Friday, January 04, 2019

PROPOSICIONES

Una línea de Kafka dice: “Miedo a la noche. Miedo a la no-noche.” El miedo es a lo desconocido. Todo es desconocido. Tenemos miedo a todo. Entonces no hay que tener miedo a nada. *** Chejov comienza uno de sus deliciosos cuentos, El amanuense, con una línea que ha desvelado a la crítica literaria durante mucho tiempo: “Las seis de la tarde”. Esto demuestra que lo más simple es lo más complejo. *** Hay un nuevo deporte: péguenle a López. Hay un viejo deporte: péguenle a López. Cambian la cancha y las condiciones, pero él siempre está en el juego. Poderosa identidad negativa o lo que resiste apoya. *** Lo que nos fascina de las historias es su estructura, el cómo se muestran, la forma de narrar las cosas. De ahí la vigencia de las series: cuentan la trama en partes y luego continúan. *** Suena extravagante pensar de nuevo en Kant y sus cuatro preguntas: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué cabe esperar?, ¿qué es el hombre? Pero siguen siendo necesarias. Siempre lo serán. *** Hay un tipo de prudencia superior postulado por Chamfort: seguir con audacia el carácter propio y asumir valientemente las desventajas e inconvenientes que pudiera acarrear. Es una sabiduría personal al pie del cañón. *** Un amigo me manda una cita de Cervantes. Será uno de los mantras a repetir durante el impredecible 2019. Se lo dice Sancho a Don Quijote cuando lo ve muy alicaído: “Ánimo, mi señor. Ánimo, señor mío. Mientras vivimos todo es vida.” *** El poeta John Milton escribió que la mente es su propio lugar y por sí sola puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo. Nuestra cultura no nos enseña ninguna técnica para lograr la paz mental. No entiende que la mente sólo se domina con la mente. *** Todo diálogo es una confesión de ignorancia: no se sabe qué dirá el otro. Pero si uno pone palabras en su boca, o tiene respuestas antes de que termine, o se escucha a sí mismo escuchándolo, no puede dialogar. Esta es la desesperación de la hermenéutica: se discute, no se dialoga. *** Los insurrectos chalecos amarillos franceses han cambiado el sistema de signos, la semiótica política, al elegir una indumentaria que Karl Lagerfeld, diseñador de Chanel, promovió años atrás aceptando su tosquedad pero enfatizando su condición anónima y necesaria. El feísmo como símbolo de un hartazgo común. *** La palabra escueto en español deriva de la palabra latina scotus, escocés. Entre sus significados está “ser libre”, “sin trabas”, “sin complicaciones”, “sin equipaje”. Se aprende a ser escueto, a vivir sin trabas. Así sea en alguna discreta parte de la conciencia personal. *** Cuando el poeta escribió que en la red no sólo cuentan los hilos sino también el aire que escapa por la malla, estaba hablando de una realidad más interesante. Al final, mirar sigue siendo rodear el objeto. No un punto de vista fijo sobre los asuntos, sino los más posibles a su alrededor. *** Un filósofo solía confesar que los límites de su mundo eran los límites de su lenguaje. Hoy, la reducción orwelliana de las palabras (un ejemplo entre tantos: “compartir”, dar una parte de algo, por “comunicar”, hacer algo común) estrecha el mundo como un nudo que se aprieta. De ahí el imperio de las imágenes: lo virtual hace creer que el mundo aminorado es sin límites. *** La reducción presupuestaria de este gobierno para el campo, las cuestiones de género y la cultura repite un modelo ignorante y desalentadoramente conservador. ¿Es la zafiedad de la izquierda, la providencialidad del presidente, o sus límites personales de comprensión? *** Tampoco se entiende la no mención a los miles de desaparecidos y a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado. La transformación pasa por la recuperación del lenguaje, por nombrar con precisión los fenómenos de la realidad. La inmolación nacional y sus fosas comunes no pueden ser ignoradas. *** La serenidad, la vigilancia, la claridad mental. La bondad, el desapego, la paciencia. El altruismo y el dominio de sí. La liberación de las emociones. Dicho así suena a autoayuda. Efectivamente lo es. Como las últimas palabras del maestro a sus seguidores: sean una lámpara para ustedes mismos. Una alta política del espíritu o tácticas para los usuarios terminales de esta época histórica. *** Perogrulladas: ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Cuando suceda intentará explicarse. Tal es la frustración de los oráculos, se comprenden cuando sobreviene lo que advirtieron. Pero la significación de las cosas seguirá estando en su interpretación. Fernando Solana Olivares

