Friday, December 08, 2017

ESTAMPAS DE OTOÑO

La equivocación. La escritora coreana Yon Sunh-Hee ha dicho una y otra vez, a lo largo de su conferencia, la palabra “desconcentración”. Habla desde otra experiencia literaria y no quiere decir eso, sino “desconcertación”. No propone perder la concentración sino aceptar el desconcierto de la mente ante lo que ella va encontrándose en su camino. La eficaz traductora, otra coreana más joven de casi perfecto español, no distingue una cosa de otra, y así una doble perplejidad se instala en la charla. Sin quererlo se logra lo que la novelista aconseja: el desconcierto de todos. La muchedumbre. Vas con hombres, regresarás disminuido, advertían los clásicos. Las tumultuosas colas para entrar, para estar, para salir, hacen de la FIL un ahogamiento. Son tantos los libros, los asistentes, las presentaciones, los premios, los coloquios, los encuentros, que dejan de ser. Las estadísticas consisten en cifras de decenas de miles en insaciable aumento anual: la sociedad del espectáculo adicta a la magnitud. En cambio, las estadísticas sobre lo sustancial de la hidrocefálica feria de vanidades se desconocen: como la sustancia de las cosas no tiene costo, entonces no tiene valor. Pero el espíritu sopla donde quiere, aun aquí, en este tan abrumante lugar. La firma. Fuera de las instalaciones de la FIL, a los pies de la astabandera y muy cerca de diez pestilentes baños portátiles que rebosan mierda, está colocado el tianguis político de la temporada. Los independientes piden firmas. Dos atentas jovencitas atienden el stand de Marichuy Patricio, la vocera del Concejo Indígena de Gobierno. “En un mundo donde rige la idea del progreso y se ve la tierra como mercancía, resguardar la naturaleza y la vida implica tomar un camino espiritual”, dice uno de los carteles que con limpia caligrafía transcribe una frase de la vocera. El magnetismo de esa propaganda política inesperada y abarcante lleva a más gente a firmar en su apoyo que en el de los otros candidatos. Las razones de quienes lo hacen por el CIG son éticamente distintas, hiperpolíticas, o sea, políticas para las últimas horas. La amnistía. Podría parecer una estridencia secundaria de López Obrador proponer el perdón al crimen organizado, otra declaración más para seguir determinando las agendas políticas y echar a andar a sus adversarios, que hablarán de él obsesiva e histéricamente y seguirá alimentándose la poderosa identidad negativa que lo mantiene a la cabeza de la carrera presidencial. O lucir como un mensaje de táctica electoral a los maleantes, lo mismo que ese ofrecimiento de clemencia para la mafia en el poder, aquel oligárquico pacto de impunidad que durante doce años ha denunciado. López Obrador, sin embargo, señala algo que más temprano que tarde deberá considerarse. La guerra de las drogas está perdida, como se libra ahora por instrucciones del imperio nunca se ganará. El mismo sistema de pensamiento que la produjo no la puede resolver. El candidato. Hay un aire de rehén en José Antonio Meade, quien con su talante bonachón y anticarismático pidió al PRI, ridículamente, que lo hiciera suyo. Su candidatura recuerda la de Colosio, férreamente controlada, y después desprotegida, por Salinas. Los tecnócratas vencieron a los políticos porque contaban con alguien cuyo capital político es no pertenecer al partido y contaminarse de su corrupción, pero el peñanietismo dirigirá la campaña y un rancio PRI restaura liturgias y rituales como hachas de una guerra que irá subiendo en intensidad. El fragoroso teatro del esperpento político, nuestro antiguo género nacional. El poeta. Nunca lo esperó. Menos ahora cuando ya es un hombre mayor. Ha escrito y leído siempre, periférico a la república de las letras. El premio de poesía que obtuvo, un accésit, su alborozada alegría por ello y la acción de lo inesperado forman un cuadro extravagante. En la reunión pregunta si quieren escuchar alguno. Lee tres poemas muy buenos. Lleva horas apoderado de la noche, hablando alto porque escucha mal y riéndose como un Falstaff que se comporta como el Guasón a veces. Concentra en sí mismo la frase borgeana: a los hombres las cosas les llegan tarde. La poeta Emily Dickinson pedía probar alguna vez el reconocimiento literario. Nunca pudo hacerlo. Cervantes tampoco. Este hombre acudirá a Madrid y recibirá su premio. La poesía se premia objetivamente porque vende muy poco. Y él es feliz, un estado del ser que a menudo sucede. El entusiasmo lo lleva a hacer planes y lo rejuvenece. Eso demuestra que el tiempo no existe. Fernando Solana Olivares

