Wednesday, April 05, 2017

EL ÚLTIMO FILÓSOFO

Un cierto nivel de las cosas, del mundo y sus fenómenos es por fortuna enigmático, misterioso, está sustraído a la razón. Hubo un encuentro a partir del otoño de 1903 y durante tres años entre dos de los más grandes destructores de la civilización contemporánea. El primero de ellos cimentó ahí un odio que llegaría a ser máximamente brutal. El segundo es muy posible que no se hubiera fijado mucho en el otro. Existe una foto escolar de la secundaria austriaca de Linz tomada entonces, donde en el extremo derecho del grupo sobresale un casi niño Adolf Hitler, al cual la sombra de la imagen y la fijeza de la mirada retratan tal como será, con el gesto rencoroso y el ridículo bigotillo. En la fila de abajo, apenas a un lugar del futuro dictador, posa Ludwig Wittgenstein con serena naturalidad. Una extendida hipótesis afirma que el odio de Hitler a los judíos viene de todos los complejos que el refinado y bien vestido, hábil polemista y muy inteligente heredero de un gran industrial austrohúngaro le despertaba al hijo bastardo y provinciano. Aquel chico judío de la escuela “en quien no confiábamos demasiado”, como escribió Hitler en Mein Kampf. De la desconfianza a la destrucción hubo un paso de gato. Todos los privilegios de origen de Wittgenstein, que fueron muchos, desde el contacto directo con los más grandes músicos de la época que frecuentaban el palacio familiar hasta la más escrupulosa educación posible, desde una gran fortuna heredada que repartió entre su familia y dedicó a ayudar a otros, no tomando nada para sí, hasta una formación que desde la ingeniería mecánica lo llevó a la lógica matemática y de ahí a la filosofía, más una ejemplar vida de renunciante, carismática y objeto de culto, en la cual fue maestro de escuela primaria en lugares apartados, jardinero y solitario en el campo, doctor universitario no académico, incontrolable y siempre haciendo lo que quería hacer, todos esos bienes constituyeron peldaños que lo llevaron hasta donde llegó. A una deconstrucción radical del pensar. A una esencialidad desnuda. A pesar de su distanciamiento posterior, Wittgenstein siempre observó la frase de su amigo el arquitecto Alfred Loos: “el ornamento es delito”. Uno de sus estudiosos afirma que su vida puede seguirse como un proceso de purificación y renacimiento, así tuviera tintes neuróticos y calidades dramáticas. Perfectamente mística pero absolutamente antidevocional, de renuncia al mundo y a todo aquello, en su entorno y en su persona, que pudo distraerlo del pensar filosófico. De los diarios, por ejemplo, del radio y aun de las guerras. La retórica banal le parecía indecente: exigía respuestas graves a una sociedad donde la mayoría toma la vida con superficialidad operativa. Wittgenstein, dicen los biógrafos, asumía la vida como un deber, una tarea. Era fatigoso ser su amigo y su alumno. Uno de ellos lo definió como un “a full-time-job” en el cual podía robar el alma de los otros y hacerlos seres diferentes. Nadie que lo conociera quedaba indiferente sino impresionado por su tensión intelectual, sus preguntas obsesivas, su crítica demoledora y directa. Impresionado por su gran inteligencia, aquella soledad en llamas, según el poeta. La última legendaria afirmación de su Tractatus logico-philosophicus dice “De lo que no se puede hablar hay que callar”. A lo que se está refiriendo el filósofo terminal es aquello que está detrás de la construcción del mundo y del lenguaje: las cosas, la experiencia de las cosas, nuestro decir sobre la experiencia de las cosas. Y toda experiencia de una cosa es el seguimiento del uso de una regla, del uso de las palabras: “lo que sea un peón viene determinado sólo por las reglas del ajedrez”, explicó el filósofo. No le provocaba ninguna vergüenza reconocer su ignorancia y no comprensión de los grandes nombres de la historia de la filosofía y sus obras. “La tarea ---escribió--- es tranquilizar al espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quien no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía”. Se trata de llevar el concepto al sentido común manifestado en el lenguaje: no hay dolor, por mencionar una de sus conocidas afirmaciones, antes del concepto “dolor”. Y sin ese concepto, uno podría preguntarse si existiría el dolor. Fue de los fundamentos de la lógica a la esencia verbal del mundo. “Diga a mis amigos que mi vida fue maravillosa”, pidió al ángel de su solitaria agonía. Fernando Solana Olivares