Friday, December 28, 2018

NUESTRA SEÑORA DEL POTALA / y II

Una frase apócrifa del canon griego afirma que cuando las formas y los ritmos cambian se producen cambios en los acontecimientos humanos más importantes. La poderosa irrupción de Oriente en Occidente durante el siglo diecinueve se había hecho visible desde la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche hasta el simbolismo europeo. Sobre todo a través de sus representaciones visuales y escultóricas, las cuales mostraban una concepción filosófica radicalmente distinta al materialismo frenético y al racionalismo cartesiano del momento. Si bien Alexandra ya había entrado desde los trece años en contacto con la mitología budista cuando estudiaba en un liberal colegio religioso de Bruselas, fue aquella mañana del Museo Guimet parisino que la profunda serenidad en la expresión de budas y bodhisattvas, junto con el misterioso vacío de las pinturas chinas y japonesas, la decidieron a dedicar su vida al estudio y a la práctica de esa antigua y venerable ciencia del espíritu. En febrero de 1924, después de entrar a Lhassa disfrazada de dama lama y visitar el Potala, el legendario y vaticanesco palacio del Dalai Lama ---en aquel momento el decimotercero del linaje---, peregrinando en mendicidad por cientos de kilómetros durante meses, dueña de un tibetano culto pero con un extraño acento que se cuidaba de no mostrar durante largas partes del trayecto que hacía al lado del lama Yongden, su hijo adoptivo, escribió al comprensivo marido, Louis David, su querido Mouchy, del cual llevaba años lejos y a quien no volvería a ver con vida: “He realizado satisfactoriamente el paseo que inicié cuando te mandé la última carta”. Le llamaba simplemente paseo a una hazaña que abriría, como si fuera una bisagra, la fusión de horizontes que representaba aquel encuentro de culturas, el suceso más importante del siglo veinte (Mircea Eliade) o la posibilidad de que la civilización global tenga un futuro (Arnold Toynbee), como se quiera. Era una forma de eludir la censura de los ingleses, contra cuya prohibición expresa había ingresado al Tíbet y llegado a Lhasa, pero también representaba una palabra engañosamente ligera empleada con toda intención, una perspectiva propia y distinta. Alexandra siempre sería una paseante sabia de las altas planicies espirituales, tanto geográficas como mentales, y en ellas recibiría enseñanzas e iniciaciones rituales bajo la dirección de sabios y con los objetos ortodoxamente simbólicos: el cáliz, el rosario, los anillos, los mantos, los textos sagrados. Su peregrinar representaba un paseo, una búsqueda fantástica y mística, pero un paseo al fin. “De momento confórmate con saber que llegué a Lhassa hecha un auténtico esqueleto. Cuando me paso una mano por el cuerpo, encuentro apenas una fina capa de piel cubriendo los huesos”. La dama aristocrática, rutilante, cantante por alguna temporada, ahora, ya cincuentona, se disfrazaba con aumentos de pelo de yak en la cabellera, comía con los dedos en la misma escudilla, no se bañaba y tenía el rostro tiznado para ocultar el color de su tez y sus rasgos extranjeros, llevaba dedos ennegrecidos que varias veces estuvieron a punto de delatar su origen al mojarlos y despintarse en el té con mantequilla, alimento acostumbrado. David-Neél había cumplido un anhelo confiado a Mouchy: escribir, viviéndola, una Ilíada oriental. También era una Odisea, el regreso del héroe sin género, la historia de una Ulises mañera, capaz de seguir la senda atrevidísima de su voz interior, superar graves pruebas físicas e intelectuales ---literalmente hazañas del cuerpo y la voluntad que rozan lo inexplicable---, dejar detrás de sí el mundo conocido, los afectos y las posesiones, para retirarse a la soledad y aprender, bajo la dirección de maestros calificados, miembros de la élite intelectual y mística lamaísta, lo que ningún occidental, hombre o mujer, había hasta entonces experimentado. En 1942 la benemérita editorial madrileña Espasa-Calpe publicó el libro más pintoresco de Alexandra, un tono divulgativo que debía adoptar para ganar dinero con publicaciones dirigidas al público en general: Místicos y magos del Tíbet. En él aparecen portentos, como el del Tumo, una técnica psicofisiológica que permite a sus practicantes secar con la mente sábanas heladas puestas sobre su cuerpo en las altas montañas del Himalaya. Pero debe leerse sobre todo como una Iliada-Odisea en la que resuenan ciertos ecos de El Quijote ---otra confesión de preferencias literarias hechas por la viajera a Mouchy---, con una temática nueva cuya materia narrativa es lo físico y lo espiritual. Esta condición, presente por primera vez en la literatura occidental, significa una mutación. Un salto cuántico, dicho en posmoderno. Otros libros son más abstractos, propios del nivel donde los rituales y los panteones beatíficos o demoniacos son vistos como religión para niños. Proponen sabidurías y métodos lógicos que la lectura atenta puede poner en práctica. Anótese en la cuenta el contacto que entre Oriente y Occidente construyó Nuestra Señora del Potala. Una acción más del Eterno Femenino. Murió a los 101 años de edad. Estaba intacta. Fernando Solana Olivares

