Friday, July 12, 2019

EL MISTERIO RIMBAUD

En 1874, a sus diecinueve años, Arthur Rimbaud, el meteoro de la poesía francesa, aquel genio precoz, poeta maldito de rostro angelical que volvió loco de amor a Verlaine y revolucionó las normas líricas con el simbolismo, renunció a la escritura. Esa interrupción de su actividad literaria se debió a razones prosaicas: sobrevivir. Ya tenía veinte años y era un hijo de familia mantenido por la madre y su precaria economía. El hermano mayor, de pocas luces, se había hecho vendedor de periódicos para ganarse el pan. Rimbaud debía partir y desde entonces guardar silencio creativo. Viajó por Europa a pie, se enroló como soldado del ejército colonial en Java, donde calculadamente desertó. Estuvo en Chipre, vivió en Adén, Yemen, y en la ciudad etíope de Harar, hasta regresar a Francia con una pierna infectada que le amputarían para morir a los 37 años. Según algunos biógrafos y estudiosos, el poeta renunciante, obsesionado con el dinero, el comercio y las ganancias, amasó una pequeña fortuna mediante sus iniciativas mercantiles; según otros, apenas habría logrado juntar una cantidad que no retribuyó los esfuerzos, las penurias y los solitarios años pasados en África, lejos de todo y de todos. Uno de tantos misterios en esa vida ascética y viajera es la historia de aquella amante etíope con quien vivió en Adén, lugar de la nada. Ciertos autores enumeran con alguna conmiseración sus fracasos en los negocios, para los cuales no tiene talento porque es un comerciante improvisado, con demasiadas ideas y poco sentido de la oportunidad. Se hace traer de Europa crucifijos y rosarios en el momento en que las autoridades locales ponen fin brutalmente a las actividades de los misioneros cristianos; se asocia equivocadamente para la venta de armas en un momento también inoportuno; se hace cargo de un lote de cuadernos cuando la mayoría de la población es analfabeta; compra quincallería y productos diversos que más adelante no podrá vender. En contra suya está además el desorden reinante en lugares toscos donde el comercio es riesgoso, inestable y sujeto a corrupción. A pesar de ello Rimbaud acumula un pequeño capital del cual llevará cuentas exhaustivas y, si la leyenda dice la verdad, traerá siempre consigo en el cinturón. Pocos años después de haber escrito sus obras mayores, Iluminaciones y Una temporada en el infierno, luego de sentirse el igual de Dios y proclamarlo así, ahora es un hombre común y corriente que cuenta con fruición el nunca suficiente dinero, se preocupa por los altibajos de la moneda, sueña con obtener