LO POSIBLE / y II

La sociedad es un producto, el resultado de un proceso de desarrollo y no una estructura. La sociedad no puede crearse de nuevo y la historia enseña que solamente las leyes que de alguna manera concuerdan con el pasado de una nación tienen capacidad para moldear su futuro. El territorio de lo posible (pasado más presente viendo al futuro) sigue determinando la política. Ocurrirá lo que pueda ocurrir, no lo que deba. El planteamiento político de Ahora parte de la oportunidad que la disputa electoral de 2018 ofrece para derrotar el “pacto de impunidad” entre las élites autoritarias y la casta política, la voraz y corrupta cleptocracia dominante, y redefinir el proceso democrático del país. Se presenta como una iniciativa para “enfrentar la crisis que atraviesa el Estado mexicano partiendo de la organización de la gente”, y quiere acumular fuerza social para desafiar al “monopolio” de quienes usan el dinero y los cargos públicos en su beneficio. Intenta construir la plataforma de una política diferente, de acción colectiva y soluciones comunes, “que no excluye ni exige obediencia, que reconoce la libertad como término de relación”. Dicha política, una democracia participativa, como dicen sus documentos fundacionales, entiende que la transformación del país no puede dejar en manos de la actual clase política la solución a la problemática nacional. Un proceso de organización “desde abajo”, le llaman los convocantes de Ahora, que en los meses próximos deberá generar un programa de gobierno, el cual se convertirá en el contrato social entre quienes asuman responsabilidades públicas y la sociedad civil que construya el programa. Una iniciativa, en fin, para construir una nueva mayoría política a través de varias alternativas para aparecer en las boletas electorales en 2018: una candidatura independiente, mediante un partido, o mediante una coalición de partidos. Un medio, afirman, y no un fin para ellos. Ponen a consideración la posible candidatura de Emilio Álvarez Icaza, destacado defensor de los derechos humanos y cabeza del movimiento. Ahora se plantea un proceso de siete meses para contar con un respaldo mínimo de 80 mil personas. De no obtenerlo no seguirá la ruta de la disputa política. Porque distingue como su elemento principal la construcción de una organización política capaz de enfrentar “la crisis que amenaza la vigencia de nuestra democracia” con la participación de la gente en la vida pública. Parece de lo más coherente que ha surgido en la política últimamente. Pero su aparición puede ayudar, aun no queriendo hacerlo, a la atomización electoral que el PRI, el PAN y el PDR intentarán provocar en la izquierda social que, con todo tipo de matices, identifica a López Obrador como la única oportunidad concreta para echar del poder al PRI y sus aliados, los de la restauración crápula. Ningún personaje político que ahora recuerde concita tanta reprobación, si no acrítica, cuando menos incidental. Para muchos, el diablo de López se impone al ángel de la tozudez denunciante y, se quiera aceptar o no, de una honestidad personal no comparable ---a menos que se pruebe lo contrario--- con la de sus adversarios y enemigos. Parece un hombre obsesionado con el poder y no con el dinero. Sus defectos son muchos, sus omisiones y errores también. Improperios (“Ya cállate, chachalaca), impertinencias (“Al diablo con las instituciones”), ansiedades (el “gobierno legítimo”), inoportunidades (el plantón de Reforma), indiferencias e insensibilidades. Conservadurismo en muchos temas y un populismo que no teme decir su nombre, a diferencia del practicado por los neoliberales. Y aun así no parece haber mejor, o menos peor, candidato. ¿O quién si no: Osorio Chong, Margarita Zavala de Calderón, Castañeda, El Bronco, Mancera, Aurelio Nuño, Pedro Ferriz, Moreno Valle, Videgaray, Graco Ramírez, Silvano Aureoles? El sentido común y la decencia dirían: Emilio Alvarez Icaza. Eso es lo deseable, no lo posible por hoy. Bienvenida una iniciativa política tan oxigenante como la de Ahora. Es de desear que el resultado de su consulta sea parte de un amplio pacto político de izquierda para ganar la elección presidencial. Si el péndulo político no se mueve, el descontento popular podrá llegar a ser extremo. México es cíclico y tarda en explotar. Pero como López Obrador diría, se pasan, la casta política y las oligarquías se han pasado del límite y el país necesita una profilaxis mayor. Lo posible y lo deseable. Fernando Solana Olivares