Friday, December 21, 2018

NUESTRA SEÑORA DEL POTALA/ I

El 24 de octubre de 1868 nació Alexandra David-Néel en el elegante barrio parisino de Saint-Mandé, y la madre montó en cólera porque lo que esperaba era el alumbramiento de un varón. Su padre, Louis David, un hombre de letras francés dedicado al periodismo y la política, y su madre, Alexandrine Borghmans, una joven belga de familia acaudalada y ella misma empresaria textil, habían formado un matrimonio burgués tal como la época acostumbraba, negociando una respetable fusión de apellidos e intereses. Louis David era hugonote de confesión, masón, socialista activo y antimonárquico. Tuvo que salir al exilio durante el imperio de Napoleón III perseguido por sus ideas republicanas. Alexandrine, en cambio, era una católica ferviente, partidaria fiel de la monarquía belga y muy conservadora. De tal disparidad e indiferencia materna nacería una niña budista extraviada en Occidente, como ocurriría a menudo en Europa durante todo el siglo diecinueve, en aquel importante encuentro entre Oriente y Occidente profetizado por la literatura, el pensamiento, y la imaginación desde siglos anteriores. Según cuenta su biógrafa Ruth Middleton, el leitmotiv de la larga aventura que sería su vida quedó manifiesto una tarde cuando a sus escasos seis años se negó a dar su nombre al gendarme que la sorprendió paseando sola por el parque. Aquel motivo principal sería la pregunta de la afligida institutriz al encontrarla enojada por la intromisión del guardia y en hosco silencio ante él: “Alexandra, ¿dónde has estado?” La pequeña estaba buscando su árbol, el que a ella le pertenecía, según contó muchos años después siendo ya anciana. Desde entonces se haría especialista en evasiones, yéndose sin avisar un día para cruzar Francia de norte a sur y parte de España en bicicleta, u otra vez marchándose a Inglaterra para estudiar durante meses textos orientales e historia, religión, política, literatura, y para vivir a su soberana, anticonvencional, adelantada y valiente manera. Se haría especialista también en viajes asombrosos y atrevidísimos, no sólo para su condición de mujer sino para su origen occidental y su extracción de clase, para la escandalizada mentalidad burguesa de los suyos, con la notable excepción de su padre, siempre comprensivo y tolerante ante una hija tan singular. Alguna vez el filósofo jesuita Teilhard de Chardin, sentado a su lado en una cena, cuando ella había vuelto ya de sus insólitas excursiones al Tibet y era reconocida como una celebridad, le dijo: “Supongo que no creerá usted en los milagros, señora”. David-Néel le contestó con ironía: “Claro que creo, padre, porque los hago continuamente”. El paleontólogo e intelectual católico también creía en ellos sin aceptarlo. Haber afirmado, como lo hizo, que todo acontecimiento resulta adorable porque es la forma que lo real toma para manifestarse, representaba mucho más que una confesión de docta credulidad. De ahí que el lema de su vida milagrosa lo tomaría de una frase del Eclesiastés: “Sigue las sendas y los impulsos del corazón y las escenas que atraen tu mirada”. Una mañana tal determinación quedaría radicalmente manifiesta en su visita al Museo Guimet ubicado en el número 6 de la Plaza d’lena en París. Ese sitio extraordinario y mágico fundado en 1876 por el industrial y viajero Émile Guimet, a encargo del ministro de Instrucción Pública para el estudio del arte y las religiones del Extremo Oriente, cautivó a la muy joven Alexandra por la expresión de las imágenes budistas y la atmósfera de plena serenidad que ellas emitían. La dulce sonrisa de sus rostros y la confiada naturalidad de sus posturas era exactamente lo opuesto a la concepción plástica occidental de Cristos lacerantes y crucificados, o de pensadores llevados al extremo de la tensión del cuerpo y de la mente como el de Auguste Rodin, escultor contemporáneo de aquella jovencita que en el Guimet alcanzaba una revelación, un pequeño satori, y decidía convertirse a una exótica ciencia del espíritu que hasta ese momento le era ajena. Tal afirmación sobre la ajenidad es inexacta: corresponde al modelo mental propio de la razón cartesiana que separa la realidad en un juego de oposiciones. El budismo, en cambio, postula el principio del karma, una palabra sánscrita que proviene de la raíz “obrar, hacer”. Karma significa “acto”, “acción”, en un sentido semántico que subraya la eficiencia del acto. Significa la fuerza motriz, el carburante de la existencia humana en el samsara, esa rueda inagotable del nacer, vivir y morir al que todos están sujetos. El karma se explica como “acción anterior que causa el presente actual”. De tal modo que era el karma de Alexandra David-Néel manifestándose en el memorable encuentro con el Buda y su sonrisa. Esa graciosa y flotante comprensión que la envolvía en el abrigador recogimiento del Guimet. Dicha mañana epifánica se encontró con su destino, determinado por lo que los tibetanos enuncian en dos palabras: Lags thong, “ver más”. El secreto para salir de la ilusión de la conciencia: ver más para saber más. Nuestra Señora del Potala, como después será llamada, ahí comenzó a ser. Fernando Solana Olivares

