposentado en la Casa Blanca, cuya madurez emocional no alcanza la de un niño colérico de doce años, dueño de una gran fortuna y una profunda ignorancia gringa, habituado a satisfacer todos sus caprichos y conseguir sus fines cuesten lo que cuesten sin ningún escrúpulo moral. El esperpéntico y limitado chofer de Chávez, Nicolás Maduro, tan demagógico como su mentor y aún más antidemocrático, incapaz de autocrítica alguna o negociación sensata, dispuesto a bañar en sangre su país con tal de no perder su putrefacto y cada vez más frágil poder. Un diseño imperial de desestabilización geopolítica reconocido desde hace muchos años en documentos y declaraciones que han pasado desapercibidos para la amnesia inducida mediante el lavado de cerebro de las grandes mayorías contemporáneas, pero que puntualmente advierten de los mecanismos destructivos que uno a uno, como si fueran amargas profecías, van sucediéndose sin interrupción. Afganistán, la guerra de Irak y la caída de Saddam Hussein, antes aliado de Estados Unidos ---con el cual, una vez más, tanto el gobierno de entonces como las grandes cadenas televisivas y los “respetables” medios como The New York Times y Washington Post, paladines de la libertad de expresión ante el autoritarismo informativo del gobierno de Trump, recurrieron a las fake news y a la posverdad tan escandalizantes hoy en día, para convencer a la opinión pública de la moralidad y justicia de sus fines---. Después seguirían Siria, Libia, y a continuación Venezuela, países petroleros que representan piezas sacrificables en el ajedrez nihilista del dominio imperial, integrados por “poblaciones prescindibles” que el horror económico del neoliberalismo ha condenado sin piedad. La época de turbulencia a la que el mundo ingresó después de la Segunda Guerra ha sido fomentada por un imperio desestabilizador y adicto a la guerra, matón a sueldo del mundo y autoproclamado guardián de la democracia, cuya política exterior es la devastación de los países en desarrollo, el saqueo de sus recursos naturales, el derrocamiento de sus proyectos autónomos y liberales, la extinción de la soberanía de sus estados nacionales, la proliferación de las drogas en ellos, la enajenación mediática y consumista de sus sociedades y la captura política de sus élites. En breve, aquella distopía orwelliana donde la guerra es paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es fuerza. Siria es un arrasado y brutal territorio de batalla con cientos de miles de muertos y desplazados que ha dado lugar a todo el infierno contemporáneo: la crisis europea de los refugiados, el surgimiento de los populismos nacionalistas de derecha, la salvaje irrupción del Estado Islámico y la proliferación del terrorismo islámico por todo el planeta. A partir de 2003 ese país apareció insistentemente en los discursos oficiales norteamericanos y el régimen de al-Assad fue descrito como “peor que el de Hussein”. Libia, después de la cacería y sodomización del estrambótico y dictatorial líder Kadafi, se ha convertido en el mayor mercado de esclavos del mundo. Irak está irremediablemente balcanizado y la incertidumbre bélica alcanza a la península coreana, crispa a China, amaga a Irán y pone a la expectativa a Rusia. Hoy es Maduro el enemigo designado, el tirano que en nombre de la democracia tutelada por el imperio debe ser depuesto así sea mediante una intervención militar. El gobierno proconsular de México, su mediocre y acobardado presidente junto con el vergonzoso aprendiz de canciller que no aprende nada, aquellos que relanzaron la candidatura de Trump, habrán favorecido este escalamiento bélico al convertir el asunto venezolano en una maniobra de distracción doméstica sobre la corrupción imparable, la violación crónica de los derechos humanos y la criminalización creciente del Estado, así como en un mensaje subliminal hasta ahora ---después será descarnado y directo--- contra la némesis peñanietista que significa López Obrador. La ominosa presidencia del autócrata requiere una guerra para legitimarse, afianzar su poder y hacer negocios; el complejo militar industrial y financiero que desde mediados del siglo pasado domina al mundo y gobierna Estados Unidos también. Dos dementes y en medio otro país a ser crucificado. Como diría el ensayista Pankaj Mishra, asumamos el pensamiento apocalíptico y démonos cuenta que todo esto nos conduce inexorablemente al final. Fernando Solana Olivares

