Friday, September 29, 2017

CARTA DESDE UNO MISMO

Debes decirte lo que estás viendo. Usar los pocos recursos que la comprensión te ofrece. Nombrar las cosas: ¿final, tránsito, ajuste? Disputaste con los tuyos para que esos pequeños no vinieran al mundo, pero ya están aquí y no tienes nada con lo que confortarlos de verdad para que el consuelo llegue a ellos. No puedes advertirles desde ahora que el mundo es un lugar desconsolado. Llévalos a ver entonces, desde sus siete años, en sus términos, todo lo que pasa alrededor. Cuéntales la épica pública de la irrupción de Nosotros, de la gente anónima que, de nuevo, en una escala mucho mayor a la de hace 32 años, ahora armada de redes sociales y de compasión directa, también de desconfianza estructural y de irreversible hartazgo con los políticos y sus instituciones, con el indiferente actuar egoísta de todos los días, toma en sus manos la ayuda a las víctimas y se cura de su propio espanto ayudando a los demás. Ellos no se ven a sí mismos mientras lo están haciendo, pues no es la razón la que los llevó a dejar todo después del brutal estremecimiento. No calcularon, no midieron, no pensaron. Él se lanzó a la calle a buscar unos amigos del Plaza, edificio del que un vecino asustado dijo que había caído. Estaba de pie, pero en la esquina de Laredo y Ámsterdam se encontró uno aplastado. Hasta la madrugada se dedicó a levantar piedra sobre piedra, buscando sobrevivientes y acompañado de muchísimos más. Durmió un par de horas y siguió removiendo escombros con las manos desnudas. Pronto llegarían guantes, picos y palas, y se extendería el puño en alto como signo de la tarea de búsqueda, delicadamente silenciosa e inmóvil en medio de la atrocidad. Esta es una estampa más y las historias son incontables. La pareja de viejos octogenarios que perdieron la casa con todas sus cosas adentro y quizá pronto morirán de tristeza, sintiéndose aligerados. El soldado que lloró en Jojutla como un héroe homérico cuando vio muerta a la mujer que rescató de las ruinas. La despedida del Cuervo a sus clientes asumiendo que acaso mañana no los vuelva a ver. La untuosa, repetitiva y moralizante cobertura mediática tan farisea que de pronto ofrece dos notas impecables: la cámara se mueve para captar imágenes, la situación se describe, nada más. El secretario de Gobernación al que corre a gritos la gente ocupada en el rescate. Fuenteovejuna, escueta, le dice: lárgate, déjanos trabajar. El tiempo alterado donde el lenguaje también es un látigo de precisión. Y los cadáveres de los políticos sin saber cómo actuar ante los medios, su tarea primaria antes y ahora ni qué decir. La invención de víctimas atrapadas que fabrican los buenos deseos y los malos reportajes. Una perrita en un balcón del tercer piso que es salvada por la presión en las redes. La solidaridad humana como nuestra principal lección. General, decidida, múltiple, cibernética, loca. La desgracia hermana a la mayoría en un ahínco febril y espontáneo. El cuerpo espiritual entra en acción para hacerse cargo del desastre. Surgen una masa y un poder multitudinarios, un frenesí de ayuda protagonizado sobre todo por jóvenes de entre 17 y 30 años, por muchos adultos y niños también. Cuéntales de la existencia de Nosotros, el último obosom que proviene de lo humano profundo, sólo se reúne para realizar tareas extraordinarias, sus miembros se identifican entre sí precisamente en ellas y al terminarlas se vuelven a dispersar. Puede entonces haber catarsis, purificación colectiva de la aflicción y del temor. Diles que ese todos que ahora vuelve a aparecer contiene una respuesta necesaria en este paso repentino de la felicidad a la infelicidad. Una acción frente al acontecimiento inesperado-esperado que en segundos destruyó la normalidad. Aclárales que todo esto es lenguaje, pero que son las palabras las únicas perspectivas que la gente tiene ante lo inhóspito de lo real. Y las acciones con el prójimo, con el de junto antes inadvertido, con el otro que ahora se volvió yo. Deben saber que su mundo se deshace y que les tocará sobrevivir y reconstruirlo. Acerca de lo primero, el pesimismo de la inteligencia afirmará que no hay garantía. Sobre lo segundo, el optimismo de la voluntad asegurará que sí. Pero tú confórtalos, asegúrales que el mundo es un lugar debido porque estamos aquí. No olvides, suavemente, hablarles de las placas tectónicas y de tantas otras cosas. Lo que nos destruye no es lo inesperado, sino lo que no se supo nombrar. Debes decir lo que estás viendo. Fernado Solana Olivares

