Friday, April 13, 2018

ESTAMPAS EN ESCARLATA

En sus vidas paralelas Plutarco cuenta que Alejandro Magno conquistó Egipto y después se empeñó en cruzar un extenso desierto para visitar en Siwa el templo de Amón. La odisea entrañaba dos grandes peligros: la falta de agua en un terreno de muchas jornadas y el riesgo de que soplara un recio viento llamado ábrego, el cual levantaba remolinos de arena y podía asfixiar ejércitos de miles de hombres. A pesar de las advertencias de sus generales Alejandro impuso su voluntad soberana, como lo hará hasta el último momento de la insaciable campaña de conquista, cuando estando en la India su ejército se niegue a seguirlo más allá. Las lluvias inesperadas que cayeron durante el viaje aliviaron la sed y apaciguaron el viento, que nunca se levantó. Unos cuervos enviados por el dios guiaron al grupo hasta llevarlo al alejado santuario. El sacerdote del templo (“profeta”, le llama el biógrafo) saludó a Alejandro como hijo del cielo y le confió arcanos vaticinios que sólo el guerrero macedonio escuchó. Otra historia, no la de Plutarco, registra un encuentro más pero distinto de quien llegó a alcanzar el rango de divinidad en el mundo material ---un atributo que ningún otro ser humano habrá logrado de esa manera---, donde demandó respuestas y exigió oráculos a un hombre santo, un yogui de fantásticos poderes del que oyó hablar. Alejandro decidió visitarlo en la cueva donde vivía para preguntarle por su destino. Lo encontró en un estado de meditación profunda y lo interrumpió con impaciencia para saber si era capaz de ver el futuro. El yogui asintió en silencio y siguió meditando. Alejandro volvió a interrumpirlo con otra pregunta apremiante: “¿Conquistaré la India?” Después de unos instantes el yogui abrió los ojos, contempló al conquistador con una mirada amable y en tono compasivo le dijo: “Al final sólo vas a necesitar unos seis palmos de tierra”. Alejandro no comprendió entonces el dramático dilema de los seres humanos: aun conquistando el mundo se termina igual, o bajo tierra o envuelto en fuego. No mucho después vendría su final. Plutarco narra que años antes de este encuentro malogrado, Alejandro tomó la ciudad de Gordio y vio el legendario nudo gordiano hecho de cuerdas de corteza de cornejo. Allí escuchó la leyenda creída por los bárbaros: que quien desatara ese nudo sería dueño del mundo. La mayoría de los comentaristas consultados por el historiador griego afirman que aquel, desesperado por no poder desatarlo, lo cortó con la espada. Pero Aristobulo, en cambio, aseguró que sí le fue posible hacerlo. En estas dos posibilidades se encuentra la disyuntiva que caracteriza el momento actual: la vida contemplativa contra la vida activa. La acción contra la contemplación. La primera es predominante, generalizada, la segunda es vista con desprecio y desconfianza. La primera deriva en la prisa generalizada, la segunda reposa en la lentitud y la perdurabilidad. La primera termina en dispersión, en pereza activa o inutilidad, la segunda es un silencio, un hacer alto, una mediación entre nosotros y lo que percibimos. Lo pornográfico, según Byung-Chul Han, es todo aquello que se presenta sin mediación, o sea, sin que la razón lo perciba, lo mida, lo interprete. Así dice aquella calvinista reflexión literaria: saber quién y qué no es infierno, hacerlo durar y darle espacio. Saber eso es practicar una mediación. La contemplación es una mediación porque suspende los juicios críticos que la mente hace a priori. Conocer es producto de la contemplación, es decir, conocer es una acción a posteriori: primero ocurre el fenómeno, luego aparece su interpretación. Plutarco no cuenta qué dijeron los intérpretes y augures de Alejandro al volver con ellos del templo de Amón mientras se iban sucediendo atardeceres escarlatas durante el trayecto de regreso. Sólo alude en una línea a ellos como los crepúsculos rojos, bermellones y carmesíes que rodearon a los expedicionarios. Hay algunos como Robert Graves que creen en una fatalidad. El corte con la espada del nudo gordiano cerró una cultura de la participación y originó una desviación irreparable y creciente: la cultura judeocristiana de la manipulación. Aunque no fuera verdadera, la paciencia para desatar el nudo que Aristobulo le atribuye a Alejandro es real. O posible, lo cual es ya una manifestación de lo real. Y hay palabras asociadas: el arte de demorarse, o el arte de la paciencia y la contemplación. Hasta Alejandro lo supo y quizá lo practicó. Fernando Solana Olivares

