Friday, July 15, 2016

AFORISMOS SÚBITOS

“Jamás el esfuerzo desoye la fortuna” se dice en La Celestina de Fernando de Rojas. Entonces nuestro esfuerzo no ha sido ni será suficiente para evitar el desastre. O quizá el desastre mismo es un premio que nos entrega la fortuna. *** Aquel hombre se marchita como funcionario ilegítimo a pesar del brillo del cargo, de la sinecura, de la hermosa oficina. ¿Habrá quien florezca en un lugar al cual no pertenece? *** Leo la más reciente novela de un escritor afamado. La misma historia que lleva años contando, cada vez peor escrita, con los clichés de siempre, los mismos estereotipos. Es un individuo triunfante que no necesita conocer los imperativos de la moral literaria: nadie escribe lo que no vive desde las entrañas, nadie expresa lo que no siente de verdad. Tal es la función del dolor, hacer a la conciencia. Este hombre no es consciente. El éxito es su enajenación. *** La zona templada del espíritu surge cuando se acepta aquello que la santa Catalina de Siena creyó haber escuchado de Dios: “Yo soy el que es, y tú la que no eres.” El yo, hipótesis inútil, se niega a considerar dicha negación, que siempre parte de un relámpago intuitivo: la identidad es una convención social necesaria pero no determinante, el verdadero nombre de la gente es nadie y su destino es ir a ninguna parte. Quien soporte esta revelación podrá saberlo: la persona es un postulado práctico, nada más. Por ello debe distinguirse entre el “yo empírico”, que ha de dominarse, y el “sí mismo”, que ha de buscarse en el interior de cada quien. *** Un místico islámico, Yunaid, afirmó que “Ser sufí es desasirse de toda preocupación, y la peor de todas es la del yo.” Por eso la sabiduría logra disolver el autoconcepto, ese dren de la energía emocional. Uno siempre es otro para los otros, así que da lo mismo toda evidencia, toda apariencia, toda afirmación. Saberlo es un descanso ontológico propio de héroes y dioses, superior. *** Todo lugar común fue realidad alguna vez. El abuso actual del término zen aplicado a cualquier cosa, desde espacios hasta productos, comportamientos, personas o indumentarias, proviene de una vinculación orgánica entre Oriente y Occidente, negada por el racionalismo pero determinante como las corrientes profundas del océano. Un autor enumera axiomas que le parecen actitudes zen. El exhorto a la unidad de Husserl: “hazte como cada ser.” La propuesta para “seguir la realidad en todas sus sinuosidades” de Bergson. La observación formulada por D. H. Lawrence: “pocos viven donde están.” La paradoja de Spinoza: “cuanto más sabemos de cosas particulares, más sabemos de Dios.” O la certeza de Sartre: “El destino del hombre está en sí mismo.” ¿Y qué es el zen? Hacer como el pez, que nada sin pensar en el agua, o como el pájaro, que vuela en el viento sin discurrir sobre él. *** Ahora la gente envejece sin hacerse mayor. La tercera edad se comporta como si fuera la primera: el pavor de terminar. *** Así como la filosofía occidental sólo es una serie de notas a pie de página sobre Platón y Aristóteles, la literatura moderna es una gravitación alrededor de Shakespeare, su astro rey. Macbeth en la oficina, Hamlet en el negocio, Ofelia en la casa u Otelo en la red: variaciones alrededor de quien anticipó el tiempo de la modernidad o tal vez lo construyó. De ahí que en ella haya tanta y tan intensa angustia de las influencias: el predecesor es insuperable y la lucha contra él, según diría el crítico, representa una agonística, un esfuerzo terminal. *** La edad avanza y deben replantearse las prioridades, como alcanzar la invisibilidad. Silencio, discreción, cautela. Quien se guarda observa, quien se exhibe no ve. *** “Háblame de Dios”, le pidió san Francisco a un almendro. En respuesta éste floreció. *** “Dame, Señor, piedad para mí mismo, y que mi obra te responda”, propuso Francisco Cervantes, aquel legendario poeta del gótico Hotel Cosmos. Era una plegaria “amigable”, como hoy se suele decir. Un posmoderno la deconstruyó: “Date, Señor, piedad para ti mismo, y que tu obra me responda.” Muchos opinaron que así quedó mejor. Fernando Solana Olivares

Wednesday, July 13, 2016

CONVICCIONES INESTABLES

Las certezas existen como una necesidad de la conciencia. Son indispensables para que la vida ocurra en cierto paisaje descrito con atributos positivos, el paisaje ideal. Así tiene que ser la vida, se dice uno, y establece un sistema de referencias ideales y distópicas, deseables y negativas, de cosas buenas y malas que componen el mundo. De acumulaciones y de pérdidas. Si el sentido común sentimental fuese verdadera sabiduría, es decir, una distancia inteligente ante el fenómeno sucedido, la norma de toda persona sería una ley termodinámica: nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. La superficie lisa permite transitar sin obstáculos. La superficie estriada detiene en donde uno está. Cuando pienso en el pasado veo un abrupto y descorazonador cambio de conciencia, de existencialidad. La confianza cultural del crepúsculo de la maquiladora de utopías ---en frase de Robert Valerio, el gran ensayista muerto--- se evaporó, como todo lo sólido se ha evaporado en estas últimas épocas. Desapareció un valor humano: la confianza en un cierto mañana, en un cierto sentido. El tiempo fue vampirizado y coaguló. Osho, un polémico gurú oriental actuante en Occidente, con quien el filósofo Peter Sloterdijk pasó largas temporadas, decía que los hombres han vivido mucho tiempo como lo hacen ahora, con violencia e inconscientemente, pero que puede ocurrir un salto cuántico crucial ---un salto evolutivo o la muerte en una tercera guerra mundial. Para ese salto evolutivo debe crearse un gran Budacampo, el campo donde puede posibilitarse el futuro. El gran mesías Budacampo, le llama Osho, menos un lugar o una persona que un manantial de conciencia compartida generado por muchos seres humanos que tienen en común la búsqueda individual de sí mismos. Sin iglesias, en el neo gnosticismo tardomoderno. Lo que acaba llamando con urgencia, contagiosa y colectiva, una Arca de Conciencia de Noé. Este hombre argumenta que cada cual ha de salvarse a sí mismo, que tal es la única posibilidad: “Basta y sobra con ser el centro de uno mismo. Luego la propia paz se vuelve contagiosa: el silencio empieza a diseminarse y atrapa los corazones de otras personas.” Sucede de una manera natural, dice, “no es uno mismo quien lo hace.” Silencio significa apartar todo el mobiliario de la mente: pensamientos, deseos, recuerdos, fantasías, sueños, todo. “Uno contempla la existencia directamente. Uno está en contacto con la existencia sin que nada se interponga”, escribe. Desde luego no es fácil pero lograrlo es menos difícil de lo que parece. Es otro más que propone desmontar, detener, paralizar la mente y liberarla para estar, nada más. Toda esta argumentación derivó hasta acá por accidente, pues yo buscaba una prevención dicha por una princesa vidente, Francesca de Billiante de Saboya: “Que el Señor conceda a mis nietos la gracia de la perseverancia en los duros tiempos que se avecinan.” ¿Qué debo pedir para los míos? La perseverancia ha de seguir siendo la virtud básica, el estar todos los días al pie del cañón. Hasta que se acaben los días. Y allí “hálleme agradecido, no asustado” la muerte, esa transformación. Volviendo al tema de antes, una tristeza individual y profunda se apoderó de la mente colectiva: la desconfianza del mañana, su impostulable enunciado. Las histerias de la sociedad del espectáculo no bastan para desplazar dicha tristeza y desasosiego. Los jainas le llaman a la época triste-triste. El inmediatismo que se impuso es una reacción atmosférica. Si no hay mañana, sólo hay hoy. Tal vez. Lo único estable es que nada lo es. Y si nada es cierto, entonces todo está permitido, como dice el nihilismo predominante. Complicada cuestión, gótica, terminal, de super héroes y últimas horas, de mundos catastróficos e industrias del espectáculo donde se cuentan sobrevivencias épicas, opciones humanas al límite: regresar del cosmos a la tierra, sobrevivir a un ataque despiadado y a peripecias extremas, resistir en un tiempo decadente y final. Perseverancia significa mantener firmeza y constancia en la ejecución de los propósitos y en las resoluciones del ánimo. Es la duración permanente o continua de una cosa. Tiene por sentido permanecer. Aun desde las células cancerígenas de la comida basura, esa fuerza malévola que azota este tiempo histórico, lleno de plagas y perturbaciones. Su fijación y confianza representa su valor mismo: funciona porque sucede y al revés. Volviendo al tema: las certezas son una necesidad de la conciencia. Fernando Solana Olivares