riquezas que lo dignifiquen y muestra visos de avaricia en su conducta. Lo mismo mostrará su mal carácter con los demás. Los aborígenes africanos le resultarán irritantes dada la supuesta inferioridad dictada por el eurocentrismo, no comprende su psicología ni su cultura así como tampoco el paisaje donde se mueve pues parecen no interesarle. Sus cartas están plagadas de amargura y quejas. Habían concluido irremediablemente las desbordantes iluminaciones recibidas a los quince años de edad, cuando fue un místico en estado espontáneo dueño del lenguaje, y por eso un vidente capaz de escribir esa pequeña pero irresistible obra poética que como la Biblia, aunque esta sea muchísimo más extensa, se convertirá en una fuente inagotable de sentido e interpretación mientras haya literatura. Para Enid Starkie, otro de sus biógrafos críticos, la carrera de Rimbaud es un trágico ejemplo de “despilfarro máximo”. Estaba dotado para muchas cosas, afirma, pero al final todo fueron decepciones. Los triunfos académicos tempranos, cuando dejara boquiabiertos a maestros y condiscípulos con sus geniales alcances literarios, prometían una destacada carrera intelectual. Pero le parecieron insípidos y abandonaría los estudios como lo haría con la poesía. Al hacerlo dificultaría más su vida futura y se condenaría a marcharse, pues en Francia sólo habría obtenido un puesto insoportablemente subordinado. De ahí la conclusión: el fracaso era su destino. Aunque todo ello es taxativo. Rimbaud inició la literatura de las profundidades de la psique y gracias a su obra pudo saberse que la poesía debe llevar a alguna parte. Su obra fundó la relación moderna entre metafísica y poesía. De regreso a Francia, moribundo en el hospital, volvió a gozar de las iluminaciones lingüísticas de un místico salvaje, como lo llamaba Paul Claudel, y su hermana Isabelle cuenta a la madre que Rimbaud, vuelto casi inmaterial, emplea palabras extrañas: “Algunas veces pregunta a los médicos si ellos ven las cosas extraordinarias que él percibe, y les habla y les cuenta con dulzura sus impresiones, en términos que yo no podría reproducir.” La fuente creativa no se había secado y con imágenes y contenidos de los que no quedaría ninguna constancia, Rimbaud trasmitió por última vez los extraños reinos poéticos a los que pertenecía. Había visto lo justo, tenido lo justo y conocido lo justo, como escribiría en su poema “Partida”, una inevitable premonición. Aquel fracaso era un triunfo, y su “jamás trabajaré” una pista falsa. La herida Rimbaud quedaba curada, el misterio Rimbaud también. Fernando Solana Olivares