Friday, December 14, 2018

ACTOS GRATUITOS

El viejo comerciante de telas abre su tienda todos los días a la misma hora. Pocas veces llegan clientes porque Damasco, la legendaria ciudad donde vive, está en guerra. Pero él lo hace pues ahí están sus raíces y piensa que si las pierde lo perdería todo. Las jornadas se suceden solitarias y monótonas. Mañana abrirá de nuevo. Sin solución de continuidad, como dicen los clásicos, hasta que alguna vez todo termine y la tienda no vuelva a levantar su cortina. En tal perseverancia habrá un sentido. Nadie más que él lo conocerá. Marguerite Yourcenar terminó una mañana de verano su novela Obra negra y tendida en una hamaca repitió más de trescientas veces el nombre de Zenón, el médico protagonista de la obra que acababa de morir. Esa repetición fue una salmodia que se pronunció sola. La escritora se entregó al acto gratuito de la invocación, como el agua ocupa cualquier espacio porque se adapta a él. Tal era su sabiduría: amasar el pan, barrer el umbral, recoger madera muerta luego de las noches de mucho viento. Como si tuviera sentido, así lo adquiría. La penumbra envuelve los movimientos de esa modesta mujer que sale todas las madrugadas a barrer la acera de su casa. Su invariable regularidad es el reloj de los madrugadores del pueblo. Quienes se cruzan con ella van a sus oficios por razones personales. El viejo egoísmo humano se echa a andar para que el carnicero despeje su negocio, el panadero horneé a tiempo el pan y la lechería abra oportunamente sus puertas. Pero en ella no está en juego esa razón. Cuando alguien le pregunta por qué lo hace ahora sólo se ríe. Antes todavía explicaba lo que ninguno iba a entender: no hay un por qué. “Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa” escribió el visionario poeta William Blake en sus Proverbios del Infierno. Borges dijo de él que fue el menos contemporáneo de los hombres. Enfermo, el último de sus días lo pasó trabajando en una serie de ilustraciones sobre Dante. Su mujer lloraba junto a la cama donde yacía. De pronto le pidió que no se moviera y comenzó a dibujarla. La veía como un ángel y la representó con devoción. Luego murió. Con el tiempo aquel dibujo se perdería. Varias veces se ha dicho que fue encontrado. No hay tal. Su sentido fue efímero. Aquel músico asiste todas las noches a su taller de composición. Después de impartir largas horas de clase llega desfondado al pequeño departamento donde vive solo. Está componiendo una pieza instrumental a la que le dedica el par de horas diarias que todavía resiste despierto. Avanza con dificultad y cansancio en la obra, buscando combinaciones melódicas que no se le revelan. Apenas está escribiendo el inicio y sabe que no vivirá para terminarla. Pero cada vez que se encuentra con se comporta como si fuera a lograrlo. A veces actúa como si la hubiera terminado. Esas noches la termina. El ama de casa arregla todos los días su casa. La mira como un santuario y también como un quirófano. Sabe que la perfección no existe pero secretamente la está buscando. Cree encontrarla en los dobleces de las telas o limpiando el rincón que nadie ve. Después habla con las plantas y hace la comida. Algunas mañanas ha creído que la rutina es su tabla de salvación, que ordena el pensamiento frenético e induce tranquilidad. El marido y los hijos lo dan todo por descontado, la consideran simple y servicial. Un acto gratuito cuyo discernimiento nada más ella percibe. El mimo está en el crucero actuando para nadie. Un hombre detenido en el alto desvía la mirada, ignorándolo ostensiblemente. El otro está embebido en su teléfono celular. Sólo un par de niños lo observan desde la esquina. Empuja su pelota con dos bastones y la hace girar velozmente de uno a otro. Logra lanzarla y recibirla después sobre el pequeño círculo del bastón con pericia circense. Algunas otras fantasías con la esfera completan su espectáculo. El mimo no recibe nada. Dirige su caravana hacia los niños. Para él tuvo sentido. Trazando un retrato de Natalie Barney, la poeta y novelista avecindada en París, Marguerite Yourcenar reconoció su suerte al haber vivido en una época en la que noción de placer todavía era una noción civilizatoria pues ya no lo es, al lograr huir de las garras intelectuales de la modernidad sin haberse psicoanalizado ni convertirse en existencialista. Al no preocuparse por realizar actos gratuitos y permanecer fiel a las evidencias de su espíritu, de sus sentidos, de su “buen sentido común”. O por la proeza, siempre incomprendida, de llevar una vida libre según su voluntad. Gratuito significa hacer algo de balde o de gracia. La palabra gratitud está contenida en el término. De ahí que la tradición pietista luterana establezca que pensar es un equivalente de agradecer. La vida se regula en instancias que no son visibles. El utilitarismo es lo contrario de la gratuidad. Hoy el sistema-mundo castiga y desdeña los actos gratuitos. Todo tiene precio, todo debe reportar utilidad. Pero vivir no es útil o inútil. Sócrates quiso aprender a tocar la flauta antes de morir. No había un porqué, sólo un espontáneo hacer. Fernando Solana Olivares