Friday, September 22, 2017

NI UNA MÁS / I

Hace más de diez años, en las generosas páginas de Milenio, el autor de esta columna se preguntaba por las arcanas y oscuras razones de la misoginia estructural, perenne, impuesta culturalmente a través del tiempo como una caracterología humana de larga duración, la cual ahora alcanza niveles cada vez más sanguinarios y suma a aquella atrozmente estúpida tipología social femenina de la puta, la santa, la loca, la bruja y la tonta, una sexta, espantosa condición: la asesinada. ¿Cuál es el origen, la causa de esa sistemática opresión destructiva de la otra mitad que constituye al mundo tanto físico como mental? ¿Por qué hay tanta violencia privada y pública contra las mujeres, tanta y tan atmosférica “despectividad”? Tal vez, se escribía entonces, para comprender las causas de este infierno creciente deba volverse al viejo momento cuando el Logos presocrático mutiló su origen dual, aquella parte irrenunciable para el espíritu humano de la realidad intuitiva encarnada por la diosa, por lo femenino. Saber de nuevo cómo Ápolo, representante de la razón masculina, engañó a las ninfas ---última presencia de lo divino en el mundo antiguo--- y robó sus artes adivinatorias. Reconsiderar una vez más los atributos de Palas Atenea, virgen guerrera que simbolizaba los saberes, la técnica, la estrategia militar, la justicia y la doma de caballos, evidenciando así lo femenino como el principio civilizador de la especie humana. Repetir también que el lenguaje ---la casa del ser--- es una aportación de lo femenino a la conciencia, de ahí que aprendamos a hablar en la lengua de nuestras madres. O mirar objetivamente los errores epistemológicos de la deidad abrahámica heredada ---Yahvé, el macho cabrío, autoritario y colérico que guía al rebaño--- y de su parcial e imperfecta cosmogonía que ignora la existencia de un básico principio dual para crear todo lo existente. O insistir en que no hay realización integral de la persona si no logra fundir en sí misma la parte masculina, el ánimus, con la parte femenina, el ánima. O valorar a la madre nacional, la Malinche, no como la traidora envilecida, chingada por el conquistador, según intérpretes de la idiosincrasia mexicana al modo de Octavio Paz, sino como la heroica mujer que sabiamente preservó su genealogía dándole hijos, nosotros los mestizos, a un bárbaro conquistador que de otro modo hubiera destruido a la estirpe mesoamericana. La larga línea causal que fundaría la misoginia histórica va desde los relatos judeocristianos de la creación, que primero hablan de la pareja adánica y líneas más adelante se contradicen para enfatizar la condición dependiente y subordinada de la mujer ante el hombre, pasa por el triunfo del pensamiento aristotélico que define a la mujer como un varón incompleto, hasta abarcar las despiadadas persecuciones femeninas impulsadas por las bulas papales y derivar en el feminicidio sistémico que en la posmodernidad ocurre en casi todas partes del planeta, de manera señalada en Ámerica Latina (46 % de los feminicidios mundiales) y en México, nuestro crucificado y violento país. Sería en Ciudad Juárez donde surgirían los feminicidios crónicos perpetrados por una mafia de poderes fácticos que, según la antropóloga Rita Laura Segato, llevaría a cabo tales crímenes demoniacos como una exigencia extrema entre sus miembros para garantizarse absoluta lealtad. Este patrón sacrificial, realizado con jóvenes obreras de maquiladoras, solteras, esbeltas y de cabello largo en su mayoría, representa un punto de inflexión en el englobante signo de la época: más que la descomposición de la conciencia masculina racionalista anuncia su irreparable putrefacción. Y acaso la del Estado mexicano, incapaz de investigar y castigar decenas o quizá cientos de crímenes que desde entonces siguen impunes. La cultura de la comprensión participativa y sus modelos de sociedades fraternales, las que consideraban como esencial y primario el poder de crear y sustentar la vida, el poder horizontal, armónico y flexible de la Gran Diosa, fueron violentamente reemplazadas por un patriarcado invasor que destruyó aquellos cultos y reelaboró los mitos del origen para justificar su brutal dominio, construyó culturas de la manipulación que fomentaron una conciencia de la discriminación y la distancia ante la naturaleza, culturas monoteístas y misóginas donde Dios resultó ser un macho antes que un varón, una máquina antes que un organismo, un verdugo antes que un protector. Fernando Solana Olivares