Friday, March 17, 2017

LO POSIBLE / I

Acostumbraba decir Bismarck que la política es el arte de lo posible. También los profetas del marxismo creían que las sociedades humanas resuelven los problemas que se plantean. Y el nuestro inaplazable, en el cual está la sobrevivencia mayoritaria, es desafiar el pacto de impunidad a través del cual se gobierna México desde hace décadas, aquel que enferma al país y parece acercarlo cada vez más a un desastre. Si en la parte está el todo, basten estos ejemplos sociales para documentar, como diría Monsiváis, nuestro optimismo nacional. Todos son política pública y su consecuencia. Un grupo de jóvenes celebra en un concurrido bar el cumpleaños de uno de ellos. Tres chicas, dos varones. El celebrado se dirige al baño. Al ir por el pasillo solicita a un joven desconocido que lo deje pasar. El otro lo increpa por el tono usado y entre varios sujetos comienzan a golpearlo. El 911 nunca contesta a las llamadas de auxilio hechas por sus acompañantes. El padre de una de las chicas llegó a rescatarlos. La golpiza fue muy severa y el chico terminó en el hospital. Algún mesero explicó que los agresores eran malos: un grupo pesado, dijo. A una reunión de dueños de pipas lecheras que llevan años de trabajar en su zona acuden representantes de un grupo fáctico que ambiguamente se identifica, pero actúa con tecnocrático conocimiento de causa: les hacen saber que tomarán para ellos gran parte del mercado. Llegan rodeados de guaruras. Le hablaron de madrugada para pedirle con urgencia que llevara a la cuñada al doctor. Desde que salió de su casa lo siguieron. Hay un toque de queda tácito pero inviolable que han decretado los capos del pueblo a partir de las diez de la noche. La motocicleta lo siguió a no mucha distancia de su trayecto y lo esperó pacientemente en sus paradas. Eso ocurre todas las noches desde hace meses. Una camioneta rebasa por la izquierda a otra que va más lenta. El hombre joven que la maneja conduce apurado para auxiliar a su madre, su mujer y sus dos hijos, quienes se han quedado varados más adelante. La otra lo sigue y llega detrás de él. Se bajan cuatro agresivos sujetos armados con rifles de asalto. Él explica que su familia es la razón de su rebase. Las mujeres y los niños entran en pánico. Por fin se van. Ejemplos de descomposición constante, sistémica: una violencia difusa y primaria sobre la que se sostiene la sanguinaria violencia pública mayor y su imparable carnicería en aumento. El estado mexicano se ha criminalizado, corrompiéndose medularmente, envilecido por una clase política puesta en las últimas tres décadas al servicio de un insaciable neoliberalismo que lleva a cabo un saqueo descomunal. Pareciera necesario exigir que se fueran todos. Tal pretensión no es posible, no es política. Resulta una paradoja no muy alentadora cambiar las cosas ---o intentar hacerlo--- a través del mismo tipo de pensamiento que las produjo. Sin embargo, así va resultando la posmodernidad: debemos emplear los mismos venenos para curarnos de sus tóxicos efectos. La arena pública, aun convertida en espectáculo para compulsivos consumidores que han dejado de ser ciudadanos, continúa siendo el lugar donde se resuelve el interés de todos. Acaba de surgir una iniciativa ciudadana frente al complejo horizonte mexicano y sus circunstancias políticas, económicas y sociales: Ahora. Personas comunes, dicen al presentarse, que quieren enfrentar el pacto de impunidad predominante entre las mafias y grupos de interés para “redefinir el proceso democrático del país”. Una geometría plana afirma que existen tres bloques: la izquierda definida genéricamente y dos partidos bifrontes que para efectos de la descomposición han actuado como si fueran uno solo. Salvo por un socialismo con ciertos visos asistenciales (explicables ante la abismal e incurable desigualdad mexicana), López Obrador es en mucho un populista de derecha, como lo ha definido Roger Bartra. Su terca perseverancia y una honestidad personal cuando menos sensiblemente mayor que la de sus rivales condensan sus alcances electorales y al mismo tiempo sus límites. Desde un fenómeno meramente pendular hasta un voto de confianza, desde una simpatía por el débil hasta la conectividad popular de sus mensajes, para muchos de quienes todavía creen en un cambio del estado de cosas, hasta hoy una modernidad sicótica, López Obrador representa la menos mala de las posibilidades. No es mucho, pero no es poco. Fernando Solana Olivares