Friday, July 05, 2019

LA CAPITANA RACKETE

La línea argumental de la bondad es simple. La de la maldad, en cambio, se disfraza de leyes, argumentos y retórica. Se ampara en genes “egoístas”, fatalidades instintivas y determinaciones ideológicas así. Las heladas aguas del egoísmo capitalista, como las llamó Marx, son contrarias a la bondad. La bondad, dicen los viejos textos, es la determinación de la voluntad para hacer bien a los demás. La bondad sugiere la acción útil para otro. Tales fueron los argumentos de la capitana del barco humanitario Carola Rackete, marinera alemana de 31 años, al recoger a cuarenta y dos migrantes africanos que iban a bordo de un bote no apto para el mar lanzado al Mediterráneo por traficantes de personas en Libia ---otro país más deshecho hace no mucho por Estados Unidos y sus aliados europeos, que ahora se compone de campos de esclavitud dominados por mafias criminales y clanes guerreros---, y tenerlos a bordo por 17 días ante la negativa o demora de varios países de la Unión Europea al recibirlos como refugiados. De ahí su decisión de amarrar en el puerto de Lampedusa y tener que embestir una lancha de la policía italiana para forzar el desembarco de los migrantes agotados. Después de ser arrestada por la policía, Rackete enfrenta, además de la ira del ministro ultraderechista Matteo Salvini y sus seguidores ante su desafío, una posible condena de 10 años, una multa de 58 mil dólares debida a una ley contra los barcos de rescate privados y hasta la confiscación del barco que manda, Sea Watch 3. La joven capitana estudió Ciencias Náuticas y Protección del Medio Ambiente en Alemania e Inglaterra y durante ocho años ha navegado rompehielos para investigación polar en el Ártico y la Antártida. Esas regiones le parecen hermosas e inspiradoras según sus propias palabras, pero muy tristes porque muestran lo que los humanos estamos haciendo con el planeta. Efectivamente: después de la tragedia de la migración humana que semeja un éxodo bíblico, pocas cosas más tristes hay en los últimos días como la foto de un oso polar a ciento cincuenta kilómetros de su territorio buscando comida entre la basura. Los barcos humanitarios que asumieron la asistencia a los migrantes ante la retirada de los buques militares en el Mediterráneo ahora son considerados cómplices de los traficantes de seres humanos por el maligno gobierno xenofóbico de Salvini. San Jerónimo, padre latino de la Iglesia, paisano de tal político cruel, estableció que el mayor mal es la corrupción del bien. La mezcla tóxica de la ultraderecha italiana y el movimiento antisistema castiga, criminaliza, corrompe la acción correcta: “No importa cómo te has metido en una situación de peligro. A los bomberos eso no les importa, en los hospitales tampoco. Para la ley marítima tampoco eso importa. Si se necesita rescatar a alguien en el mar, tienes el deber de rescatarlo”, declaró la marinera Carola Rackete al sitio El Clarín. Una vez más el mito que teledirige los pasos humanos: esta primera capitana de un barco humanitario actúa como Antígona, quien desafiando al tirano Creonte entierra a su hermano Polinices convencida de estar haciendo lo correcto. Dicha certeza moral es la misma que la de aquel hombre bueno contado en esta columna, el francés Cédric Herrou juzgado hace unos meses por ayudar a migrantes en peligro a ingresar a Francia: “Usted me está juzgando por saltarme un semáforo en rojo y no quiere escuchar por qué lo hice. Me lo salté para dejar pasar a la ambulancia que venía detrás”, explicó el agricultor de 39 años y activista humanitario ante la esquemática literalidad legaloide del juez. Rackete y Herrou serían parte de aquella última estructura grupal de participación solidaria, alrededor de un tótem y un clan cuya deidad era femenina, que el poeta y mitólogo Graves llamó Nosotros. Sus integrantes no se conocen entre sí salvo cuando emprenden una tarea de beneficio común, cuando hacen el bien. Este espacio común representa lo que el nuevo realismo filosófico intenta: reparar, más allá de diagnosticar el estado de las cosas. La bondad, la acción correcta son mandatos morales que se eligen éticamente junto con sus consecuencias. La capitana Rackete está dispuesta a ir a la cárcel y defenderse en la corte por su auxilio a seres en estado de necesidad extrema, a las puertas de la muerte, y después su desembarco forzado. “Lo que estamos haciendo es lo correcto”, ha repetido. A riesgo de darle un sesgo idealizado, anticínico ---indispensable a veces para beber pycros, el agua amarga del reconocimiento---, la bondad es una fuerza humana que sigue actuando entre nosotros a pesar del discurso cultural hegemónico de la indiferencia y el egoísmo personales como bien mayor. Ahora, cuando como dice el ecologista Hulot tenemos que combinar el llegar a fin de mes con el fin del mundo, todo es simultáneo y se afecta entre sí. La bondad, la conducta correcta, el cumplimiento del deber, decididos por la persona como imperativo categórico para sí misma, son propios de la fuerza y el valor. También de la alegría. La bondad es la pasión de los fuertes. La capitana Rackete está alegre, nadie ayuda con tristeza. Fernando Solana Olivares