SUCEDIENDO COSAS

Cada tanto tiempo hay que escribir un responso por Oaxaca, la madrastra, cuando su nombre es Xashaca y se vuelve áspera y violenta. En sentido estricto nunca la conquistamos. Fue por degradación y no por derrota como los mestizos nos impusimos en esa tierra huérfana donde Dios vino a poner las montañas que le sobraron en la creación. Un pequeño paraíso compensado por la histórica desigualdad miserable, por las profundas cicatrices todavía no cerradas, por un caldero humano cuya cocción no se mezcla, sólo va subiendo de temperatura. La lista de problemas súbitos para el país es perturbadora: conflictos con los maestros en todos lados, radicalmente en el sureste; reclamos de empresarios y ciudadanos por la Ley 3de3; reclamos de los católicos por el matrimonio igualitario y en contra del aborto; protestas de médicos de 29 estados exigiendo que no se criminalice la práctica médica, que cese la violencia del crimen organizado contra los médicos y en apoyo a la CNTE; vendedores de autos usados de Ciudad Juárez bloqueadores de un puente internacional en protesta; la CNTE cierra la carretera costera que comunica Chiapas con Guatemala y multiplica sus bloqueos en varios puntos más de Oaxaca y el país. Hay brotes de violencia y ataques, de otras refriegas como la de los nueve muertos de Nochixtlán, todos del lado del pueblo, ninguno de las policías ---y en los sótanos dícese que fue una celada, una bienvenida de Ulises Ruiz para Alejandro Murat. Se ventilan reclamos, demandas y procesos contra los paquetes de impunidad que quieren dejar vigentes los corruptos gobiernos salientes. Una crisis económica se asoma en el horizonte, si se descuenta la caída del petróleo, la depreciación del peso, los efectos locales del brexit. “Ahora ---escribe en sus noticias desde el infierno un corresponsal de prosa veloz llamado Fuenteovejuna, todos y nadie--- el desgobernador exterminador pretende limpiarse la infamia aduciendo que, de los muertos, ninguno era maestro. La villa mártir por excelencia, Nochixtlán, está más furiosa que nunca: la invasión federal le costó seis vecinos. En Juchitán reina el descontrol, pues desde hace meses el narco se enseñoreaba en sus calles (en menos de una semana hubo dos matanzas de cuatro personas cada una, más varios asesinatos individuales) y ahora los rige la revuelta. El domingo por la mañana dos periodistas fueron asesinados mientras presenciaban el saqueo de una tienda. En Salina Cruz van a hacer presidente municipal a un implicado en el asesinato del cardenal Posadas con la increíble cantidad de 170 votos (no la diferencia de votos, sino el total que obtuvo en una ciudad de diez mil almas donde sólo sufragaron menos de mil personas). Así las cosas en la ‘reserva espiritual de México’.” Dicho lo anterior, breve parte informativo del llano en llamas nacional. Se incendia el país ---acaso la falta de oficio del atribulado e impopular presidente y de su sexenio terminado antes de acabar. También la terca realidad mexicana que hace mucho se jodió. Aquello que crónicamente puede entenderse como las puestas en escena de la crucifixión que el país hace de sí mismo de tanto en tanto según el tarot que Alejandro Jodorowski pudo obtener. La sociedad civil, acompañada por forenses de diversas instituciones, exhumó en Tetelcingo, Morelos, más de 100 cadáveres de dos fosas clandestinas creadas por el gobierno. “Ponía así al desnudo ---escribe Javier Sicilia--- las profundas complicidades del Estado con el crimen organizado y las desapariciones forzadas.” Para este protagonista social, un poeta lanzado a la pista de su vida con extraordinaria rapidez y violencia, la enfermedad nacional no tiene más remedio salvo una coalición nacional independiente que tome el poder en 2018, con un programa de gobierno centrado en la “aceptación clara y sin hacer trampas” de la enfermedad nacional y en una sólida propuesta de justicia y paz ciudadana. Suena a utopía bienaventurada. Pero si no es eso, qué. Como una tabla rasa para lo inmediato. Los ingleses jóvenes consideran perjudicado su futuro por la salida de la UE y una técnica sociológica emergente de estas horas propone platicar con un desconocido: todos somos responsables de la salud mental de todos, afirman los animadores de la práctica. Sillas vacías delante de gente sonriente y atenta que está dispuesta a escuchar a cualquiera durante unos minutos. La época descompuesta y la necesidad de hablar con alguien. Quizá no de ese tema. Sólo hablar con alguien. Fernando Solana Olivares

EL PROVEEDOR DE GERUNDIOS

Según consigna la monumental biografía de Richard Ellman, a partir del mes de abril de 1908 Joyce no había logrado escribir nada más que los tres primeros capítulos del Retrato del artista adolescente, su primera novela iniciada en Dublín tres años atrás. Ahora estaba en Trieste y no avanzaba. La acechante miseria y las estrecheces financieras, la maldición bíblica de tener que ganarse el pan, el nulo reconocimiento y los desdenes editoriales, todo eso impedía que pudiera continuar hasta ese memorable desenlace narrativo que sólo alcanzaría en 1914, seis años después: “Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.” Cuando más descorazonado se sentía, él que con frecuencia conoció ese sentimiento junto con la ciega confianza en su singular destino literario ---“el hombre entristecido que canta la alegría”---, uno de sus alumnos lo contrató para recibir clases particulares de inglés. Joyce las impartía en la escuela Scuola Berlitz, razón por la cual estaba en Trieste y no en otro lugar. El alumno era Ettore Schmitz y dirigía una exitosa empresa de pintura anticorrosiva que contaba con una sucursal en Londres. Para mejorar su inglés y facilitar la comunicación con aquella sucursal, Schmitz decidió emplear tres veces por semana al proveedor de gerundios (il mercante di gerundi), como llamaba a Joyce. A las clases, que se desarrollaban en la fábrica de pintura, también asistía como alumna Livia Veneziani, esposa del empresario. En una de las sesiones Joyce leyó a los dos alumnos su narración “Los muertos”. Ella quedó tan conmovida que salió a buscar un ramo de flores y se lo entregó a Joyce. Fue entonces, estimulado por los intereses literarios de Joyce, cuando Ettore Schmitz reveló su verdadera identidad, olvidada hasta ese encuentro con el escritor irlandés, diecinueve años menor que él y de quien después diría, en una descripción impuesta como tarea por el propio maestro, que era un hombre para el cual las cosas parecían comportarse como puntos de luz. Se trataba de Italo Svevo, un seudónimo escogido para indicar su doble origen, italiano y suevo, y también para aliviar la tristeza que le producía contemplar el aislamiento de la única vocal de su apellido rodeada de seis consonantes. Con ese nombre había publicado dos novelas, Una vida y Senilidad, que ni el público ni los críticos tomaron en cuenta. ---No hay unanimidad más perfecta que la unanimidad del silencio ---dijo Svevo con amargura a Joyce, quien así lo contó a su hermano Stanislaus---. La única conclusión a la que pude llegar era que no soy un escritor. Las novelas sorprendieron muy favorablemente a Joyce. Su suave ironía poco a poco sobrecogedora, su temática a la vez trivial y extraordinaria, la doble condición de sus caracteres: la crueldad, los subterfugios y los eternos engaños de uno mismo, lo llevaron a decirle que era un escritor subvalorado desde luego, pero que aún en medio de la unanimidad del silencio, y tal vez por eso, era sobre todo un escritor. Esa tarde los dos se olvidaron de comer y caminaron animadamente desde la fábrica hasta el centro de Trieste discutiendo con pasión sobre su literatura. Svevo volvió a escribir a partir de entonces y Joyce, quien después de leer sus obras le hizo llegar las suyas, entre ellas los tres capítulos del Retrato, también salió de la inercia creativa que lo paralizaba. Las opiniones de Svevo al respecto fueron decisivas para poner en movimiento de nuevo al genio irlandés, quien creía que un verdadero artista finge ser Lucifer pero en realidad era un equivalente de Cristo. Sin embargo, las dificultades no terminaron del todo para Joyce: su temperamento y las circunstancias le impidieron durante su vida verse libre de ellas. No había podido averiguar todavía quién era el santo patrono de los hombres de letras para recordarle que existía y necesitaba de su auxilio, pues el último que ocupara ese puesto había dimitido desesperado y desde entonces nadie quería cargar con la cartera, como dijo el propio Joyce en una sardónica carta. Quizá sólo pudo saberlo hasta la madrugada del 13 de enero de 1941, cuando a los 58 años de edad murió en Zurich después de una operación a la que al principio se había negado, entre otras razones por la preocupación sobre cómo se pagaría. Una fría mañana, dos días después, su cadáver fue conducido a un cementerio que está en una colina. Un tenor cantó “Addio terra, addio cielo”. Fernando Solana Olivares

DE INAPRENDIZAJES

Aquello que resulta imposible. Nadie da lo que no tiene, nadie aprende lo que no puede, nadie conoce lo que no comprende. Por eso solía decir Paul Válery que la experiencia no connota. Se refería a aquella incapacidad constitutiva de la gente y sus sistemas de pensamiento para entender los fenómenos que suceden como una fuente empírica de enseñanza y rectificación, quizá la única posibilidad existencial de cambio y metamorfosis que la vida ofrece. Y aunque el escritor no lo afirmó literalmente, en su frase está contenida la exigencia de la atención, factor esencial para alcanzar esa experiencia que sí connota y se convierte en un saber de la conciencia, pues la atención consiste no solamente en destruir el ensueño mental, las fugas imaginadas, raíces principales del mal humano según Simone Weil, sino también en mirar la circunstancia o el hecho acontecido desde puntos de vista múltiples: mirar es entonces rodear al objeto. Los que no entienden que no entienden. Varios comentaristas han hablado del “mensaje” que los votantes enviaron a las fuerzas políticas en las recientes elecciones intermedias. La mayoría de las interpretaciones coincide en una cuestión evidente: la ciudadanía castigó la escandalosa y degradante corrupción de la casta política que malgobierna y expolia al país. La precariedad bienintencionada del razonamiento, en todo caso, es definir como mensaje a un hecho político que para serlo requiere un emisor y un destinatario, pues de otra manera no llega a establecerse como tal. Todo mensaje significa una comunicación, un acto donde algo se vuelve común, en una acción significante mucho más amplia que el socorrido y limitado modismo mediático del “compartir”. Pero la terca realidad, su rutinaria repetición patológica, ha dejado en claro que las castas políticas y sus partidos franquicia, sus partidos corporativos y sectarios, sus partidos dinásticos y patrimoniales, están orgánicamente impedidos para percibir o escuchar, no se diga representar, a la ciudadanía. Su cínico e impúdico autismo cancela toda posibilidad auténtica y objetiva para recibir cualquier mensaje electoral, sobre todo aquel que afecte su ontológica razón de ser. ¿Cuál? Sus intereses. Aunque esto suene tan generalizador y reductivo como efectivamente es, aunque tal sordera crónica signifique a corto y mediano plazo su propia afectación. La enajenación del principio de realidad, base operativa de la locura, es el inhóspito osario de la historia: The March of Folly le llama la historiadora Bárbara Tuchman a dicha insensatez autodestructiva. Así que con la pena casándrica y la negatividad del caso, pero la casta política mexicana y sus carteles electorales, legislativos y gubernamentales no entienden que no entienden cuál es el auténtico estado de las cosas. Son como el capitalismo terminal del que forman parte: incapaces de oír a los otros, incapaces de autocorrección. El dios malévolo. Sólo faltó que utilizaran el atroz crimen de odio homofóbico y terrorista perpetrado en una discoteca gay de Orlando, como sí lo hizo un político texano bíblico que luego se desdijo, o un criminal funcionario público de Jalisco que en la red social publicó un espeluznante comentario: “Lástima que fueron 50 y no 100”. Después de su cese fulminante escribió: “Perdón. Simplemente no concuerdo con la ideología (sic) gay.” No lo dicen pero lo implican: fue un castigo de dios. Un dios no solamente cruel sino también estúpidamente humano, presa de filias y fobias, dipsómano de una moral farisea. Un obsesivo maniático más que una divinidad. La matriz homofóbica de Occidente proviene de dos de los credos del tronco monoteísta abrahámico: el judaísmo y el Islam. No hay ninguna mención al respecto en el Jesús evangélico, cuyo amor compasivo fue adulterado por el dogmático engendro judeocristiano que la Iglesia construyó. Decir “Dios está conmigo y contra ti” es una blasfemia, clama el teólogo Zubiri. Pero la casta clerical mexicana, una variante igual de envilecida que la casta política de la que forma parte, afirma que los electores castigaron al PRI por la “imposición” presidencial de la iniciativa sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. No denuncian la corrupción crónica porque ellos mismos están uncidos a “los carros de los faraones”, como Francisco recién les recordó. Tampoco hablan del crimen y del Estado criminal, de las desapariciones forzadas, de la anticristiana violación de los derechos humanos. Que se queden entonces con su mezquino dios. Fernando Solana Olivares