Friday, August 11, 2017

ACERCA DE LO REAL

La insensata observación de Hegel: “Todo lo real es racional, todo lo racional es real”, justifica eso que va ocurriendo aceleradamente: un sistema global de pensamiento único que se considera natural cuando es un artificio inducido, una construcción oligárquica, un proyecto de interés privado y transnacional impuesto mediante la extendida práctica contemporánea de la sobresocialización. Es tan triste como alentador saber que ya lo sabíamos, o cuando menos que las antenas de la raza (escritores, artistas, pensadores, científicos e intelectuales) ya lo habían advertido. En la raíz de la batalla por las ideas existe un diseño conservador y excluyente cuyas huellas son obvias. Los engaños de la sociedad del espectáculo y el aprendizaje social globalizado incluyen la desacreditación de cualquier teoría de la conspiración, de cualquier “visión policiaca” o “causalidad diabólica” que sugiera la existencia de fuerzas ocultas cuyos designios conducen la historia humana. Sin embargo, la sociedad tardomoderna es una formidable empresa de sugestión que ha producido la mentalidad actual. Fabricándola de tal manera que se vea obligada a desconocer la existencia o la mera posibilidad de haber sido fabricada. Éste impedimento es el mayor secreto de todos. El último episodio de la batalla por las ideas empezó en la década de los años setenta del siglo pasado cuando la contracultura liberal dominaba el escenario público y mediático ante el sangriento fracaso de la guerra de Vietnam, la corrupción política y los masivamente rechazados valores del sistema capitalista. Fanáticos religiosos, ideólogos de derecha, financieros y hombres de negocios se comprometieron en un esfuerzo a largo plazo, una “larga marcha” que duraría treinta años hasta capturar el Estado y moldear la mentalidad común. Influyentes y ricas fundaciones ultraconservadoras se empeñaron desde entonces en contrarrestar, a través del dominio de los medios masivos de comunicación y el control de la mentalidad común, la crítica que veían surgir desde los campus universitarios y el pensamiento de izquierda. Sobrevendría el “fin de la historia” proclamado por uno de los tantos intelectuales orgánicos de esa revolución conservadora, que a partir de 2001 alcanzaría la hegemonía planetaria como si hubiera sido un hecho espontáneo, natural y benéfico para toda la humanidad. Los mensajes de la ultraderecha han sido cuidadosamente diseñados y difundidos gracias a avanzadas técnicas de marketing, relaciones políticas y gestión pública que insistentemente, como observa Eric Laurent, se repiten hasta ser asumidas como propias por las mayorías. Desde la negación de la existencia del bien común para reemplazarlo por la disolvente noción del interés individual, hasta la afirmación tajante de que los sistemas de seguridad social, los derechos laborales o las escuelas públicas ya no funcionan porque frenan la “competitividad”. Desde la abolición de las obligaciones históricas de los Estados nacionales y sus soberanías hasta la interesada exacerbación del crimen y la inestabilidad colectiva, los mensajes se inoculan en la conciencia de la gente desde múltiples medios simultáneos. Esta sobresocialización responde a la técnica llamada Mighty Wurlitzer por la CIA: propaganda incansablemente pertinaz para que se considere como la verdad. Un estudio de la organización People for the American Way citado por Laurent dice que “el resultado de esta estrategia invisible en extremo es una amplificación extraordinaria de los puntos de vista de la derecha sobre una gran variedad de temas”. A partir de entonces lo real, así fuera manipulado, nihilista y destructivo como suele volver el neoliberalismo lo que toca, se volvería incuestionablemente racional. Tienen razón porque han vencido. Han vencido porque tienen razón. La filosofía de la victoria se torna así una creencia sacramentada, devocional. La historia enseña, sin embargo, que las derrotas sobrevienen cuando las élites suponen que han dominado para siempre la existencia de los demás. Cuéntese a la naturaleza en esa falsa nómina del éxito contra el fracaso. Cuéntese aquello que es infra y supra racional: los campos mórficos o un cosmos que no obedece a ninguna linealidad, las insondables profundidades de la conciencia humana o los espacios semánticos, los horizontes metafísicos que no sabemos todavía nombrar. Toda acción de resistencia es un paso lateral. Fernando Solana Olivares