Friday, June 28, 2019

LA CULTURA Y LA 4T

Un peligroso anti intelectualismo parece ir dominando las políticas culturales del gobierno de López Obrador. No queda muy claro el proyecto al respecto, pero sí se sabe lo que es de su principal interés: los pueblos originarios y los impulsos nacionalistas teñidos de una perspectiva histórica. Por exclusión, también parece haber un encono institucional contra lo que los nuevos funcionarios perciben como una cultura elitista y patrimonial, monopolio de corrompidas oligarquías fifís y guetos intelectuales mafiosos, prohijada por los regímenes anteriores desde Salinas de Gortari para cooptar intelectuales y artistas. Una desconfianza resentida de los funcionarios y el total desinterés que hasta hoy ha mostrado el presidente al respecto. Asiste al béisbol o a un mitin, nunca lo hará a un concierto, una exposición o una obra de teatro. (Por cierto, ¿qué está leyendo?) Como en otras cuestiones, el gobierno de López Obrador ha reducido las complejidades estructurales a un problema de corrupción. Por un cierto número de irregularidades detectadas en ellos, diversos procesos se suspenden o se ponen en duda, descalificados in toto. El último embate contra el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, esa noble aunque muy perfectible institución, vino de adentro mismo y se reprodujo afuera. Una investigación de Notimex informó de cinco o seis becarios en Letras y otros tantos en Artes Plásticas que por cerca de dos décadas han monopolizado los estímulos económicos para creadores. Becarios a perpetuidad. De ese acto de corrupción, no formal pero sí moral, se desprendió la guillotinesca propuesta de la senadora Jesusa Rodríguez para desaparecer apoyos y becas, invocando la justiciera coartada del sacrificio general y negando la obligación estatal para auspiciar la cultura. Los soportes éticos de las condenas culturales por corrupción no tienen por qué derivar en la cancelación de la inversión y el financiamiento estatal de la cultura, sus creadores y sus creaciones. Ha de escribirse una vez más que la cultura, el arte y el lenguaje son el sistema inmunológico del espíritu humano, forman parte de los bienes estratégicos de una sociedad y representan un asunto de seguridad nacional. Hace muchos años, después de la segunda selección de becarios del Fonca, un buen número de autores firmamos un desplegado para pedir que las becas no se otorgaran desde la perspectiva del reconocimiento sino según un criterio de necesidad. Que su asignación fuera decidida por jurados imparciales. En el medio literario es bien sabido que el aspirante, aunque fuera Dickens, no conseguirá la beca del Sistema Nacional de Creadores a menos que alguno de los jurados lo proponga y lo defienda. La regeneración exigiría democratizar procesos de selección, normas de asignación y duración máxima de los estímulos. Poner orden, limpiar, cambiar las prácticas y hacerlo cumplir su vocación para apoyar las acciones creativas de grupos o individuos. Pero no cancelarlo. Ello sería un disfuncional ludismo ideológico llevado a las instituciones, que corre el riesgo de desarmar mecanismos esenciales y dejarlos así. Lo que funciona bien no se toca, advierte una máxima muy antigua. El gobierno de la 4T parece ignorarlo. El inventario de todos los libros, obras, investigaciones, traducciones, realizaciones estéticas e iniciativas artísticas que por treinta años el Fonca ha hecho posible en México es abrumador. No tiene paralelo en la historia del país, y tampoco en la de muchos otros cuyos gobiernos no auspician la cultura. Somos varios cientos, tal vez miles de creadores quienes, con todo y becarios vitalicios, hemos recibido alguna vez el salvífico estímulo del SNCA, garantizando la sobrevivencia decente de aquel cuyo trabajo sea escribir, pintar, actuar, danzar o interpretar. El sector cultural votó mayoritariamente por López Obrador y su desencanto, ante el franco desinterés y hasta hostilidad de los funcionarios de su gobierno, comenzó relativamente pronto. Hasta ahora ---salvo declaraciones grandilocuentes y una acción admirable: hacer de Los Pinos un espacio cultural--- la cultura y sus fondos han merecido recortes, no reorganizaciones presupuestales o auditorias para mejorar procedimientos. Tampoco acciones distintas. El odio a la cultura que se convierte en cultura artificialmente dividida entre alta y baja, popular y excluyente, ajena y propia, se reduce a una simplificación maniquea: un litigio político entre lo anterior, por fuerza malo y además derrotado, y lo actual, hegemónico, victorioso y moralmente bueno. Las cosas son más complejas que dicha idea reductiva. Ni la 4T es un advenimiento ni el pasado es una tabla rasa para desechar. Todo cambio absorbe en un nuevo modelo lo anterior. De tal manera, afirman tradiciones que pueden aplicarse a lo político histórico, ocurren las transformaciones, integrando en lo nuevo aquello anterior. Las pulsiones anti intelectuales están vinculadas a conductas autoritarias. Anuncian, de perseverarse en ellas, pérdidas patrimoniales que este país ha sufrido tantas veces. La política es el arte de lo posible. ¿Por qué entonces destruir lo que hay? Fernando Solana Olivares