LAS INSTITUCIONES VENALES

Además de estúpidas. Un desplegado de la Asociación Prodefensa de la Medicina y Cultura Indígena, A. C. dirigido a Enrique Peña Nieto (Proceso 29/V/16) reclama que su gobierno, al tiempo que pretende legalizar el uso farmacológico y terapéutico de la mariguana, está preparando la publicación de un Acuerdo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, órgano dependiente de la Secretaría de Salud, mediante el cual quedarían prohibidas más de doscientas plantas que han sido parte ancestral de la medicina tradicional y de la cultura indígena: cola de caballo, hierba del sapo, equinácea, pasiflora, boldo, tila, fenogreco, valeriana, árnica, ajenjo, anís estrella, y muchas otras que la protesta de la APROMECI no menciona. Las autoridades sanitarias no cuentan, según ellas mismas han manifestado en diversas ocasiones a los quejosos, con personal certificado o especializado en materia de herbolaria, porque de contar con él seguramente no podrían atreverse al despropósito de su prohibición. Su tentativa infundada y unilateral ---anticientífica, en una palabra--- obedece no sólo al cretinismo burocrático sino sobre todo a los intereses de la industria químico-farmacéutica, la cual en su insaciable voracidad capitalista pretende ahora capturar aquellos segmentos curativos y terapéuticos que no están aún bajo su dominio hegemónico. No tanto por lo que representan comercialmente ahora, sin duda por el potencial que contienen, pero sobre todo porque la confiscación de las plantas y su privatización forman parte de la doctrina del shock económico neoliberal cuya agenda ha diseñado múltiples lógicas de intervención del capitalismo financiero global dominado por la ansiosa compulsión del cortoplacismo y la patológica usura de la máxima rentabilidad. Para ello utiliza a las instituciones gubernamentales encargadas de las desregulaciones (o de las sobreregulaciones) legales que favorecen los intereses de las entidades supranacionales, instituciones responsables también de los desmantelamientos y despojos civilizacionales perpetrados en las privatizaciones, así como de la disminución del gasto público sobre obligaciones sociales antes sustantivas de los Estados nacionales. Algo parecido a lo que ahora intenta lograrse contra las plantas medicinales ocurrió con el cannabis cuando a principios de 1930 Harry J. Aslinger, comisario de narcóticos estadounidense de entonces, produjo una histeria pública contra esa sustancia. Terence McKenna señala que Aslinger pudo haber actuado al servicio de las compañías químicas y petroquímicas interesadas en eliminar el cáñamo como competidor en las áreas de lubricantes, comida, plásticos y fibras. Auxiliado por la prensa amarillista, Aslinger logró caracterizar el cannabis, llamado insistentemente “marijuana” para vincularlo a un subproletariado moreno y latino del que había que desconfiar, como “la hierba de la muerte”. La ciencia nunca detalló sus objeciones al uso de esa sustancia. Y una vez más los fondos gubernamentales para la investigación hicieron cierto aquello de que “el César sólo debe oír lo que place al César”. O el capital lo que place al capital. Así avanza entre nosotros esta política orwelliana del pensamiento único y el saber confiscado que ha logrado ocultar o pervertir amplias zonas de la realidad, entre otras las del reino vegetal y su alianza cognitiva con la especie humana. Entonces la burocracia corrupta decide súbitamente que las plantas milenarias de la farmacopea son un riesgo para la salud del cual ella nos debe proteger. De la heroica guerra contra las drogas a la intrépida guerra contra la herbolaria indígena. Su irracionalidad reside en el hecho de ser producto de una voluntad particular, la del capitalismo y sus intereses, y no de una voluntad general, mancomunada, libre y consciente de sí misma. La monocultura del saber impuesta por el neoliberalismo terminal cancela la ecología de saberes múltiples propia de lo humano, las plantas medicinales entre ellos. Y los recortes de realidad que produce, recortes del pensamiento, deben ser aceptados. A ver quién diablos les hace caso. Cada vez más se vuelve demasiado. Habrá un día cuando los durmientes mexicanos despertemos contra este sistema político autista, contrario al interés colectivo, al bien común. Entre tanto surgen nuevos negocios para los emprendedores: la prima de riesgo de la prohibición. “¿Tiene anís estrella? ¿A cómo el carrujo?” Fernando Solana Olivares

TARDE DE VÍSPERAS

Para Laura. La intensidad de aquella tarde era de otro orden y el conferencista prefirió darle el nombre de tensión. Hablaba ante un público indiferente, como si fuera una ocasión donde algo tiene que decirse porque algo tiene que oírse y ninguna de las dos acciones importa gran cosa. De pronto, en un giro cuya sutileza pasó inadvertida aunque no así sus consecuencias, el conferencista dejó de ser lo que era y se convirtió en lo que podría ser. Hizo a un lado los apuntes que venía consultando con morosa torpeza y su verbo se tornó magnético y hasta brillante, lleno de fuerza y precisión. Quizá entonces fue que algo comenzó a hablar a través suyo, pues más tarde, cuando se le preguntó sobre el tema de su plática, dijo no saberlo bien. Hubo entre el público quien después creyera que esa tarde una extraña operación se había cumplido: el habla nos habla, como diría el filósofo terminal; otra forma de enunciar que somos amanuenses de un espíritu que se manifiesta como lenguaje. Entre las cosas que el hombre dijo, cuyos rasgos generales quedarán en la memoria de los oyentes dispersos en fragmentos y girones porque el recuerdo humano no suma sino resta, no acumula sino desagrega, confesó ser culpable con las golondrinas. No con todas, precisó, sino solamente con aquellas que porfiaban en hacer sus nidos encima de la puerta de su casa. Fue cuando habló de Nuestra Señora de las Golondrinas y contó la historia de una mujer cautiva y torturada que sería sustraída de sus crueles verdugos por una parvada luminosa de esas aves quienes azules como acero y ligeras como el viento la transportaron al cielo. “Soy narrado, soy narrador, soy narrativa. Espacio-mezcla: una aleación. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Tropo fantástico: el lugar donde siempre llueve. La afirmación que vuelve eterno (fantástico) aquello que se dice”. Para esas alturas de la charla, soliloquio, conferencia o lo que fuera, el sentido de lo dicho había estallado. El público parecía electrizado y el orador también. Un efecto visual contribuyó a tal clima portentoso aunque discreto, tan común y corriente como excepcional. “¿Ustedes creen en fantasmas?”, preguntó el hombre a la absorta audiencia. “Yo tampoco”, contestó sin esperar la respuesta. Y desapareció. Acaso fue un juego de sombras inesperado o tal vez un súbito deslumbramiento producido por el crepúsculo que afuera de la sala de conferencias ya tendía su manto impenetrable, pero la desaparición causó una exclamación de sorpresa entre los asistentes, la cual quedó sofocada cuando las luces de la sala fueron prendidas y vieron que el conferenciante seguía allí. Varios asistentes salieron persuadidos de que aquello había ocurrido, que un portal de múltiples dimensiones había guiñado el ojo. El hombre no supo explicar a continuación, mientras el asombro era entre la audiencia, si las hadas más favorables pulularon alrededor de su cuna, pero enumeró algunos de sus defectos como involuntarias virtudes: “Sagrado descontento”, afirmó. Y luego citó a un poeta, Cristóbal Plantin, si el relator de esa tarde lo anotó bien: “Tener un hogar limpio, de gustos bien sencillos, / un huerto que dé frutos y un pequeño vergel; / buen vino, poco lujo, unos cuantos hijos, / y en silencio y a solas, una mujer fiel. / Ni deudas, ni amoríos, ni tratos con los pillos, / nada que repartir en timbrado papel; / contentarse con poco, no ambicionar los brillos, / y llevar con donaire la espina y el laurel. / Vivir abiertamente, sin ambición bastarda, / cumplir sin reticencias la propia obligación, / refrenar las pasiones hasta rendirlas todas, / tener libre el espíritu y el pensamiento fuerte, / y alentando una fe que circunde la sien, / esperar en casa, sin temores, la muerte fiel.” El hombre quedó en silencio, como si estuviera vacío pero también pleno. Ninguno de los asistentes aplaudió y fueron saliendo de la sala en un noble silencio. Al encontrarse con la noche se dispersaron. Quizá un tímido sentimiento se había radicado: el mundo y su prodigiosa arquitectura, su inabarcable condición. Del conferencista algo se supo después, cuando mencionó que no sabía de qué había hablado ni quería saber. Nadie más volvió a escucharlo. Así de despropositada es la cosa: el juego nos juega, la vida nos vive, el habla nos habla, la muerte nos mata. Fernando Solana Olivares