Friday, December 01, 2017

LA ÚLTIMA FRONTERA

La primera regla de la salud mental según Federico Nietzsche es curarse del resentimiento. Quizá esto lo pensó al comentar el conflicto entre Voltaire y Rouseau. Uno elitista y otro plebeyo, uno arrogantemente sereno ---aun siendo capaz de cóleras literarias y furias jupiterinas--- y el otro envidioso, revolucionario y resentido. Uno rico y el otro pobre. De este conflicto entre dos visiones que tiempo después se harán vida concreta en nuestra sociedad planetaria de oprimidos y opresores, un brillante ensayista hindú, Panjak Mishra, escribe La edad de la ira. Una historia del presente (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017). Las líneas de fuerza del libro son las tendencias “intelectuales y emocionales” de la época: los orígenes del resentimiento, la destrucción y el miedo vigentes por estos días, contados a la manera de un fresco que abarca desde los francotiradores norteamericanos hasta el Estado Islámico y Donald Trump, y proviene de los jóvenes airados del siglo diecinueve que dieron lugar al nacionalismo alemán, lo mismo que de los revolucionarios mesiánicos rusos, los chovinistas italianos y los anarquistas europeos. Mishra cita a Hannah Arendt para precisarlo, y recuerda aquella advertencia de la pensadora: que surgiría un “tremendo incremento del odio mutuo y una irritabilidad en cierto modo universal de todos contra todos los demás”. Un resentimiento que supone un rencor generalizado contra los otros, cuyo origen es una densa mezcla de envidia, humillación e impotencia. Tal emoción, que envenena a la sociedad civil y afecta la libertad política, ha sido causa de “un giro global hacia el autoritarismo y sus formas tóxicas de chauvinismo”, que apenas comienza a mostrar su inesperada proliferación. La crudeza de La edad de la ira cuenta la historia de masas condenadas al éxodo y estafadas brutalmente por las élites, que responden contra ellas a escala planetaria mediante arranques populistas y brutalidad rencorosa. Una rabia (“una guerra civil global”) que ahora, como afirma Mishra, las élites contemplan con abrumada perplejidad. No es posible ya, con la victoria de Donald Trump, “negar o disimular el enorme abismo, que Rousseau fue el primero en explorar, entre una élite que se apropia de los frutos más selectos de la modernidad y desdeña las viejas verdades”. Las masas, desarraigadas y al margen de estos frutos selectos, “se entregan al supremacismo cultural, al populismo y a una brutalidad rencorosa”, retrocesos históricos todos ellos que ejemplifican la irreparable fractura posmoderna con los postulados racionales de la Ilustración y sus paradigmas revolucionarios, e incluso liberales, de libertad, igualdad y fraternidad como ideales comunes y principios guía de las sociedades modernas. La democratización del deseo y en consecuencia de la frustración, el principio del placer como razón dominante, la sustitución del ciudadano por el consumidor, la insaciabilidad de la producción en serie, la realidad mediáticamente construida con mentiras y engaños masivos, las aspiraciones miméticas de los oprimidos con el modo de vida de sus opresores, el feroz individualismo anglosajón exacerbado por las tecnologías digitales, son algunas razones de lo antes impensable que ahora sucede con crónica ansiedad: un nihilismo rampante, atmosférico y hegemonizado. En una entrevista posterior a la aparición de su lúcido e indispensable ensayo, Mishra ha señalado que el sistema político, económico y social instaurado después de la II Guerra Mundial ha saltado por los aires: “Hemos ingresado en una época de tremenda inestabilidad. ¡Pero si tenemos un troll de Twitter en la Casa Blanca, que además tiene acceso a las armas nucleares y carece de escrúpulos morales! Cualquier cosa puede pasar”. Ante ello, la única sabiduría posible es la de la incertidumbre. Para este pensador hindú, que escribe desde una perspectiva “no occidental”, profundamente erudita y determinada por fuentes y alusiones literarias, es necesario asumir el pensamiento apocalíptico y cobrar conciencia de que las circunstancias predominantes nos conducen “inexorablemente al final”. De ahí que no proponga soluciones que no tiene, salvo beber la amarga y ácida copa del reconocimiento sobre el estado de las cosas para dar lugar a un pensamiento transformador. Ya advirtió René Guénon que todo fin de un mundo es el fin de una ilusión. Será indispensable no ilusionarse en demasía para no desilusionarse más. Fernando Solana Olivares