Friday, September 15, 2017

OAXACA: YA SABEMOS / y II

Si antaño los poetas fueron los guardianes de las metamorfosis, hoy los guardianes de la memoria son unos cuantos periodistas cabales y ciertas personas comprometidas que practican la solidaridad con los demás. El arte más viejo que se conoce es el arte de hacer seres humanos, así en la época actual a veces parezca una práctica inútil, decadente o minoritaria. Y los seres humanos se hacen a través de la remembranza y sus historias: desde los bienes de la cultura hasta las destructivas aberraciones del sistema, desde los sacrificios heroicos de algunos hasta los excesos criminales del poder. En una de las conclusiones de su amargo, pormenorizado y profiláctico informe, la Comisión de la Verdad de Oaxaca señala que “el principal responsable a nivel estatal de la violación sistemática a los derechos humanos en Oaxaca durante el conflicto de 2006 y 2007 es el entonces gobernador del Estado, Ulises Ruiz Ortiz, quien generó todas y cada una de las condiciones necesarias para la operación de grupos armados ilegales, los cuales llevaron a cabo ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y actos de tortura, así como también ordenó y encubrió el uso excesivo de fuerza cometido por sus subordinados”. Y junto con el gobernador criminal ---el peor de todos hasta ahora en la esperpéntica y sistemática genealogía oaxaqueña de malos gobernantes---, señalado tanto por la CNDH como por la SCJN, otros funcionarios estatales son corresponsables: Jorge Franco Vargas, Heliodoro Díaz Escárraga, Lino Celaya Luría, Alma López Vázquez, Sergio Segreste Ríos, José Manuel Vera Salinas, Pedro Ismael Díaz Laredo, Alejandro Barrita, Joaquín Darío Berges, Manuel Moreno Rivas, Daniel Camarena, Pedro Hernández Hernández y Aristeo López Martínez. La CVO consigna que “tanto el Ministerio Público como la autoridad judicial hicieron causa común con el gobierno del Estado para someter a toda costa al movimiento social”. Rosa Lizbeth Caña Cadeza y Evencio Nicolás Martínez Ramírez, procuradores generales de Justicia, y los ministerios públicos Jorge Aquino Reyes, Luis Floriberto Sánchez Castellanos, Héctor Joaquín Carrillo Ruiz, Marcelina Catalina Morales Celaya y Wilfrido Bernardino Ortega, junto con los jueces María de los Ángeles Vázquez García, Esteban Fidel Aquino Gijón, Renato Aurelio Cruz Concha, Luis Salvador Cordero Colmenares y Rosalba Morales Lázaro, fueron causantes y actores de una justicia venal y parcializada que calificó de legales las acciones delictivas del gobierno, protegió conductas oficiales ostensiblemente irregulares, criminalizó a las víctimas, falseó declaraciones, alteró documentos y expedientes, desvió investigaciones, exoneró responsables y obligó a los afectados a indagar por su propia cuenta los delitos que sufrieron. En esta lista nacional de la infamia también aparecen como responsables de violaciones graves a los derechos humanos Vicente Fox y Felipe Calderón, expresidentes, los secretarios de Gobernación Carlos Abascal y Francisco Ramírez Acuña, los secretarios de Seguridad Pública federal Eduardo Medina Mora y Genaro García Luna, junto con Ardelio Vargas Fosado, jefe de la Policía Federal Preventiva, en coordinación con el Ejército y la Marina. No queda excluido de ello el mustio y decepcionante Gabino Cué, quien sucedió a Ulises Ruiz y al PRI en gran medida gracias al mismo movimiento reprimido y cuyo gobierno no brindó justicia a las víctimas ni sancionó a los responsables señalados. La Comisión de la Verdad de Oaxaca concluye sus veinticinco recomendaciones exhortando a las víctimas del conflicto social de 2006 y 2007 para extender sus redes de apoyo, desarrollarse y crecer individual y colectivamente “a pesar de los diversos obstáculos impuestos por el Estado”. Esta conclusión de circunstancias, que debe abarcar a todos los protagonistas activos y a todos los simpatizantes de aquella Oaxaca heroicamente insurrecta, condensa el pesimismo de la inteligencia crítica y el optimismo de la voluntad común. La acción bifronte de una resistencia popular que contemplada en el tiempo vive tanto cuentas cortas coyunturales, como cuentas largas estratégicas. En ella, lo mismo que en otros ámbitos del quehacer de la sociedad, los saldos totales son relativos. Hay “caminos misteriosos”, diría Carl Schmitt, que llevan a la gente a ganar habiendo aparentemente perdido. En estas cuentas distintas obrará Cuando el Estado aplasta, una lección moral, una memoria pública, un ya sabemos colectivo. Fernando Solana Olivares