LA REGIÓN ERRABUNDA

Empleando aquellos “métodos indirectos” propuestos por Kierkegaard ---traducción, exégesis, comentarios aforísticos, notas de lectura, reflexiones fragmentarias, citas ajenas vueltas propias, un género ensayístico en sí mismo conocido antiguamente como “centón”, que sigue practicándose pero ahora sin comillas y en general sin aludir a las fuentes de donde provienen los decires de tantos---, Giorgio Colli levantó una catedral de pensamiento propio sumergida o camuflada, como le llama Eugenio Trías, a partir del trato con otros filósofos y poetas: los presocráticos, los griegos, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Goethe, Hölderlin, etcétera. Como algunos, siempre los menos, Colli se dispuso a reconsiderar nuestro presente volviendo a mirar el pasado, aquel origen griego milenario cuando se fundaron las formas culturales que derivarían en la modernidad y su excrecencia última, la posmodernidad. No otra cosa es lo que hemos llamado originalidad: volver al origen. En su obra póstuma El libro de nuestra crisis (una selección en español de La ragione errabonda), Colli recupera el problema de la grandeza de ánimo humana para situarla a la manera de la definición aristotélica: no estar dispuestos a sufrir (o a tolerar, como también tradujo) la arrogancia del prójimo. Tal actitud debe entenderse sobre todo como una conducta interior. La paradójica expresión de esa conducta es aquella norma taoísta de ceder para permanecer intacto, aunque dicha cesión parezca implicar la aceptación de lo que se rechaza. Dice Colli que esa arrogancia ---una expansión violenta del otro, incluidos el Estado o el poder--- ha de contrarrestarse mediante el control que la grandeza ejerce sobre la violencia personal, la cual entonces no se emplea en forma irreflexiva y homicida sino replegando la propia potencia en sí misma, haciéndola contenida y silenciosa. Hay ecos aquí de la ética budista que enseña el autocontrol, el autodominio, la autoprotección como únicos medios capaces de proteger a los demás de uno mismo. Aunque esta virtud corre el riesgo de “colorearse” de renuncia, Colli menciona otra definición aristotélica de la grandeza: el permanecer indiferente a la buena o mala fortuna. Esa indiferencia, sin embargo, no es una parálisis, ni siquiera un desánimo, sino principalmente una sabia distancia íntima ante lo episódico y relativo del existir. Nunca como ahora, dada la creciente oscuridad de nuestra época, su tono terminal y catastrófico, sus límites conceptuales y su crisis civilizacional, parece convertirse en necesaria esa indiferencia ante lo inmediato como un ánimo vital determinante para la voluntad humana, y aun para la comprensión de lo que ocurre. Empero, tampoco debiera significar un nihilismo, como el hoy absolutamente predominante, sino una doble operación cognitiva definida por los textos hindúes según el legendario consejo de Shiva a Arjuna en el Bhagavad Gita: combate como si el combate tuviera sentido, vive como si la vida tuviera sentido. En ese “como si” queda radicada la verdadera sabiduría: el mundo es y no es, está y no está, pero es desde él mismo en su dualidad donde surge la manifestación de una verdad trascendente, contingente y no. El gran teatro del mundo debe entonces asumirse como inevitable/evitable, necesario/inútil, y sin conocer ni el sentido general del drama dentro del cual cada quien desempeña un papel, ni las acciones previstas para nuestro personaje, la única salvación posible es alzarse por encima de ello. ¿De qué manera? Cumpliendo el papel lo mejor posible, sabiendo que es circunstancial, episódico y temporal. No lo dice así Giorgio Colli pero lo implica: no vivimos la vida, la vida nos vive. Y escribe que la grandeza reconduce el sujeto al interior del individuo. “No al sujeto del conocimiento, o no sólo a éste, sino al fulcro interior de la vida.” Ese punto de apoyo queda situado no afuera sino profundamente adentro del ser. En esta convicción reside otra manera de entender el lógos griego, ya no como aquel concepto moderno e ilustrado de “razón” característico del pensamiento occidental, hoy en crisis terminal, sino a un modelo estoico, participante y no excluyente, que deberá abordarse en artículos posteriores. La verdadera filosofía, propondrá Colli, consiste en eliminar toda perspectiva histórica: el ser humano, con todas sus mutaciones y desastres, no es más que una apariencia de lo inmutable. Fernando Solana Olivares

Friday, May 20, 2016

UN SILENCIO RESONANTE

El 8 de enero de 1993 cayó en viernes, día dedicado a Venus, que aparece en el cielo alternativamente como estrella matutina y vespertina, representando un símbolo de muerte y renacimiento. Entonces el poeta y artista visual Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955-1993) fue “mordido por un tren hambriento” ---según había escrito tiempo atrás en la premonitoria línea de uno de sus poemas--- al paso del cual se arrojó. Aún no cumplía treinta y ocho años. En un conmovedor y lacónico texto a modo de epitafio, Elogio de lo raro, su padre consignó: “Yo tuve un hijo raro. Sus virtudes poderosas, honestidad, estoicismo, austeridad, clarividencia, nos sirvieron de ejemplo y marcaron a fuego a la familia, que se hizo mejor. También nos produjo desasosiego.” Advertía en él que lo raro es lo que se distingue de todo lo demás, cuya cima se pierde entre las nubes y mediante su tensión creadora echa a andar el Universo. Tiempo antes de aquel viernes fatal, en 1986, Pedro Casariego dio por finalizada su tarea literaria con dos obras: Dra, sorprendente y “raro” poema narrativo (“Un dedo de cristal / persigue aviones / por un aire muy lento”), propio de la poderosa extrañeza inusual que caracteriza toda su escritura (“poeta de culto, inclasificable e inclasificado”), y un diálogo en prosa de título revelador de acuerdo con la crítica: Qué más da. Ese año cerró para siempre su máquina de escribir y en adelante sólo redactaría a mano unos pocos poemas posteriores y un cuento para su hija, Pernambuco, el elefante blanco, su obra postrera. Sin embargo seguiría pintando y dibujando hasta sus últimos días. Descrito como un ser singular por quienes lo conocieron, tanto como sus obras, Casariego era portador de una aflicción profunda, de “un dolor inagotable”, pero al mismo tiempo poseía “sentido del humor, ternura y una visión inflexible y penetrante de las cosas”, escribe Esther Ramón en la Introducción a sus Poemas encadenados (Seix Barral, 2003). Gran parte de su vida la pasó encerrado en la casa de su familia, cultivando unas cuantas amistades, escribiendo y pintando. Se casó y tuvo una única hija, a quien dio de regalo de Reyes el último de sus textos. El resonante silencio lírico después de casi quince años de ejercicio fue una acción consecuente con la tajante declaración de su Manifiesto poético, donde estableció que “no se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria” y que “el verdadero artista no condesciende jamás a engendrar un libro, una música, un cuadro”. Por fortuna para sus asombrados lectores, Casariego “incurrió” reiteradamente, observa Ángel González, en la práctica de la literatura, la cual no significaba el alcance de ningún logro sino sobre todo la manifestación de una debilidad, porque el artista verdadero es el artista interior, ese que no crea nada externo sino algo interno. Hay ecos gnósticos en tal mirada radical, cercanos a la crítica hacia una divinidad que al crear el cosmos y sus criaturas no muestra un poder absoluto y autosuficiente sino la demiúrgica y sospechosa debilidad de requerir una manifestación. En todo caso el silencio creativo de Casariego recuerda otras acciones similares: la quietud poética de Rimbaud en su viaje a África después de dos relámpagos creativos, la renuncia de Juan Rulfo luego de obtener lo mismo, el abandono dramatúrgico de Shakespeare al cabo de una obra inagotable, y aun el sacrificio de una brillante página recién escrita hecho por Eugenio d’Ors (“el sacrificio es la ley de la expresión”) cada noche de año nuevo. Algunos reverenciarán la ceremonia y grave melancolía de este sacrificio. La risa de Dios, un largo poema trenzado a su modo, narrativo, no personal pero inmensamente íntimo, inicia diciendo: “Nuestras palabras / nos impiden hablar.” Concluye con un lapidario lamento: “Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios”. Paul Celan se arrojó al Sena y Pedro Casariego al hambre de un tren. Acaso en ese instante se cumplió otra de sus profecías: “Si quemas mi tristeza con tu risa / te enamorarás de mí / y dejaré de subir / tantos montes de amargura”. Había hecho acto de contrición trece años antes para una divinidad ocupada, como dijo entonces, en comer las sobras de la Última Cena: “oh Dios perdónanos: / tu belleza es un bosque / y cuando hablamos de ella / nuestras palabras lo talan sin querer.” Donde ahora esté habrá despertado: “te escribo para decirte / que no quiero decirte nada”. Fernando Solana Olivares

