Friday, May 25, 2018

DIAS CRISPADOS / y II

Lo pienso una y otra vez; considero de nuevo los fundados argumentos de sus críticos honestos y pensantes ---no me interesan, por fariseos, los tajantes rechazos que despierta entre las buenas conciencias ni la histérica identidad negativa que provoca entre tantos---; trato de ser imparcial hacia los otros candidatos; me hago cargo de los riesgos y concluyo de nuevo que López Obrador me parece el menos malo de los tres posibles, ya que el cuarto es un triste payaso, un porro enviado a golpear. Según cualquier idealismo liberal o cristiano esta perspectiva representa una vía negativa para tomar una decisión crucial. Será necesario entonces aludir a los saldos negativos de López Obrador, a su defectuosidad evidente. Las alianzas, por ejemplo, este ecumenismo oportunista y pragmático que puede tener entre sus filas la radicalidad de Paco Ignacio Taibo II y la impresentabilidad de Napoleón Gómez Urrutia, la oscuridad de Manuel Bartlett y la capacidad de Claudia Sheinbaum, la corrupción de Elba Esther Gordillo y el apostolado de Alejandro Solalinde, la derecha neoliberal de Alfonso Romo y el desbordamiento plebeyo de la Sección 22, el punitivo-moralizante evangelismo y a un buen número de miembros de la inteligencia nacional en todas partes del país. La razón táctica que sostiene este funcional y contradictorio horizonte de acuerdos ---funcional porque está hecho para llegar a la presidencia y contradictorio, entre otras razones, por su obvia fragilidad a mediano plazo--- es la construcción de un polo social y político suficientemente amplio y capaz de vencer la fuerza de los poderosos intereses oligárquicos formales, fácticos y geopolíticos organizados desde hace años en su contra. Esta voluntad abarcadora no se dio ni en 2006 ni en 2012, cuando el discurso lopezobradorista era mucho más excluyente y contrastante de lo que ahora es. Una hipótesis sociológica mínima podría decir que tal reunión de contrastes y extremos es una forma de la reconstrucción política, así sea maltrecha, estrambótica, cuestionable, nacional. Y aun oscuramente mexicana, mezclada, mestiza. Duro cinismo: hay lo que hay, no lo que se desearía que hubiera. Las cribas, las recomposiciones y los eméticos para tantos oportunismos reunidos en Morena y tantas mezclas de agua con aceite serán solo una parte de los problemas que un eventual gobierno de López Obrador encarará. Mientras tanto, parece darse el acomodamiento de los peldaños necesarios para llegar al poder. Duro cinismo: no hay otro modo de lograrlo, según enseñan San Pablo, Maquiavelo o Sun Tzu. Más negativos del señor López: una tendencia autoritaria ---o para quienes emplean adjetivos estridentes: autocrática--- que hace temer a varios su derivación en cancelaciones democráticas y en voluntarismos presidenciales, al modo de un echeverrismo tardío. Una tendencia a las ocurrencias y al asistencialismo populista. Es un modo de considerarlo, aunque en buena parte forzado porque observa la historia como si fuera un sistema mecánico de repetición. Pero aceptando sin conceder, ello podría obligar a otro proceso de transformación política, a un nuevo contrato social fundado en instituciones más sanas e independientes, parlamentos más democráticos y un ejecutivo correctamente acotado por los poderes republicanos, entre juegos de fuerza políticos de un signo nuevo ---aunque se hayan hecho en parte con lo viejo, única materia disponible para lograrlo---. La condición estructuralmente corrupta, desgastada e insalvable del estado mexicano en los gobiernos del PRI, el PAN y el PRD es una evidencia tangible. También que el país en sus mayorías ---que al serlo pueden ser llamadas pueblo--- enfrenta dificultades, violencias, desigualdades, necesidades y carestías que aumentan, mientras la expoliación partidista y oligárquica de la minoría rapaz se empeña en mantener su extenuante dominio. Conduzca a donde conduzca (¿cómo saberlo?), el 1 de julio se abrirá una puerta hacia alguna dirección. El peligro radica en que la puerta no se abra y una vez más gobiernen (Meade o Anaya, variantes no muy distintas de lo mismo) aquellos que han provocado los desastres sociales, las privatizaciones cleptocráticas, la violencia crónica, la captura del estado y de su carácter republicano, su envilecimiento, su impúdico uso patrimonial. Lo advirtió un sabio: no puede resolverse ninguna problemática empleando el mismo sistema mental que la causó. Fernando Solana Olivares

