Friday, January 13, 2017

UN ALMA SIMPLE

El ser es lo que conoce, afirma la sentencia clásica. Y ella sólo conoció el servicio a los demás. Desde esa experiencia, que pareciera ser tan reducida, lo supo todo: la alegría, la perseverancia, el método, la generosa bondad. Y el mal, desde luego, principio opuesto y complementario de cualquier manifestación. Pero no hizo mayor caso de él. Siendo un alma simple, los otros no la atribulaban con sus irritantes personales: era invulnerable gracias a ese disfraz de simpleza que algo ---el ser, un dios, el destino--- adoptó en ella. La fuerza tranquila, sosegada, de estar a los lados de las cosas, en los intersticios de la cuestión. Su mente no era de especialista sino de principiante, por eso saludaba a la gente con la risueña cordialidad de la primera vez. Tenía sus desafectos criminosos: señoras guandajas, hombres facetos, pero a muy pocos los confiaba. Cuando lo hacía, una explosión superior de risa concluía el pecadillo venial. Un maestro albañil, artesano que nunca supo latín y no mereció el apelativo de arquitecto, le profetizó que cuando llegara al cielo el portero de la corte celestial la rechazaría por haber sido tan tontamente buena. Ella reía al oírlo, siempre reía. Había puesto en práctica, con femenina tersura, lo que muchos años antes teorizó un jesuita que buscaba fósiles en el desierto del Gobi: de ahora en adelante, dijo, debo renunciar a mí mismo y dedicarme a servir a los demás. Lo simple cumple una función compleja. Ella, ama de llaves de una familia que había heredado una casona en la plaza de un pueblito alteño, se convirtió en el centro de tres generaciones familiares y administró un imaginario emocional ajeno, que tomó como propio con su invariable estar ahí. Una alegoría del trabajo de servidumbre vuelto un yoga de lo cotidiano (el más difícil, dijo una santa que lo practicó) y de una pedagogía de la acción repetida una y otra vez con monótono poder. Limpiar su casa, por ejemplo, como hacía ella, cuidar de sus exuberantes plantas, cocinar para quien ocupara de comer. La muerte, costumbre que suele tener la gente, a Socorrito, como se le llamaba, le llegó. En su estoicismo crónico no confesó enfermedad o dolor alguno hasta que un día pidió ser llevada de urgencia al hospital. Un cáncer incurable le fue detectado. Los médicos la abrieron y la volvieron a cerrar. Ella platicó alguna vez cómo querría morir. Después de haber limpiado su casa, centro de sus recuerdos y amada máquina de residir, habiéndose bañado y después acostado a dormir. El guion no resultó tan lineal como su narrativa deseaba, pero resultó una especie de armónica danza femenina para hacerla ingresar suave, dulce, indoloramente en lo posible, a la muerte. Para ayudarla a morir con los ojos abiertos. Se activó la función de los espejos. Hubo momentos donde dos de las cuidadoras, vinculadas a ella desde la infancia, bañaron con muda precisión su cuerpo enfermo celebrando un sacramento ritual de purificación y tránsito. Abluciones para bien morir. Un hombre bien agradecido le llevó un ramo de rosas blancas y ese encuentro pareció quedar grabado entre sus recuerdos finales. La numerosa familia se mostró sensible y algunos vinieron a cuidarla. Entre ellos llegó una perspectiva de morir, supuestamente cristiana pero francamente sádica, que exaltaba el dolor del moribundo como supuesta expiación bendita por el dolor infligido en el pasado a su deidad crucificada. La muerte despierta pasiones y cuando el centro de algo se pierde surge, con agudeza, la poética del conflicto. Toda la bondad de ella se hizo presente, tanto como la gente del pueblo que el día entero la iba a ver y preguntaba cómo seguía. Así que la inquisidora, una cincuentona ministra y dipsómana de la moral ajena, quedó derrotada. La danza mortuoria de esta mujer continuó entre sus cuatro hadas, las conductoras al paso final. El deceso ocurrió después del mediodía. Socorrito tomó de las manos a dos de sus ángeles de la muerte, cerró la boca y en un esfuerzo supremo se obligó a exhalar el alma por la coronilla del cráneo, una salida que las tradiciones orientales auguran como bienaventurada, superior. Se dice que la verdad es una y los senderos que llevan a ella son incontables. Frente al mal de estas horas se oponen los pequeños bienes que la gente buena ensaya, regala, cede. Lo que no se da, se pierde, enseñan los textos hindúes. ¿Cuánto recibe quien lo da todo? Aún si es nada, hacerlo habrá valido la pena. Fernando Solana Olivares