Friday, April 06, 2018

SOBRE NUDOS Y ALTERACIONES

El conocimiento se funda en una vieja cláusula que ha nutrido siempre el proceso creativo. Séneca la trasmitió así: “Mío es todo lo que fue bien dicho por cualquiera”. Uno se alimenta de los otros enunciados para construir los propios, que serán tomados a su vez por otros más y alimentarán un decir lingüístico humano que así se va haciendo. Del mismo modo, las personas son un sistema de relaciones, que introyectan a varias generaciones familiares ---dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos--- en ellas mismas. Si las siete mujeres y los siete hombres de tales generaciones anteriores son esas familias felices mencionadas en Ana Karenina, las cuales todas se parecen en su bienestar, representan un recuerdo emocional amparador y confortable. Si corresponden a las familias infelices, aquellas que Tolstoi dice que practican cada una su propia manera de la infelicidad, significan algo más complejo que a veces puede resultar irreparable y alcanzar la locura desatada por los fantasmas que habitan el interior de la conciencia. Dichas familias han enterrado a sus muertos los unos en los otros. Cuando se hace un intento serio de pensar hacia adentro un conjunto familiar de tres generaciones, la situación se vuelve insoportablemente compleja, afirma R. D. Laing. Las alteraciones de la identidad familiar son variadas. Uno es esposo, padre, abuelo, hijo, sobrino, primo. También es sus alteraciones pronominales: yo, tú, él. Lo mismo sus alteraciones familiares: las tantas otras personas que representamos para los nuestros. De ahí proviene además la relación de cada persona consigo misma, “normada a través de las relaciones entre las relaciones que comprenden el conjunto de relaciones que tiene con los demás”. Un sistema orgánico de este tipo (que la enfermedad mental puede volver mecánico) debe abarcar, para funcionar aceptablemente, un conjunto de piezas capaces de encajar unas con otras. Diría Laing que toda persona es un conjunto de alteraciones. La alteración es el otro, aquello en lo que se convierte uno para los demás, quienes se vinculan a nosotros como nosotros a ellos. Aun la propia persona vista al espejo a menudo ve a ese otro. Largo preámbulo para referirse a los nudos, un concepto desarrollado por Laing en su tratamiento e interpretación de la enfermedad conocida como esquizofrenia, en la cual quien la padece ha internalizado a nivel psicológico e existencial una situación familiar multigeneracional. Esa internalización de relaciones, después de tres o cuatro progenies, acabará formando un nudo indesatable que atrofia la psique y la obliga a una operación curativa que suele entenderse al revés, creyéndose que el comienzo del viaje esquizofrénico es manifestación de la enfermedad cuando es el necesario inicio de su solución simbólica y psíquica. Laing, un demoledor crítico de la camisa de fuerza conceptual del término esquizofrenia, propone otra perspectiva. La aparente irracionalidad del individuo declarado como tal encuentra su racionalidad en su contexto familiar de origen. De ahí la imagen del eslabón más sensible de la cadena que se enferma para cortar de una vez el proceso patológico familiar. Lo hace en nombre de todos y su curación, de darse, también será la de ellos. Llama “metanoia” (que significa arrepentimiento, cambio de opinión) a la sucesión del proceso en su comienzo, parte media y final. Un viaje hacia adentro y hacia atrás, hasta llegar a un punto decisivo en que el viajero regresa curado. Y afirma que en su larga experiencia clínica nunca ha visto darse esta metanoia en las familias ni en las clínicas mentales. Por eso participó en la fundación de Kingsley Hall, una casa de salud (o contra-hospital, según Cooper, otro médico antipsiquiatra) donde se cambió el regimen médico deconstruyéndolo: los tranquilizantes fueron administrados a los médicos y enfermeras, si fuera necesario, y se dejó a los “pacientes” en libertad de vivir su viaje metanoico con sólo dos restricciones: no atentar contra otros ni contra ellos mismos. Luego de la metanoia, cumpliéndose completa, sobreviene lo que se llama neogénesis. La sucesión muerte-renacimiento exitosa permite regresar a la gente en un nivel más alto que el funcionamiento existencial anterior. Las estadísticas de Kingsley Hall son casi absolutas en la recuperación psíquica de quienes ahí estuvieron. El sistema de salud estatal las interrumpió. Pero quedó demostrado que todo nudo se desata. Fernando Solana Olivares