Friday, May 18, 2018

DIAS CRISPADOS / y I

Aún no llegan a ser los días bíblicos de la ira, pero estas horas se van cargando de violencia verbal, intolerancia y descalificación. Nadie escucha a nadie y las palabras son dardos envenenados que se lanzan contra el enemigo, quien es todo aquel cuya preferencia política no sea igual a la del interlocutor. Los amigos y las familias han dejado de hablar de candidatos y partidos, sobre todo si entre ellos existen opiniones encontradas, en los lugares públicos y en las redes, las discusiones van agriándose. Es el turbulento y fracturado piso emocional de estas elecciones que concentran tantas cuentas pendientes: mal gobierno criminalizado, vindicaciones populares, inseguridad crónica, carestía e inflación neoliberales, resentimientos mayoritarios históricos, desigualdades manipuladas como botín, hartazgos morales y desconfianzas irremediables sobre las élites corruptas y la clase política ilegitimada, divisiones sociales cada vez más profundas, subjetividades egoístas producidas por la época o imaginarios públicos y privados inducidos desde la propaganda mediática global. Más un artefacto que el pensamiento neoliberal quiso tirar al basurero de la historia, decretándolo definitivamente superado, pero no pudo hacerlo: la lucha de clases, así sea en su versión posmarxista, posmoderna o nacional. Entonces, como si el ritmo saturnino que determina ciertos ciclos mexicanos —un ritmo de dilaciones, demoras y tardanzas— se hubiera acelerado exactamente 50 años después de la turbulencia mayor de 1968, los días crispados de ahora no suelen prodigarse en diálogos escuchando lo que el otro tendría que decir. Más bien se insulta, se adjetiva, se escribe ad hominem. De ahí que sea tan apreciable la comedida opinión enviada a esta columna por un lector luego de la publicación del artículo de hace un par de semanas. En él me dice que observa una gran contradicción entre lo que conoce de mi pensamiento y dicho texto, el cual con varias reservas e intentando situarse en otra lógica, razonaba el apoyo a AMLO. “Me resisto —escribe— a creer que su grado de ideologización (al que yo lo creía inmune) o su malestar por la situación del país (que compartimos) le impida ver las evidencias documentadas acerca del pasado priista de López Obrador; de sus colaboradores inmediatos captados en flagrancia y corrupción; de su apoyo público a gobernadores que muy pronto resultaron maleantes y asesinos; de sus ocurrencias sin ningún fundamento económico ni técnico; de sus ridículas e inconstitucionales propuestas moralistas y financieras; de sus alianzas con los peores sujetos de nuestra historia reciente y con sus ex enemigos jurados que ahora lo sostienen; de su intolerancia y mesianismo en diversas declaraciones pública”. El mensaje cierra refiriéndose a la acrítica creencia de que si López Obrador gana las elecciones no será fraude, pero que si las pierde sí. Y concluye señalando la necesidad de advertir acerca del surgimiento del populismo y el protofascismo. Matizando todo lo anterior, quitando sus sobrantes adjetivos y considerando sus afirmaciones, sus sustantivos, pueden argumentarse varias cosas. El pasado priista de López Obrador no es un presente, es un origen pero no un destino, como un falso problema, y sus alusiones recurrentes al pasado mexicano corresponden a una perspectiva nacionalista, a otra epistemología que en sí misma no indica una vuelta a lo anterior —cuestión que literalmente es imposible— sino la intención de traer al presente una dimensión histórica que podría fomentar un sentido público otra vez. Al antinacionalismo del régimen y las oligarquías, López Obrador opone la memoria común. Hacerlo responde al espíritu de la época y contiene una tensión entre lo planetario y lo nacional. Antes que condenarlo habría que intentar comprenderlo, porque si estos dos ámbitos humanos no se armonizan e integran no habrá un futuro general. Por otra parte, aunque los malquerientes lo consideren una exculpación, hasta hoy resulta una evidencia y sigue siendo un hecho la honestidad personal y la medianía económica de López Obrador. La corrupción de sus colaboradores, en la que no participaba y de la que nada sabía —a menos que exista prueba en contrario—, no puede imputársele. El imperdonable descuido de ignorarlo, sí. Para lo otro hay ciertas respuestas y algunos sapos que tragar, o que eructar. La política sigue siendo este imperfecto arte de lo posible. Fernando Solana Olivares