Friday, November 24, 2017

UNA DUDOSA FILANTROPÍA

Como dice un lúcido amigo: “Va replicando el movimiento envolvente que Hernán Cortés intentó hacer contra la Huaxyacac-Antequera del siglo XVI, pero con mucho más éxito que el frustrado capitán”. El movimiento envolvente es el de Alfredo Harp Elú y su fundación, en cuya propiedad o manejo, hasta hace apenas un par de años, constaban los siguientes espacios oaxaqueños según un informe, casi todos ellos “concesionados” a través de vigencias que duran décadas y gestionados en buena parte con dineros públicos, conforme los filántropos neoliberales mexicanos suelen operar. En el Centro Histórico: Casa de la Ciudad (media manzana), Biblioteca Burgoa-Jardín Etnobotánico-Museo de Santo Domingo (dos manzanas), Museo de Filatelia (media manzana), Museo Textil-Ex convento de San Pablo-Teatro Macedonio Alcalá (dos manzanas), Ex convento de Consolación (media manzana), casas en calle García Vigil y calle Independencia (media manzana, al menos), Fundación Harp (un cuarto de manzana). En Jalatlaco: Antigua Curtiduría (media manzana). En el Ex Marquesado: Museo del Ferrocarril-Antiguas bodegas de la estación (seis manzanas). En el Cerro del Fortín: Planetario del ITO (media manzana). En Santa Lucía del Camino: Estadio Eduardo Vasconcelos-Gimnasio Flores Magón-Polideportivo Venustiano Carranza-Ciudad de las Canteras (doce manzanas). Esto, que no es todo, solamente en la ciudad de Oaxaca. En algunos sitios del estado también ocurre este proceso. ¿Cuál es su nombre: confiscación, privatización, transferencia, engaño legal? Hace años, a partir de la puesta en venta nacional del salinismo y su fraudulento desprendimiento de bienes del Estado y servicios públicos, la cultura se convirtió en un codiciado espacio al que llegaron grupos formados por particulares y miembros de la iniciativa privada como los de los autonombrados amigos de los museos, generalmente una plaga apropiatoria de la que las instituciones se debieron defender. Una batalla hoy perdida. Durante tres décadas han avanzado en ese movimiento envolvente hasta adquirir edificios e instituciones históricas, manejo de fondos públicos para dichos fines, un control político absoluto sobre la cultura oficial estatal y sus dependencias y una influyente capacidad de cabildeo legislativo y federal para obtener fondos públicos y recibir donaciones populares. Obviedades del capitalismo: tienen dinero porque hacen dinero, hacen dinero porque tienen dinero. “Si se consulta un plano ---señalaba el informe--- se verá que los espacios que se están incautando fuera del Centro Histórico son sitios urbanísticamente deprimidos que seguramente servirán para una remodelación del casco urbano (…) zonas marginadas de la ciudad donde se están ubicando centros comerciales que serán el punto de partida para desarrollos urbanísticos en diez años más”. Cuando todo el Centro Histórico de Oaxaca se haya entregado en comodato a la noble y desinteresada fundación harpiana, en esas zonas se levantarán casas para los desplazados. Buen negocio. Este proceso se caracteriza, además, por un refinamiento guiado por documentos, archivos y compendios bibliográficos de casi cinco siglos, los papeles que “guardan la evolución histórica de Oaxaca”, en palabras del mismo gobierno oaxaqueño, y que se le otorgan en comodato a una entidad privada para que los custodie, estudie, explote y maneje como si fueran suyos. En lugar de invertir en la preservación y mejoramiento de sus archivos, el gobierno se deshace de ellos. Cuánta materia simbólica hay en esta transferencia de la memoria y sus registros públicos perpetrada por el mismo poder que la custodia. Acto santanesco, esperpéntico pero moderno, muy moderno: iniciativas de confiscación hechas pasar como actos de mecenazgo y filantropía filisteamente aplaudidos por élites y oligarquías. Notas de prensa de entonces son parte de esta reseña que guarda ciertas similitudes con aquel proceso del Archivo de Egipto imaginado por Leonardo Sciascia, a partir de anales y legajos de época ---en el caso literario falsos, pero en el otro verdaderos--- que operan una confiscación de la legitimidad histórica. La privatización de los bienes culturales, los bienes tangibles e intangibles de la memoria común oaxaqueña a manos de una fundación que no es más que un poder corporativo dirigido por una pareja, representante de un neo-oaxaqueñismo artificial y con agenda propia. El caldero de Xashaca siempre ofrece historias. Aquí hay una a contar. Fernando Solana Olivares