Friday, January 06, 2017

DIÁLOGO SIN ORILLAS

La noche está por terminar y el grisáceo amanecer frío todavía no comienza. Quedan dos viejos sentados a una mesa del salón desierto en medio de la resaca de la fiesta. Son alteños, enjutos y desconfiados, cristeros sólo por necios, sabios rurales a fuerza de paciencia, decepciones y frentazos. Don Uno: Que me habla mi hija y me dice que la carretera está cerrada. ¿Cómo ve? Don Dos: Se entiende, ¿qué no? La gente está muy encabronada. Don Uno: Es colapsante. Parece que ya hicieron agua. A menos que sea intencional. Pero entonces resultará suicida. Don Dos: Súmele la mezcla: ineptos, cleptócratas y apátridas. Combinación letal. Don Uno: ¿Y qué pronostica? Don Dos: Que no hay pronóstico posible. Sólo lo que últimamente ando diciendo: se va a poner peor. Don Uno: O sea que ya se jodió. Don Dos: La situación luce irreparable. ¿No le parece? Don Uno: Sí, no creo que puedan arreglar su violenta ingobernabilidad tan esmerada, tan repetida. Don Dos: Entre ineptitud y corrupciones. ¿Así cómo van a poder? Don Uno: ¿Y luego entonces? ¿Hacia dónde cree usted que vayan las cosas? Don Dos: Hacia donde vaya todo: crisis, colapso, transformación planetaria, pero con particularidades nacionales. Como somos aquí. Don Uno: ¿Y cómo vio la cena? Don Dos: Con evidentes signos de vejez. Veo guapas a todas las mujeres, me enojo de todo, todo me parece caro. Y luego esta sensación de muchas gracias, pero fíjense que el sistema mundo se acabó. Don Uno: Eso está bien. Lo parejero es sabiduría, lo otro es carácter recio y lo último ahorratividad. Y de lo último, ¿qué puedo decirle? Don Dos: No crea, luego ese talante se me impone en las fiestas familiares. Don Uno: Fíjese que se murió un señor que anduvo diciendo que odiaba a todos pero que era amable con todos. Don Dos: Yo no. Me puse de antipático. De criminoso, pues. Y ya ve que hay muchos que no aguantan vara. Don Uno: Acuérdese que con la vara que uno mida será medido. Don Dos: Pues a nuestros impresentables políticos los juzgaremos por el caos de sus resultados. Por el chingo de perjuicios causados. Con una durísima vara. Don Uno: El radio anduvo