Friday, June 21, 2019

EL DESIERTO QUE VIENE

Es en Encarnación de Díaz, La Chona, pueblo de los Altos Norte de Jalisco, donde comienza el circuito. Son una treintena de jóvenes asistentes a una plática sobre qué es históricamente la izquierda, cuál su sensibilidad y cómo su modo de pensar (sus “piensos”, dicen por acá en español castizo y rulfiano, correctamente rural). Casi hay paridad de género entre el público. Como preludio, el platicante explica el origen de la denominación: izquierda, porque quienes en la Asamblea Constituyente a que dio lugar la Revolución Francesa estaban en contra del derecho de veto del rey a las leyes que ahí aprobaran, se pusieron de pie a ese lado de la mesa de debates. Aquellos que querían mantener el poder absoluto del monarca fueron situándose a la derecha. En la charla se habla de características ideológicas, de posiciones que buscan el cambio político y social, de progresismo (fea palabra que se matiza para saber qué es y qué no es el progreso) e igualdad esencial. En tono didáctico se mienta que la izquierda es laica. Que laica no significa ser atea sino separativa (“El señor cura a sus misas”, explica el platicante sin avisar que está citando a Machado), porque en la devota zona cristera los sacerdotes, las oligarquías, las buenas costumbres y la memoria herida de una guerra religiosa han hecho creer que la izquierda es enemiga de Dios, dado que las cuestiones del gobierno también debieran ser competencia suya. Y con eso han tundido a la izquierda sin piedad. Que la izquierda es internacionalista e intercultural. Que considera la desigualdad social como una aberración, una patología nihilista del sistema neoliberal. Que la base filosófica del capitalismo: el egoísmo compulsivo del beneficio y la rentabilidad, conduce no al progreso social sino a la concentración de la riqueza, a la legitimización de la desigualdad, al dolor humano y al colapso ambiental. Que la teoría de juegos matemática demuestra que es más eficaz un grupo estructurado por el interés común que otro conformado por ambiciones individuales. Se habla de aprender a pensar distinto, de que mirar es rodear el objeto, del desaprendizaje necesario para integrar otras perspectivas, otras reflexiones en cada quien. De la democracia cognitiva, como la explica quien está en uso de la voz. También hay temas de coyuntura e interculturalidad: la preferencia sexual diferente, la impostergable legalización de todas las drogas y, asunto local grave, los hechos ecológicos, esta catástrofe en curso diseñada para la región. Con variantes e improvisaciones, los mismos tópicos se tocarán de nuevo en otros sitios de la región cuatro o cinco domingos más, ante públicos atentos que parecen escuchar de quien habla lo que ellos mismos piensan pero no habían sabido decir. Predominará el depredador cultivo de agave que desde hace meses y sin ningún estudio de impacto ambiental se viene plantando en cientos, miles de hectáreas de los Altos Norte, ahora deforestadas y “selladas” con herbicidas y venenos que esterilizan la tierra, aniquilan fauna y flora de miles de años, vital en el frágil equilibrio ecológico, para dejar un desierto detrás de sí. Será comentado que hay comunidades tan extensas como la de El Vizcaíno donde este año solo una parcela producirá maíz, el resto habrá sido alquilado para plantíos de agave. Los cinco mil pesos por hectárea que los propietarios de la tierra recibirán durante cinco o siete años no compensarán los daños ecológicos ni las costosas pérdidas que el depredador cultivo ya está causando: contaminación de mantos freáticos y aguajes, muerte de peces en presas y bordos, intoxicación de ganado, disminución drástica de insectos, sequía y calor más intensos, desaparición de forrajes producidos en la zona a precios razonables, encarecimientos varios que afectarán la economía regional y su vocación agropecuaria. Después quedará el narco como único empleador. El platicante insiste una y otra vez en que ya no hay tiempo, más que para actuar. Asombra a la audiencia con la historia de la adolescente sueca Greta Thunberg, la líder ecologista de la última hora, y recuerda su grito de batalla “La casa se quema”. Habla del más viejo arte que se conoce, el de hacer seres humanos, y se disculpa ante las audiencias por el mundo que su generación les está dejando para vivir. En todas las sesiones participa la gente. Abunda en datos, en precios de producción de leche pagados a un precio menor de su costo por litro, en robo de ganado por la región, en colusión policiaca con la delincuencia. Intervienen mujeres lúcidas, concretas. Las mujeres sabias de Los Altos. Jóvenes, viejas. Todo esto se trata de un pequeño formato, una reconstitución celular provocada por la crisis ecológica y el alcoholismo de la cultura nacional. En algún intercambio de opiniones, el participante es escueto: ---Son alcohólicos, por eso los dejan hacer ---dice, sobre la inmovilidad de las autoridades del pueblo. Una barda en San Julián reza: “La batalla es nuestra. La victoria pertenece a Dios”. Suena a un ensalmo para detener el desierto. (Ojo: diálogo sobre funcionarios alcohólicos) Fernando Solana Olivares