Friday, November 17, 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS, CAMUS / y II

“Todo logro ---escribe Camus en sus Carnets, una de las mejores partes de su obra--- significa una servidumbre. Obliga a otro más alto”. El autor de La peste se adhirió a la Resistencia francesa en 1941, y hasta 1943 tuvo actividades clandestinas que le representaron peripecias y reconocimientos existenciales, es decir, la literatura de su propia vida, él, que hacía literatura. Dirigió Combat, periódico de la resistencia en la Francia liberada. Hasta su muerte, y aun después entre las generaciones siguientes, Camus fue considerado un “justo sin justicia” por Simone de Beauvoir, o un “santo sin Dios” por la juventud francesa que vivió la Liberación. La crítica literaria contemporánea ha enfatizado en su obra narrativa, dramatúrgica y ensayística algunas claves antes no resaltadas. Una tensión moral de la conciencia entre las diversas patrias y culturas: el poder y la civilización francesa versus la dominación argelina. El árabe asesinado en El extranjero que no tiene nombre, lo mismo que su hermana engañada, mientras todos los personajes europeos poseen uno. Dicotomías y contradicciones en sus posturas políticas, opciones equivocadas, como las condenas abstractas contra la violencia, que lo llevarán a ser recibido en Argelia con chiflidos por los europeos y a ser deliberadamente ignorado por los árabes al proponer la confraternización, una “tregua para los civiles”. O la justificación de la Guerra Fría como un contenedor de la peligrosa filosofía comunista de la historia que a su visión europea tanto preocupaba. Nada de eso suspende su sólida ejemplaridad. La identificación que se hace de Camus con el Justo minimiza la dimensión de su tragedia, según opina un autor. El primero y más angustioso de sus problemas no era la justicia sino la verdad artística que buscaba al escribir. En el orden de las fidelidades básicas el lenguaje y la escritura le significaban identidades y pertenencias anteriores a cualquier otra cosa. En 1957, a los 44 años de edad, Camus, el santo sin Dios, falible en lo humano, reprendido por algún comentarista debido a su “elegante” dominio del idioma, recibe el Premio Nobel de Literatura. Siempre precoz, como la muerte precoz que lo alcanzaría un lunes 4 de enero de 1960, en un accidente automovilístico tres años después de obtener el alto reconocimiento. Probablemente ningún escritor europeo de su época ha dejado una huella tan profunda en la imaginación y en la conciencia del momento. Ni siquiera el otro monstruo, Sartre, su amigo primero y después su adversario político. Un corte heroico aureola su final: los elegidos de los dioses mueren jóvenes como él, el moralista que se había negado a participar en ese “concierto retórico terrible y falso” de su época. La absurda muerte, cuando comenzaba la obra de un artista en su madurez, termina la vida breve de un relámpago de creatividad y fuerza. La Chute será su última palabra literaria. Ahí un hombre a su manera justo, Clamence, ignora a una joven que se inclina sobre la barandilla del Pont Royal al cruzarse con ella, lo mismo cuando cae al agua. A nadie se lo cuenta. Pero a partir de ello tendrá una transformación decisiva y la obra poseerá un tono de examen de conciencia, presente en la tradición francesa a la cual Camus pertenece, más allá de la parodia que podría sugerir. La búsqueda de la gracia cuasi cristiana a través de la confesión no se alcanzará. El intento, empero, es lo que ha contado. Entre los alcances morales de Camus está la superación del odio. La tarea de su generación, afirmó en el discurso de Estocolmo, consistía en impedir que el mundo se deshiciera. Fue imposible impedirlo. Ahora nos queda la lectura de Camus, un bien imperecedero que trasciende lo histórico y se vuelve memoria común. “Moral inútil: la vida es moral ---escribió---. El que no da todo no obtiene todo”. Dijo que la época era trágica y también inmunda. Por eso debía ser denunciada y perdonada, un oxímoron. Dijo además, profético, que toda vida orientada hacia el dinero era una muerte. Que el renacimiento estaba en el desinterés. Que no podía vivir fuera de la belleza y eso lo volvía débil hacia cierta gente. Que los seres humanos nunca habrían inventado el lenguaje. Que vivir con las propias pasiones supone haberlas dominado. Que el humanismo le resultaba insuficiente aunque le sonreía. Que vencer el temor a la muerte era abandonarse, dando la cara y sin amargura. Que vivir era verificar. Fernando Solana Olivares