Friday, March 10, 2017

NOSOTROS LOS VIEJOS

La primera pregunta fue: ¿cuántos años tiene? También podía ser la última, porque si la edad de la postulante rebasaba una cierta cifra, ni siquiera sería considerada para la plaza vacante en Historia del arte. Este semestre no se había podido ‘ofertar’ esa materia, como ahí dicen, por carencia de catedráticos. Esa inesperada pregunta dio cabida a otras: ¿cuál es la edad máxima de los maestros de asignatura como era éste el caso, quién lo decidió, con qué criterios? Vinieron las respuestas, pues esta gente siempre tiene explicaciones: sí porque sí. Treinta y cinco años máximo. Lo decidió el más reciente formato de procedimientos burocráticos dictado por la central del departamento de personal universitario, invadiendo atribuciones académicas y actuando con criterios empresariales. Y no: la joven funcionaria que daba la razones no conocía ningún enunciado que sostuviera la decisión. Ninguna razón expuesta, sólo un nuevo ucase dictado desde un escritorio por un agente de la racionalidad, la competitividad o la rentabilidad, sea esto lo que sea: malas, epistemológicamente falsas palabras en una universidad, y debieran serlo en cualquier parte del mundo real. El mundo terminal de ahora ---bien por la caída del imperio, por la erosión vaporosa de un sistema mundo y su mutación o por una crisis cósmica en curso: recuérdese que una perspectiva apocalíptica permite vivir mejor los tiempos actuales--- deberá alguna vez, si todavía le queda tiempo, transformar radicalmente la educación. Lo que gusta es la mediocridad, escribió Montherlant, porque nuestros jueces se reconocen en ella. La siega generacional que representa erradicar a los viejos ---cuya categoría universitaria comienza, por ahora, después de los treinta y cinco---, la evaporación del saber y la experiencia que muchos encarnan, y la invisibilización social que se hace de todos ellos es parte de la población prescindible que el neoliberalismo requiere, y realiza de facto. En tanto, la mayoría de las personas se definen existencialmente por su trabajo, al perderlo y luego no encontrarlo se desdefinen, dejan de ser. Con su completa pero casi siempre justa arrogancia, el misántropo Schopenhauer acepta que hasta muy tarde en su vida pudo ser capaz de formarse una idea de la pequeñez y miseria de los hombres. Hablaba con conocimiento de causa. La experiencia se entiende como el tránsito entre una negatividad ---el pensamiento ilusorio--- y una positividad ---la realidad como es. Yo actúo, decía este áspero filósofo, según la sentencia de Bías: la mayor parte de los hombres son malos. Ya era viejo al reflexionar en ello, pero era un hombre a cubierto. Filosofar brillantemente no es fácil, aunque puede filosofarse cuando se tiene una renta para vivir. ¿Qué hacen los viejos y las viejas en nuestra sociedad sin trabajo, sin ocupaciones propias y sin representar ninguna utilidad ajena? ¿Qué hace una sociedad cuando mutila la vinculación generacional de los seres humanos y niega la existencia del pasado inmediato en el presente actual, función simbólica y práctica de los viejos? ¿Qué se hace cuando juvenilia, la compulsión contemporánea por lucir y ser joven, se convierte en valor preferencial? Mientras más viejo más libre, dijo Saramago, mientras más libre más radical. Importa y a la vez no importa. La intemperie económica es embrutecedora, pero como no parece remitir o atemperarse, habrá que considerar la medicina amarga de los tres saberes: saber ser pobre, saber ser solo, saber ser viejo. Y tal vez organizar, así sea para uno mismo, la vida propia como una narrativa que nos definió. Sirve todo consuelo espiritual para lograrlo, desde luego, pues la poca ciencia de la juventud nos aleja y el agua que en la vejez se amansa nos vuelve a llevar. El Dhammapada afirma: “Contemplad este bello cuerpo, masa de dolores, montón de grumos, trastornado, en el que nada persiste”. No dejan por ello los budistas de considerar al cuerpo como templo del alma y a la vejez como la salida hacia otro plano cuando esta vida episódica terminará. Todo lo anterior quiso ser dicho en aquel instante mientras la primera pregunta se preguntó: ¿cuántos años tiene? La imberbe aspirante tenía veintiocho años, pero si hubiera tenido más y una experiencia educativa bien calificada para impartir su materia no habría sido tomada en cuenta. No porque no. Los viejos deberemos evaporarnos o pasar a otra dimensión. Fernando Solana Olivares