perifoneando su doble-pensamiento. Que todo era en interés del país. ¿Y notó la simultaneidad: Tultepec-Quince años de Rubí-Gasolinazo? Don Dos: Administran las tragedias y utilizan el escándalo. Nos tratan como débiles mentales. Don Uno: Tengo un amigo que me contó que ya tienen a Duarte. Lo van a presentar cuando necesiten ofrecerle al público una pieza para su entretenimiento y distracción. Don Dos: ¿Y entonces qué? ¿Los corremos a todos? Don Uno: Eso deberíamos hacer. Don Dos: Está cabrón, mi amigo. Hay lo que hay. Y lo que hay es lo peor posible. Por eso se dedican a eso. Don Uno: Entonces va a llegar al poder un payaso siniestro, como el de los gringos. O un triunvirato militar. O de plano un narco gobierno. O un independiente que sea marioneta de los poderosos. Don Dos: O sucederá un milagro guadalupano y López Obrador será triunfador. Tendría entonces dos opciones: cambiar las cosas o gobernar casi igual. Don Uno: La primera ha sido crónicamente imposible, la segunda es más común que ocurra. Además, está el personaje mismo y sus desaciertos. Don Dos: El factor principal será Trump, y el gobierno mexicano que quedará a sus apreciables órdenes. Don Uno: Pero el mercado capitalista es un monstruo mecánico. Su proteccionismo económico puede ser su perdición. Don Dos: Sabe, como diría el profeta. Esto va color de muerto y uno debe ocuparse en vivir. Don Uno: Póngale el sobre: sobrevivir. Lo dijo un jefe apache cuando los blancos le ofrecieron comprar la tierra. Y ahora, en medio del desastre, ¿qué pues? Don Dos: No se haga desdichado antes de tiempo. Pero no deje de vigilar. Como dice el evangelista: no sabemos ni el día ni la hora. Tampoco cómo será. Don Uno: Ayer visité a una mujer muy enferma y le susurré al oído que debía entrar a la muerte con los ojos abiertos. Don Dos: Aunque fuera mantenerlos abiertos en vida. No sé quién dijo que eso era lo más difícil: mirar con atención lo que tenemos delante de los ojos. Don Uno: ¿Sabe que me tranquiliza? Pensar en aquel dicho tan antiguo: también esto pasará. El asunto es mientras tanto pasa. Feliz año, pues. Don Dos: Para usted también. Me gusta terminar. Fernando Solana Olivares