Friday, December 07, 2018

EL COMIENZO DE QUÉ

La puerta y la llave. El punto final a la corrupción del pasado que propone López Obrador en la tribuna, su espacio más natural, es parte de una estrategia que roza lo brillante. Ofrece lo menos, que puede confundirse con lo más, en el ánimo de alcanzar lo más, cuestión que para muchos parece representar lo menos. La mañana ha sido vertiginosamente masiva: a la salida de su casa la gente lo rodea, lo manosea, no lo deja avanzar, confirmando aquella teoría histórica del cuerpo del dirigente, que siendo temporal y humano representa también un vínculo con lo institucional y eterno. Suceden a lo largo del trayecto tocamientos performativos del orden de “él te toca, Dios te cura”. Va a bordo de su modesto Jetta blanco, un elemento más de su franciscano carisma. Ahora está dirigiendo su primer mensaje a la nación y ya puso toda la rpresentación simbólica de cabeza. Los Pinos abren sus puertas al público, las estancias íntimas del poder quedan sometidas al escrutinio plebeyo. Un acontecimiento que sólo ocurre cuando un régimen queda abolido: exponer ante la mirada de todos las entrañas del animal político muerto. Parece haber una taumaturgia en lo que hace: des-simbolizar, deconstruir, cambiar el eje de significación de las cosas. Es cortés con el presidente saliente a quien menciona deferentemente al comenzar su discurso. Le reconoce su no intervención electoral. En seguida enjuicia crudamente y sin contemplaciones los treinta años de neoliberalismo depredador y corrupto que con él concluyen. El territorio de lo posible (pasado más presente viendo al futuro) sigue determinando la política. Aún con el viraje que ha tenido que dar López Obrador ante el ejército mexicano, los cadetes que detrás de él ahora lo representan son distintos e intencionales. Como si el ejército de estos tres jóvenes agraciados y gallardos fuera diferente al de apenas ayer. Otro eco intencional del maderismo que imbuye al presidente en su toma de posesión y un signo más de su esclarecida habilidad político-escénica. La sociedad es el resultado de un proceso de desarrollo, el producto de ello, y no una estructura mecánica que pueda diseñarse desde la frialdad y la distancia teórica. Tecnócratas y neoliberales están convencidos de esto último. Pero López Obrador cree en el proceso social, una fuente de legitimidad que él emplea con la seriedad de un hombre de poder. Acaso con la certeza de la experiencia alcanzada y del esfuerzo concluido que una vez más, paradójicamente, apenas empieza. Como si fuera un Ulises viejo y asendereado que se dirige a la nación, un Ulises mañero ---según lo designa el epíteto clásico--- llegando por fin, luego de obstáculos que se creyeron fatales, a una Ítaca perseguida a lo largo de doce años. El giro de ciento ochenta grados que este hombre trata de construir semeja una suma de cuentas largas y cortas, de cambios coyunturales y estructurales que para muchos representan un regreso al pasado. La historia enseña que las evocaciones al tiempo anterior no son para traerlo de vuelta, cosa imposible en sí. Corresponden más bien a la lógica de las mareas que van y vienen, de los asuntos sociales vueltos invisibles por los discursos dominantes, pero vivos y actuantes en una psique colectiva que para materializarlos requiere un catalizador: las intenciones que concuerdan con el pasado de una sociedad tienen capacidad para moldear su futuro. De San Lázaro, donde la idea-fuerza de la corrupción es el vértice de su persuasiva retórica, aquel tropo tan eficaz y sintético que ha ido construyendo un sentido común político de identificación masiva, caminando por un largo pasillo atiborrado de gente a los lados que repite la liturgia ritual de tocarlo, ahora López Obrador ingresa al Zócalo desde Palacio Nacional, el sitio de poder republicano restaurado hace unas horas, hasta el ungimiento que un México profundo, entre guelagétzico e indígena, le brindará. Si algunos ritos están vacíos de virtud, esta ceremonia, en un día de abrumadoras diferencias, parece pertenecer a otra cosa. Horas atrás eran las superestructuras formales quienes se mostraban. Aquí, en cambio, está aquella sociedad que el neoliberalismo quiso convertir en aislados individuos. El rito tiene esta vez un sentido etimológico: acción correcta. La consagración política se realiza y López Obrador se hinca ante quien hincado y casi llorando le entrega un bastón de mando aparentemente indígena. Si no era auténtico, ahí se autentifica. El cromático telón huichol, la pintoresca variedad mexicana sobre el escenario, un López Obrador transfigurado entrando a un portal de tiempo, el humo de copal purificador y disolvente de los volúmenes, la plasticidad móvil de hombres y mujeres en vestimentas étnicas, su gestualidad espontánea, la monótona lectura de cien compromisos oportunos/inoportunos. Deconstrucción, des-simbolización. Ninguna conciencia humana puede conocer el futuro. Aunque a veces surgen la puerta y la llave. Ciertos atisbos de lo que vendrá. Como aquí, cuando los volcanes llenos de nieve en el valle luminoso acreditan una tarde inesperada donde comienza qué. Fernando Solana Olivares