Friday, September 08, 2017

OAXACA: YA SABEMOS / I

Diez años después de la insurrección popular ante el gobierno represor y homicida de Ulises Ruiz Ortiz, la Comisión de la Verdad de Oaxaca integrada en 2014 para investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos, hizo público un informe de más de mil páginas elaborado por un equipo multidisciplinario que a lo largo de 18 meses dirigió el sacerdote Alejandro Solalinde y del cual el periodista y escritor Diego Enrique Osorno formó parte esencial. El título del amargo texto fue literal e inequívoco: Ya sabemos. Debido a las denuncias fundadas y los hallazgos documentados que daba a conocer, evidencias categóricas de la impunidad oficial prevaleciente en el país, su difusión fue bloqueada por varias instancias gubernamentales, el Congreso estatal recortó el presupuesto para editarlo y la administración oaxaqueña hizo una limitada versión donde se omitieron algunos apartados centrales. A pesar de los impedimentos evidentes y los obstáculos tácitos que el poder desplegó para ocultarlo (“el presupuesto total ejercido por la CVO durante su periodo legal de existencia, entre septiembre de 2014 y febrero de 2016, equivale al gasto que el gobierno federal hizo para publicitarse en medios de comunicación en tan sólo tres días”), ahora sale a la luz Cuando el Estado aplasta, una edición y selección de Diego Enrique Osorno auspiciada por Ediciones Proceso que presenta tanto las conclusiones como las recomendaciones a las que dicha comisión llegó. Veintisiete muertes que pueden considerarse ejecuciones extrajudiciales o asesinatos responsabilidad del Estado. Veintiocho desapariciones de personas reportadas oficialmente que requieren una investigación para deslindar incumbencias oficiales y la participación de agentes del Estado en ellas. Más de trescientas víctimas de tortura, práctica gubernamental que se convirtió en sistemática y generalizada. Un daño psicosocial masivo, tal como demuestran cientos de testimonios individuales y colectivos. Una estrategia del Estado para combatir al movimiento social desarmado y pacífico a través de tácticas antisubversivas que a nivel local y federal instrumentaron planes y utilizaron instituciones de la seguridad nacional (Cisen, AFI, PFP, Sedena y Semar) con el objetivo de causar terror y desmovilizar a la población inconforme, a través de porros y provocadores infiltrados en el movimiento lo mismo que mediante caravanas de la muerte que atacaban durante la noche. Un uso estatal indebido y excesivo de la fuerza pública en contra de la población por parte de mandos superiores, mandos medios y tropas de línea que no acataron lo dispuesto en diversas leyes aplicables. Una violación masiva y sistemática de derechos humanos como el principio de presunción de inocencia, el debido proceso y las garantías judiciales. Detenciones arbitrarias e ilegales acompañadas de tratos crueles e inhumanos. Vulneración genérica del derecho de libertad de expresión, pensamiento, información y manifestación de la población, por acción y omisión de las autoridades. Desconocimiento hasta la fecha de la cantidad de recursos públicos gastados para publicitar al gobierno en medios de comunicación durante la crisis social. Mecanismos de represión física, psicológica y técnica contra medios de información comunitarios y alternativos, así como el empleo de técnicas de contrainformación para perseguir, hostigar y estigmatizar a periodistas independientes y dirigentes sociales. Violencia persistente contra periodistas, comunicadores e integrantes de medios de comunicación, cinco de los cuales fueron asesinados y treinta y tres fueron agredidos físicamente, algunos en más de una ocasión. A una década de los acontecimientos, la CVO informa que sigue careciéndose de estadísticas completas de la represión. Sin embargo, en los anexos de su informe constan los nombres de 373 víctimas, sin incluir a familiares y otras víctimas que por diversas razones no se han presentado a declarar ante ninguna instancia. De tal manera se vuelve apabullante la enumeración de las acciones de un Estado que reprimió con extrema violencia a sus ciudadanos, hasta ahora con total impunidad en una amnistía de facto otorgada por la justicia a los perpetradores, quienes son identificados en el informe y de los que se hablará, junto con las recomendaciones. Toda Comisión de la Verdad cimienta una moral pública al cumplir su tarea: el sistema inmunológico social inicia su curación. Como ahora, cuando ya sabemos. Fernando Solana Olivares