Friday, May 11, 2018

EL PESIMISMO DE AYER

Tiempo atrás ocurrió un encuentro en Zúrich que documentó el periodista Javier Ayuso en El País. Ahí Dirk Helbing, un académico suizo, hizo dos preguntas que conmocionaron a los presentes, sembrando el pesimismo entre ellos y dejándolos en silencio: ¿quién gobernará en un mundo roto? y ¿cómo responder a los riesgos de la inestabilidad total? Volvió a suceder entonces lo que Sloterdijk define como “angustiosas conferencias a bordo de un barco que surca un mar de ahogados”, y los participantes del encuentro se vieron obligados a nombrar el agua turbia de la situación actual. Es curioso: la positividad impuesta por el neoliberalismo posmoderno (su “me gusta” como única posibilidad) no logra impedir que en cualquier reunión de más de tres gentes se discuta la amarga condición de estos instantes tan nietzscheanos: o nos aniquilamos o nos volvemos más fuertes como única salida. Si a la boca ---sugiere el chiste filosófico--- viene la palabra “apocalipsis”, pronunciarla es la mejor estrategia para gestionarlo. Y aunque el tono entre grave y conminatorio de los participantes dejó al final de la reunión una atmósfera de pesadumbre en el público, “pocas razones para el optimismo”, el mero hecho de enunciar las circunstancias vigentes fue un primer paso de su eventual solución. Elif Shafak, pensadora turca, denunció Internet y su pancake del conocimiento: “poco profundo y muy desparramado”. Una cultura superficial que usualmente proviene de sus propias fuentes, no muy confiables, y que ha fracturado la tradición ilustrada del conocimiento moderno. Una herramienta de liberación devenida en lo contrario. Moisés Naím habló de una revolución de las tres emes que ha puesto al poder y a las certezas en crisis: la del más, la de la movilidad, la de la mentalidad. Más de todo, más movimiento de personas, más mentalidad inconforme entre la gente. Se mencionó una nueva lucha de clases: el pueblo contra las élites, que son directamente cuestionadas junto con el sistema mismo y la democracia representativa. O el surgimiento de posiciones populistas que abarcan todo el espectro político. Robert Kaplan, otro participante, tuvo una intervención shakespeariana: “Se evitan las tragedias pensando de forma trágica”, dijo, al recorrer la nómina de perturbaciones y guerras de baja o alta intensidad que están en curso ahora como la guerra cibernética. No faltó quien recordara, para edulcorar el poco halagüeño panorama, los alcances positivos de la globalización, la reducción de la desigualdad en naciones emergentes o la mejora de ciertas condiciones de vida. Branko Milanovic, el optimista, advirtió que habría futuro sólo si se afronta esta era inestable con otras tres transformaciones profundas: la ecológica, la digital y la financiera. Mencionó una palabra con alma, así la conjugara en un mañana todavía condicionado e impreciso: habría futuro. La lluvia que cayó después del encuentro oscureció el color de las piedras centenarias de la ciudad y encrespó con pequeñas ondas metálicas el río que la divide. Dos hombres que habían presenciado el encuentro caminaban comentándolo. Después de aquella tarde de preguntas sin respuesta y conclusiones imposibles de alcanzar, iban platicando que los significados históricos de optimismo o pesimismo ---“palabras que sólo definen actitudes sentimentales”, acotó uno de ellos--- siguen en erosión. Otros términos que van vaciándose de sentido a gran velocidad. Entraron al Café Rousseau y su caldeada atmósfera los confortó. Los dos estuvieron de acuerdo, sentados a una mesa, que la palabra más precisa para definir las horas actuales era “realismo”. Y que eso requería poseer temple. Exploraron la facultad necesaria para practicar un sano realismo: arrojo, valentía, contención, fuerza. Toda virtud es energía. Por eso, dijo uno, se pregunta ¿hay buen temple? para saber cómo está alguien más. Temple, templo, templanza, que es una virtud cardinal. Acabaron hablando de la vida y su inagotable variedad. El realismo resulta un encuentro directo con lo que aparece, porque en él cabe cuanto hay. Así que no sólo la época histórica y sus males andaban por ahí. También los pequeños gestos, los tragos, la sosegada plática, la noche que despacio iba cayendo entre los dos. Al día siguiente se marcharían y hasta hoy no han vuelto a verse. Ayer uno de ellos observó en la vitrina de una librería un libro sobre la Orden del Temple y recordó aquello que aquí se contó. Fernando Solana Olivares