Tuesday, May 17, 2016

SHAKESPEARE INAGOTABLE / y II

Nosotros, asentó Shakespeare, sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser. De ahí que la tragedia escrita y escenificada contenga la manifestación de aquella condición potencial y múltiple que caracteriza a cualquiera, aun en estos tiempos globales de pensamiento único y mentes uniformadas, aun ahora. Una teoría propone tres niveles de relación entre el espectador y la representación trágica: la distancia indiferente, la identificación imaginaria o el arrebato. El primero obedece tanto a la falta de sensibilidad del espectador como a su incapacidad para colapsar temporalmente la incredulidad, ese realismo lógico determinado por la “verosimilitud” de los efectos especiales de la imagen, empobrecedora y única pedagogía de los homos videns posmodernos que han aprendido a mirar antes que a abstraer, imaginar y comprender. El segundo nivel responde al hecho estético como tal: siempre un espejo donde el espectador se observa a sí mismo en los otros y en lo otro y así se multiplica. El tercero es propiedad insólita de Shakespeare (y acaso de muy escasos genios más). Harold Bloom admite tal arrebato inevitable al enfatizar de nuevo algo que el propio Hamlet señalaría: “We have a smak of Hamlet ourselves” (“Nosotros mismos olemos un poco a Hamlet”). Si se pasa por alto aquel “un poco”, pequeño guiño de modestia del autor, el efecto queda concluido: sus personajes, caracteres excepcionales y proteicos, bajan del escenario o emergen de la página y nos ocupan, toman posesión, se apoderan de nosotros. Hoy nos acordamos de Ben Jonson, el dramaturgo amigo y rival de Shakespeare, no por su obra sino por su peregrina desautorización (equivalente al menosprecio que sufrió la obra de Cervantes por sus contemporáneos) cuando afirmó que el autor de Macbeth era hombre de pocas letras, que sabía nada de griego y muy poco latín. El ignorante desprecio del escritor con formación académica, del scholar investido por el título pero no autorizado por el talento, de quien sólo es algo antes de poder ser alguien. Casi siempre la crítica (y ahora el mercado, su sacrosanto reemplazo) queda paralizada ante el genio y la obra canónica compuesta de profunda e incomprendida extrañeza, de enorme y sorprendente belleza que en el caso de Shakespeare es mucho más que una virtud estética para convertirse en un fenómeno metafísico-moral, en un llamamiento (un arrebato) existencial compuesto por aquella verdad superior que ninguna ciencia o técnica, ningún algoritmo o aplicación podrían enseñar: la del incremento del ser. Hamlet, siempre Hamlet. No el complejo de Edipo como constante unificada de la conciencia humana sino el dilema esencial de Hamlet: inclinarse, elegir, decidir. Cioran comienza Desgarradura contando una leyenda de inspiración gnóstica. En el cielo se libró una feroz batalla entre ángeles en la que los partidarios de Miguel vencieron a los partidarios del Dragón. Los indecisos que no tomaron partido fueron “relegados” en la tierra, castigo consistente en tener que llevar a cabo aquí la elección que no habían hecho allá. Desde entonces los seres humanos, sus descendientes, estarían ontológicamente obligados a optar, condenados al acto, a ser o no ser, estar o no estar, ir o no ir, hacer o no hacer. Todos vueltos Hamlet. La provocadora hipótesis de Bloom respecto a que el verdadero padre del psicoanálisis no es Freud, meramente su mitógrafo, sino Shakespeare, cuya obra produce pasmo (admiración y asombro extremados que dejan en suspenso la razón y el discurso), cobra sentido cuando se observa que sus personajes literarios, quienes antes no solían variar mucho sino sobre todo sufrir peripecias, envejecer y morir, esta vez cambian porque su relación es propia de lo humano moderno: se conciben de nuevo a sí mismos. En lugar de tener solamente vivencias, comenzarán a ser determinados por sus experiencias. Ya no se despliegan en el tiempo espacio de la ficción, observa Bloom, ahora se desarrollan. Al existir así nos inquieren, nos representan, nos explican. Y Hamlet antes que los demás, aunque todos ellos también estén (también sean) en nosotros. Hamlet simboliza la tragedia de la conciencia obligada a diagnosticar e intentar curar la enfermedad de la existencia. Nietzsche lo consideró como a un médico de la cultura, pues de tal modo definía la tarea epistemológica de ser, pensar y actuar. Aunque esto pertenezca a la inclemente y maravillosa aflicción del estar vivo. Fernando Solana Olivares

Wednesday, May 11, 2016

SHAKESPEARE INAGOTABLE / I

Quizá, como pedía el poeta, debamos acordarnos del porvenir y no del pasado. Sobre todo estando en Shakespeare, cuya obra ilimitada contiene una previsión antes que un recuerdo. Revisando aquella “facultad enorme y multitudinaria de creación” que lo caracteriza, Thomas de Quincey advierte la gran perplejidad que desde niño sintió ante un pasaje de Macbeth: los golpes a la puerta que se escuchan después del asesinato de Duncan, un sentimiento que no acertaba a explicarse. Años después sabría que ese inmaterial momento auditivo, una escueta acotación en el texto, anunciaba la retirada del corazón humano y la irrupción del corazón diabólico. El otro mundo surgido por el crimen y la traición de Macbeth, asesino del sueño, y de Lady Macbeth, la que existe “sin sexo”, donde las cosas, los propósitos y los sentimientos humanos se transfiguran: los golpes a la puerta, escribe De Quincey, son ese horrible paréntesis cuando lo humano refluye sobre lo diabólico y luego se reanuda el pulso de la vida, “los usos del mundo”. Pero éstos han quedado marcados para siempre, como si los tránsitos del espacio y el tiempo fueran un ritmo moral cuya sutileza no estará nunca por debajo de su gravedad. Sépase entonces que en la alta fantasía llueve, según la fórmula dantesca, y que basta un guiño, unos golpes de ignorado origen en la puerta, para ocupar la imaginación de toda una vida: esto es Shakespeare. Borges le llama “Señor de todas las palabras” y entiende que el misterio de su obra “virtualmente infinita” no consiste solamente en su origen, tampoco en su desarrollo o en su retirada de las tablas y el posterior silencio creativo, sino sobre todo en el enriquecimiento, en el múltiple e inesperado sentido que sus piezas teatrales han logrado provocar en los espectadores llenos de pasmo, sorpresa o estupor durante siglos, y que seguirán causando mientras su representación o su lectura tengan lugar. Es parte de un acertijo superior: el mismo Shakespeare y todo lo que esté en él aún desconocido a través de las múltiples maneras de mirarlo, que se funde a su vez en ese otro arcano enardecido de la creación estética (resuelto acaso por Bernard Shaw, conforme recuerda Borges, al afirmar aquél que el Espíritu Santo ha escrito no solamente la Biblia sino todos los libros del mundo), y el cual representa en sí mismo una sugerente alusión, ni siquiera concluyente o definitiva, sobre “aquel otro enigma: el Universo”. Para oficiantes de una religión laica como Harold Bloom, la “bardolatría”, los personajes literarios antes de Shakespeare cambian muy poco, aunque envejezcan y mueran, porque la relación consigo mismos no se modifica. A partir de la irrupción sobrecogedora de las obras del bardo inglés, los personajes no se despliegan en el espacio tiempo de la ficción literaria sino que se desarrollan ontológicamente (como también lo hará Don Quijote) porque se conciben de nuevo. ¿La razón? Se escuchan hablar casualmente a sí mismos, afirmará el hiperbólico crítico que considera a Shakespeare inventor de lo humano. Macbeth, Lear, Hamlet, Otelo, Ofelia, aun Falstaff, se observan (se espían, escribirá) y abren el camino hacia la individuación característica de la modernidad. Como lo hacen los textos clásicos, artefactos supra-racionales ---metafísicos o ultrafísicos--- que nos interrogan, y no al revés, Shakespeare continuará explicándonos. Nos enseñará que el sentido de lo humano no solamente se repite sino que también comienza, y que las formas de la conciencia advienen a la vida mediante el magisterio de lo efímero, la pulsión de lo múltiple o la psicología de la mutabilidad. Hamlet, por invocar al personaje repetidamente citado después del Jesús de Marcos, el evangelista, héroe de la conciencia intelectual, el más humano de los humanos, reo virtuoso de la disyuntiva, tan sabio y tan viejo, tan todos y tan ninguno, obligado a optar y por ello reacio a la elección impuesta ---a la neurosis de destino, como dirá mucho después el agudo mitógrafo Freud, deudor de Shakespeare, inventor del psicoanálisis---, indiferente y múltiple, fiel a su destino pero sin duda distante del mismo, es el ejemplo o modelo (exemplaria, lo llama De Quincey) de esa transformación que para acercarnos a ella e intentar comprenderla llamamos existencia. “Lo demás es silencio”, dirá en frase memorable el príncipe al morir, concluyendo así lo que más allá comenzará de nuevo. Fernando Solana Olivares

SÍ PERO NO

El escritor Julio Torri solía lamentar los tres modos pseudo lógicos que según él determinaban la mentalidad mexicana: sí porque sí, no porque no, sí pero no. Los dos primeros propios del dogmatismo y la prepotencia, males caracterológicos y ancestrales ambos, y el tercero producto de la ambigüedad autoritaria, del doble discurso, de la hipocresía oportunista y de la doble moral, prácticas comunes y corrientes en la idiosincrasia nacional. De nueva cuenta, como si fuera un impedimento crónico, Enrique Peña Nieto asume una argumentación correcta pero adopta una conclusión torcida, la cual era de temerse después de la flagrante contradicción con la cual convocó a la discusión pública sobre la mariguana: el mandatario declaraba estar “personalmente” en contra de cualquier viso de legalización a pesar de que su gobierno proponía iniciar un debate plural al respecto. Así, el discurso sobre las drogas del Presidente ante la ONU significó un pronunciamiento inédito que debió haber derivado, si la congruencia entre el discurso y la acción fuese un atributo axiomático, en un vuelco decisivo respecto a una guerra impuesta unilateralmente por el imperio norteamericano, sanguinariamente costosa para el país y tácticamente fracasada, en un cambio político y jurídico equivalente cuando menos a la sentencia sobre cultivo, posesión y consumo emitida por la Suprema Corte de Justicia de la Nación que dio origen a esta urgente y necesaria reconsideración pública sobre la prohibición de la mariguana, por ahora, y ojalá después sobre el resto de las drogas. La iniciativa presidencial que propone aumentar la posesión de mariguana de cinco a veintiocho gramos, una onza anglosajona, si bien correcta en cuanto tal no resuelve el problema del cultivo, de la venta y de la compra de la sustancia, operaciones que continuarán siendo ilegales y prohibidas. ¿Cómo puede entonces adquirirse la onza de droga que la iniciativa presidencial permite poseer diciendo que sí pero al final aseverando que no? El poder legislativo no será capaz por ahora de corregir esta reforma a medias, un movimiento casi inmóvil, dominado como lo está por la hegemonía priísta y sus impresentables aliados “ecologistas”, ese México arcaico y patrimonialista con ropajes modernos que significa más de lo mismo, más de la patología nacional. De ahí que la concomitancia sea donde se muestra la naturaleza de lo real. Sólo relaciona, aconsejaba desde antaño la sabiduría cognitiva. Mientras los fastos vacíos, la pompa y la circunstancia monárquicas ocupan a un Presidente cuyo cosmopolitismo no deja de parecer el provinciano registro de deslumbramientos foráneos, proconsulares y tan aldeanos: un avión carísimo y grandotote, una comitiva harto numerosa, un viaje a todo lujo, el pragmatismo alemán le sugiere dejarse ayudar para esclarecer las tantas opacidades de su régimen en derechos humanos, Ayotzinapa una de ellas, y la sobriedad y eficacia danesa le muestran que el rígido neoliberalismo político y económico, el autismo gubernamental ensoberbecido están condenados por la historia y hasta por el futuro inmediato de la civilización. Y es entonces cuando el espíritu surge desde Alcalá de Henares en boca del honorable Fernando del Paso con toda la valiente dignidad crítica de un verdadero hombre de letras para decir la verdad sobre el estado de las cosas en este México corrupto y corrompido, autoritario y decadente, feminicida, criminal y criminalizado, democráticamente difuso, brutalmente desigual y agitado por una globalización salvaje, inmerso en la espiral de un totalitarismo por default, con una sociedad abúlica, enajenada por su interés individual, su cada vez más difícil sobrevivencia, y hasta ahora carente de un sentido de obra en común. Si el país se salva de sus destructivas e insaciables oligarquías será gracias, entre otros hombres y mujeres decentes, a aquellos respetables intelectuales y creadores como Fernando del Paso, artífice de tres obras impares que confirman la única deontología vigente, la que Don Quijote propuso a Sancho hace cuatrocientos años: nadie es más que otro si no hace más que otro. Del Paso hizo y además dijo la verdad en un país cuyo sistema político, económico, mediático y social la pervierte y esconde: “No denunciarlo, eso sí que me daría vergüenza”, afirmó. Algo estuvo podrido en Dinamarca. Ahora mucho está podrido en México. Los melifluos Polonios, los ilícitos Claudios, las traidoras Gertrudis ¿caerán? Fernando Solana Olivares