Friday, September 01, 2017

LAS ALMAS MUERTAS

Nikolai Gógol no utilizó el artículo para nombrar su narración Almas muertas, la historia de una estafa cometida por un seudo inspector que simula comprar siervos de la gleba, “almas” que estando muertas siguen registradas en los censos como vivientes. De haber habitado en la catástrofe posmoderna, Gógol quizá preferiría otro título: Conciencias muertas, pues el término alma, bien sea por intervención divina o por característica humana innata, invariablemente alude a la razón y a la sensibilidad, aquellos atributos que teóricamente terminan al desaparecer el individuo. Pero el alma también puede morir antes de que la persona fallezca. Y esta muerte en vida suele manifestarse en el lenguaje, esa casa del ser o casa del alma descrita por el filósofo cuya quiebra es una práctica cada vez más común. La advertencia de Joseph de Maistre en el siglo dieciocho (“toda degradación individual o nacional es anunciada por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje”) resultó ser entonces mucho más que una amarga anticipación profética sobre las almas muertas del porvenir. Aquella ocupación central que la filosofía hizo del lenguaje en el siglo veinte, cuando la atención hacia la teoría de la comunicación, la lingüística y la cibernética se volvió dominante, fue saludada entonces como un salto decisivo hacia una forma de pensamiento completamente nueva. Sin embargo, ese “descenso al lenguaje” o “giro lingüístico”, como la teoría literaria lo llamó, escondía dos paradojas. La primera de ellas era que tal “fetiche de lo textual” desplegaba su atracción precisamente cuando los discursos intelectuales de oposición y resistencia a la época de los años 60 serían despojados de sus palabras a través de una manipulación del lenguaje vaciado de sentido, sobre todo en su uso público. Detrás de ese despojo había una derrota aún mayor: la destrucción de la herencia de la racionalidad ilustrada. Puede enumerarse brevemente, como lo hace John Zerzan, a dónde nos ha llevado: Auschwitz, Hiroshima, miseria psíquica de las masas, destrucción del planeta, entre otras cosas. La llegada de esa neolengua vislumbrada por Orwell en su distopía sería la segunda paradoja. Un lenguaje que elimina ideas y conceptos para sustituirlos por simplificaciones enajenantes, intencionalmente inexactas y deliberadamente empobrecidas. Su tarea es inhibir el pensamiento crítico y convertir a la gente en víctima inerme de las manipulaciones del poder. Las palabras son perspectivas y su reducción cancela la tarea central de la conciencia: mirar es rodear (con palabras) el objeto. De ahí que los políticos se dirijan a los ciudadanos como menores de edad, utilicen aspectos emocionales antes que formas reflexivas, mantengan al público en la ignorancia y la banalidad, empleen montajes como estrategia de la distracción. Los ejemplos se acumulan todos los días, en una sobresocialización que convierte en atmósfera o medio ambiente la declinación reductiva del lenguaje. Consejeros del INE y sus articulistas afines sostienen que atacar al “árbitro” (sic) de las elecciones genera “malestar con la democracia”; precisamente después de aprobar un obsceno presupuesto para las próximas elecciones, el presidente de ese instituto dice que es “tiempo de discutir” su descomunal monto; el desvergonzado secretario de Comunicación y Transportes traslada su directa responsabilidad en el socavón de Cuernavaca a terceros, lluvia, coladeras y drenaje incluidos; el dudoso ex director de PEMEX se indigna teatralmente ante el señalamiento de su presunta vinculación con sobornos millonarios. El lenguaje muerto de las almas muertas y sus palabras talismánicas en todo su esplendor: newspeak (neolengua), reality control (control de la realidad) y doublethink (doble pensar). La hegemonía de un sistema va imponiéndose a través de la corrupción del lenguaje. Llamar al pan el pan y que aparezca en la mesa el pan de todos los días, como escribió Paz en un poema eterno, parece ser ahora una tarea tan radical como improbable. El significado resulta neutro e irrelevante en este sitio triste y vacío que la capitulación del espíritu del posmodernismo ha implantado aquí y allá. La historia siempre va y viene como las olas de la marea. Y la resistencia se condensa en corregir las denominaciones y emplear las palabras verdaderas. Que las almas muertas se queden con su lengua de madera. Las almas vivas volverán a decir. Fernando Solana Olivares