Friday, November 30, 2018

FRAGMENTARIA BIS

#MeToo regional. Lo urgente no es importante, lo importante nunca es urgente, dice un viejo saber. Aquí en cambio todo es urgente y por eso se vuelve no importante. La historia es amarga y breve. Un alumno lleva tiempo de acosar alumnas. Ha subido a la red un video con la novia haciéndole una felación y dícese que ha tenido conductas impropias y de cierta violencia con otras chicas en fiestas estudiantiles ---jaloneos, intentos de entrar al baño detrás de ellas, besos buscados a la fuerza---. Se habla también de que pidió favores sexuales a una estudiante a cambio de alterar en su favor las calificaciones de una materia o de que mediante mensajes invitó a una maestra a irse a la cama con él. Es un alumno inconstante pero brillante. Posee lecturas verdaderas, no las escolares, resulta un poeta muy bueno por momentos y su prosa puede llegar a entusiasmar. También hay droga en la ecuación de su desorden humano. Cristal, foco, crac, cualquier mierda química propia de los diabólicos pactos fáusticos actuales. Alta adicción. “Me junté con gente mala”, dirá después al único maestro que hablará con él para reclamarle su comportamiento. A su alrededor se ha instalado un sistema tipo la reina de corazones de Alicia: primero la sentencia, luego el juicio. No es muy claro ante quién se había presentado la denuncia de las agraviadas y cuán fundada está, tampoco si el presunto culpable conoce de las acusaciones en su contra, cuál es su alcance o cómo se debe proceder para configurar el debido proceso. Pero se palpa un clima de sanción pública concluyente: es culpable ya. Ese maestro no sabe lo que otros y otras sí saben pero callaron. Quizá por ello comete un desliz para él inadvertido pero que alimenta ampliamente la economía de la vindicta: invita al estudiante a presentar el libro de una afamada poeta. Lo hace muy bien, por cierto, pero eso no tiene ninguna importancia ante la urgencia de la hoguera feminista que de paso declara al docente protector del pequeño monstruo. Éste se pierde varios días luego de la ruda interpelación del maestro. Alguien chismea que anda en la playa y surge un cuadro de descomposición. Indebidamente tal vez, pero inevitablemente también, el maestro abre las variantes y hace algunas cosas a continuación. El semestre está a punto de terminar y la materia que lleva con él el alumno poeta-depredador-adicto-incontrolable es la última de su carrera. ¿Será posible que pueda acabar y echarlo de una vez, o sus desmanes son motivo de una drástica sanción académica que le negará ese final? La realidad es terca y ocurre por su cuenta. Primer acto: el maestro es abordado por una maestra casi airada que le dice que las alumnas dicen que protege al alumno delincuente. Segundo acto: decide hablar con una alumna que sabe está asesorando a las víctimas. La chica produce un malentendido intencional e inmediato que repetirá aquí y allá: él está metiendo las manos al fuego por el acosador. Tercer acto: una sensata autoridad del campus le explica que el expediente del caso será enviado al abogado general de la institución. En medio surgen fenómenos pintorescos. El maestro recibe una circular donde se le avisa que debido a “medidas cautelares” el alumno no puede entrar al campus y asistir a su materia, pero le solicitan que siga impartiéndole clases en otro sitio (sic) o en línea. Su subtexto parece ser: si aparece, usted lo saca, por favor, o bien porque ellos no se atreven, o bien para decirle sibilinamente que él es el protector. A saber. La circular es parte de una campaña de lemas que cuelgan en pendones de los edificios del campus, manifestándose contra el acoso y el hostigamiento. Se celebran foros catárticos y moralizantes que trasladan el problema a terceros y lo vuelven meramente anecdótico. Como siempre en estos tiempos foros atareados en denunciar efectos y señalar al género culpable, no en buscar las causas profundas, estructurales de una violencia global que lo alcanza todo. Después del áspero y desigual encuentro entre el maestro y el alumno: éste acobardado y negándolo todo, el otro escandalizado y reclamante, el alumno regresó dos veces más a clase. En la primera estuvo como ausente y en la segunda se escurrió por el salón. No tendrá calificación en la materia, pues el poeta-acosador-lascivo es inconstante y pocas veces llegó. La adicción es una constancia que impide cualquier otra cosa. No presentará examen ni entregará trabajo final. Quedará detenido en un limbo hostil del purgatorio académico, en el cual cargará el oprobio de su conducta, comprobada suficientemente o no. Dos o tres torpes y escandalosos intentos de meterse al baño con chicas en fiestas, un video pornográfico subido a la red y aun las ridículas propuestas sexuales a una maestra son parte de una enfermedad. Pedir un favor sexual a cambio de una calificación, en cambio, es un delito. Algo que ocurrió hace algún tiempo y se mantuvo en un extraño silencio. El alumno podría curarse si se retirara a un monasterio tres años, tres meses y tres días. No habrá quien se lo proponga. Las hogueras parecen haberse apagado por ahora. Pero volverán a prenderse, eso es seguro. Fernando Solana Olivares