Friday, November 10, 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS, CAMUS / I

El 7 de noviembre de 1913, en una modesta casa del pueblo de Moldovi, provincia argelina, nació Albert Camus. Su padre, Lucien, era un obrero francés que trabajaba en las bodegas de una empresa vinícola. Murió un año después del nacimiento del hijo a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla del Marne durante la Primera Guerra Mundial. Su madre, Catalina, era de origen español y nunca aprendió a leer y escribir. Al enviudar mantuvo a la familia trabajando como mujer de la limpieza. La inteligencia del joven Camus llamó rápidamente la atención de sus maestros en el liceo, un sistema escolar de oportunidades para todos heredado de la Revolución francesa y animado por un principio: la carrera abierta a los talentos. Se vuelve un lector voraz, enferma de tuberculosis y debe abandonar su sobrepoblado hogar. Trabaja intermitentemente de vendedor de accesorios automotrices y como oficinista para sostener sus estudios de filosofía en Argel. Se afilia al Partido Comunista, del que después se alejará, hace periodismo, se dedica al teatro y se marcha a París. En 1941, a los veintiocho años, Camus ha escrito ya tres de sus obras principales, las que le darán súbita celebridad, en tres géneros distintos: Calígula (obra de teatro), El mito de Sísifo (ensayo filosófico) y El extranjero (novela): “A los treinta años, casi de un día para otro ---consignará en sus carnets---, he conocido la fama. No lo lamento. Más tarde hubiera podido causarme pesadillas. Ahora sé lo que es. Muy poca cosa”. En El extranjero, Meursault, el antihéroe protagonista, comienza con aquellas líneas legendarias: “Hoy ha muerto mamá. O quizá murió ayer, no lo sé”. Las primeras páginas cuentan, como se sabe, el viaje de Meursault al asilo en el que su madre ha muerto, con múltiples detalles narrativos, todos rápidos y precisos, en frases directas y descripciones de gran belleza. Sus sentimientos no están indicados con claridad, son contradictorios, en ellos hay silencios y vacíos. El guardián del depósito queda sorprendido al negarse aquél a mirar por última vez el cuerpo de su madre. Al relatar el día del entierro, Meursault se lamenta del buen día que hace y del agradable paseo de no haber sucedido la muerte de su madre. El día siguiente, sábado, va a nadar a la playa y encuentra a una conocida con la que hace el amor. La joven se marcha por la mañana y Meursault, quien odia los domingos, pasa el día observando a la gente desde su balcón. Una escena ---entre tantas--- de la novela será inolvidable: el encuentro de Meursault con el viejo Salamo y su perro, al que golpea muy a menudo a lo largo de la calle de Lyon. El perro tira del hombre hasta casi tirarlo, el hombre lo golpea. Caminan un poco, el perro vuelve a jalarlo y el otro a golpearlo e insultarlo. “Entonces permanecen los dos quietos en la acera y se miran, el perro con terror y el hombre con odio. Así todos los días”. Después, en medio de lo que parece ser una indiferencia crónica, se niega a casarse con Marie aunque le dice que le daría igual hacerlo. Va a la playa con un amigo a nadar y beber. Éste tiene una pelea con un árabe en la playa. Le da a Meursault la pistola que lleva consigo. El volverá a caminar solo por la playa para encontrarse de nuevo con el árabe, que sacará un cuchillo. “Fue entonces cuando todo se tambaleó”, dice. Destruye el equilibrio del día, el silencio de una playa donde fue feliz, y los cuatro disparos se presentan como “cuatro golpes secos que daba a la puerta de la desgracia”. El fiscal se ceba en su manifiesta insensibilidad (durante el juicio el tribunal se indigna al saber que ha fumado, dormido y bebido café con leche en presencia del cadáver de su madre, el cual se negó a ver) y es condenado a muerte. Rehúsa la visita de un sacerdote y muere. Según Camus escribirá después, Meursault es condenado por negarse a entrar al juego, por negarse a mentir. Esto no es tan cierto pues miente dos veces en la novela. Sin embargo, Camus insistirá en que su condena obedece a negarse a decir más de lo que es verdadero y más de lo que uno siente. Lo hacen todos para simplificarse la vida, pero Meursault no quiere simplificársela. Siente más fastidio que arrepentimiento ante su crimen. Tal indiferencia lo perderá. El autor dice que la historia es sobre un hombre que acepta morir por la verdad y el único Cristo que hoy merecemos. Y esta apreciación ha cundido: un héroe casi convertido en santo. Habrá que ver. Fernando Solana Olivares