Friday, March 03, 2017

EL ORDEN DEL CAOS

A. Solía decir Paul Valéry que el desorden es un orden que nadie puede ver. De manera parecida, el tradicionalista René Guénon afirmaba que la suma de los desórdenes parciales y transitorios eran elementos que al fin quedarían absorbidos en un orden general. Esta conclusión no le impedía advertir acerca de las fuerzas oscuras que nutren el desorden actual y fomentan así el generalizado presentimiento de que algo está punto de acabarse: un mundo, una época, un ciclo histórico, en correspondencia quizá con un ciclo cósmico. Las distopías apocalípticas que culturalmente nos rodean ---toda una industria en la posmodernidad--- contienen un límite imaginativo. Quienes se hayan acostumbrado a considerar la civilización occidental como “la civilización”, sin epíteto, escribió Guénon ahora hace casi cien años, creerán que todo se acabará si esta civilización llega a perecer. B. La plaza de la época parece estar irremediablemente tomada cuando una adolescente sufre una crisis de dimensiones ontológicas al quebrarse la pantalla de su teléfono inteligente de última generación. Indiferente, distante a lo que la rodea, padres incluidos y todos los otros, menos aquellas presencias virtuales con quienes obsesivamente intercambia mensajes y mira videos, la quebradura del i phone le significa un duelo descomunal. Hasta hace no muy poco la amistad entraba por los sentidos, lo mismo que sus contrarios. Ahora la gente camina mirando hacia abajo, embrujada por un aparato tecnológico que, mientras la absorbe y abisma, la conecta cibernéticamente con otros que están más allá de su campo somático, de su horizonte físico, el cual si existe es acaso para fotografiarlo como imagen escénica. La gente se aísla y enajena al vincularse solamente así. Como si se profundizara todavía más la brecha entre el cuerpo y la mente. C. Occidente cree que el azar no está ligado con nada, puesto que no tiene ninguna causa visible. Sus filósofos lo erradicaron del dominio de la razón porque a) no se explica y b) no se puede reproducir. Es esta característica la que valora el pensamiento chino ancestral. Su filosofía considera el azar como la más bella materialización de la cualidad particular de un instante. Lo más importante del indeterminado girar de la moneda lanzada al aire es cómo termina, de qué lado cae. El emblema chino del azar es la oropéndola amarilla: las aves son las menos sumisas a las contingencias terrestres, según explica el sinólogo Cyrille Javary, y su vuelo parece carente de toda presión. Ese símbolo de libertad representa la adecuación perfecta con el instante. Los chinos creen que las aves se posan donde se deben posar, que se inmovilizan en el lugar más congruente con el conjunto de la situación. Una frase de Confucio se refiere a ello: “La oropéndola amarilla se comporta correctamente”. De ahí entonces que para ponernos a la altura del azar debemos andar desprevenidos. D. Dos inmensos bulldozers deforestan un par de agrestes colinas para sembrar agave. Lo que la naturaleza hizo en milenios esas máquinas lo destruyen en unos pocos días. Históricamente el sitio no es propicio para tales plantas, pero ahora se ha desatado una fiebre de plantíos a raíz de la exponencial demanda de la industria tequilera. Que el fin del mundo nos pille embriagándonos. Dentro de algunos años, no muchos, las colinas serán abandonadas yermas y agroquímicamente contaminadas, pues para entonces los productores de agave habrán sido sorprendidos por la crisis de precios cíclicamente dictada por los grandes monopolios. A la depredadora y nihilista acción se le llama “competitividad”. E. Así que, si todo desorden es un orden que no se puede ver, siempre habrá esperanza. ¿Dónde encontrarla, qué es? Aquí mismo, pues de no estar aquí sería lo que la lógica llama un falso problema. A la esperanza la sostiene la confianza en la existencia de algo que no se manifiesta directamente ante los sentidos pero que actúa en toda circunstancia. Ayer me asaltó una idea: habiendo habido Big Bang, un estallido de la nada hacia el todo que creó el espacio, la materia y el tiempo, debe existir un principio del mismo, una causa que lo generara y un causante de la misma. La otra explicación racionalista y atea: el todo salió de la nada, no me hace ya ningún sentido. Y me esfuerzo porque esta certeza creciente se mantenga así de abstracta e imprecisa. Las narrativas humanas de lo divino siempre han sido mucho menos interesantes que lo divino mismo. Fernando Solana Olivares