Friday, November 23, 2018

ESTE LABERINTO DE CRISTAL

El poder representa, escribió Carl Schmitt, una magnitud objetiva con leyes propias. De tanto en tanto los hombres pueden apoderarse de ella y dirigirla. A continuación los devora. Sobre la noción de poder no hay un acuerdo teórico: es un fenómeno obvio y visible, pero esencialmente oscuro, secreto, mientras más poderoso es más sigiloso. Y fascinante también. Este laberinto de cristal. Aproximaciones al poder (Rayuela Diseño Editorial, 2018) intenta ser una suerte de constancia de ello escrita en un género híbrido construido con varios puntos de vista narrativos: una crónica, unas instantáneas, varios cuentos y estampas, un diario de marzo de 1994, dos piezas teatrales breves, un ensayo, unos apuntes reservados. La crónica se originó en la cobertura periodística de una gira presidencial del presidente Carlos Salinas de Gortari a Europa en septiembre de 1993, cuando estaba en el punto más alto y a la vez declinante de su poder semanas antes de decidir la sucesión presidencial. Tres meses después ocurriría la catástrofe y sobrevendría el estupor: un sorprendente alzamiento zapatista que abollaba irreparablemente la corona de la modernización neoliberal recién iniciada, y el magnicidio de Colosio, un crimen de Estado perpetrado desde el poder cuya sangre shakespeariana caería encima del presidente. “Mientras cena asado de reno acompañado de papas y verduras y un helado de chocolate con naranja agridulce en un edificio de la plaza sueca donde corre el río Melaren encajonado entre riberas de piedra ---se escribiría después, en “Instantáneas de un mal tipo”---, Salinas propone un brindis por el éxito de su gobierno. Más tarde se negará a explorar la pregunta de otro comensal: ¿cuáles han sido sus dudas centrales, las zonas más frágiles, no calculadas, de su régimen? No sabría decirle, contestará con una carcajada que todos los invitados harán suya. Detrás de él un hombre no se ríe. Nunca lo hace, nunca habla y siempre lo acompaña. La pregunta debió dirigírsele: es el torvo visir, el espejo oscuro, la sombra. Ha testificado el gesto imperceptible y la desnuda intimidad. El drama ya está en curso. Tres pescadores ciegos aguardan a la orilla del helado fiordo del Mar del Norte. El coro griego canta el sacrificio”. “Diario de marzo de 1994” consigna lo siguiente: “Viernes 25. Del espanto sigue la rabia. Una multitud airada acorrala e increpa al presidente Salinas durante el homenaje en el PRI al candidato asesinado. Echeverría, el expresidente, sale del sótano para clamar justicia. ¿Indignación o coartada? A saber, como