Friday, November 03, 2017

LA NOCHE DE BENJAMIN

La leyenda cuenta que cuando Lao-Tsé estaba a punto de abandonar su país para perderse en las altas cumbres del Tíbet, el aduanero del paso de montaña fronterizo le pidió dejar un testimonio de sus enseñanzas. El sabio se encerró un par de días, escribió el Tao-te-king (o “Libro de la Vía y la Rectitud”) y se lo entregó al hombre. Nada parecido ocurrió con Walter Benjamin, uno de los pensadores más lúcidos de la modernidad, cuando murió en Portbou, paso de montaña para alcanzar España, cruzarla hasta llegar a Portugal y de ahí embarcar hacia Estados Unidos, única ruta posible de escape ante el nazismo dominante en Francia. Había dejado París en mayo de 1940 huyendo a Marsella. Ahí se encontraría con Hannah Arendt, su marido y Arthur Koestler. También ahí sabría de un sendero montañoso poco transitado que cruzaba la frontera desde Portbou. Un recorrido difícil y escarpado que la frágil salud de Benjamin y su dolencia cardiaca amenazaban no poder afrontar. Era la única salida posible. Lo otro significaba la deportación y su internamiento en un campo de concentración. Acompañado de la guía Lisa Fittko ---miembro de la resistencia francesa que llevó por la montaña a decenas de exiliados y autora de Mi travesía de los Pirineos, el testimonio más directo del hecho---, de Henny Gurland y de su hijo Joseph, salieron todos la tarde del 24 de septiembre a reconocer el camino. Walter Benjamin, mal vestido para el clima y el ascenso a la montaña, cargando una maleta donde Lisa Fittko siempre aseguró que custodiaba un muy apreciado manuscrito, se fatigó tanto que ya no pudo volver al hostal donde el grupo dormiría antes de intentar cruzar la frontera. Decidió pasar la noche solo a la intemperie en una zona de pinos. Al otro día muy temprano sus acompañantes vendrían por él. Un recurso casi paródico sería invocar lo que Benjamin vio aquella noche. Su vida, la pureza y la belleza del fracaso, y algunas cosas más. Tembló de frío ante la pequeña fogata con la cabeza recostada sobre la maleta. Años atrás, en 1923, había escrito a Rang frases enigmáticas sobre una naturaleza “que no es escena de la historia ni del habitar del hombre: la noche salva”. Pero ésta era inhóspita, lacerante y