Friday, December 30, 2016

LOS HOMBRES SAGRADOS

La moral de la novela ---un género literario dividido en dos polaridades: las buenas y las malas novelas--- consiste en iluminar zonas del ser y su circunstancia antes desconocidas, no mostradas o no surgidas hasta entonces. Lo demás es prescindible. Cuántos hemos escrito novelas prescindibles. Y, sin embargo, en estas turbulentas antesalas de un desenlace histórico que parece aguardarse aún sin que se perciba que ya está ocurriendo, surgen esos artefactos moralmente perturbadores, conmovedores, icásticos. Y escalofriantes también. Son cantos elegiacos al dolor, a las disoluciones y coagulaciones del alma humana que nuestro momento histórico contiene inmisericorde, como una siega sin botón de apagado. En tales tiempos las cosas se trastocan y el lenguaje cambia. El lenguaje es el sistema inmunológico del espíritu, y éste debe emplearlo para colocar lo que se va viviendo en una zona de comprensión. No es circunstancial que sea un poeta quien entone, a partir del asesinato de su hijo, el testimonio literario de la hora actual, el libro concluyente de estos días. Un poeta que además abandonará para siempre la poesía en aquel instante fatal y tendrá que escribir un largo hilo narrativo cuya dura crudeza tendrá una y otra vez momentos de expresividad poética. Una poesía del dolor moral extremo, del sacrificio irracional. “Algo se rompió dentro de sí y mirándolas lloró. Cerró los ojos: en la oscuridad de sus párpados volvía a buscar una vez más a su hijo. No lo encontró como habría querido encontrarlo: idéntico a la noche en que se despidieron”, escribe Sicilia contando de Sicilia y su inmenso vacío trágico, esa evocación mordiente y somática, imposible de curar nunca, que marcará la marcha de la conciencia hecha durante meses con un puñado de personas dignas y dolientes como él, para volver visibles a las víctimas, a los desaparecidos, a los deudos ignorados en su búsqueda dantesca, y también al mal criminal, económico, policial, político, judicial, cultural incluso, al mal del Estado mexicano fallido y cómplice que lo permite. La defensa del lenguaje significa también emplearlo en una zona de bondad, una de las formas más altas de la inteligencia humana: la bondad comprende. Escribir es una bondad que comprende porque nombra el dolor y lo re-presenta, y al hacerlo, aunque ello obligue al autor a vivir de nuevo el sufrimiento insoportable, se convierte en una gramática de la pertenencia mutua que nos atañe y sucede a todos. Hasta a aquellos que no quieren saberlo. El deshabitado es un libro nutrido de esa virtud, de una resistencia contra la divinidad actuante en la historia, contra la Iglesia simoniaca de las jerarquías eclesiásticas indiferentes y uncidas al carro de los faraones, contra la banalidad del mal y su desproporción entre los hechos que lleva a cabo y quienes los perpetran, contra la dipsomanía de la grilla paralizante que sufren las izquierdas, contra la insensibilidad de López Obrador y sus huestes ante la verdadera crucifixión mexicana, contra las positividades idealistas de una democracia solamente retórica y paralítica. Contra lo real atroz, contra el infierno y sus sicarios. Y podría parecer que hasta contra la esperanza no de un futuro mejor sino simplemente de un futuro. La composición del personaje de Sicilia escrito por Sicilia es muy singular. La estructura, dirían algunos, y otros la psicología del personaje, que es casi tal como es, salvando la distancia entre lo vivido, lo recordado y lo escrito. Más ese correlato objetivo del que se ha hablado líneas atrás: el que escribe se toma como materia narrativa de lo que escribe. Un concepto central en esta novela hecha de lenguaje sin afeites, con sangre y vida, con altísimo valor civil, pensamiento, fe y clamor al cielo, con sabiduría biográfica y profunda cultura intelectual de la galaxia Gutenberg, es el del homo sacer, el hombre sagrado, aquel que quedaba proscrito de la ley, entre sus intersticios, y perdía la protección del Estado. Aquellos hombres sagrados siguen estando entre nosotros, somos nosotros. Y es dicha condición la que promete una esperanza, una acción en el mundo, el cual tal vez no tenga remedio, pero en el que hay que resistir. Acaso esa sea la hiperpolítica que esta hora de metamorfosis requiere. Quienes la intenten a su manera quizá comprenderán. Regalaré El deshabitado a quienes pueda. Gracias, Javier Sicilia, tu fe te consolará sin falta. Tu canónica escritura ya comenzó a hacerlo. Fernando Solana Olivares