Friday, August 25, 2017

MIRANDO AL REY LEAR

Los ciclos se cumplen, las edades terminan. Lo soñé o me soñó. Tal vez. Era el rey Lear, aquel gigante tan desdichado de Shakespeare que vino a mí sin aviso alguno, porque así suceden las cosas en los sueños. En nuestro encuentro casual que era una cita hubo ausencias, como la del inexplicable Bufón, quien nunca acudió. Confieso haberlo extrañado. Pero he aprendido a entender las circunstancias que me rodean como los cabalistas suelen leer la Biblia: todas las ausencias son significativas, todas las ausencias son presencias justamente porque no están. No estuvo Cordelia, la hija fiel y asesinada, la del don del paciente silencio y el atento amor. Ni sus perversas hermanas Gonerila y Regania, malévolas odiadoras del padre y enemigas entre sí. No se presentó esa brutal negación llamada Edmundo, el personaje más frío que la imaginación humana hubiera compuesto jamás. Tampoco Edgar, el de la heroica desesperanza, campeón implacable que vengará las atrocidades del hermano cainita. Ni el atormentado conde de Gloucester, a quien le arrancan los ojos y multiplican su aflicción. O el envejecido Kent, que muy pronto se reuniría con su amo en la muerte mayor. Sólo llegó Lear al sueño inhóspito, el viejo rey loco, ese sol crepuscular, aquel padre traicionado que tambaleante llevará en brazos a su Cordelia ahorcada y antes malquerida por él, con la cual, ya muerta, al fin será reconciliado. Quise preguntarle tantas cosas. Él me las dijo o yo las planteé. Tal vez. Su presencia se volvía aplastante en su magnitud pues estaba muy cerca de mí, emocionalmente aún más. Su cabellera era una cauda hostil que ondeaba al viento y su rostro, cruzado por las cicatrices de los días, el abandono y la tristeza, una profunda tristeza, parecía una máscara agrietada por el dolor. Encerraba una desamparada grandeza que se coronaba a sí misma con flores, como un loco sagrado o un viejo atroz. En su furia había una infinita franqueza, no abrigaba ninguna duplicidad. Era demasiado grande para disimular nada: ser tiene menos letras que parecer. Al estar a su lado recordé algunas palabras dichas por un crítico, que esa magnífica generosidad de su espíritu lo hacía amar demasiado y a la vez lo empujaba a pedir