Friday, May 04, 2018

EDIFICANDO EL MIEDO

Aristóteles creía que el miedo es un dolor o una agitación producida por la perspectiva de un mal futuro que consiga causar muerte o dolor. El miedo es una emoción determinada por algo no existente todavía y que puede o no suceder. Esta condición de inminencia, lo que va a ocurrir y no ocurre, hace que la emoción del miedo sea sobre lo que aún no está, y por ello se vuelve una fuerza paralizante. Quien sufre de miedo queda inmóvil. Un dicho del viejo Montherlant afirmaba que la gente no sabe hasta dónde puede atreverse ---es decir, no tener miedo--- sin peligro alguno, y que si lo supiera se volvería loca de arrepentimiento y pesar. Existen curas para el miedo. Una de ellas, por ejemplo, consistió en una frase de diez palabras con la que un padre educó a su pequeña hija: “No pasa nada, no somos de aquí, nos vamos mañana”. Tal síntesis la llevó, cuenta ella misma, a no sufrir esa parálisis, ese impedimento vital. Una feroz campaña para extender el miedo a López Obrador entre la masa electoral mexicana se sostiene todos los días por diversos y constantes canales: ejércitos de trolls en las redes propalando noticias falsas y contenidos simulados, comentaristas interesados y no objetivos al servicio de terceros, medios de comunicación contratados por la presidencia y los partidos, además de una campaña televisiva inclemente hecha de contenidos y escenas donde un futuro inmediato de miedo y temor se establece en el país ya, de una vez. Antes, López Obrador fue un peligro para México. Ahora pretenden volverlo un miedo para México. La campaña de manipulación y atemorizamiento es una mera proyección psicopolítica. Lo que el régimen y la partidocracia, lo que sus aliados económicos, superiores financieros y dueños geopolíticos trasladan y colocan entre la gente común, como si fuera de ella misma, es su propio miedo ante el riesgo que corren: un presidente que podrá romper por primera vez en mucho tiempo el pacto de impunidad y corrupción que ha envilecido, explotado al país durante décadas, y lo ha llevado más allá de los umbrales de un estado fallido y/o criminalizado donde se encuentra hoy. Un estado desfondado. Toda dominación necesita construir el consentimiento, y lo hace sobresocializando, repitiendo hasta la saciedad “sentidos comunes” o verdades acríticas que legitiman la dominación de las élites y las jerarquías sociales. El miedo está entre esos pensamientos ilusorios, a priori, no fundamentados, sino solamente representados en la pantalla como si la imagen virtual fuera por sí misma la verdad, y repetidos en las redes como si la repetición los convirtiera en hechos verdaderos. Esta fabricación del consentimiento se presenta de varias maneras: aplasta otras cosmovisiones, evapora la memoria histórica, desacredita las utopías, pone en circulación hechos de violencia caótica y de apariencia demencial, imponiendo así a la sociedad, según escribe Carlos Fazio, la cultura “del miedo y la delación”. Como lo hace un maestro de primero de secundaria quien dedica su clase a hablar mal de López Obrador y asustar al grupo con patrañas y dichos calumniantes que intentan fabricar un consenso histérico de temor para impedir su llegada al poder. Cree que las alumnas trasmitirán a sus familias el miedo. Una de ellas, valiente, lo confronta a nombre de todas, y el venal maestro la castiga con una baja calificación. Cuando la madre reclame, él dirá que se equivocó. La vida es seria en sus cosas, cada vez más. Lo que parece irse haciendo predominante es un contra consenso, la construcción de otro consentimiento colectivo dispuesto ---por vindicación, por pobreza, por hartazgo, por radical desconfianza, por ser parte de la población prescindible, por malos gobiernos crónicos, etcétera--- a pagar por ver, a votar por ver. Ni en la Independencia, la Revolución o la época moderna la izquierda mexicana pudo llegar al poder, a pesar de tener la razón histórica de su lado. Aunque Morena no sea del todo de izquierda, y en mucho represente un enigma, encarna la única opción posible para edificar una política de salvación nacional, si la época admite todavía decirlo así. La política es el arte de lo posible. Y la gente que se sabe mal representada, con empleos precarios, vidas cada vez peores en sociedades inseguras y colapsadas, podrá votar ahora más allá de la edificación del miedo. Los estados de gracia electorales surgen cuando el desastre social ha crecido. Fernando Solana Olivares