Friday, August 04, 2017

LA CASA DE PLUTÓN

La propuesta fue asumida como una extravagancia más entre tantas otras que sin cesar surgían durante aquella mutación sangrienta. Y aunque siglos después unos cuantos la advertirán como un símbolo del mundo que entonces comenzaría, en ese momento sirvió para salvar la cabeza de Jean-Jacques Lequeu, arquitecto. Llevaba varios años en París, donde había llegado antes del estallido revolucionario gracias a una beca que la destreza adquirida en el taller de ebanistería familiar y luego en la academia local de su pueblo le hizo merecer. Su fama profesional lo volvía sospechoso ante el Comité de Salud Pública, así sus obras expresaran una irreverente sublevación contra la moral de la Iglesia y el falso pudor del ancient regimen, casi tan revolucionaria como las frondas de aquellos años terribles. Nadie hasta entonces se había atrevido a utilizar partes íntimas femeninas en el diseño arquitectónico, ni había ideado una “arquitectura parlante” que mostrara el uso de cada edificio a través de su aspecto. La tarde era tan desvaída y glacial como la ascética oficina donde el temido Robespierre conducía con puño de hierro las impetuosas riendas del momento histórico. Con un pavor que le costaba dominar, Lequeu se encontró ante un hombre esbelto, de estatura regular y limpias facciones, que lucía una peluca blanca y el rostro empolvado. Un grave contraste con el gorro frigio de Lequeu, demagógico atuendo a la moda según el otro pensaba. Con gesto adusto lo invitó a desplegar sobre una atiborrada mesa los planos que traía consigo. Lequeu le mostró primero el proyecto de la Puerta de París. La descomunal escultura de la diosa de la Razón que coronaba el triunfal arco propuesto no mereció ningún comentario. Tampoco el segundo proyecto que el arquitecto le mostró, la Entrada a la casa de Plutón. Robespierre, como consignaría un biógrafo fascinado, no tenía modelos. Operaba en una terra incognita y todo debía improvisarlo: ideología, acción, táctica, y aun el tiempo, tan inconstante. De ahí su insaciable prisa. Alguna vez expresaría que “el reinado del pueblo es de un día; el de los tiranos abarca la totalidad de los siglos”. Por eso el día revolucionario debía durar lo suficiente para volverse una época y contener un futuro. Acaso el silencio del Incorruptible sosegó esa tarde a Lequeu, arquitecto tachado de perverso y pornógrafo por las buenas conciencias. La historia consigna que terminaría sus días muchos años después, trabajando como un oscuro burócrata y muriendo de viejo en el burdel donde vivía. Robespierre, en cambio, sería devorado por la revolución y su cabeza segada por la guillotina. Ni la puerta a la ciudad ni a la casa de las potencias infernales se construirían jamás. Pero bastaban sus símbolos ---paradigmas de la significación y posibilitadores de que las cosas sean, puentes entre el existir y el Ser, elementos atemporales y supraconceptuales--- para preludiar la imagen invertida del inferus privador que en adelante someterá a sus mediadores, a los seres humanos invocantes. Entre el revolucionario y el esteta habían abierto un portal sellado. El del infierno en la tierra, ese lugar donde la tradición rabínica afirma que hay un cuarto con una gran mesa redonda en cuyo centro reposa una enorme cacerola con un guiso delicioso, que las famélicas y desesperadas personas a su alrededor, provistas con cucharas de mangos mucho más largos que sus brazos, no pueden llevar a sus bocas. (El cielo, por cierto, es un lugar exactamente idéntico, pero en el cual sus alegres moradores, saludables y satisfechos, han aprendido a alimentarse los unos a los otros). En un hilo continuo que proviene desde el pensamiento griego en el año 500 a. C. hasta el siglo diecisiete inclusive, el tema constante de Occidente había sido la concepción integral de la naturaleza, y el campo semántico inagotable llamado Dios y el Cielo en el cual residía significaban, simbólica y prácticamente, el patrón orgánico que conectaba al Cosmos con el hombre. Al volverse objeto de su voluntad humana, la biósfera y los seres humanos se transformaron en materia inerte, en naturaleza externa susceptible de ser explotada. Aquella propuesta demencial concluyó el primer acto de un proceso que crecería hasta el predominio de los dioses sicóticos invocados a la superficie. De ahí que haya que vivir el tiempo ---incluso hoy en día--- de otra manera. Sobre todo hoy en día, dirá la lucidez. Fernando Solana Olivares