Friday, March 30, 2018

VIERNES EN VIERNES

Algo irracional de violenta peligrosidad, escribe Elmira Zolla, brota de las enseñanzas religiosas. Como el tiempo mismo en Viernes Santo, que es seco, calcinante, y parece detenido en medio de una fractura por el calor. En los templos será leída la Pasión de Jesucristo según Juan, las imágenes estarán veladas con lienzos morados y la Dolorosa recibirá el duelo de los creyentes por la muerte del derrotado hijo de Dios. Todo será fúnebre y atroz. Dos días después, el domingo de Resurrección, habrá una transformación solar y luminosa. Pero hoy es el oscuro reino del dolor. *** Los poetas se han inconformado por un Cristo lacerado, lacerante, lacerador, cuya matriz arcaica de escarnio y muerte quizá provenga de aquel atávico sentimiento del animal de la manada más expuesto, alcanzado por el depredador y así convertido en sagrado. El Sutta-nipâta budista dice: “Tal como soy yo, así son ellos; como son ellos, así soy yo”. Este acto de identificación total con los otros cristianamente se convierte en sacrificio. Y quedará culturalmente perturbado al añadirse “por los pecados”. Nos recuerda que fuimos nosotros, los hombres, quienes crucificamos a Dios. *** Lo mismo que Akutagawa, en mi juventud yo pensé que uno podría llegar a ser como los dioses. Pero nunca se me hubiera ocurrido crucificar a ninguno. Con el tiempo comprendí que el drama cósmico requería una urdimbre narrativa. Un falso final y una exaltación inesperada que resultará sorprendente. Después supe que fue el budismo el que interrumpió los sacrificios humanos por todas partes donde se expandió. El cristianismo lo hizo en Occidente. Pero en él quedó un fondo de aquella inmolación del animal de la manada tomado por la fiera que salvaba a todos los otros: inmolación y salvación que fueron trasladadas a la relación con los dioses. Por eso los matamos, para repetir un orden primordial. *** Aunque el Calendario del más antiguo Galván publicado desde 1826 advierte lluvias, este viernes aquí en Rulfiana el sol caerá a plomo, lo mismo que en la cima de Iztapalapa o en el Gólgota, donde el astro despiadado será un taladro, una luz calcinante, un reclamo al cielo, un agujero de gusano, una muerte-transfiguración. La cruz simboliza la obligación olvidada de los seres humanos con el mundo y sus creaturas: la mediación con todo lo que existe, el uso de la conciencia y el lenguaje para nombrarlo y protegerlo. Cristo queda crucificado en la cruz como divino recordatorio de un olvido humano, una desviación conceptual o una mala interpretación. Por ejemplo, creernos dueños de la creación. Creer que la creación es materia inanimada, no sintiente, escriturada por Jehová como si fuera nuestra nuda propiedad. *** La etimología de la palabra religión contiene varias acepciones, además de la habitual: re-ligar, re-elegir, re-leer. El último libro del filósofo heideggeriano Byung-Chul Han es sobre una religión atea: el budismo zen, que no postula deidad alguna sino un camino de transformación personal en el que se busca alcanzar el satori o iluminación de la conciencia. Son las formas para cabalgar el tigre de la época, los religamientos con el mundo y la existencia completamente empíricos, experienciales, actos que no requieren intermediario alguno salvo solamente contestar una pregunta: el drama religioso, ¿es un dato histórico de la conciencia humana o es un elemento estructural de ella? ¿Es la construcción intelectual de la historia de la idea de Dios, o el campo semántico inagotable que llamamos Dios es lo que impulsa en nosotros sus teodiceas, las tantas formas humanas de narrar su aparición, contar el origen del universo? *** El teatro cósmico de los viernes santos despliega su escenario a la manera de un telón que todo lo imantará por unas horas. Aun quienes no lo atiendan serán influidos por él. Como si fuera un énfasis que tiene que ver con todos porque es una tortura representada, el culto de la sangre redentora, los sufrimientos cual un tributo sacrificial a Dios. A las tres de la tarde quedará abierto el agujero de gusano que la deidad transitará. La dialéctica sagrada brotará el domingo después de la luna llena del sábado. Entonces la cruz será un signo no de dolor y violencia sino de religamiento, de mediación. Fernando Solana Olivares