demasiado amor. Craso error, ya que uno debe aprender, si puede hacerlo, a amar sin esperar recibir nada a cambio. Amor no recíproco, amor en una sola dirección. Entonces el amor es tarea de santos. Y Lear era humano, a pesar de su majestuosa inmensidad. Quizá fue entonces cuando le pregunté cuál era su auténtica profecía, si contra la naturaleza que nos lleva a la muerte haciéndonos viejos o contra la ingratitud filial, de hijas e hijos, da igual. Sólo puedo suponer que su respuesta alcanzó las dos cuestiones. Él ya había dicho, en el violento expresionismo que su autor pondría en sus labios, “aquí reniego de todo mi cuidado paternal”. Estaba equivocado al dirigir esta sentencia a Cordelia, la hija amorosa aunque inexpresiva, y no a los demonios de las otras dos. Pero acertaba al recusar sin contemplaciones el engañoso mito del idilio familiar. Nunca llegó a la fórmula neognóstica de Borges, uno de sus tantos deudores, para decir que los espejos y la paternidad son abominables porque multiplican el número de los seres humanos, pero habló del “oscuro y vicioso lugar” donde se engendran los vástagos ingratos. Y luego diría: “Nada saldrá de nada: habla otra vez”. Era el gran padre quebrado y su autoridad rota, el dios padre si se quiere, quien caminaba conmigo en aquellas escenas de fantasmales narrativas que los sueños acostumbran presentar. Como el coro de las cosas derrumbándose se escuchó la cáustica voz del Bufón ausente dirigiéndose a Lear, y también a mí: “No deberías haber sido viejo hasta que fueras cuerdo”. Después, sin transición alguna, desperté. He acudido a Harold Bloom, al modo de un diccionario de símbolos, para pasar en limpio mi sueño, cribarlo de impurezas y enterarme que Goethe habría observado que todo anciano es el rey Lear exorcizado por la naturaleza. “La nada engendra la nada”, escribe el riguroso crítico, bien podría ser el lema pragmático de la paternidad en la terrible sabiduría de esta tragedia. Una acción humana que tendría lugar en aquel mundo que la sabiduría gnóstica llamó kenoma: “vacío”. La paternidad retribuida, que debe haberla (y la maternidad satisfecha, condición implícita en todo esto), también sería un aspecto, aunque no el más interesante, del eterno rey Lear. Fernando Solana Olivares