Friday, April 27, 2018

EL SENTIDO DE LA NOCHE

Un autor infrecuente, Nicolai Berdiaev, escribió hace años que humanismo, racionalismo e individualismo constituían desarrollos y posibilidades de un impetuoso proceso que iba llegando a su fin y se aproximaba al anochecer. A un mundo impregnado de oscuridad, como diría algún comentarista, a aquel “abismo privado de nombre” cantado por el poeta, o a esa noche del filósofo, “dispensadora de palabras esenciales”, cuando los ojos de la conciencia velan y se aguza el oído de la mente que aguarda el desenlace. Para el pensador de origen ruso exiliado en París después de la revolución bolchevique, todas las señales alrededor suyo atestiguaban la entrada colectiva a una era nocturna. Que sería necesaria, consideraba, a pesar de su despiadada violencia y cruel desigualdad, para transitar desde las tinieblas actuales hasta la luminosidad de un nuevo periodo histórico. En tal visión cíclica ---cuatro edades del ciclo, y ésta la última: kali yuga, la edad oscura---, y por el hecho de corresponder a una de las últimas fases, la época actual debe, antes de concluir, agotar las posibilidades más inferiores que hay en ella. Ese desorden predominante y múltiple contendría un orden futuro que nadie puede percibir todavía (los desórdenes existentes, afirma el punto de vista tradicional, no son tales sino en la medida en que se contemplan en sí mismos y de forma separativa). Pero por ahora, los seres humanos hemos entrado a un porvenir desconocido, cuyo signo es la incertidumbre, lo inesperado, la evaporación de las certezas. Y a diferencia de otros momentos ---los seres humanos siempre han vivido porvenires desconocidos--- no lo han hecho llenos de entusiasmo creador como al comienzo de esta época, sino debilitados, desorientados, vacíos y sin fe. A pesar de que este crepúsculo vaya envuelto entre los brillantes, pero vacuos envoltorios tecnológicos de la sociedad del espectáculo y el consumo (“Amo mis juguetes”, dice un adulto vuelto niño en un reciente anuncio orwelliano sobre la última versión del último teléfono inteligente), a pesar de eso su condición concluyente se evidencia en todo aquello que la Biblia llama signos de los tiempos: la noche de la humanidad. Berdiaev consideraba que la dominación de la máquina había destruido la estructura secular de la vida humana, antes orgánicamente vinculada con la vida de la naturaleza y ahora desprendida de ella, fragmentada, escindida. En el organismo cósmico ---del cual los seres humanos somos integrantes, aunque la civilización actual no pueda comprenderlo--- las partes están vinculadas al centro, son dependientes de él. Un organismo es más que la suma de sus partes y una máquina solamente está hecha de partes. Y cuando ellas se desprenden, se independizan de ese centro vinculante del cual provienen, insensiblemente se someten a una naturaleza inferior, como sucede ahora donde lo material es el máximo valor, el dinero representa una deidad universal y todo lo orgánico se va mecanizando. El Estado-máquina, la condición-máquina crecen sin cesar y son nocturnas. “Vendrá la noche y es mejor obedecerla”, dice una línea de Shakespeare. ¿Qué hacer, pues? ¿Lamentarse, dormirse, asustarse, desvelarse? ¿Es posible vivirla de tal manera que sea un tránsito hacia algún amanecer? Esta última opción no supone corregir la historia del momento. No es una alternativa sociologizante o masiva, sino sobre todo significa una acción personal. Y no se realiza entre los otros si no sucede antes en el interior de la persona. La revolución psicodélica de la conciencia de hace cincuenta años proclamaba eso, que la verdadera (y primera) revolución era personal. En tal clarividencia sonaban ecos budistas introducidos por los beatniks en aquella contra cultura utópica del siglo anterior, otro más de los últimos bienes humanos perdidos. En ella puede haber un instructivo para ayudar a pasar la noche civilizacional y moverse, así sea mentalmente, a una libertad desconocida. La noche se equipara a la vejez. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical. Es un juego mayúsculo: buscar el sentido de las cosas entre acontecimientos que no tienen sentido. Noche, vejez, radicalidad: pueden ser ciertas condiciones de la levedad y el desprendimiento, de creer que sí importa y a la vez aceptar que no importa. Es un juego de contrarios que se desdramatizan uno al otro y ponen en condición de mirar el gran teatro del mundo cuando la noche crece. Fernando Solana Olivares