Friday, December 23, 2016

EL DESHABITADO

De la prevención al pasmo, del pasmo al más vivo pesar, luego a la admiración ante un heroísmo trágico y a la sorpresa terrible por mirar el rastro, el abismo criminal del horror y del mal en que está sumido México, hasta deshabitarse uno también al ir leyendo y terminar profundamente conmovido por una sensación de oscura desesperanza que sin embargo algo indecible promete. La prevención surge ante una estructura narrativa donde el autor habla de sí mismo en tercera persona y se llama igual que su protagonista, desdoblamiento del que la objetividad literaria podría desconfiar. Pronto queda clara la necesidad, el porqué de novelar así algo que efectivamente ha ocurrido: aparecerán en la historia otros muchos personajes correspondientes a seres de carne y hueso que llevan el mismo nombre en la vida real, y algunos de ellos serán retratados desde una interioridad que el autor imagina literariamente y que la obra construye en el espacio intangible de la ficción. El pasmo proviene de la crudeza con que se testimonia y escribe (que no se cuenta ni se reseña ni se reporta: esto es mucho más que eso) El deshabitado de Javier Sicilia (Grijalbo-Proceso, México, 2016). Aquel dictum romántico del “Bebe tu sangre, poeta”, ahora se hace despiadadamente posmoderno: “Bebe tu dolor, poeta”, y sal a clamar a la plaza pública por las víctimas invisibles y los desaparecidos sin nombre, y por tu hijo asesinado, por sus amigos asesinados, sal a clamar contra el horror. El pasmo surge también del autorretrato, no hecho en escorzo literario sino desde muy cerca de un hombre en el dolor y la pérdida profundos, franco hasta el áspero límite del lenguaje, de poderosa vida interior poética y devocional, expulsado hacia la vorágine pública por los atroces acontecimientos, desencantado hasta el extremo del arco histórico contemporáneo. Venido además desde una profunda fe cristiana anarquista alimentada por corrientes de retaguardia; por utopías comunitarias y orgánicas como el confortante pequeño formato del Arca establecida por Lanza del Vasto en Francia, o por él mismo en Morelos; por pensadores concretos, no especulativos, cuya obra es un compromiso con aquellos seres, los otros, que Dios ha puesto en el camino. La admiración es un resultado tal vez indeseable pero igual de necesario en todo esto, en el infierno mexicano, en su puesta en marcha, su gestión, su mantenimiento. El escenario es singular y simbólico. Trátase de un poeta e intelectual católico que, en sus palabras, “adelantándose a su momento y a la pobre conciencia política del país, había intentado unir absurdamente la espiritualidad con la política”. Obligado por el brutal sacrificio de su primogénito recogió las prendas de su dolor y decidió acometer un acto de dignidad ejemplar a cuya convocatoria acudieron otros deudos hasta entonces dispersos o solitarios: hacerlo visible y multiplicarlo en el dolor de todos. Sicilia había intentado exactamente lo contrario a ese amor abstracto, un rostro del mal que denunciaría elocuentemente con la fuerza del lenguaje ante toda la nación y en el extranjero, viajando miles de kilómetros, cruzando todo el país, llegando hasta Washington, denunciando armas, putrefacciones y guerra de drogas, cleptocracias políticas, gobiernos sin justicia como el nuestro que habían devenido en bandas de criminales. Es significativo para la curación del horror mexicano saber que la gesta de ciudadanización más reciente provino de una dignidad poética vuelta política. Con episodios como un discurso en Arizona, tierra de las armas, donde Sicilia, fiel a su costumbre, inició su discurso con versos de Funeral blues del poeta Auden. O con el encuentro entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, fundado por él y un puñado de gente digna, y la clase política, de presidentes a funcionarios y candidatos, todos ellos fustigados públicamente por un discurso de resonancias tan humanas como las milenarias voces de la tragedia griega oponiéndose al mal tiránico y al oprobio. Téngase éxito o no al hacerlo, pues el gesto adquiere otros alcances. El deshabitado es una obra desgarradora que clausura la ilusión democrática del Estado, y pone en escena el infierno en la tierra cuyo origen se encuentra en la materialización extrema que la deidad capitalista, el dinero, ha impuesto, y en las extrapolaciones que la sociedad del consumo ha hecho surgir a una escala planetaria, con este énfasis espantoso en nuestro crucificado país. Fernando Solana Olivares