Friday, June 14, 2019

JARDINES NOCTURNOS

Una obra plástica donde la pintura vuelve a pintarse y la mano del artista dirige con maestría a la vez que humildemente la misteriosa reunión de la forma y el fondo. Paradoja: una pintura que vuelve a ser pintura, como si los tiempos de estos días que parecen concluyentes corrigieran la desviación del arte moderno y su aislamiento en la nada. Donde las cosas y los seres no se deforman o abstraen sino representan, repitiendo la fuerza alegórica de aquella función antigua, su alcance estético más allá de la estética, su sentido de meta verdad. Paradoja: una obra original que ha regresado al origen para transmutarlo en poderosa materia actual. El nombre no es por completo lo que designa pero obedece a una necesidad de referir, a la función orientativa del lenguaje. De ahí que los Jardines nocturnos de Alberto Aragón evoquen la melancólica anfibología de una oscuridad que florece, de la naturaleza asombrada, esclarecida por una luz pictórica hecha de azules predominantes. Dice el diccionario que el color azul es el más profundo de los colores: en él la mirada se hunde sin encontrar obstáculos. Y el más inmaterial también porque es exacto, puro y cálidamente frío. Ilumina un transparente vacío. De estas características se desprende su abundante simbolismo. El color azul no será el único que otorgue profundidad a los cuadros de este artista poderoso, volcado físicamente en las obras, cuyas texturas de amplia paleta, colores directos y óleo acumulado, de coloridas lavas y pequeñas masas en tercera dimensión lo muestran: sólo un artista que al hacerlo ingresa al cuadro deja tales rastros de su paso. Algunos llamarían a eso estilo o sello, otros metamorfosis, unos más mutabilidad. Véase cada uno de los cuadros de este jardín como piezas o escenas de un canon visual re-presentado. Hágase con ellos lo que la mirada sabia cuando observa: suspende todo diálogo interior y se abisma en lo que tiene ante sus ojos. No hay asociación mental que surja y de ese modo en lo visto sólo está lo visto. El rostro de un primate, cuya mirada profunda tiene pozos de tristeza, y sobre su cara, aunque no tocándola, lascas de luz subrayan en azul, a través de pequeñas flores o libélulas o estrellas, el melancólico enigma del retrato; un cielo de igual color duplicado en un mar también azul como un espejo de continuidades; un guerrero prehistórico sobre un toro micénico armado con una lanza flamígera en movimiento de rojos ocres y amarillos grises; un busto de perfil hecho/deshecho con plastas de óleo multicolor, el mismo pero más etéreo y transparentado por volúmenes de otro doble azul; un pez abisal y dentado, con una inquietante antena luminosa; una figura de contornos como un cuerpo en un proceso alquímico de disolución y cambio; una naturaleza muerta, anti bodegón que mezcla un pez con plantas petrificadas; seres que parecen venir de un origen cuasi budista, renunciantes de cabezas rasuradas y fondos cromáticos que sugieren una iluminación; paisajes en planos áureos y cielos verdes vegetales; un pequeño velero en miniatura en el cual un pintor surca el mar de la pintura; la escultura de un chamán de cabellera febril y cuerpo en mudanza mitológica; un tigre cabalgado por un simio a la manera de una antropocéntrica zoomorfia; otro gran felino azul llevando en el vigoroso hocico largas rosas de sangre y signos. Este es un arte donde el artífice se ha disuelto. Una pintura en la cual se pinta con el pincel y la espátula, el lienzo y el óleo, anunciando tiempos de restitución estética: el arte y su condición de alegoría y meta verdad. Las líneas anteriores fueron escritas para la hoja de sala de la exposición del mismo título del artista oaxaqueño Alberto Aragón, que ayer fue inaugurada en la galería Alfredo Ginocchio. Este pintor y escultor es uno de los más interesantes entre los artistas plásticos oaxaqueños posteriores a la generación de los artistas fundacionales (Gutiérrez, Tamayo, Toledo et al), y en contenidos y representaciones su obra está emparentada con la reciente filosofía del realismo objetivo. Aquella que ya no cree, como dijo Nietzsche, que no hay hechos sino interpretaciones. Una pintura que no ilustra sino representa ---aunque lo modifica e introduce en ello una poética, un modo particular--- es una pintura de hechos antes que de interpretaciones. El rostro de un simio que se pinta como el rostro de un simio, el rostro de un hombre que se pinta como el rostro de un hombre, la figura de un tigre que se pinta siendo un tigre, una pintura así viene de regreso desde la deformación de las figuras, de su borramiento y abstracción hechos por el arte moderno. Es además una obra que no se deriva del folclorismo oaxaqueño tan en boga, de los “dudosos ordenamientos” (Robert Valerio) propios de la escuela/no escuela oaxaqueña de pintura, ese fatigado proceso estético ahora vuelto industrial. Faltan otras aristas en estas consideraciones: una pintura que mira de nuevo los reinos paralelos, plantas y animales, actuando como una preservación en tiempos cuasi catastróficos. O una pintura que se vuelve una esperanza, una invocación. Fernando Solana Olivares