Friday, April 20, 2018

PITOL O EL SALTO ALQUÍMICO

La mañana es fresca y establece una atmósfera amable, como si las cosas tuvieran algo risueñamente incorpóreo. La mente vagabunda recuerda por el camino ciertas líneas acabadas de leer en El mago de Viena, cuyo autor es otro mago que el día de hoy será invocado. Corresponden a una anotación final escrita un 28 de mayo en el avión de regreso de La Habana, ciudad a donde el escritor había viajado en busca de curación: “Hacía muchos meses que no lograba escribir, desde enero, me parece. Se me escapaban las palabras, se me quedaban a medias, me confundía con las conjugaciones, con el uso de las preposiciones, se me paralizaba la lengua. Al tratar de leer lo que perpetraba en mis cuadernos durante los últimos meses encontraba fragmentos de algo parecido a un Finnegan’s Wake del paleolítico inferior grabados en piedra por algún aturdido hombre de Neanderthal”. Hoy se llevará a cabo la Cátedra Sergio Pitol en el campus de Lagos, y el tiempo para llegar al habitual desayuno previo entre el ponente y las autoridades universitarias apenas alcanza para ser puntual. En el acogedor restaurante donde el encuentro se lleva a cabo, la conversación versa sobre el escritor. ---Ojalá descanse ya ---dice uno de los presentes, justo cuando el reloj está marcando las 9:30 de la mañana. ---Schopenhauer escribió que morir es despertar ---comenta otro. ---De ser así, todos acabaremos sabiéndolo ---interviene aquel. En el ambiente irradia la discreta promesa de la mañana. Unos cuantos minutos después, en camino hacia donde se impartirá la cátedra, la noticia se difunde vertiginosamente: Sergio Pitol acaba de morir en su casa de Xalapa a las 9:30 de la mañana. Después de la agonía de velocidad letárgica que había padecido, un paso indispensable para bien morir, se terminaba la persona episódica y ahora sólo quedaba la que en adelante siempre habrá sido: la persona literaria, más real con el tiempo para la memoria común, y en su caso parte del canon de creadores. La otra persona humana morirá definitivamente cuando muera el último que la haya conocido. ---Este es un día triste pero también luminoso ---afirma el profesor que inicia la cátedra al pedir a los asistentes ponerse de pie y guardar un minuto de silencio a la memoria de Sergio Pitol, benefactor tan querido. Toda antítesis descoloca y la contradicción inesperada de lo dicho refuerza un efecto de segundo piso: tristeza + luz = muerte buena. Es un golpe dramático. En El mago de Viena Pitol escribe un capítulo, “El salto alquímico”, donde habla de su proceso creativo. Esas reflexiones estéticas son los acuosos espejos de un escritor. Al respecto cita sus frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia, y explica que al tratarse él como sujeto o como objeto de la escritura, ésta “queda infectada por una plaga de imprecisiones, equívocos, desmesuras u omisiones”. Hay pocos autores tan soberanamente autocríticos como el autor de El arte de la fuga ---cada vez hay menos, y los más grandes son los más humildes, aunque debidamente sigan la consigna de Alfonso Reyes, maestro de Pitol, de amar (o agradecer) la propia literatura. El colofón de El mago menciona un comentario que Antonio Tabucchi hizo sobre lo que advertía Carlo Emilio Gadda: hay que desconfiar de los escritores que no desconfían de sus propios libros. Sería ocioso preguntarse si Sergio Pitol murió desconfiando de su literatura, pues en el ajuste radical para entrar al bardo mortuorio dharmatta ---intervalo que describe el budismo tibetano--- todo lo excepcionalmente hecho en esta vida habrá de contar en la que sigue. Y si no sigue nada ---la otra hipótesis materialista última, tan ajena a Sergio--- entonces todo da igual, como diría el poeta. Un grupo sentado en círculo, un gineceo universitario inteligente y sensible ---que habría divertido enormemente al maestro Pitol con su carnavalesco y paródico sentido del humor, aquella notable inteligencia incandescente y un veloz genio lingüístico tan sorprendente como su profunda y cosmopolita cultura--- comienza a leer las primeras páginas de El mago. Al sentarse así un círculo de interpretación multiplica el sentido de lo que pronuncia a partir de una regla socrática: todo lo sabemos entre todos. Leer a Pitol es invocarlo, y entre nosotros queda este aristócrata del espíritu que una vez confesó haber trascendido el ego. Era obvio que lo logró: su dulce mirada lo corroboraba. Fernando Solana Olivares