Tuesday, April 26, 2016

LOS EXTRAÑOS REINOS / y II

Los procedimientos psicoanalíticos aplicados a la literatura asumen la idea de que la obra es una manifestación del inconsciente del autor y el texto es portador de un contenido manifiesto determinado por un contenido latente. Freud compara la creación poética con el sueño, el cual entiende como una actividad translingüística donde surgen contenidos cuya profundidad nace de la dimensión de los mitos y los símbolos colectivos. El “secreto” a develar mediante el análisis freudiano no es tanto el contenido que se oculta en la forma del sueño, sino el porqué de esta forma adoptada, el porqué de la formalización de su contenido: un Don Quijote, un Sancho Panza, un horizonte donde lo real se trastoca y convierte en extraordinario, donde los molinos de viento se convierten en gigantes y una bacía se lleva a modo de yelmo. Un mundo, como diría el mismo Don Quijote, donde el punto, la fineza del negocio, el toque del mismo “está en desatinar sin ocasión y dar entender a mi dama que si en seco hago esto ¿qué hiciera en mojado?” En esta supra conciencia, que no podría ser inconsciencia porque no proviene de los fondos inferiores del alma sino de sus ámbitos mayores, trascendentes, Miguel de Cervantes ha sido mucho más que un “ingenio lego”: ha sido un amanuense del espíritu. Y a nadie acude tal don sin que sepa cabalmente de él, sin poseerlo lúcidamente y merecerlo, así no conozca el porqué de su revelación ni el cómo de su alcance, eso que sucede en la escritura. Sin aceptar una categoría de lo inexplicable, el teórico Jacques Derrida impugna aquello que designa como “metafísica de la presencia”: el supuesto de que existe una significación eminente, estable y unitaria detrás del texto y de las palabras que lo construyen, de lo que en sus empeños mediatizantes llama signo. Desde su punto de vista, dicho supuesto promueve y reproduce un sistema jerárquico de valores a través de una oposición binaria: noche/día, presencia/ausencia, habla/escritura, masculino/femenino, la cual privilegia una significación frente a otra. Derrida argumenta que la deconstrucción de ese par de opuestos se da al invertirse la jerarquía que encierran. El elemento débil en la oposición binaria se coloca en el lugar del elemento dominante y así se altera la significación jerárquica original para que surjan en el texto nuevos sentidos. Según esta fórmula crítica, Sancho Panza debiera llevar la voz cantante en lugar de Don Quijote, o Dulcinea del Toboso dirigir el asedio cortés e imaginario del hidalgo y conducirlo a la tangibilidad áspera de lo real. O aun leer todo ello en clave de inversión deconstructiva y modificar el decir, el hacer, los primeros personajes por sus contrarios y a estos por los siguientes en círculos de reemplazo en constante movimiento. La inesperada modernidad del Quijote radica en una constante inversión de su jerarquía narrativa, en una oscilación de coincidencias opositoras donde el valor aparente se trastoca, sugiriendo una mutabilidad de sentidos proteicos, cambiantes, potencialmente manifiestos, según hablará Don Quijote del amor, por ejemplo: “Porque el amor, según he oído decir, unas veces vuela y otras anda; con éste corre y con aquél va despacio; a unos entibia y a otros abrasa; a unos hiere y a otros mata; en un mismo punto comienza la carrera de sus deseos y en aquel mismo punto acaba y concluye; por la mañana suele poner cerco a una fortaleza y a la noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista”. Borges observó que así como hay escritores que resisten cualquier análisis y otros refractarios a cualquier examen, hay los pocos como Cervantes que son misteriosos, pues más allá de sus deficiencias estilísticas (repeticiones, languideces, hiatos, errores de construcción, epítetos perjudiciales o propósitos contradictorios) son eficacísimos, poseen un poderoso encantamiento, “aunque no sepamos por qué”. Misterio. Una metafísica de la presencia narrativa o un campo semántico inagotable como la imaginación, la melodía, el espíritu, la rosa, el crepúsculo, el azar, la divinidad: todo lo que existe sin necesitar una razón. Apenas cuatrocientos años de la muerte de Cervantes, ese hombre “comprensivo, indulgente, irónico y sin hiel”, se condensan en una obra que refuta la impermanencia, la insustancialidad, lo insatisfactorio, que no es maestra de lo efímero sino de lo permanente inexplicable, de aquello que siempre se atreverá a ser. Como esto: eso que no sabemos qué es. Fernando Solana Olivares

LOS EXTRAÑOS REINOS / I

Sólo Franz Kafka pudo percibirlo tan drásticamente luego de su quinta consideración acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”. En un pequeño texto que viene consignado entre sus obras completas, Kafka relata que Sancho Panza, sin nunca vanagloriarse de ello, compuso un gran número de cuentos de caballeros andantes y bandoleros. Esa minuciosa tarea, que siempre emprendió durante los atardeceres y por las noches, le permitió sacar de sí (“separar”, es la expresión exacta) a un demonio al cual llamó don Quijote. La separación fue tan profunda que éste se lanzó “incontenible” a insensatas y legendarias aventuras. Debido a razones como la falta de un objeto preestablecido y también por un sentido del compromiso, Sancho Panza siguió gozosamente a don Quijote en tales andanzas. Obtuvo así, informa el autor de La metamorfosis, “un grande y útil solaz hasta su muerte”, recordando sin duda y acaso escribiendo los lances de aquella parte de sí que a través de la escritura decidió materializarse por su cuenta. Llama la atención la naturaleza ontológicamente literaria del asunto. Sancho Panza escribe Don Quijote atribuyéndoselo a un tal Miguel de Cervantes Saavedra convertido en su narrador omnisciente, quien a su vez señalará como autor al árabe Cide Hamete Benengeli. Siglos después Jorge Luis Borges dirá que el autor parcial y concurrente de esas figuraciones que la historia universal de la literatura aprecia tanto no es otro que un escritor poco conocido en su obra subterránea, Pierre Menard. Al atemperar el enigma hermético y transitar por esta frontera inverosímil y fantástica, quizá exista otra hipótesis acaso más concluyente: el autor del libro es Alonso Quijano, cuyo retrato resulta literal y decididamente fiel: “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Lo mismo su procedencia, así en ella surja el olvido inquietante al principio pero canónico al fin: un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiere acordarse su autor, para hacer que todas las villas y lugares de la comarca “contendiesen entre sí por ahijársele y tenérselo por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero”. Julien Gracq no apreciaba el Quijote, tampoco Vladimir Nabokov. Miguel de Unamuno, por el contrario, llamó Nuestro Señor Don Quijote al héroe inmortal de Cervantes, y reconoció como necesario para esa devoción a su escudero Sancho Panza, criaturas de ficción inaudita y nunca vista, para cuyo entendimiento no podía remontarse a precedente alguno, como observa con agudeza la crítica inteligente al hablar de la invención literaria de tales caracteres arquetípicos, independientes del texto donde nacieron y similares en su condición significante a los legendarios personajes que provienen del pasado mitológico y de la memoria ancestral. “Mi fe en don Quijote ---escribió Unamuno--- me enseña que tal fue su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por haber sido su evangelista hemos de suponer fuera quien más se adentró en su espíritu”. Así repite la repetida inepcia del “Cervantes, ingenio lego”, que aunque Unamuno convierta en una inteligente paradoja conserva, sin embargo, la vulgarizada tesis de la falta de penetración y genio de Cervantes, un autor supuestamente limitado e incapaz para advertir la complejidad trascendente de las criaturas literarias que engendraría (lo mismo vendría a decirse de Shakespeare, “falto de latín”, según los académicos de su tiempo, o de Rulfo, “ayudado” por terceros para componer la inagotable sinfonía poética de sus obras eternas). Oscuramente, afirma Francisco Ayala, a lo largo del tiempo se percibió un algo “descomunal, secreto, insondable”, que era ajeno a las incesantes figuras inventadas por la imaginación literaria, incluidas la del mismo Cervantes en el resto de su obra: un algo metafísico que convertía a don Quijote en un mito y lo dotaba de una riqueza espiritual cuasi sagrada, milagrosa, producto de una revelación a un alma simple, inocente, la cual había sido solamente un medio para realizar el cumplimiento de ese designio sublime, de un misterio superior e inescrutable ante la razón. Un inquietante episodio más del espíritu soplando donde quiera, esta vez en la literatura. De que el mundo es más extraño de lo que pensamos, más extraño de lo que podemos pensar. Fernando Solana Olivares