Friday, July 28, 2017

FAUSTO EN AGONÍA / y II

Y los tiempos cambiaron, pero no en el sentido anhelado por las utopías. Los signos de dicha mutación son abundantes. Desde la supresión de la ventana (o su reducción) y el carácter de prisiones monumentales que cobra la arquitectura de fines del siglo XVIII y principios del XIX, hasta llegar al estilo colmena o columbario ---“netamente animal”--- propio de los hacinamientos actuales en fraccionamientos, condominios y multifamiliares que han cancelado el espacio vital y la privacidad de las personas. Desde la reducción de la moral del hombre fundada en la libertad interior sostenida por Kant, hasta llegar a la libertad absoluta para la violencia y el crimen que postuló la filosofía de Sade y hoy se practica en todas partes. Desde la revolución industrial en principio liberadora de los seres humanos, hasta su creciente eliminación del espacio del trabajo o su conversión en una mera máquina para trabajar en las cadenas de producción en serie, aquella repetición inhumana en la que Simone Weil percibe la irrupción del mal. Desde las nociones ancestrales de la economía (administración de la casa humana o apacentamiento de los bienes de los hombres, como los llama Murena), hasta el horror económico donde el poder abstracto del dinero se coloca por encima de todo: gente, países, biotopos, credos religiosos, valores morales. Desde la Revolución Francesa que mediante el Terror y su sangrienta guillotina promulgó la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano, hasta desembocar en las guerras de movilización total iniciadas por Napoleón, guerras globales características de la modernidad y aquellas en las cuales se ha evaporado cualquier sentido para sus participantes salvo el de ser carne de cañón en las matanzas de millones. Afirma Murena en La metáfora y lo sagrado, una de las reflexiones estéticas y espirituales más reveladoras de los últimos años, que en el campo de las artes la deificación del hombre tuvo como consecuencia “la destrucción de la figura del hombre”. La deformación de la imagen antropocéntrica será un camino sin regreso hasta llegar al “punto cero” de la actualidad, desde lo demoniaco y lo caótico hasta la burla paródica, desde lo onírico mecanizado hasta la mirada artificialmente pura del Impresionismo, desde la conversión de los seres humanos en muñecos, monstruos, espectros, animales, zombis o máquinas, hasta la supresión absoluta de la figura humana y aun del sentido de la representación en el arte abstracto. Y en el resto de las artes es igual. Nos acercamos cada vez más a aquella “muerte del hombre” anticipada por Michel Foucault y radicalmente prevista por Nietzsche al hablar de la muerte de Dios. La agonía de Fausto consiste así en el final de la condición humana según el modelo del Renacimiento y de la Ilustración: la de un ser humano capaz de definirse libremente a sí mismo y de actuar con responsabilidad. Comienza a superarse el límite de la integridad humana al ceder cada vez más decisiones individuales y colectivas ante los sistemas tecnológicos que ignoran el libre albedrío de la persona y disuelven su capacidad política, según observan filósofos contemporáneos como Eric Sadin. Su propuesta no es rechazarlo todo en bloque sino difundir discursos opuestos a los que producen y sobresocializan los medios masivos y sus think tanks neoliberales. Pensar distinto a la reiterada y extendida ideología que presenta el modelo de sociedad actual como un horizonte inevitable, ese sí determinista y fatal. Y sin embargo, aun en esta descomposición profunda hay esperanza. Otros signos anuncian un cambio trascendente de paradigma que ya ocurrió tanto en la ciencia verdadera como en el conocimiento real. Un misticismo “sobrio”, según le llama Koestler, nacido en el laboratorio, en el cual vuelven a confirmarse las “correspondencias” y “simpatías” del Todo-Uno, de la parte contenida en el todo o la parte continente del todo postulada por el pensamiento humano desde la antigüedad. Dicho en breve: una noción de ininterrumpida totalidad que refuta la idea de que el mundo sea analizable en partes separadas e independientes entre sí. Un flujo común de la mente y las cosas enunciado en el principio de complementaridad de la física moderna, enseñado ya hace milenios por el pensamiento hindú. Así, las fronteras entre la física y la metafísica van quedando disueltas. Si hay tiempo histórico, de ahí nacerá otro proceso cultural. Fernando Solana Olivares