de tantos otros: una clase política formada en el silencio y el engaño, recursos de su oficio. Hay otro muerto, es Camacho. Los dolientes del pueblo le arrojan en la cara el epíteto: asesino. ‘Crimen de la oligarquía, ejecución por mandato’, afirma Muñoz Ledo. Los deudos del sistema ponen su rostro más compungido, ¿a cuál le apena, a cuál le asusta, a cuál le complace? Unas líneas escritas por José Francisco Ruiz Massieu conmueven: ‘Pobre Donaldo, pobre de mí, pobres de nosotros’, pero no son para todos. ‘¿Quién fue?, ¿quién fue?’, vociferan enardecidos priistas ante Carlos Salinas, que esconde lo que sabe, lo que siente, en un rictus mudo e inexpresivo: lo intocable del poder. […]”. Salinas no tomó lecciones de abismo. Su paso repentino del arrogante control del poder y la tecnocrática estabilidad, de la seducción y cooptación de los otros al descontrol de lo inesperado (“El rey va desnudo. Albricias por la modernidad”), todo ello tiene un hálito de tragedia política en la cual él es el villano central, aún con los matices analíticos que se quiera. Otra anotación del libro afirma: “La muerte deja su estela mientras un vapor exacto cruza la bahía. El mar de ahogados no muestra ningún cadáver, pero una lancha fúnebre con su dolida carga pasa en dirección contraria a este barquito centenario. Salinas va a bordo y el capitán del fiordo escandinavo lleva el timón pleno de orgullo. ¿Cómo saber esa tarde que ya estaba en curso la gran novela posmoderna de las letras nacionales? Sólo que azules como acero y ligeras las ondas del mar lo dijeran”. El poder es un corruptor y sus ascetas son tan pocos que no existen. Allen Ginsberg vio mentes de su generación destruidas por la droga. En Este laberinto aparece una variante intertextual: mentes destruidas por el poder, por su fascinación y proximidad: “Fausto en la Condesa”, pequeña obra escénica sobre aquellos que Gramsci llamó intelectuales orgánicos y la prensa obrera del diecinueve sacerdotes comprados, una sujeción fomentada por Salinas y aceptada servil, interesadamente por quienes podrían haber cumplido un papel crítico resistente a su régimen. El poder embauca a cualquiera y la captura de inteligencias que racionalicen sus decisiones resulta parte de su misma acción. Veinticinco años después de tales momentos la larga y oscura sombra del salinismo parece estar llegando a su fin. Ciertas cuentas narrativas comienzan a surgir. Este laberinto de cristal se aproxima al poder y sus manifestaciones, materia de una historia inmediata que se vuelve literatura realista. O a eso intenta llegar. Fernando Solana Olivares