Friday, December 16, 2016

YENDO A CASA

Éramos solamente tres niños en un salón de más de veinte niñas. El colegio Margarita de Escocia no admitía grados mixtos salvo en preprimaria. Uno de ellos era Rafael Tovar, el otro yo, y el tercero, de quien el propio Rafael años después me recordaría el nombre, se ha vuelto borroso en mi memoria. Actos básicos, destinos prefigurados. Una mañana de recreo luminosa en aquella casona de la calle Andrés Bello donde ahora se levanta un moderno hotel desmesurado, jalé a una niña del delantal de su uniforme y lo rompí. La escalofriante directora decidió castigarme con una lección pública de costura. Reunió al grupo y delante de todos debí coser el delantal con grandes trabajos. Me dieron la aguja ensartada en el hilo, me hicieron mirar el desgarrón y me ordenaron comenzar. Sufrí una humillación cuya rabia debí tragarme. Luego de cinco o seis puntadas insólitas el escarmiento terminó. Se redobló entonces el disgusto que la señorita directora sentía por mí. Rafael no fue vinculado al asunto de la niña. Los dos la perseguíamos, pero había sido yo quien le diera el jalón. Años después volvimos a encontrarnos. Evocamos alguna tarde de juegos en su casa, llena de arte, de libros y muebles antiguos que mi recuerdo infantil entonces recogió devotamente. Flotaba en ella una refinada memoria de clase, de sentido histórico y bienes culturales, un origen compartido cuyos caminos se bifurcaron, razón que quizá para entonces nos separaba, pero no nos impedía recordar nuestra temprana amistad. La imagen sin cabello de Rafael Tovar, envejecido de golpe, se me impone mientras estas líneas son escritas. Pareciera que la fuerza interior como una manifestación del valor y del empeño público, más un sentido de la elegancia ética heredado de aquella burguesía histórica de la que provenía, sostuvieron en él ese regreso sin afeites, directo y descarnado como su misma significación: cumplir la tarea encomendada hasta el final. A diferencia de José Vasconcelos, quien dejó el cargo debido a las tumultuosas razones de su momento histórico, Rafael Tovar murió ejerciéndolo, poco después de obtener su mayor logro, la Secretaría de Cultura. Alguna vez le habré dicho que los Clásicos para Todos del oaxaqueño era el mismo Elitismo para Todos propuesto después por Lyotard. Entonces descubrimos nuestra mutua fascinación por Lampedusa y El Gatopardo. Quizá para entonces, un poco antes de que volviera por segunda vez al CNCA, Rafael Tovar ya no tuviera ilusiones como el príncipe Salina no las tenía, pero sabía actuar como si las tuviera, a la manera del nuevo hombre de poder, Calogero Sedara, personajes de una novela frecuentada como devoción propia por los dos. Debía creer en lo que hacía, como todo funcionario que se respete ha de hacer. Aquella ocasión y un par de veces más pudimos tratar desde cuestiones obvias hasta cosas más pequeñas: mantener las atribuciones de la Federación sobre el patrimonio arqueológico, histórico y cultural del país hasta destinar presupuesto para la reconstrucción de una infraestructura nacional que lleva décadas de descuido, de falta de inversión y deterioro. Desde detener la privatización silenciosa que viene ocurriendo a través de asociaciones filantrópicas y “de amigos” en centros culturales de patrimonio codiciable, hasta el rescate de las casas de la cultura que languidecen por todo el país. No fue así, de cualquier modo. Pero en cierto sentido sí. Es muy difícil ya instrumentar y aun pensar un proyecto nacional de ilustración masiva como forma de curación social y política. Rafael Tovar, en tiempos neoliberales, cuando la cultura es solamente un bien de consumo, fundó instituciones culturales que han representado paraguas vivenciales y protecciones estéticas apenas capaces de atemperar estos días zozobrantes. Al final queda el misterio de la muerte misma. Favorecida, prematura, inesperada, pero muerte al fin. Yendo a casa, canta Leonard Cohen, marchándose recientemente a ese otro estado, la condición desconocida donde no puede decirse nada que pueda contarse entre nosotros. Rafael Tovar descansará en paz, rodeado de su fragorosa memoria y todos sus murmullos. No será un muerto que se quede solo. Además de permanecer en el intenso recuerdo de tantos y en los anales históricos, quedará grabado en un momento de hace muchos años como si fuera una libélula. Tendrá vida mientras su recordador lo recuerde. Luego se evaporará, como todo lo nuestro que es impermanente. Fernando Solana Olivares