helada. Los altos y oscuros pinos simulaban ser columnas que forzaban al cielo a mirar hacia la tierra. El canto de un búho le sonó como un preludio siniestro y los ruidos a su alrededor le parecieron preparativos para un desenlace. Al día siguiente fue muy penosa la subida en un camino cuyo concepto, como la guía describió, se convertía, cada vez más, en una exageración, y debía andarse sobre una senda cubierta de piedras. Luego del terrible esfuerzo, en el cual Benjamin calcula que debe descansar un minuto de cada diez, decisión que cumple escrupulosamente con reloj en mano, donde en los tramos finales ha de ser ayudado por sus compañeros, por fin llegan a la cima y descienden hasta Portbou. La pesadilla: si hubiesen llegado un día antes habrían obtenido permiso para entrar al territorio español. Pero hoy las órdenes cambiaron. Ahora serán entregados a las autoridades francesas. Se alojan en el hotel Francia bajo vigilancia policiaca. Benjamin duerme en la habitación número 3. Escribe a Henny Gurland ese 26 de septiembre unas líneas antes de ingerir la sobredosis de morfina que lleva consigo desde Marsella: “En una situación sin salida, no tengo otra opción que terminar. En este pequeño pueblo de los Pirineos donde nadie me conoce mi vida acabará”. Le pide que le transmita sus pensamientos a su amigo Adorno, quien lo espera en Estados Unidos, y que le explique la situación. La documentación del juez hizo constar que entre sus posesiones se encontró una maleta de piel, un reloj de oro, una pipa, un pasaporte y unos cuantos papeles de contenido desconocido. No hay ninguna mención acerca del legendario y nunca visto volumen que Benjamin llevaba: El libro de los pasajes. Una radiografía, gafas, diversas cartas, algo de dinero, pero la existencia del libro no se consignó. Así quedará en la memoria humana un acto donde su registro desaparece. El Tao-te-king es una obra breve. El libro de los pasajes habrá tenido 200, 250 páginas. Uno existe y el otro no. El orden que asocia a ambos es que son mencionables. Que uno debe leerse y el otro escribirse. Quizá aquella noche Benjamin, aun temblando de frío, formó en su cabeza la versión final. Su muerte ayudó a que sus compañeros pudieran seguir camino. Fernando Solana Olivares