Friday, February 24, 2017

OTOÑO ENTRE LAS HOJAS

Había oscurecido ya en Los Pinos y Salinas de Gortari se divertía: ---¿Por qué no has publicado nuestro libro, presidente? La pregunta sonó inesperada, descolocante. Era una fina señora, doctora en arte y prestigiada crítica plástica, directora del importante museo de arte moderno y solvente escritora quien la hacía. ---Pregúntele a Rafael, Teresa, que nos diga por qué. La picardía innata de Salinas, su astucia burlona, aceptaba el derecho republicano que atrevida y elegantemente ella ejercía, mientras el cortejo que lo acompañaba, con Córdoba, el torvo visir a la cabeza, celebraba vicariamente la diversión de su jefe. El aludido, Rafael Tovar, no estuvo a la velocidad de Salinas y más o menos no supo qué decir. Teresa del Conde preguntaba por su epistolario con Jorge Alberto Manrique, el cual debiera haber editado el CNCA para ese momento, cuando se hacía un recorrido por algunos salones de Los Pinos donde colgaban obras de pintores mexicanos seleccionados por este grupo de críticos en el cual se encontraba ella, para ser adquiridos por Presidencia. La refinada demanda obedecía también a otro nivel de significado: en su carácter de autoridad estética y custodia de bienes artísticos museográficos, Teresa se había opuesto a la práctica patrimonialista de disponer del acervo museográfico según ocurrencias decorativas sexenales y confiscar cuadros grandiosos propiedad de la nación para oficinas burocráticas. Siempre hacía y decía lo que quería y esa noche no fue la excepción. El tuteo de Teresa a Salinas sería la nota de color de la crónica del día siguiente, pero la sustancia del momento descolocante radicaba en ella misma, mucho más verdadera que cualquier político encumbrado. Hablamos de Buffon tiempo después, a quien conocía. Le encantó, hasta llegar a anotarlo, el apunte de Montherlant: la gente no sabe hasta dónde puede osar sin peligro, si lo supiera se volvería loca de pesar por no haber osado más. Me invitó a trabajar al Museo de Arte Moderno. Una noche en Jalapa, yo, siendo tan verbal, mantuve silencio escuchando admirado un diálogo de sabios ligero y profundo sobre la Viena de fin de siglo y Padre Freud, como la zumbona lengua de Teresa proclamaba, entre ella y José María Pérez Gay. Todo fue intenso y hasta tórrido. Uno aprende de lo vivido y un gran aprendizaje de arte, inteligencia y gestión museográfica ocurrió. El museo era un templo, y todas las mañanas visitaba la sala de la escuela mexicana para admirar sus tesoros, comprobar su estado y recogerme en silencio unos instantes ante la figura principal, tan profética y femeninamente reiterada, “Las dos Fridas”, esa virgen doble por venir. En una atropellada presentación de un libro mío, Teresa afirmó, con desatino controlado, que en mi papel de subdirector debí informarle a ella, la directora, lo que ocurría ante aquel cuadro devocional, es decir, de la aparición de anónimas veladoras colocadas a sus pies. Eso se contaba en un cuento escrito por mí con mínimos detalles reales. Pareció decirlo en serio, pero era una broma superior. Teresa jugaba con la ficción y con la realidad que en parte es real y en parte imaginaria. Amaba la perspectiva psicoanalítica, tan difícil de ser amada, pues era su aparato de interpretación estética. En ella encontró sus ideas fuerza, como lo conversamos algunas veces, pero también límites que escondían una mitografía arbitraria y un juego de poder con pretextos curativos. Provocando su soberbia inteligencia irónica, iconoclasta, capaz de decirlo y escucharlo todo, alguna vez solté el legendario rechazo a la doctrina freudiana: manifestación de la misma enfermedad que se pretende curar. Lo discutía con autoridad apasionada, con juegos lúcidos del lenguaje, para ella un instrumento de relación: todo con todo, curiosa y atenta, indagante, observando al otro, así fuera para conocerse a sí misma también. Con sombras y oscuridades, como debe ser una conciencia compleja, querida doctora del Conde, has muerto y ya no estás aquí. Te escribiré una carta para contarte todo lo que faltó decirte. Siempre quedan pendientes, por eso regresamos al samsara una y otra vez. Dilátate en volver a este escenario lo más que puedas, viaja por el cosmos y asómbrate, disuélvete en luz. El tiempo es elástico y su recipiente un misterio. La muerte también, esta oscura desbandada de ausencias y necrologías. Fue un privilegio conocerte, querida Teresa, descansa en paz. Fernando Solana Olivares