Friday, March 23, 2018

UNIVERSO Y NUEZ: HAWKING

La lógica contemporánea sostiene que la afirmación “no hay nada fuera” implica que algo podría estar fuera. Por eso utiliza otra forma de decirlo: “no hay cosa alguna que esté fuera”. Stephen Hawking postuló la existencia de esa nada hasta antes del instante, hará unos quince mil millones de años, cuando surgió el átomo primordial que dio origen al universo, el big bang o gran explosión inicial. La teoría general de la relatividad implica, escribió en El universo en una cáscara de nuez (Planeta), que el tiempo tuvo un comienzo, aunque a Einstein nunca le gustara esta idea. Y en ella, el espacio y el tiempo dejaron de ser el escenario pasivo en que ocurrían los acontecimientos para convertirse en participantes activos de la dinámica del universo. Este cambio de paradigma científico modificaría radicalmente la percepción del mundo, y las manifestaciones de ello afectarían todo el proceso cultural y humano que vendría después. Dicho frugalmente: a partir de entonces, el mundo y lo existente sería relativo. Hawking, ocupante de la cátedra Lucasiana de Matemáticas en Cambridge que antes tuvo Newton, cita a Charles Lamb, autor del siglo XIX, para preguntarse por el enigma del tiempo que contiene el espacio: “Nada me produce tanta perplejidad como el tiempo y el espacio. Sin embargo, nada me preocupa menos que el tiempo y el espacio”. Según su propia noción, que no es solamente una corriente que fluye y se lleva nuestras vidas ni una vía que marcha siempre hacia adelante, el modelo del tiempo es el de una línea ferroviaria con bucles y ramificaciones por los cuales se puede avanzar y quizá también regresar. A partir de una perspectiva positivista, “la forma más operativa de la filosofía de la ciencia”, su método de pensar consistía en la elaboración de un modelo matemático que codificara observaciones y describiera un amplio dominio de fenómenos a partir de unos pocos postulados sencillos. Y que efectuara predicciones definidas que pudieran someterse a prueba. “Si las predicciones concuerdan con las observaciones, la teoría sobrevive a la prueba, aunque nunca se pueda demostrar que sea correcta”, escribió. Desde esa perspectiva, Hawking refuta la posibilidad de decir qué es realmente el tiempo, y también el sentido de preguntarse qué ocurrió antes del origen del universo y qué será después del fin, porque tales tiempos no están definidos. La deformación del espacio-tiempo que provoca la materia por acción de la gravedad confirma la teoría de que el tiempo tiene una forma parecida a la de una pera, en cuyo vértice el observador actual que mira hacia el pasado desde el momento actual contempla las galaxias como eran hace cinco mil millones de años, debajo de ellas un fondo de microondas, luego una densidad de materia que hace que la luz se curve hacia dentro, y al final la singularidad de la gran explosión, como la llama Hawking. Aunque se reclamó ateo, el gran científico corrigió aquella expresión de Einstein acerca de que Dios no jugaba a los dados con el universo ---una resistencia mental del pensador alemán ante la revolución cuasi fantástica, una nueva imagen de la realidad propuesta por la mecánica cuántica---: sí juega, aseguró el cosmólogo inglés, y además esconde los dados. De ahí la imposibilidad todavía de articular una Teoría definitiva del Todo, el escurridizo grial de la ciencia que Hawking buscó entre las hasta hace muy poco impensables teorías de las supercuerdas (partículas descritas como ondas de una cuerda), las p-branas (superficies o membranas que constituyen la “fábrica espacial” de nuestro universo), la teoría M (que une las diversas teorías de supercuerdas en un solo marco que parece tener once dimensiones espacio-temporales), las teorías del tiempo imaginario, del imposible tiempo absoluto, del principio de incertidumbre, de la supergravedad o la supersimetría. La mente humana dilata sus límites e intenta descubrir una teoría unificada que gobierne el universo y sus fenómenos. Hawking avanzó grandemente en el empeño. Su drama personal ---si lo hay, pues a la dificultad máxima de su esclerosis la convirtió en fuerza--- consistirá en haberse ido de este plano antes de que aquella explicación se consiga. El principio antrópico afirma que el universo debe ser como lo vemos, si fuera diferente no existiría nadie para observarlo. Su libro cita a Hamlet: “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”. Hawking lo fue sin ningún límite. Fernando Solana Olivares