Friday, July 14, 2017

MENTE PLENA Y ATENTA

El neuropsicólogo Álvaro Bilbao ha tomado un término hindú para definir el estilo de atención actual que lleva a la mente a saltar de una cosa a otra, en un ir y venir permanente donde se interrumpe a sí misma y a los demás: monkeymind. La mente es un mono, dice la enseñanza tradicional, que va de un objeto mental a otro como el mono va de rama en rama. Si no tiene objetos para desplazarse los inventa. Los científicos hablan del “yo vertical” que exige la lectura, contra el “yo difuso” que embebido se hunde en la pantalla. Una excelente nota de Joseba Elola (El País, 25.06.17), “La era de las mentes dispersas”, congrega opiniones autorizadas sobre el tema, una plaga de descerebramiento colectivo según muchos, o un nuevo horizonte conceptual dicen otros. La profesora Gloria Mark compara la compulsiva tendencia a checar el teléfono ---entre 80 y 110 veces al día, dice el periodista de acuerdo a estudios--- con la búsqueda de una gratificación. La expectativa de la misma es suficiente para volver una y otra vez a buscarla. La última no muy conseguida novela de Aldous Huxley, La isla, pone en escena unos pájaros cuya función es repetir a todas horas una sola consigna: “Atención, atención”. El budismo zen afirma que todos los problemas son por falta de atención. Y la profesora Mark completa esta idea: mientras más neurótica e impulsiva es una persona menor es su capacidad de concentración. Hace no mucho Ginsberg escribió que había visto a las mejores mentes de su generación destruidas por las drogas, luego tuvimos que decir: destruidas por el poder y el dinero. Ahora escasamente diremos: destruidas por el teléfono inteligente para usuarios embrujados (el término es de Heidegger respecto a la tecnología). La filósofa Simone Weil va más allá de todo esto para afirmar que la raíz del mal es el ensueño, y que todo ensueño es un acto de desatención. En la atención ella contempla un esfuerzo moral sostenido, una virtud mediante la cual cada quien cuida mentalmente de sí mismo y así cuida a todos los demás (esta es una fórmula del budismo antiguo). Para ella, esa virgen roja, la mente errante es una mente infeliz. La atención representa el soporte y el vehículo para alcanzar estados de felicidad. El viejo I Ching advierte que los pensamientos del hombre noble no van más allá de su situación. Concentrarse es estar en la situación. Byung-Chul Han recicla con brillantez lacónica la imagen de la desaparición de los umbrales en el mundo actual: las distinciones entre ahí y aquí, invisible y visible, conocido y desconocido, inhóspito y familiar. De ahí la visibilidad total y la disponibilidad absoluta en el mundo actual. El mundo de la red, escribe este pensador, no tiene historia, es un “tiempo-ahora” que va de una cosa a otra y sin duración, un veloz encadenamiento de fragmentos que impide cualquier demora contemplativa, cualquier atención sostenida, la única que hay. El arcaísmo al que suenan términos como verdad y conocimiento consiste en que remiten a la duración. Nada dura, salvo la desatención, calculada en ocho, nueve segundos para que aparezca en el televidente cada vez. Una hipótesis hermenéutica avanzada propone que la caída contada por el Génesis alude a la pérdida de la atención, del nivel mental unificado que debió caracterizar alguna vez a los seres humanos. Kafka cuenta que los hombres fueron expulsados del paraíso por impacientes, y que no pueden volver a él por lo mismo. Impaciencia=desatención. Lo paradójico del tema es que el desarrollo de la atención es casi democráticamente accesible, y cualquiera puede practicar todos los días el desarrollo de la atención y la concentración ---funciones asociadas--- poniendo al cuerpo en una posición fija determinada y atendiendo la entrada y la salida del flujo respiratorio más las percepciones, las sensaciones y los pensamientos. Doctrina de la aparición simultánea modificada: cuando se extiende el entretenimiento desatento de la mente masiva, muchos se entrenan en cultivar la atención plena en el momento presente, una psicofisiología de la atención. Es un nuevo capital social que definirá abruptamente a las personas: serán los dormidos y los despiertos de los gnósticos. En eso consiste la resistencia tardomoderna de la aristocracia del espíritu, accesible a cualquiera que la practique. Junto con la lectura, es el superpoder que nos queda. La mente está en calma cuando está atenta. Dice el gatta meditativo que entonces todas las cosas lo son. Fernando Solana Olivares