ESTAMPAS Y EVOCACIONES

Juega la luz con las aguas del Báltico. Un sonido rasga el velo de la noche. Es la sirena, aquella doble y tenebrosa que alza su lamento al cantar. Nace el sol para que la gaviota despierte y tira su anzuelo el pescador. Sus párpados están cosidos con hilos de plata, su pecho extiende la ilusión. Amanece en Estocolmo. *** El canciller Solana entra a la Sala de Prensa en Amsterdam y ofrece al grupo de reporteros hacer comentarios sobre Europa y Suecia, un país que la gira presidencial apenas ayer dejó atrás. Propone platicar en confianza ---“fuera de registro”, dice, en un correcto español que desecha el anglicismo---, y articula una espaciosa y pormenorizada lección sobre política económica global. Su mente es veloz y precisa, metódica y sistemática. Todo lo contesta, no escabulle nada, y nunca pierde el control. Suavemente impone los términos de lo que quiere trasmitir así como impuso, sin dejarlo ver, esa misma plática “informal”. Se muestra como un maestro de la comunicación cuyo guante de seda deja convencidos a todos: caballerosa e inteligente diplomacia superior. *** Tuvimos que esperar un rato en la antesala de la Secretaría General de la UNAM. Nuestra tía Amalia Solana se ha empeñado en llevarnos a verlo. Cuando nos recibe a mi hermano mayor y a mí, ella nos presenta: estos jóvenes son tus parientes y los traigo para que le des una beca al menor, que acaba de entrar a la preparatoria. Su aguda mirada me observa, luego sonríe y dice que ya sabe de mi ingreso: revisé los nombres, comenta, y vi el tuyo. Pero no puedo darte una beca, tocayo, justo porque nos llamamos igual. Me ofrece en cambio que vaya a su oficina durante unas horas al día para encargarme de algunas labores. Mi precipitada adolescencia desdeña la oferta y no he de volver. Lo ignoro entonces, pero en él ya está presente ese digno aliento universitario del 68 que desde una fotografía icónica al lado del rector Barros Sierra lo acompañará mientras viva. *** El guante de seda mostrará su puño de hierro cuando presencie la áspera discusión que Solana, del otro lado del teléfono, tiene con un subdirector de La Jornada acerca del destino de ciertos certificados de deuda emitidos por Banamex, institución que dirige. Refuta una tras otra las inflamadas críticas que el periodista le hace. El banquero gana la discusión sin amilanarse. La mirada de furia que me dirige el subdirector cuando cuelga el teléfono así lo confirma: un gaje biográfico más de la homonimia. *** “Diles que sí, no se los aclares”, le contesta Solana, pícaro y seductor, a mi hermosa mujer cuando ella comenta que algunos creen que es su esposa. Mi risa sólo es una declaración victoriosa esa noche durante una inauguración. Sensación que no tendré cuando me encuentre a una ex compañera suya recién separada y todavía dolida, la cual piensa quién sabe en qué fantasías despechadas que temo me involucren. Comprendo a ese sagaz prohombre tan enamorado, pues el corazón tiene razones que la sagacidad ignora. *** Si el hombre es un ser que puede comportarse consigo mismo, el político, y más aún el diplomático, lo sabe hacer con los otros sobre todo. De ahí que resulte infrecuente esta descarnada franqueza durante una comida en su casa de Río Guadalquivir. A la mesa estamos Solana, otro pariente y yo. Ha dejado la cancillería defenestrado por la súbita descomposición del régimen salinista que colocó en su sitio a un incontrolable e intrigante Manuel Camacho. Su disección política es lapidaria y su pronóstico también. “Esto queda sólo entre nosotros, ¿eh?” Una desconfianza lógica. Siempre ha sido dueño de lo que calla y ahora no quiere ser deudor de lo que dice. Los confidentes no tuvieron memoria: lo dicho nunca salió de allí. *** “¿Tú eres Solana el bueno o Solana el malo?” Contesté a ese político insuflado que yo era el malo. No sólo era una forma de valorar positivamente a Fernando Solana Morales y desairar al cretino, sino una convicción que con el tiempo crece. Proteico y múltiple, lúcido y riguroso, cumplió el complejo papel que le asignó el destino en este teatro de la existencia. Por su vida hablarán sus actos: serán suficientes para afirmar que fue plena. Vivió con los ojos abiertos, entró a la muerte así. Fernando Solana Olivares

Wednesday, April 06, 2016

CUERPO MONASTERIO

“Cuando hice de mi cuerpo mi propio monasterio, abandoné el monasterio de la ciudad”. Estas líneas fueron escritas por Milarepa, el mago, poeta, ermitaño y sabio iluminado que nació en el Tíbet en 1040 y llevó la ascesis del renunciante y el esplendor del cuerpo hasta la vida simple de la cotidianidad. “Vivo en mi propio templo, en mi cuerpo”. La frase apenas audible la dijo Elena Gouliakova, una rusa extraviada en Monterrey que hace años llegó al país como maestra de patinaje en hielo y ahora vaga por las calles, duerme en cajeros automáticos, mendiga un cigarro donde puede y desconfía de su entrevistador. “Tú no podrás ser mejor que tu época ---pero, cuando mucho, serás tu época”, sentenció Hegel en uno de sus poemas de juventud. Si tal imperativo categórico es cierto, entonces en estos tiempos uno resulta ser esencialmente un cuerpo, porque hoy el ego es un ego corporal: la época radica en el cuerpo. “Los ancianos son asesinados. Las jóvenes son violadas. Y a los varones fuertes se les dan martillos, machetes y palos y se les obliga a luchar a muerte entre sí”, contó el operario de un cártel mexicano a la reportera Diane Schiller. La encarnizada semiótica del narco representa un código atroz cuya horrible grafía queda expuesta en los mancillados cuerpos de sus víctimas y enemigos. “Esencial: seguir el cuerpo y utilizarlo como guía. Es la gran razón”, consignó Nietzsche, el sagrado bailarín anticristiano que sentía una mayor agilidad muscular cuando su fuerza creadora fluía de manera más abundante. Aquel que aconsejaba dejar fuera del asunto el alma cuando su cuerpo estaba entusiasmado. Si toda persona, como afirmaba Montaigne, “lleva en sí, por entero, la condición de toda la humanidad”, entonces el cuerpo suma todos los cuerpos y todos hemos sido alguna vez Iskander derrumbando en India un elefante, la Sulamita pisando con pies de fuego aquella agua clara que esparció su amante o el torturado inerme ante el verdugo cruel. “Recuerda, cuerpo”, cantó el poeta Cavafis, para enfatizar que cualquier memoria del placer y del dolor representa un acto somático, como también lo supo Proust al iniciar su búsqueda del tiempo perdido con el cuerpo, a través del sabor de una magdalena y del aroma de una taza de té. Todas las religiones ofrecen un camino horizontal y al mismo tiempo otro cuya experiencia discontinua, visionaria y extática Erwin Goodenough denomina “camino vertical”. Involucra un proceso de ascensión síquica donde mediante ciertas disciplinas “el alma individual puede ascender al cielo” y el cuerpo queda atrás como un muñeco de trapo temporalmente abandonado. “Uno primero es irresistible, luego resistible, después horrible, a continuación invisible y al final se vuelve un lindo viejito”, ironiza Leonard Cohen para ilustrar la metamorfosis del cuerpo y su condición cosificada en estos días cuando predomina la mercadológica juvenilia, la patológica y patética compulsión doriangreyesca por parecer siempre joven ante los demás. El cuerpo es la cárcel del alma, aseguró un idealismo platónico debido al cual la doctrina eclesial cristiana lo condenaría durante siglos como sucio asiento del pecado hasta que el materialismo lo elevara a una narcisista divinización. En lugar de este costoso error cultural, Morris Berman propone “una nueva calidad, un nuevo cuerpo, una nueva historia y una nueva creatividad compartida por todos”, única posibilidad de salvación. Foucault denunció el “biopoder” del Estado moderno como un control autoritario de la política democrática sobre el cuerpo y la biología de los ciudadanos. Iván Illich habló de la “Némesis médica” como la venganza de la ciencia que medio mata a la gente en vida y afirma que su interés es la curación cuando está en la enfermedad. Fue Nietzsche quien supo advertir el advenimiento histórico de la divinidad atroz y la llamó Diosa de la salud. “El santo olor de la panadería”, escribió López Velarde en líneas imborrables. “Hay perfumes que en toda materia suelen hallar lo poroso: diríase que filtran el cristal”, dijo Baudelaire. Los dos versos involucran al cuerpo, ese templo del alma reverenciado como un noble vehículo por el pensamiento oriental. No como un fin en sí mismo, según propone la ignorancia occidental, sino como un medio para vivir a plenitud, en el dolor donde nos hacemos o en el placer donde nos gastamos, el misterioso milagro de la existencia. La unidad es doble: cuerpo/mente para entender. Fernando Solana Olivares

APUNTES DESAFLIGIDOS

Acerca del demiurgo. Quizá el error epistemológico que contiene la figura de Jehová o Yahvé, un dios judío absorbido por el cristianismo en su condición de macho cabrío y colérico que guía autoritariamente al rebaño, quede aminorado y aun disuelto por el sacrificio humano de Jesucristo, ese ser intersticial, transitorio y simbólico que desde su aparición no deja de extraviarse en el laberinto de la interpretación teológica. Harold Bloom sugiere que Jesús, Jesucristo y Yahvé son tres personajes disociados. Éste último se declara a sí mismo incognoscible, Jesucristo queda sepultado por la “descomunal superestructura” de las tantas exégesis sobre su existencia, y Jesús, Jeshúa de Nazaret, semeja un espejo cóncavo que refleja distorsionados a todos quienes se asoman en él. Dos elementos, sin embargo, humanizan a la frenética deidad moralista hebrea ---cuyo errático carácter hace recordar un críptico aforismo de Heráclito: “El tiempo es un niño que juega a los dados; el señor es el niño”---: primero el sacrificio mismo de Cristo, con su negatividad y dolor necesarios, y después el soporte donde ocurre, aquella cruz, el recordatorio icónico de una función humana perdida, la de establecer una mediación entre arriba y abajo, entre derecha e izquierda. A partir de ese día la noción de Dios radicará en la intramundanidad. Creador ausente. El enigmático Yahvé contesta “Yo soy el que soy” a la pregunta de Moisés sobre su nombre, un decir que Harold Bloom explica como “Yo estaré presente allí donde y cuando yo esté presente”. La terrible ironía implícita en la respuesta (Kierkegaard llama a la ironía una “comunicación indirecta”) es que lo opuesto también queda implícito: “Y estaré ausente allí donde y cuando esté ausente”. Eso incluye, anota Bloom, las tres destrucciones del Templo, el holocausto judío y el Gólgota, y también las inagotables atrocidades de la historia, inimputables entonces a la divinidad no omnipresente. Pero el Señor del Antiguo Testamento resulta un gobernante hiperactivo que gobierna de manera personal y directa, es el Rey de Israel, un actor eminentemente político, y su teología es la de un dios en la historia. Si esto es cierto, su ausencia episódica significa una indiferencia cruel para con sus criaturas o hasta una crueldad intencional. Otra curación de ese amargo dios en la historia es la que vendría a representar el Nuevo Testamento, donde no puede encontrarse ningún rastro, como señala Karl Löwith, de una teología de la historia. La narrativa cristiana excluye al Dios Hijo de la coyuntura específica. Sólo así puede volverlo admisible. Las conquistas bienaventuradas. El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto, dijo alguna vez Karl Marx. En cambio, Henri Corbin, insólito estudioso del misticismo islámico, habló de un intermundo ubicado en el punto superior del tiempo y en el grado más bajo de la eternidad. Los sabios sufíes lo llaman Hurqalya, un lugar de paso donde el alma se ve a sí misma y consigo misma, totalmente en paz. Es aquella zona de la conciencia entendida como el yo más profundo o alma interior que no requiere de intermediarios. El Jesús del Evangelio gnóstico de Tomás la anuncia: “El reino está dentro de ti y fuera de ti”. No vemos ese reino aunque se extiende sobre la tierra. Y el renacer no será una repetición del nacimiento físico, como argumenta un hermetista, sino la irrupción en un nuevo plano existencial anteriormente desconocido, e incluso insospechado, pero asequible en potencia. Un cambio radical de interpretación, una esfera inédita de perspectiva, una trascendente ontología de la mutabilidad. Un siniestro guardián. Lawrence Durrel escribe que los hombres hemos caído en una trampa donde impera la indiferencia y de nada sirve la bondad. Si alguna vez hubo quien nos cuidara ocupándose de nosotros, interesado en nuestro destino y el del mundo, hoy ha sido reemplazado por alguien “que se regocija en nuestra servidumbre a la materia y a las partes más viles de nuestra naturaleza.” El mundo se ha invertido y el infierno está en la tierra, ese inferus privatio que el Medioevo observó. El Calvario. Este viernes a las tres de la tarde Cristo morirá en la cruz. Clamará a su padre por el abandono y el mundo percibirá horrorizado que ha matado a Dios. Los gnósticos sabrán que fue el engaño de un drama cósmico con un doble, mediante la magia de una proyección. Jeshúa de Nazaret, tan desamparado como cualquiera, viajará hasta Cachemira, donde morirá siendo un anciano muchos años después. Fernando Solana Olivares