Friday, March 16, 2018

PEDAZOS CONSECUENTES

La materia. El maestro se ofrece a impartirla dentro de su carga horaria. La burocracia universitaria primero lo desdeña, luego lo ignora y al final lo rechaza. Los alumnos llevan casi tres meses sin clases porque no tienen profesor. A la burócrata que dirige el departamento le parece más importante no “descuadrar” el número de horas a cumplir por quien se hará cargo de la materia cuando esto suceda, que atender el interés educativo de los alumnos y cumplir la responsabilidad institucional. Un olvido más, una invisibilización de los seres concretos entre tantas que crónicamente acontecen. O también la patética evaporación de las sustancias para dejar nada más las formas, los procedimientos. “El sistema no lo permite”, dijo la burócrata, masticando con la boca abierta los tornillos de la frase. Y hablamos de Humanidades. La depredación. Sin permiso ni estudio de impacto ambiental alguno, dada la mexicana ausencia de nuestro Estado fallido, cientos o tal vez más de hectáreas han sido devastadas en los Altos al plantar agave tequilero. La zona nunca ha sido propicia para esa producción, pero el aumento exponencial del costo del insumo alcohólico debido a la escasez hace especulativamente muy atractivo para el capitalismo salvaje invertir en una o dos cosechas y luego abandonar las tierras, que habrán quedado inútiles por mucho tiempo, vacías de flora y fauna, puras tierras yermas. La banalidad del mal: ¿cuántas pedas posmodernas de unas cuantas horas en la Condesa o en Abu Dabi o en Milán habrá valido esta destrucción ecocida de un biotopo construido durante miles de años, esta fabricación de desiertos planetarios cuyas consecuencias psíquicas, sociales y simbólicas se expanden como una orfandad descomunal? Los celebratorios. Un articulista repite las incuestionables cifras que demuestran el progreso del mundo y el avance de las sociedades humanas actuales. Son comparaciones mecánicas entre las épocas, versan acerca de la duración de la vida, de regímenes democráticos, de progresos universales en salud y consumo, de vida pacífica y garantizada. Cándidamente escribe que el único riesgo de la época lo representa una guerra nuclear. Su reflexión es parte de la posmodernidad auto referencial y obsequiosa, aquel conocido discurso de los sacerdotes comprados, como despectivamente los llamaba la prensa socialista del siglo diecinueve: siempre interesadamente al lado de la “razón”. Son materialistas radicales, viven el mundo plano del optimismo políticamente aceptable, e ignoran que la mejor (y acaso única) manera de tramitar el momento es empleando una reflexión, si no virilmente apocalíptica, cuando menos más seria, más relacionante, más compleja. Otro celebra lo que llama una emancipación de Darwin y de la naturaleza: la era de la transhumanidad por medios científicos. En algo acierta: nos emancipamos de la teoría darwinista al descender en la escala de la evolución hacia una mutación aberrante donde lo humano se mecaniza y lo mecánico se humaniza. Un mundo invertido. También la bomba atómica fue saludada como alba civilizacional. El statu quo no puede percibir que todo es un organismo vinculado entre sí, como la anudada red que los chamanes describieron hace miles de años. Quizá por ello Rimbaud dijo: yo es otro. ¿Quieres enterarte de qué va la cosa? Habla con quienes observan el mundo sin opinión comprada, anteojeras coyunturales o miedo a la voz de los amos. Debes encontrarlos dónde están. Los comunes. Las casualidades superiores se llaman sincronicidades. Silvia Federici, escritora feminista, charlando con estudiantes universitarios hace unos días, reintrodujo una causa inaplazable: “pensar en común”. Habló de un estado de emergencia donde las relaciones comunitarias se desintegran, cuando continúa la destrucción de la naturaleza y el individualismo terminal chapotea en los paquetes semánticos de uniformización compulsiva: egoísmo, competitividad, innovación, emprendedurismo, rentabilidad. Federici entiende la desintegración social como un ataque del capitalismo a la sociedad contemporánea; y al modo de una doctrina de la aparición simultánea (la enfermedad y la cura), ante esta sociedad capitalista patológica propone una política de los comunes: “una forma de pensar solidaria entre personas contrarias al pensamiento individualista predominante”. Los nuevos órdenes han reaparecido. La incognita desconcertante es si tendrán tiempo histórico para hacerse hiperpolítica, la política de los últimos hombres, según dice una doctrina circular. Fernando Solana Olivares