Friday, December 09, 2016

ESTRATEGIAS DEL DESENCANTO / III

Hartazgos del número. El agotamiento de lo masculino o la civilización de las cantidades. El gigantismo del número representa un proceso patológico cuyo contrario es la reducción drástica, la poderosa pequeñez. En uno de sus indestructibles aforismos Kafka escribió al respecto: “Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo. Lo segundo es perfección, por tanto inactividad; lo primero, comienzo, por lo tanto acción”. Esta orientación radical es un extremo y quizá en ellos es donde está la resistencia personal profunda en esta hora llena de muertes de quienes encarnaron la historia de generaciones, caracterizada además por el estallamiento de los discursos tolerantes y racionales del pasado inmediato, por la evaporación de las certezas existenciales y los valores morales de la utopía democrática, por la violencia indiscriminada y la crispante inseguridad. En estos días vuelve a citarse con ansiedad el célebre “todo lo sólido se desvanece en el aire” del Manifiesto comunista, como si fuera un conjunto o una mantra protector ante la erosión vertiginosa que presentan las cosas. Gracias, no queremos. Al contra-canto del momento, a la divisa compulsiva de la actual sociedad del rendimiento-definida por la violencia de la positividad, del consenso único que conduce al agotamiento de la sobreabundancia, la sobreproducción, la sobrecomunicación (Byung-Chul-Han)-, al plural afirmativo individual y de las masías: “Yes, we can”, debe oponérsele el concepto de “revolución necesaria” de Jacques Ellul, la rebelión moral imperativa que sugiere ante la sociedad actual. No hay garantía de que tendrá éxito, de ahí que la rebelión contenga un valor humano determinante: aquel heroico no te sientas esclavo ni aún esclavo, no te des por vencido ni aún vencido. Ese fue el sino clásico y ahora parece ser la obligación de quien quiera sobrevivir, así sea derrotado-una consecuencia, por lo demás, secundaria. La lucha consiste en combatir, con toda la fuerza personal y colectiva posible, esta ideología que se apodera de nuestra mentes: el consumismo hedonista, el individualismo aislante, la obsesiva e inútil búsqueda del principio del placer, la felicidad y el bienestar a toda costa. “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”, escribió Rilke. Jacques Ellul utiliza malas palabras para exponer su método: habla de una ascensis (purga, restricción, rechazo, purificación) necesaria para que la persona logre curarse de la disciplina de masas que la afecta e infecta, menciona un fortalecimiento de la conciencia individual, una capacidad creciente para decir no. Así concibe la creación de nuevos valores civilizacionales a partir del regreso al punto de partida, de un volver a comenzar. Sobre lo posible. La paleopolítica es el arte de lo posible en pequeñas proporciones, el arte de mantenerse pequeño por amor a la vida. Es lo contrario a la megalomanía antropocéntrica del hombre como medida de todas las cosas. Ha llegado a su fin una filosofía que durante más de dos mil años impuso un principio de exclusión, un elemento diferenciador propio de la actitud masculina, del orden jerárquico, autoritario y vertical. El hecho de que aparezca ahora un siniestro payaso histórico que impúdicamente ha terminado y culturalmente debiera desaparecer, quizá nos haga saber que no hay garantías de nada y que las circunstancias geopolíticas afectarán el contexto externo de los individuos y su propio interior. Afectarán los tres tiempo del mundo: el público, el privado y el secreto. Será una conmoción. Lo consistente. “Tu mismo eres la tarea” , afirma Kafka. No debe creerse que el cambio o la templanza podrán provenir del mismo sistema de pensamiento que ha causado tanta violencia y destrucción. Es el mismo problema del ingeniero que debe cambiar las vías sin impedir el paso de los trenes. El sistema actual se basa en el crecimiento progresivo, ilimitado e infinito, y el liberalismo parece ser su etapa final. Las casas de apuestas conceptuales aseguran que estamos muy cerca del fin de la modernidad como categoría sociológica, histórica y filosófica, como sistema mundo ejemplar. Lo que parece obvio: un orden antropológico se derrumba, el nuevo todavía no se construye y proliferan los fenómenos morbosos, la ausencia de fundamentos, la falta de certeza, la oscuridad. Y también su inverso complementario: en el máximo peligro está la salvación. Fernando Solana Olivares