Friday, July 07, 2017

SUPRIMIR LA MEMORIA

O reducirla, como un paso más para su desaparición. El neoliberalismo se funda en el olvido de lo anterior y de lo distinto. Y todo aquello que es distinto lo es porque se establece en la memoria, esa acumulación del tiempo que provee de origen y pertenencia. La conciencia sin memoria no es conciencia. El homo sapiens se construyó desde un pasado que solamente se conoce en el momento temporal donde el individuo está, así el presente personal y colectivo se enriquece, vivifica la tradición cultural (la memoria) de la que proviene, la convierte en un contenido concreto y con ella logra vislumbrar el tiempo futuro. De la nada sale nada, de la desmemoria también. La visión tecnocrática educativa del pensamiento único avanza para establecer esa condición postmexicana que propone Roger Bartra como una característica de lo actual. En ella se han evaporado (o “eficientado”) contenidos curriculares de la enseñanza de la historia patria en primaria. Y aunque es parcialmente cierto que la palabra patria es parte de aquella reserva de signos cuya época de validez principal ha terminado (Sloterdijk), la construcción de la identidad personal y pública todavía requiere conocer los procesos del pasado común, colectivo, aquel que a pesar de las intencionadas amnesias neoliberales sigue determinando instituciones, estructuras y mentalidades postmexicanas. La prensa informó recientemente (Laura Poy Solano, La Jornada) que el estudio de las culturas precolombinas, de la Conquista y de la formación del mundo moderno son contenidos “reducidos” para lograr un aprendizaje “más profundo” de los alumnos de primaria y secundaria, según el inconvincente y fútil secretario de Educación Pública. La Conquista se limitará a la revisión superficial de la caída de México-Tenochtitlán, y el estudio del periodo de la Colonia, con su profunda riqueza cultural y sus todavía vigentes desigualdades sociales, también quedará cancelado. Es de suponer que tampoco la Independencia y el proceso de construcción de la identidad nacional en el siglo diecinueve, un periodo histórico esencial para la vida democrática y la soberanía nacional, serán enseñados en clase. De la misma manera, la complejidad política, económica y social de la Revolución Mexicana, sus tantas reivindicaciones pendientes, sus orígenes porfiristas, las luchas sociales que le dieron origen, su esquizofrénica institucionalidad revolucionaria posterior, el priísmo hegemónico, la nacionalización petrolera, el 68, nada de eso será conocido por los niños mexicanos. Nunca sabrán, por ejemplo, que desde la mesa de redacción de El Siglo XIX Francisco Zarco, benemérito de la patria, escribió que la igualdad sería la ley de la República, el único mérito las virtudes, la manifestación del pensamiento libre, los negocios del Estado examinados por los ciudadanos, todo ello a partir de la inviolabilidad de la vida humana y de la libertad general. No sabrán que este programa político está enunciado desde entonces y pendiente de convertirse alguna vez en realidad. La reducción curricular neoliberal para “profundizar” el aprendizaje es una operación ideológica que pretende evaporar los referentes comunes e históricamente distintos para reiterar la monocultura actual. El pensamiento único existirá en tanto pueda impedir la consideración de cualquier otro modelo civilizacional. La tecnocracia educativa privilegia las metodologías porque las convierte en contenidos en sí. Lo mismo que la tecnología, que no es un medio sino un fin, los proyectos educativos neoliberales son impuestos por la globalización como innovación y progreso. Ignorar el pasado es un progreso. El secretario de Educación Pública repite donde puede el mantra “aprender a aprender” como beneficio de su reforma. Es dudoso que haya leído el libro del maestro sufí contemporáneo Idries Shah llamado igual. En él este gran pedagogo afirma que el conocimiento de sí mismo implica un conocimiento de la forma de pensar de nuestra sociedad: “Viéndose a sí mismo con ojos ajenos”. Las nuevas generaciones no se conocerán a sí mismas porque ignorarán las formas de pensar de la sociedad actual y de las anteriores que le dieron origen. Entre las formas de resistencia ante la desarticulación que el pensamiento único provoca estará la enseñanza de la historia nacional a nuestros niños para lograr nuevas perspectivas, no de una identidad fija imaginaria sino de una pertenencia común concreta: este país, nuestra casa. Fernando Solana Olivares