Friday, March 09, 2018

LOS ÁRBOLES DE NEPTUNO

“¿No le inquieta que Oprah elimine a Otelo?”, preguntó el editor Nathan Gardels al escritor Daniel J. Boorstin hace años. Estaban hablando de la afirmación del libro como la resistencia contra la embestida de lo inmediato. Boorstin había recordado que una característica de la cultura occidental es adjudicar un valor especial a lo novedoso. A partir de la adoración de la religión judeocristiana por el Dios Creador, y dado que el hombre fue hecho a su imagen y semejanza, hay un dejo de divinidad en el acto de la innovación. Otras religiones como el hinduismo y el budismo no postulan una divinidad creadora y no están compulsivamente obsesionadas por la innovación y el cambio, aunque lo aceptan. La nuestra sí. Desde 1961 Boorstin analizó la llegada del predominio de la imagen y con ella la creación de una “espesura de irrealidad” que desconcertaría nuestra experiencia y se interpondría entre nosotros y los hechos de la vida. Una frase de Max Frisch: “la tecnología (es) la destreza de acomodar al mundo de tal manera que no tengamos que experimentarlo”, iniciaba su libro The Image. La tecnología de los medios de comunicación, sostenía en él, hace homogéneos el tiempo y el espacio, borra sus distinciones, pues lo que está allá también está aquí simultáneamente. Una primera consecuencia de ese tele ver es lo que Boorstin más adelante llamará diplopía, imagen doble: no saber si algo es real o no, si está sucediendo o no. Eso le otorga en su opinión una especie de iridiscencia, de reverberación a la experiencia. Y antes que lamentarlo, opina que la verdadera tarea consiste en encontrar maneras de adaptación ante ello para aprovecharlo. Una segunda consecuencia, producto de un vacío, de un defecto y no de una virtud, han sido las nuevas posibilidades para la comunidad que la televisión ofrece en cuanto a rituales, tan débiles en la democracia, en cuanto a momentos de comunión pública creados por los medios de comunicación. Y la tercera secuela es la “miopía cronológica”: la concentración enfermiza en lo más reciente, la pérdida sistémica de retrospectiva. Otra manifestación más del “futurismo apostólico” de la judeocristiandad que sólo adora las novedades y vive en una permanente fuga hacia adelante. Boorstin entiende la tecnología como síntoma y consecuencia de una civilización que busca lo nuevo. Y contempla un quinto y nuevo reino recién surgido, el de la máquina, donde no se aplican las leyes de los otros. En él, los entes que lo integran no quedan fijos en su estado original. Pueden hibridarse, como cada vez más lo hacen ahora, y tienen la capacidad de construir su propio medio ambiente. Esta postura crítica del autor descarta cualquier fascinación por el reino de las máquinas, moda tan actual. Y en un sistema de referencias y vinculaciones (que son la trama y la urdimbre del ensayo), Boorstin teje explicaciones del momento, cuya tendencia es que la información desplace radicalmente al conocimiento. La información consiste de fragmentos de experiencia no relacionados entre sí y recientes. El conocimiento, en cambio, está estructurado. Sigue métodos lógicos y lo que no se puede relacionar o no es pertinente queda excluido. La fuerza que ha hecho que la información predomine ante el conocimiento es la reducción del tiempo que requiere percibir algo, comunicarlo y hacer que otro lo reciba. Así la información está dejando atrás el significado. La nave espacial Voyager 2 viajó cuatro mil quinientos millones de millas durante doce años para enviar datos de Neptuno y Tritón cuyo significado todavía ignoramos, por eso no sabemos decir cómo son los árboles de Neptuno. Datos, no significados. Correlaciones, no causalidades. Volviendo al comienzo de todo esto: la afirmación del libro como la resistencia contra la embestida de lo inmediato versa también sobre refugiarnos en formas de comunicación donde exista un lapso entre el momento en que se percibe la información, se comunica y es recibida. Esta perspectiva de Boorstin abre los ámbitos de la conciencia y de la contemplación, ámbitos asfixiados por el diluvio de pseudo-eventos y la avalancha de trivialidades predominantes, ámbitos tácticos para cabalgar al tigre de la época. Trátase entonces de abrir un espacio de ralentización entre la persona y el fenómeno, una zona de alentamiento intencional, un intervalo que detenga la pornográfica presencia global e indiferenciada de la imagen. Fernando Solana Olivares