Friday, April 13, 2018

ESTAMPAS EN ESCARLATA

En sus vidas paralelas Plutarco cuenta que Alejandro Magno conquistó Egipto y después se empeñó en cruzar un extenso desierto para visitar en Siwa el templo de Amón. La odisea entrañaba dos grandes peligros: la falta de agua en un terreno de muchas jornadas y el riesgo de que soplara un recio viento llamado ábrego, el cual levantaba remolinos de arena y podía asfixiar ejércitos de miles de hombres. A pesar de las advertencias de sus generales Alejandro impuso su voluntad soberana, como lo hará hasta el último momento de la insaciable campaña de conquista, cuando estando en la India su ejército se niegue a seguirlo más allá. Las lluvias inesperadas que cayeron durante el viaje aliviaron la sed y apaciguaron el viento, que nunca se levantó. Unos cuervos enviados por el dios guiaron al grupo hasta llevarlo al alejado santuario. El sacerdote del templo (“profeta”, le llama el biógrafo) saludó a Alejandro como hijo del cielo y le confió arcanos vaticinios que sólo el guerrero macedonio escuchó. Otra historia, no la de Plutarco, registra un encuentro más pero distinto de quien llegó a alcanzar el rango de divinidad en el mundo material ---un atributo que ningún otro ser humano habrá logrado de esa manera---, donde demandó respuestas y exigió oráculos a un hombre santo, un yogui de fantásticos poderes del que oyó hablar. Alejandro decidió visitarlo en la cueva donde vivía para preguntarle por su destino. Lo encontró en un estado de meditación profunda y lo interrumpió con impaciencia para saber si era capaz de ver el futuro. El yogui asintió en silencio y siguió meditando. Alejandro volvió a interrumpirlo con otra pregunta apremiante: “¿Conquistaré la India?” Después de unos instantes el yogui abrió los ojos, contempló al conquistador con una mirada amable y en tono compasivo le dijo: “Al final sólo vas a necesitar unos seis palmos de tierra”. Alejandro no comprendió entonces el dramático dilema de los seres humanos: aun conquistando el mundo se termina igual, o bajo tierra o envuelto en fuego. No mucho después vendría su final. Plutarco narra que años antes de este encuentro malogrado, Alejandro tomó la ciudad de Gordio y vio el legendario nudo gordiano hecho de cuerdas de corteza