EL UNO EN EL OTRO.

Repitamos el tópico: una democracia sin demócratas. Parece una mera simplificación evasiva establecer una analogía entre Hitler y Donald Trump. La misma circunstancia de que la similitud haya sido expuesta por la retrasada y poco creíble voz denunciatoria de Peña Nieto contamina la comparación. Pero es mucho más consistente de lo que el mecánico discurso presidencial permitiría suponer. Guardando desde luego las distancias críticas entre una tragedia histórica y quizá, sólo quizá, esta comedia electoral estadounidense potencialmente tan peligrosa como lo fue aquella todavía inexplicable aberración sociopolítica alemana, la cual sólo resultó derrotada por un error táctico que ahora, según autores como Graziano y Wallerstein, el capitalismo terminal está a punto de enmendar mediante un fascismo democrático que dividiría al planeta entre una élite del 20 % y una mayoría del 80 % dominada por la primera. Diversos analistas coinciden en que la inesperada irrupción electoral del multimillonario populista de derecha Donald Trump, lo mismo que la del proclamado “socialista democrático” Bernie Sanders, obedecen a un desencanto popular generalizado con los partidos políticos y a un cuestionamiento radical, a un rechazo del ciclo ideológico y económico neoliberal de más de tres décadas iniciado con la elección de Ronald Reagan en las elecciones de 1980 y mantenido hasta ahora por republicanos y demócratas sin diferencia alguna. Pero aunque el origen de estos dos inesperados candidatos “insurgentes” sea el mismo, sus discursos y perspectivas son sustancialmente distintas. Sanders denuncia el abandono crónico de los salarios e intereses de la clase trabajadora, el racismo institucionalizado y la brutal e injusta disparidad económica. Su agenda política puede resumirse como liberal progresista y está fincada en la recuperación de la igualdad social. Tal impulso establece, como diría el economista Thomas Piketty, un esperanzador y refrescante alejamiento de las oscuras e interesadas profecías neoliberales sobre el fin de la historia. La retórica de Trump, en cambio, es una política del odio racial y religioso, de la misoginia y el desprecio a los otros, de la ignorancia y el aldeanismo supremacista, con la que promete una resurrección de la “grandeza” estadounidense, sea esto lo que ominosamente sea. “Del tronco torcido de la humanidad ---escribió Kant--- nada derecho fue jamás hecho”. Y Trump no es un producto endógeno o ajeno al “imperio yermo” norteamericano, como llama Morris Berman a la decadencia crepuscular de la cultura consumista y corporativa hasta hoy mediática, militar e ideológicamente hegemónica, con su globalización, su tecnología cibernética y su deconstrucción (o destrucción) cultural impuestas. No es una excepción en un país “que ha perdido sus amarras”. Y no es tampoco alguien a quien debiera aplicarse la equivocada sentencia histórica de Karl Tucholsky sobre Hitler: “Ese hombre no existe; no es más que el ruido que provoca”. Trump es los Estados Unidos, así pierda la nominación republicana o aun la elección presidencial. En su última alocución radiofónica del 30 de enero de 1945 Hitler se calificó a sí mismo como un hombre “que sólo supo hacer una cosa: golpear, golpear y golpear”. Llama tanto la atención que un gran número de observadores encuentren en Trump una intencionalidad, un instinto o hasta una sensible sagacidad para traducir el estado de ánimo de los crecientes auditorios que convoca y se le entregan, como si la estupidización de la opinión pública norteamericana no fuera la causa misma del efecto que su estridente demagogia representa. Igual que Hitler fue descrito, Trump es el típico hombre semiculto que pretende saberlo todo sin saber realmente nada y propala medias verdades y seudoconocimientos concluyentes ante públicos acríticos e ignorantes, dispuestos de antemano a ser convencidos. En medio de tantas contradicciones (otra igual de hitleriana: pretender subordinar lo general a la autobiografía propia), Trump representa, paradójicamente, la cultura de la víctima y la pasión enferma del resentimiento: los otros ---mexicanos, musulmanes, demócratas--- son los culpables de nuestra circunstancia. Nunca hubo ninguna verdadera sanación pública, ninguna renovación o metamorfosis colectivas al desplazar el reconocimiento crítico de lo que ocurre para situarlo en otro lugar. Los chivos expiatorios sólo sirven como distracción efímera. Y la historia continúa estando ahí. Fernando Solana Olivares

DEGRADACIÓN Y LENGUAJE.

George Steiner recuerda en su hermoso ensayo “Mito y lenguaje” que antes de que lo hiciera George Orwell, ya el pensador monárquico y tradicionalista del siglo dieciocho Joseph de Maistre había advertido que “toda degradación individual o nacional es anunciada en el acto por una degradación rigurosamente proporcional en el leguaje”. Una tesis parecida está en Antonio Gramsci, para quien la hegemonía de un sistema ---esa captura del pensamiento, el corazón y la voluntad de las personas--- se va imponiendo también a través de las transformaciones del lenguaje. La leyenda cuenta que Confucio aconsejó al Emperador Amarillo la “rectificación de los nombres” como una primera y esencial acción política para lograr la coincidencia de las cosas con las cualidades que sus nombres les asignan, buscando establecer así una relación básica de congruencia entre el estado del lenguaje y la salud del cuerpo público y social. Entre las tres o cuatro grandes antiutopías literarias del siglo veinte (Nosotros de Yevgeni Zamiatin, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury), producto del pesimismo histórico, o del realismo lúcido, más bien, es la novela 1984 de Georges Orwell la que se concentra en la corrupción del lenguaje y su contradicción flagrante con la retórica del poder. En Oceanía, aquel mundo imaginado por el autor, existe una neolengua, un neodecir cuyos significantes cínicos y vacíos no se corresponden con los significados de lo realmente existente. Sus palabras talismánicas: newspeak (neolengua), reality control (control de la realidad) y doublethink (doblepensar) parecen haber pasado acríticamente tanto al lenguaje político cotidiano de nuestros días como a la resignada e indiferente aceptación colectiva de tan siniestra realidad. Como si todos nos hubiéramos convertido en Winston Smith, el protagonista de 1984: conocemos el proceso de fingimiento y manipulación al que nos someten pero el régimen océanico sigue saliéndose con la suya y nosotros aceptándolo. La neolengua elimina el complejo de las ideas y sus conceptos integrales en el lenguaje para ser neutralizados y sustituidos por una simplificación, una enajenante reducción. Es un lenguaje descuidado, intencionalmente inexacto y deliberadamente empobrecido que inhibe el pensamiento crítico y convierte a la gente en víctima inerme de los manipuladores del poder. Las palabras no son cosas y gran parte del lenguaje con que nos enfrentamos no trasmite ningún contenido sino meras abstracciones sin valor. De ahí que los eufemismos de la fraseología política sean necesarios, escribió Orwell, “para nombrar cosas sin evocar imágenes mentales de ellas”. El doblepensar consiste en un saber y no saber simultáneos, en ser consciente de la verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, en sostener dos opiniones contradictorias pero creyendo en ambas, en emplear la lógica contra la lógica, en olvidar cuanto sea necesario y no obstante recurrir a ello y luego olvidarlo de nuevo. Y sobre todo en aplicar el mismo procedimiento al procedimiento mismo como “la más refinada sutileza del sistema”: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se ha realizado un acto de autosugestión. Comprender entonces la palabra doblepensar implica el uso del doblepensar. Lo conozcan o no directamente, los funcionarios del gobierno mexicano actual (y también los del pasado) han sido entrenados en ese doblepensar que les permite mentir sistemáticamente y envilecer, corrompiéndolo, al lenguaje. No se explica de otra manera la obscena descalificación de la Secretaría de Gobernación al lapidario informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos donde se documenta la grave crisis de violencia y seguridad que afecta radicalmente los derechos humanos en México: “una y otra vez en todo el país ---señala dicho documento---, la CIDH escuchó de las víctimas que la procuración de justicia es una ‘simulación’.” El gobierno afirma que no se vive una crisis de la legalidad y que el informe “parte de premisas y diagnósticos erróneos que no se comparten”. Así, el lenguaje juega un papel decisivo para controlar la realidad. No hay decenas de miles de desapariciones ni existe una justicia irremediablemente corrupta y venal ni una impunidad crónica. Nada de eso. Sólo las “verdades históricas” que difunde la neolengua del doblepensar: “Mover a México”. Fernando Solana Olivares