Friday, February 17, 2017

DEL ARTE O ABISAL

El arte sucede. El arte no tiene para qué. Hacemos arte para no morir de realidad. Estas afirmaciones tratan de fijar un fenómeno evanescente, de multidefinición, para el cual no hay un canon inamovible. Menos ahora en esta época tan extraña y decadente y tecnológica, que mezcla todo con todo y afirma que lo que no tiene precio no tiene valor. Durante mucho tiempo predominó en Occidente una perspectiva estética del arte, considerándolo como una mera complacencia de los sentidos. Una corriente de pensamiento contemporánea cree otra cosa: que el arte contiene una verdad superior que incrementa al ser humano. Una verdad que no se obtiene con algoritmos o sistemas, sino exponiéndose a las obras de arte, encontrándose con ellas. O cuando llegan, como esos tres ejemplares de un libro inesperado de un artista poderoso, para mí desconocido, que la mensajería dejó en mi casa: Abisal de Alberto Aragón Reyes. Llevaba años de no quedar sorprendido por ningún artista oaxaqueño vivo, dueños casi todos de un manierismo agotado en su folclor, en su repetición y en su mercado. Hablando de decadencias, ahí está Oaxaca, la Disneylandia espiritual y estética de estos días. Un lugar vuelto temático y envilecido por el turismo seudo ilustrado, vitalista y hípster de la actualidad. Por una reiteración agobiante llamada por Robert Valerio atardecer en la maquiladora de utopías estéticas. Y sin embargo resistente, indómita mientras exista, disputada por todos desde su fundación. Una ciudad mucho más compleja que este momento escenográfico que terminará por agotarse, barrerá imitadores y concluirá facilismos, si no es que todo ello ha ocurrido ya. En tiempos de cansancio mercantil y fatiga creativa irrumpe una obra que parece concluyente de un periodo. Y a la vez iniciadora de otra etapa que combinará el regreso a los orígenes generales del arte, en mucho al canon clásico y no a los orígenes etnográficos, de colores directos y motivos inmóviles, llenos de esos “dudosos ordenamientos” ironizados por Valerio: luz oaxaqueña, rico patrimonio y demás misterios. No en una procedencia lineal, una sucesión de artistas o una genealogía, sino en una mutación: la del adelanto hacia lo que vendrá, aquello que Aragón Reyes esculpe, pinta, elabora, con notable fuerza matérica, en grandes formatos de volumen y bidimensionalidad cuya voluntad y ambición es propia de las influencias que lo formaron durante sus largas temporadas en Dinamarca: Caravaggio, El Bosco, Rembrandt o Goya. Esa fuerza emergente presenta temas, formas y técnicas no frecuentes en la tradición pictórica de la oaxaqueñidad imaginaria. Varias características de la obra de Alberto Aragón, artista de menos de cuarenta años, son revoluciones radicales en su lugar de origen: el claroscuro, por ejemplo, una técnica para dar profundidad y contraste a la imagen representada, llevándola a contener verdad y sentido, capacidad de conmover a su espectador e interrogarlo. Eso es lo que los pensadores atribuyen al arte como valor de conocimiento: toda experiencia es el paso de un algo supuesto a una certeza vivencial, de una negatividad a una positividad. Otra radicalización de este artista es la introducción de rostros y cuerpos claramente budistas y monacales en sus retratos, alegorizando antiguos frescos trabajados por el tiempo, como pintados en capas que se levantan, se rayan, se esgrafían y proponen un nuevo sincretismo, otro orden místico, otro encuentro cultural, otra revelación. De su realismo fantástico poético, con toques de fantasía y mascarada carnavalesca, hasta sus puntillismos cromáticos alegres y solares, de sus retratos goyescos, sus tigres y jabalíes llevando rosas de sangre en su hocico, hasta sus naturalezas muertas, sus seres tenebrosos y sus bestiarios, entre toda esa abundancia se distingue una pieza escultórica portentosa, El Pescador, un gigante de metal desnudo que arrastra un pez del doble de su peso y exhibe la fuerza perseverante y obcecada del ser humano. El título del hermoso volumen que reproduce 205 obras pictóricas, gráficas, escultóricas e instalaciones, Abisal no alude a lo insondable sino a lo profundo. El arte es un sistema de símbolos y se dice que cuando sus formas cambian se producen cambios en la época histórica. El espíritu sopla donde quiera, el arte también. Incluso ahí donde se creería concluido. Entonces lo abisal anuncia su presencia: ir hasta abajo para volver a salir. Fernando Solana Olivares