Friday, June 07, 2019

ESA VIDA EXTRAÑA

Ludwig Staudenmaier, catedrático de química experimental en un liceo de Baviera, publicó en 1912 un libro de infrecuente género científico-nigromántico: La magia como ciencia natural experimental. Había nacido hijo ilegítimo de una costurera en Krumbach y logrado educarse gracias al auxilio de la Iglesia, de la cual se apartó luego de cursar filosofía y teología católica y ejercer por un año como capellán. Después estudió zoología y se doctoró en química para dar clases durante más de tres lustros en una vida de frugal, metódica soltería. Parecía un viejo estudiante introvertido más que un encumbrado maestro. En su “vía muerta” ---como la llama Heinrich Zimmer, el orientalista que analiza esa vida extraña--- del liceo Freising donde enseñaba, Staudenmaier no padecía las pulsiones del amor o del afán de poder y figuración. Ni Eros ni Kratos, las dos caras de la Shakti (expresión femenina de la divinidad hindú), influían en la vida secreta del profesor, dedicada a otros menesteres. Todo había comenzado mediante una casualidad. Uno de sus conocidos le preguntó por el carácter físico o químico de las manifestaciones fosforescentes que surgían en algunas sesiones espiritistas, y para curar su escepticismo le propuso hacer pruebas de escritura automática, una práctica habitual de dichos medios. En ellas se sujeta ligeramente un lápiz con la mano sobre el papel y pacientemente se aguarda a que surjan palabras o signos involuntarios, no dictados por la conciencia racional. De esa práctica el surrealismo sacaría la técnica a la que llamaría igual, escritura automática, tratando de escribir como piensa la mente: encabalgando los tiempos, cortando, mezclando palabras, rompiendo la sintaxis. La diferencia con la técnica utilizada por el catedrático consistía en que él no registraba el río verbal subjetivo de su mente sino que aguardaba a la manifestación de otra cosa, una entidad que aun surgiendo desde su conciencia no fuera él mismo aunque en él estuviera. Staudenmaier, citado por Zimmer, contó que un día lo que su lápiz inscribió fueron “trazos y meandros extraordinarios”. Siguieron entonces palabras que compusieron preguntas, flujos discursivos que el químico describió como algo más que la expresión de un espíritu. Como “si otra naturaleza totalmente ajena a mí estuviera en juego”. La relación de este proceso haría que su libro fuera considerado como el estrambótico testimonio de un enfermo esquizofrénico. Escuchaba múltiples voces en su interior. Se había convertido, según sus propias palabras, en un “médium elevado” ya sin necesidad de escribir, que soportaba la presencia auditiva de voces frecuentes en contra de su voluntad. Las describía como malintencionadas, astutas, burlonas, pendencieras, enojosas, y luchaba contra ellas durante días enteros. A las alucinaciones auditivas se sumaron otras visuales que al cabo de un tiempo se concretaron en tres existencias peculiares e independientes. “Desde el punto de vista de las ingenuas definiciones medievales, yo estaba poseído”, escribió. Aquellas tres entidades fueron llamadas por él Alteza, Niño y Cabeza Redonda. El primero era una autoridad augusta y militar caricaturizada, el segundo un infante que pedía satisfacer los deseos propios de su edad, y el tercero una pelota de goma con un rostro pintado que su madre comprara a un vendedor ambulante muchos años atrás. La materialización fue tan precisa que hubo momentos en los que Staudenmaier convivió con los tres. Estas personificaciones representaban las posibilidades de su vida que habían permanecido ignoradas y sin manifestarse. Ahora imponían su realidad de modo autónomo. Pero además de esas posibilidades no vividas (“todo inconsciente quiere ser acontecimiento”: Freud dixit), frente a él también surgirían las fuerzas apacibles y las amenazantes, el infierno y su opuesto celestial, Dios y el demonio, en versiones cristianas. Llegaron a él las mismas alucinaciones sufridas por los renunciantes orientales y cristianos. El fantasma de Helena “presente en toda mujer” yació a su lado, pero pudo darse cuenta de su vacuidad al oír desde su interior voces roncas y horribles que se lo decían. Zimmer comenta que Staudenmaier no se asustó de las alucinaciones que lo rodearon en el camino de su magia experimental. Sobresaltó al inconsciente para que surgiera, pero no para venerarlo sino para sondearlo y disolverlo, para “nombrar con desprecio sus creaciones”. Para realizar la alquimia psico-corporal del yoga. El químico mágico entró así al camino para descubrir en sí mismo la experiencia hindú de “todos los dioses en nuestros cuerpos”. Fue a morir en Roma al hospital de los Hermanos de la Caridad de la isla del Tíber. Dijo de él un amigo que había sido un explorador importante, sumamente original y ampliamente ignorado. La psicología occidental comenzó en el siglo diecinueve y la oriental hace milenios. Staudenmaier las recorrió en su interior/exterior. Fue un santo oculto y no un héroe público, obtuvo un grado de experiencia y transformación inusualmente profundo sobre sí mismo, como un yogui tibetano en Roma. Zimmer lo despide con admiración. Fernando Solana Olivares