de cornejo. Allí escuchó la leyenda creída por los bárbaros: que quien desatara ese nudo sería dueño del mundo. La mayoría de los comentaristas consultados por el historiador griego afirman que aquel, desesperado por no poder desatarlo, lo cortó con la espada. Pero Aristobulo, en cambio, aseguró que sí le fue posible hacerlo. En estas dos posibilidades se encuentra la disyuntiva que caracteriza el momento actual: la vida contemplativa contra la vida activa. La acción contra la contemplación. La primera es predominante, generalizada, la segunda es vista con desprecio y desconfianza. La primera deriva en la prisa generalizada, la segunda reposa en la lentitud y la perdurabilidad. La primera termina en dispersión, en pereza activa o inutilidad, la segunda es un silencio, un hacer alto, una mediación entre nosotros y lo que percibimos. Lo pornográfico, según Byung-Chul Han, es todo aquello que se presenta sin mediación, o sea, sin que la razón lo perciba, lo mida, lo interprete. Así dice aquella calvinista reflexión literaria: saber quién y qué no es infierno, hacerlo durar y darle espacio. Saber eso es practicar una mediación. La contemplación es una mediación porque suspende los juicios críticos que la mente hace a priori. Conocer es producto de la contemplación, es decir, conocer es una acción a posteriori: primero ocurre el fenómeno, luego aparece su interpretación. Plutarco no cuenta qué dijeron los intérpretes y augures de Alejandro al volver con ellos del templo de Amón mientras se iban sucediendo atardeceres escarlatas durante el trayecto de regreso. Sólo alude en una línea a ellos como los crepúsculos rojos, bermellones y carmesíes que rodearon a los expedicionarios. Hay algunos como Robert Graves que creen en una fatalidad. El corte con la espada del nudo gordiano cerró una cultura de la participación y originó una desviación irreparable y creciente: la cultura judeocristiana de la manipulación. Aunque no fuera verdadera, la paciencia para desatar el nudo que Aristobulo le atribuye a Alejandro es real. O posible, lo cual es ya una manifestación de lo real. Y hay palabras asociadas: el arte de demorarse, o el arte de la paciencia y la contemplación. Hasta Alejandro lo supo y quizá lo practicó. Fernando Solana Olivares