Friday, June 30, 2017

AQUELLA IMPROPIA CORBATA

Él se ve pequeño en la fotografía al lado del rey, a quien mira alzando la vista con una mezcla de curiosidad infantil, sorna picaresca y diversión intelectual. Lleva una corbata verde a rayas, la única que poseía, más propia para dar un paseo en la tarde y no para recibir el Premio Cervantes, del cual antes había malhablado y ahora le entregaban. Avatares del destino, necesidad con cara de hereje, nunca digas no. En su discurso de recepción del 23 de abril de 2015, Juan Goytisolo preguntó cuántos de sus lectores conocieron las penurias económicas de Cervantes, sus fracasos, su encarcelamiento por deudas, su vida dura en barrios de mala fama con esposa, hija, hermana y sobrina, en “los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad”. La mención de Goytisolo entonces quizá tendría tres sentidos: hacerle justicia a Cervantes reclamándolo como su legítimo predecesor, aludir de manera elegante e hiperbólica a las razones de necesidad para justificar su aceptación del premio, reiterar de nuevo que la literatura poderosa se hace en los márgenes, a contrapelo de las corrientes dominantes. De ahí proviene su atrevimiento literario mayor: aquel atrevido “salto al abismo”, como le llama Danubio Torres Fierro, donde Goytisolo dejó la narrativa convencional de su época, novelas más o menos realistas, sicológicas, de tesis, para incurrir en obras donde se trastocan todas las convenciones y preceptivas literarias, suceden cambios de tiempo y puntos de vista narrativos, situaciones abiertas que están en modificación constante, y las fronteras entre lo fantástico y lo real, lo racional y lo irracional se desvanecen. Esta transformación significa para Mario Vargas Llosa un contagio con las “disecantes” teorías literarias de Ronald Barthes y otros teóricos, enfermedad que lo llevó a ese cambio de forma y contenido donde produjo “una prosa rebuscada y litúrgica, de largas sentencias y estructuras gaseosas”. Vargas Llosa, maestro de la forma conocida y de la narración directa, reprueba aquella literatura de “libros imposibles” hecha por Goytisolo, explorador de la forma como otra variante literaria para apropiarse de la única dimensión permitida del escritor: el lenguaje. Él la considera un camino equivocado. El erizo, que sabe una cosa grande, versus la zorra, que sabe muchas pequeñas. El exitoso marqués cuenta en “Ese pertinaz don Juan” (El País, 18-5-17) que dichos libros de historias inciertas, pretextos según él para una retórica sin vida, quedarán en el recuerdo “de las imprecaciones contra España”. Salva, en cambio, los reportajes y libros de viaje y dos novelas del autor, a quien veía idéntico a sí mismo al paso de los años: belicoso, disonante y arbitrario. Se comprende que el notable y desigual (como todos, a excepción de Homero, Rulfo, Lampedusa) novelista peruano, ahíto de éxito políticamente correcto y frívolo ascenso social, no pueda comprender a alguien que practicó la literatura y vivió su vida como una subversión de categorías y una resistencia, como un empeño por comprender, no por tener. La vía del heterodoxo haciendo pequeñas concesiones necesarias para asegurar el futuro de lo que llamaba su tribu, su familia marroquí compuesta por su compañero, sus tres sobrinos a quienes dio carrera universitaria, sus cuñados, viviendo todos en el antiguo hostal comprado por el escritor en Marrakech años atrás. En un orden goytisoliano de concordancia con esto (“sólo relaciona”) llega un mail de Eduardo Subirats donde hace saber a sus amigos que hallándose absorto en la expresión pura e infinita del lago Titikaka se enteró de la muerte del escritor. El resultado es un texto de homenaje que envía porque no tiene donde publicarlo. En él escribe que el destino del intelectual ha sido y es el exilio. Un intelectual vinculado al esclarecimiento filosófico, poético, artístico y político, comprometido con la búsqueda de la verdad y la comunicación de los alcances de esa voluntad de verdad. Un exilio sin retorno, como fue el de Goytisolo, en estos “tiempos de silencio” impuestos globalmente. Más allá de ello, Subirats concluye que su obra sólo puede comprenderse desde la tradición de reforma de la memoria y de resistencia simbólica y política, núcleo espiritual de la gran literatura hispanoamericana del siglo veinte. “Tan sólo alumbra aquel que arde”, dice una línea poética de Goytisolo. Cervantes ardió. Goytisolo también. Obra cumplida, vida cumplida. No se puede hacer más. Fernando Solana Olivares