Friday, February 03, 2017

LO SUSCITATIVO

Nunca había llegado a mí el término madre escritura. Me doy cuenta que trae consigo la dureza, la cabronería de la época, su creciente dificultad; pero también el amparo, la necesidad de verdad y sentido que claman estos días. Las grandes narrativas terminaron y regresamos a los fragmentos, al tiempo puntilloso. Como nuestra civilización racionalista se originó en fragmentos, ahora volvemos a ellos. El círculo se cierra y, en efecto, o se están terminando las cosas o están en profunda mutación. Los fenómenos no suceden linealmente y es complejo, quizá imposible, conocer sus causas profundas, su geometría intangible. Pero como nuestra conciencia está hecha mayoritariamente de palabras, algo hay que decir sobre ellos para intentar encontrar esa necesidad humana de verdad y sentido. El horror trumpiano ha sido una inversión de polos magnéticos políticos: demencialmente consistente, cumplidor hasta ahora de sus insensatas promesas, hiperactivo con mucha prisa, con una agenda que parece ser de ocurrencias, ideas fijas y fobias radicales contra los otros, pero que tiene un proceso de planeación, algo más grave todavía; rodeado de matones de cuello blanco que amagan a la ONU y comienzan a anotar los nombres de quienes no estén con ellos, de patanes de extrema derecha que declaran a la prensa independiente como una deshonesta oposición e invocan el silencio que quisieran imponerle. El medio sigue siendo el mensaje, y gobernar el imperio a punta de histéricos e incontrolados tuitazos es un detalle esencial del autócrata que surgió lleno de sí desde las pantallas televisivas y el dios Dinero. No es casual ---nada es casual, pero todo parece serlo--- que la novela distópica 1984 de Orwell se haya convertido en superventas en los Estados Unidos desde la llegada de Trump al poder. Tanto el neodecir que en ella sucede (una corrupción del lenguaje donde el significante es cínico y está vacío, y no se corresponde con el significado de lo realmente existente, nótese el uso amanerado del terrific que hace, entre otras de sus no más de ¿setenta? palabras), tanto su asfixiante y dictatorial poder político lo mismo que su tecnología de la persuasión dominante ejercida a través de la telepantalla, todo eso y bastante más es posible ahora. Si no es que está sucediendo ya. Deconstruir la cuestión de lo que ocurre, resolver el difícil acertijo de lo que vendrá, puede estar en las diferencias entre la contra utopía literaria y las condiciones de ahora. Una determinante: la conciencia humana que sí se defiende del Gran Hermano y resiste colectivamente, como viene sucediendo porque la percepción de muchos es que surgió una agresiva oscuridad histórica y que aun durará. Somos el ser que irremediablemente somos y estamos arrojados a esta existencia, dicen los filósofos. Luchar por la dignidad humana es ir hacia esa búsqueda de verdad y sentido, hacia la realización de cada quien que una corriente hermenéutica llama comprender: el ser se realiza así en su propia vida, comprendiendo. Comprender es alta resistencia, como una acción defensiva. Según Orwell, en el pasado la dictadura era la garantía de la desigualdad, pero en su Oceanía imaginaria es la desigualdad la que garantiza la dictadura, y fue la desigualdad la que llevó a los votantes norteamericanos a decidir por Trump y su dictadura híbrida. El lado irracional del totalitarismo aparece en el lenguaje. Las metáforas muertas y las palabras pretenciosas o fraudulentas hacen del lenguaje un catálogo de estafas y perversiones a gran escala, de actos de engaño calculados. El doblepensar de 1984 y su neolengua son básicos para los procedimientos de censura y de control de la realidad. Ese doblepensar orwelliano conduce a una fragmentación de significados parciales que no pueden interpretarse correctamente. Conocer es comprender, comprender es realizar una fusión de horizontes. Los muros cercenan los horizontes, sólo dejan un plano fijo, monótonamente igual en su arquitectura malvada. ¿Qué hacer? Repetir el mantra de santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa”. Tramitamos nuestra turbación, procesamos nuestro espanto y esperamos la coyuntura. Actuando, resistiendo, pensando. Un oráculo anticipó que este año sería Lo Suscitativo, cuando se multiplican los impensables. Al fin ocurrió el profético koan mexicano: agárrense de la brocha, porque vamos a quitarles la escalera. El único modo de mantener la calma es adoptar una postura apocalíptica y sobreponerse después. Fernando Solana OlivaresLO SUSCITATIVO