Friday, October 27, 2017

TALLER DE CUENTO

La vida, al revés de lo que advirtió la sentencia, a veces sí es seria en sus condiciones. Las opciones este semestre eran dos: o vivir el aburrimiento profundo, cuando las cosas nos son indiferentes y distantes pero no nos dejan salir de ellas, del estar absorbidos por ellas, o bien aplicar la receta de Flaubert, esa que afirma que después de diez minutos de observación cualquiera es fascinante. Diez chicas, dos chicos. La materia ofrece cubrir varios créditos y resulta frecuentada. Algunos de los participantes han tenido contacto con la escritura creativa y otros no. Aparece un marco teórico de rigor. Y miren ustedes lo que es el cuento: brevedad, debe tener tensión e intensidad, ofrecer un final inesperado, abierto o cerrado, el cuento no lleva tiempo, ni explicaciones, sólo presenta imágenes y acciones. Un gran porcentaje de cuentos aparecen ante el autor en su parte final, y el juego consiste en contarlos desde su principio. Se deben conocer (haber imaginado) hasta los calcetines del personaje literario, aunque no se escriba nada de ellos. Hay comienzos narrativos a la mitad del asunto, in media res, como solían hacer los latinos. El cuento moderno empieza con Edgar Allan Poe. El cuento gana por knock out y la novela por puntos, según Cortázar. La primera idea es la mejor idea siempre y cuando no sea una ocurrencia. Etcétera. Luego, en otra clase, se habla de escritura desatada, la que Cervantes así califica, de virtudes teologales literarias como la levedad, la exactitud, la velocidad, la rapidez, la multiplicidad y la consistencia. El maestro provee a todos los asistentes al taller de una copia del magistral primer capítulo de Cinco esquinas, la última novela de Vargas Llosa (que el resto de la obra sea tan irregular sólo hace refulgir ese comienzo), y la clase deriva en una propuesta: ---Escriban un cuento inmoral. Haberlo dicho así es intencionado. Chicas universitarias de provincia, en vías irregulares de liberación. El término alude a atrevimientos personales y no a consideraciones morales, casi huecas ya para todas ellas. Es preciso y concreto: sí, lo guardado. En las sesiones siguientes comienzan a surgir las sorpresas y son leídos pequeños artefactos literarios que rozan lo asombroso. El primero es sobre Poli, una pequeña que sufre abusos sexuales del tío mientras la cuida. La niña es drogada cuando éstos se perpetran y son contados despiadadamente en catorce párrafos de dos líneas cada uno, lacónica economía verbal propia de un clásico. El final resulta pavoroso. Al ser entregada al padre y despedirse, el tío le dice a Poli que se verán mañana. Una vuelta de tuerca asfixiante: mañana y mañana y mañana volverá a pasar. No parece que su muy joven autora se dé cuenta cabal de lo que obtuvo. Ella no es de letras sino de historia, y explica con gran sencillez lo que hizo. Luego traerá otro cuento. También causará conmoción. Ahora el punto de vista ha virado y quien cuenta la historia de Luck, un perro atrapado en un derrumbe, es él mismo. Consigue una simpatía unánime de quienes escuchan la lectura. Termina y otra chica hace una exclamación admirativa. Mientras tanto ha habido suspenso y una incógnita: ¿Luck vive o no? Será leído otro cuyo título moraliza, pero no importa porque la pequeña estampa de un sacerdote que imparte misa, consagra la hostia e imagina estar fornicando con una jovencita a la que en ese instante le da de comulgar, logra un desdoblamiento formal dictado por los maestros y una profanación propia del género carnavalesco. Es compacto, fluido, eficaz. Y ligeramente perturbador, por el texto y por la autora. Uno más contará la trama de un hombre que está solo en un pueblo y al cual acuden los muertos todos los días, en otra caja de relojería narrativa que regresa sobre su eje, otro microlaberinto. Tiene la amable suavidad de la autora. En cambio, aquella chica de psicoanálisis naufragará en el intento cuentístico, barroco, mal contado y escrito, polimorfo perverso sin querer. Ella es alta y fuerte, su cuento no. Pero se alienta el intento. Otra contará, con habilidad que ha venido refinando, la visita a un baño de mujeres en Japón. El erotismo lésbico será tan fino como sutil: una alusión, un guiño. Ella viene de estar en Japón. A Robert Graves nada de todo esto lo admiraría. Son manifestaciones, presencias de la Diosa Blanca, diría. Tan frecuentes en el lenguaje y muy necesarias en los tiempos que vivimos. Sherezada cuenta para vivir. Fernando Solana Olivares