Friday, December 02, 2016

ESTRATEGIAS DEL DESENCANTO / II

Esta sociedad amnésica. Un poeta ahora inadvertido habló del predominio fatal de dos tendencias: el partido de la Memoria y el del Olvido. La novedad, una deidad más de nuestro momento horadado por vacíos que deben llenarse, representa en sí misma un valor. Y descansa justamente en el sobre-aprecio mediático de lo que surge y en la desvaloración cultural de lo ya originado. Recuérdense las formas de la manipulación expuestas por Chomsky, cuyo fundamento también proviene del olvido: la estrategia de la distracción o el montaje teatral; la creación de problemas para después ofrecer soluciones; la gradualización de las dificultades sociales; la táctica de diferir soluciones; el trato a los ciudadanos como si fueran menores de edad; la utilización de aspectos emocionales en lo público antes que formas reflexivas; el mantener a las personas en la ignorancia y la banalidad para hacerlas complacientes con la mediocridad; el reforzar la auto culpabilidad de la gente; el conocer al individuo mejor de lo que éste se conoce mediante manipulación neurobiológica. ¿Solución? El recuerdo anacrónico. Volverse ana-cronos. Y desprenderse de aquellos pensamientos que nos piensan. Cambiar de estado mental como se cambia de piel. La muerte del patriarca. La anacronía del comandante Fidel Castro llegó a su fin precisamente en el comienzo del epílogo de una época que ya no mirará, con ese Goliat su enemigo histórico ahora henchido de prepotencia, proteccionismo y demencialidad. Muere nonagenario y lúcido, como si hubiera sido un santo. Era insoportable para muchos por antidemocrático y autoritario, por caudillesco y discursivo hasta el delirio, pues no hay quien pueda hablar y hablar sin ahogarse en el lenguaje. Su único y suficiente legado fue liberar a Cuba de la prostitución gringa y de los bajos instintos del imperio enfermo, desarrollar bienes sociales como la medicina preventiva, la educación gratuita de excelencia, la lectura generalizada, la solidaridad geopolítica. Y haber resistido todas las conspiraciones, invasiones, asfixias económicas y bloqueos, intentos de asesinato y asedios imperiales, plasmando así la épica de una isla irreductible dirigida por un tirano en medio de nuestra cobarde modernidad masificada del pensamiento único y el capitalismo patológico, con su horror económico creciente y sus poblaciones cada vez más prescindibles. ¿Lo absolverá la historia? Desde un punto de vista heterogéneo o políticamente incorrecto por antidemocrático, pero tan humano y real a pesar de ello, podría apostarse que sí. Acerca de las otras vías. Hace algunas décadas, tantas que en este tiempo febril parecieran siglos, el economista y pensador E. F. Schumacher introdujo un concepto vigente aún: Lo pequeño es hermoso. En el libro de este título proponía una economía no budista y no violenta que cooperara con la naturaleza en lugar de explotarla, interesada y comprometida con la escala humana, con la calidad del trabajo bien hecho. Una economía de la permanencia sostenida en principios ecológicos y, si no sonara ingenuo decirlo, en una tecnología con rostro humano. Son dos opciones en la encrucijada: un sistema materialista que mide el nivel de vida por la cantidad de consumo y un sistema de economía que este pensador llamó budista porque se sostiene en dos conceptos provenientes de aquel sistema de pensamiento: la vida correcta y el camino medio. La ideología económica y tecnológica no reconoce ningún principio auto regulador. Al contrario de la economía depredadora del capitalismo neoliberal, los sistemas naturales son orgánicos, auto equilibradores y auto correctivos. La tecnología actúa como un cuerpo extraño que ahora comienza a vivir crecientes síntomas de rechazo, el cambio climático es uno de ellos. Schumacher señala la diferencia entre la ciencia de la comprensión y la ciencia de la manipulación. La primera recibe el nombre de sabiduría, la segunda sólo busca el poder. Traerlo a cuento ahora es una utopía. O es el anuncio de que las retaguardias de hoy serán las vanguardias de mañana. O significa también que hay pensamiento suficiente para cabalgar al tigre de la época, otros caminos civilizacionales que tal vez, entre tantísima mierda, puedan transitarse ahora o después de la catástrofe, cuyos signos, liberadores para algunos, ya están enfrente. Concomitantes, diría el gongorino. O a la vuelta de la esquina histórica, como se pueda ver. Todo fin de un mundo es el fin de una ilusión (Guénon). Fernando Solana Olivares