Friday, May 31, 2019

LA PRIMERA LETRA

La palabra hebrea Hineni tiene siete letras. La primera es una h, de sonido sólido y como una torre doble unida por un puente. Repetida significa “Estoy listo, mi Señor”, y se clama cuando uno está preparado (o cree estarlo) ante el final de la vida, aquel gran misterio. El ser para la muerte que somos los seres humanos y la conciencia de serlo es el principal problema. Nuestra posmodernidad materialista basada en el cuerpo y en la apariencia, en el eternalismo del consumo, ha sacado a la muerte de su horizonte lógico. Resulta una paradoja: la muerte nos rodea y de la muerte personal se habla muy poco. Un casi invisible tema. Uno dice: ya estoy viejo. Los otros le contestan: pero se ve muy bien. En el pero hay un subtexto que quiere negar lo dicho, aunque sea una mera evidencia. Entonces al escribir sobre la muerte propia y el camino que lleva a ella, no siendo una carta suicida (“No se culpe a nadie de mi muerte más que a la vida…”), debe evitar redactarse en primera persona, lo cual sería confesional. Tampoco en segunda, porque se convertiría en un estorboso espejo yoico para quien lo hiciera. Solamente en tercera persona, pues así lograría desplazarse con levedad y distancia de sí mismo, con libertad suficiente para verse uno como si no fuera uno sino él. El buen modo sería decir: este es un hombre que comienza a pensar en su muerte. Porque hacerlo es la única forma relativa de control que encuentra sobre el fatal proceso. Piensa que especular al respecto es más fácil que vivirla y se pregunta, como oyó hacerlo hace muchos años en una obra de teatro de humor ácido, si morirse duele. El proceso en general sí, se llama agonía, viene de agon: esfuerzo. El mero momento no. Debe tratarse, como una analogía, de la sensación de la crisálida al convertirse en mariposa. Desprenderse hasta el más allá. Como se ve, este hombre no es materialista. No considera con seriedad las variantes de las religiones abrahámicas que prometen llegar al cielo o a su contrario como final del proceso. Esos consuelos o castigos le son ajenos, sin embargo sabe que la conciencia desprendida después de la muerte puede encontrar en su camino a las divinidades de su propio panteón religioso. Cree que la hipótesis más plausible es la del bardo budista tibetano dharmata, ese intervalo de la conciencia llamado muerte cuando la mente se separa del cuerpo y descarnada se va a un escenario que durará cuarenta y nueve días según los textos. Este hombre está rodeado de símbolos y metáforas del desprendimiento en la pintura, en el lenguaje, en los acontecimientos, en todos los días compuestos de las micro muertes del instante: uno dice ahorita y ya pasó. Ahora su ego le dificulta que dicha movilidad de las cosas también las vea en sí mismo. Tal es la razón de que comience el impulso para caminar por un camino sin retorno que tal vez durará todavía un tanto más. Ha sido una persona difícil, no sabe bien por qué. Acaso por una armadura de carácter que le permitió andar por la vida pero apresando a su portador, como una sobre renta a pagar. Se repite la lección. Persona significa máscara. Es el día para comenzar la deconstrucción de la máscara. Acaso morirse es eso, desprenderse de la máscara nuestra de cada día. Mi nombre es Nadie dijo Ulises. Este hombre lo quiere aprender a decir. Aunque existen riesgos superiores, conforme advierten los cuáqueros: que en el infierno sólo se queme el yo. Que uno regrese a la rueda del vivir y del morir siendo el mismo que se fue. Que la muerte sea como el fin de una vela que con lo último del cabo prende una nueva y que esto sobrevenga de pronto, sin preparación. De ahí que se proponga un método, un abordaje para el lapso que se abre ante él. Se acoge a un consejo que le dio Leonard Cohen hace poco: si todavía estás en tus cabales, tienes que aprovechar la oportunidad de dejarlo todo atado, en orden. Hacerlo es reconfortante y sus beneficios son incalculables. El primer movimiento en el tablero del juego final es con blancas. El hombre pondrá orden a su alrededor. Siguiendo un modo sucesivo comenzará por lo que tiene más próximo: su mesa de trabajo, sus inacabables papeles, sus libreros desordenados. Ayer platicó con su mujer la relación entre la creatividad y el desorden del lugar de trabajo creativo. Todo desorden es un orden que nadie puede ver, le dijo. Este hombre intentará verlo. Recuerda que Don Juan enseña a Castaneda el aprendiz comparando su vida impecable con el desorden existencial del otro. El maestro puede irse del mundo y nada dejará pendiente, el aprendiz aún está anclado a retrasos de todo tipo. Este hombre cree que en esa tarea de dejar todo sujetado se desarrolla la fuerza que sostendrá los últimos días de la persona. No espera llegar al pentobarbital sódico, pero cree que no le sobra saber lo que sabe. No quiere sino morir bien, y eso representa vivir un cierto tiempo. No hablará todavía del algoritmo que se inventó para calcular más o menos cuánto le falta, pero si nada imprevisto ocurre puede ser suficiente para lo que sigue: un tránsito, un portal. No una nada, pues de la nada sólo sale nada y esta su vida no lo fue. Fernando Solana Olivares