Friday, August 18, 2017

DOS DEMENTES, UN PAÍS

El autócrata y supremacista Trump, un troll de Twitter aposentado en la Casa Blanca, cuya madurez emocional no alcanza la de un niño colérico de doce años, dueño de una gran fortuna y una profunda ignorancia gringa, habituado a satisfacer todos sus caprichos y conseguir sus fines cuesten lo que cuesten sin ningún escrúpulo moral. El esperpéntico y limitado chofer de Chávez, Nicolás Maduro, tan demagógico como su mentor y aún más antidemocrático, incapaz de autocrítica alguna o negociación sensata, dispuesto a bañar en sangre su país con tal de no perder su putrefacto y cada vez más frágil poder. Un diseño imperial de desestabilización geopolítica reconocido desde hace muchos años en documentos y declaraciones que han pasado desapercibidos para la amnesia inducida mediante el lavado de cerebro de las grandes mayorías contemporáneas, pero que puntualmente advierten de los mecanismos destructivos que uno a uno, como si fueran amargas profecías, van sucediéndose sin interrupción. Afganistán, la guerra de Irak y la caída de Saddam Hussein, antes aliado de Estados Unidos ---con el cual, una vez más, tanto el gobierno de entonces como las grandes cadenas televisivas y los “respetables” medios como The New York Times y Washington Post, paladines de la libertad de expresión ante el autoritarismo informativo del gobierno de Trump, recurrieron a las fake news y a la posverdad tan escandalizantes hoy en día, para convencer a la opinión pública de la moralidad y justicia de sus fines---. Después seguirían Siria, Libia, y a continuación Venezuela, países petroleros que representan piezas sacrificables en el ajedrez nihilista del dominio imperial, integrados por “poblaciones prescindibles” que el horror económico del neoliberalismo ha condenado sin piedad. La época de turbulencia a la que el mundo ingresó después de la Segunda Guerra ha sido fomentada por un imperio desestabilizador y adicto a la guerra, matón a sueldo del mundo y autoproclamado guardián de la democracia, cuya política exterior es la devastación de los países en desarrollo, el saqueo de sus recursos naturales, el derrocamiento de sus proyectos autónomos y liberales, la extinción de la soberanía de sus estados nacionales, la proliferación de las drogas en ellos, la enajenación mediática y consumista de sus sociedades y la captura política de sus élites. En breve, aquella distopía orwelliana donde la guerra es paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es fuerza. Siria es un arrasado y brutal territorio de batalla con cientos de miles de muertos y desplazados que ha dado lugar a todo el infierno contemporáneo: la crisis europea de los refugiados, el surgimiento de los populismos nacionalistas de derecha, la salvaje irrupción del Estado Islámico y la proliferación del terrorismo islámico por todo el planeta. A partir de 2003 ese país apareció insistentemente en los discursos oficiales norteamericanos y el régimen de al-Assad fue descrito como “peor que el de Hussein”. Libia, después de la cacería y sodomización del estrambótico y dictatorial líder Kadafi, se ha convertido en el mayor mercado de esclavos del mundo. Irak está irremediablemente balcanizado y la incertidumbre bélica alcanza a la península coreana, crispa a China, amaga a Irán y pone a la expectativa a Rusia. Hoy es Maduro el enemigo designado, el tirano que en nombre de la democracia tutelada por el imperio debe ser depuesto así sea mediante una intervención militar. El gobierno proconsular de México, su mediocre y acobardado presidente junto con el vergonzoso aprendiz de canciller que no aprende nada, aquellos que relanzaron la candidatura de Trump, habrán favorecido este escalamiento bélico al convertir el asunto venezolano en una maniobra de distracción doméstica sobre la corrupción imparable, la violación crónica de los derechos humanos y la criminalización creciente del Estado, así como en un mensaje subliminal hasta ahora ---después será descarnado y directo--- contra la némesis peñanietista que significa López Obrador. La ominosa presidencia del autócrata requiere una guerra para legitimarse, afianzar su poder y hacer negocios; el complejo militar industrial y financiero que desde mediados del siglo pasado domina al mundo y gobierna Estados Unidos también. Dos dementes y en medio otro país a ser crucificado. Como diría el ensayista Pankaj Mishra, asumamos el pensamiento apocalíptico y démonos cuenta que todo esto nos conduce inexorablemente al final. Fernando Solana Olivares