Friday, March 02, 2018

PARANOICRÓNICOS

O paranoicos crónicos. La paranoia, ese conocimiento lateral de las cosas, está desacreditada por el discurso establecido y es mal vista por la doxa común. Autores como León Poliakov la han reducido a una visión policiaca de la historia porque generalmente se le califica como una monomanía o desviación. Freud asegura que el paranoico anda por la vida preguntándose si está vivo o muerto, y aconseja graduar ---nuestras madres dirían: irle a la mano--- las tendencias delirantes. No es correcto, por ejemplo, pensar que hacia nosotros vienen unicornios y no caballos cuando se escucha un galope, o que nuestros males, al modo de la creencia de los aldeanos africanos, fueron provocados por la brujería de la aldea vecina. Pero si hace un tiempo se hubiera afirmado que el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros sufrió un proceso de demeritación sistemático con el fin de volverlo un “no-lugar”, todo esto conceptualizado e instruido desde el Museo de Arte Moderno de Nueva York al iniciar la Guerra Fría en 1945, la incredulidad habría sido fulminante y el escandalizado dictum: paranoia, no se habría hecho esperar. Lo mismo hubiera generado el afirmar entonces que había razones personales en los conspicuos personajes que abanderaron esa operación aquí: Octavio Paz y Rufino Tamayo, y entre otros José Luis Cuevas y Fernando Gamboa. Que en el primero privaron las razones de su sagaz bien-estar con las corrientes culturales dominantes, un liberalismo convenenciero y su entrega intelectual al mainstream contemporáneo. En los demás actuaron la ignorancia, la dependencia al mercado estético de los centros de poder, los gestos de rebeldía publicitariamente vacuos o los acomodos culturales al discurso hegemónico. No así exactamente, pero de algo parecido aunque un poco más abstracto estamos platicando Eduardo Subirats y yo desde la mañana en el venerable Palacio de los Azulejos. Hacía más de quince años que no nos veíamos y debemos marcharnos a la presentación de su libro Muralismo mexicano: mito y esclarecimiento, en la Feria del Libro de Minería. Caminamos entre multitudes por Tacuba, admiramos el Caballito de Tolsá y Eduardo dice una vez más que adora este país tan vital, tan inabarcable, tan vivificado, a pesar de su constante crucifixión. Continuamos la charla del Sanborn’s ahora sentados al presídium de un pequeño y cálido auditorio que está a rebosar. Él bromea sobre un término que yo explico un poco vagamente: apocatástasis, lo cual significa restablecimiento de la salud o retorno de una cosa a su punto de partida. Surgen juegos de palabras sobre el sonido del término que parece no gustarle auditivamente a Subirats. Con cierto entusiasmo, que acaso encuentra muy latino, habla de mi entusiasmo al referirme a la importancia de su obra. Me parece propia de un príncipe del pensamiento, y así lo digo. Ya en la comida ironizará para congelar aquel epíteto. Pero antes, en el desayuno, hemos hablado del monjecopismo que en estas épocas representa la acción de leer y pensar y tratar de vivir con creatividad. Tenemos poco tiempo para hablar de lo deseable y lo debido. Entonces me entrega su más reciente libro, Una edad de destrucción, donde explica que ante los signos apocalípticos de nuestro tiempo sólo podemos erigir el postulado universal del esclarecimiento, ese “arrojo del conocer” que describe como una soberanía del espíritu ante lo material y una autonomía individual de la reflexión, también como la formación de una sociedad libre y responsable, de una voluntad histórica que confronte y atraviese los conflictos de “nuestra edad de destrucción”. La conciencia esclarecida es la salida ante el desastre, dice Subirats. El concepto fundamental de ello en la filosofía de Kant es una palabra corrientemente traducida como “madurez”, lo que da el esclarecimiento. Durante la comida celebramos su cumpleaños a invitación de un amigo generoso. Nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Las cosas tampoco y menos la época histórica. Pero si Dios nos presta vida, como dicen los sabios estoicos de estas tierras duras, nos volveremos a ver con la luna nueva del 16 de mayo. Tendrá que hablar de esta civilización dominada por una violenta voluntad de poder y un imparable instinto de destrucción. Ya se sabe: enunciarlo es comenzar a encontrar las soluciones o aceptar la ausencia de éstas. La amargura lúcida del reconocimiento significará algunas veces la confirmación del pensamiento paranoico. Otras no. Fernando Solana Olivares