Friday, December 04, 2009

LOS VOLCANES DE ROJO

El sábado amanece frío y luminoso. La patricia Casa Serrano, un poco maltrecha como es su estilo pero con el feeling que posee debido a todo lo que ha sucedido en ella, está lista para inaugurar Volcanes construidos, la exposición de Vicente Rojo.
A las doce del día, ante una regular asistencia que no representa la cantidad de gente que la verá, pues es mucha la que suele frecuentar el sitio, Ruy Pérez Tamayo lee un hermoso texto sobre Rojo y su obra, Vicente da las tímidas gracias, Roberto Castelán recibe al artista, a sus acompañantes y al público. Suenan aplausos, se corta el listón, el público entra a las salas y un dueto toca algo sublime que debe ser Dvorak.
Vicente, de la mano de Bárbara Jacobs, se desliza delicado y contento entre las poderosas obras salidas de sus manos. Pasa por alto la museografía, un ignorante atrevimiento decorativo que cualquier otro expositor habría señalado, y hasta le encuentra virtudes. “Mira”, me dice, percibiendo tácitamente mi preocupación al respecto, “es la primera vez que veo mis volcanes desde arriba”. Y sonríe, suavemente irónico, como es.
Yo también, lleno de amistad por él como siempre me ha inspirado. Y miro el profundo refinamiento que su obra y él mismo tienen ya, la constante excelencia expresiva de sus piezas, su sobria y elegante creatividad, su poderosa fuerza sosegada, y pienso que la vida es una interesante bendición. O un bienestar repentino.
Dos días atrás ahí mismo, en el solemnemente llamado Congreso Nacional de Contracultura, había leído un texto sobre lo que yo creo que hoy es la contracultura: dije un falso palindroma: la única contracultura es la cultura. Más disolvente es Thomas Mann que Parménides García Saldaña. Cosas así. Luego fui duramente cuestionado por Carlos Martínez Rentería, organizador histórico del evento, debido a mis conceptos. El debate se resolvió con una frase conciliatoria que yo mismo propuse: todo borracho hace contracultura, toda borrachera es contracultural. Carlos quedó satisfecho y yo también: salud, Bukowski.
Problemas derivados de andar creyendo que para ser originales hay que regresar al punto de origen, o sea, leer. Ahora caminamos el sábado a la una de la tarde por el centro de Lagos para llevarlos a conocer otro museo al cual vendrá la obra de Vicente Rojo en agosto de 2010, si Dios quiere, como con sensatez hablan por aquí. Tres parejas vamos y venimos plácidamente por un lugar cuya medida es todavía humana. Regreso junto a Vicente con una familiar sensación de tiempo y acompañante conocidos. Como si el reloj estuviera inmóvil y en él los dos camináramos.
Quedamos a desayunar al día siguiente todos menos la maestra Georgina y Ruy Pérez Tamayo, quien regresa de inmediato a la ciudad de México cargando un libro de George Steiner, el cual adquiriré horas después en la monstruosa Feria Internacional del Libro de Guadalajara a la que seré llevado por Manuel, el más interesante chofer de taxi de los únicos tres que hay en Rulfiana. Todo un personaje que vive estos viajes conmigo como un alimento exótico para su elevado sentido de observación. Mente de principiante, mente esponja, Manuel en todo se fija y todo lo pregunta.
Así que me sumerjo en la ballena libresca habiendo acordado con el preciso chofer de atenta mirada dónde y a qué horas nos veremos, y tardo veinte minutos en saber la dirección en la que está la sala donde será la presentación de Breviario de correrías, el libro de Ariel González que vengo a comentar. Me encuentro con el autor y con Rafael Tovar, mi amigo del kínder, quien ya no es alto funcionario y ya no está tenso sino relajado. Saludo al editor de la admirable y selecta Sextopiso, Eduardo Rabasa. Entretenemos la espera contando nuestra historia. Éramos tres niños en un salón de párvulos de treinta niñas del colegio Margarita de Escocia. Uno de ellos se volvió niña por sobrevivencia y sólo quedamos Rafael y yo.
Encuentro también a una actual funcionaria que me trata con mustia condescendencia irónica, con cierta sorna empoderada. A estas alturas de mi vida poco me importa, así el amargo dictum clásico sobre la condición humana vuelva a ser real: cuídate de aquellos a quienes haces favores. La rueda de la fortuna nunca se pudo estar quieta y yo, como el conejo de Alicia me voy, me voy, se me hace tarde hoy en cuanto acabamos la presentación de un libro necesario y significante, para vagar un rato en ese mercado fenomenal donde existen tantos libros prescindibles y tantos autores publicitariamente inflados pero literariamente vacíos. Los que heredarán el Nobel pero no la literatura.
Lo comento con el vivaracho Manuel durante el regreso: hoy todo es una mercancía. Pero no la amistad, que representa un viático, como el que al día siguiente, domingo por la mañana, traen Vicente y Bárbara a nuestra mesa. Vuelvo a sentir aquella fuerza sosegada del día anterior y pienso en dos métodos para una misma preferencia: domar volcanes representándolos. Lo hizo el doctor Atl y ahora Vicente Rojo. Prefiero por cercanía esta fuerza plástica cuyo dominio se logra mediante la suavidad y la constancia, la poética plástica como una alquimia propia. Pocas personas hay así: como es adentro es afuera, como es la obra es el artista, como es el objeto revelado así resulta la revelación.
Los tamales oaxaqueños de frijol en hoja santa también lo son. Así que desayunamos en medio del sentido: la amistad y la obra, la realización. Vivir consiste simplemente en estar aquí y no en otra parte.

Fernando Solana Olivares

Sunday, November 29, 2009

EL CENTRO INSOLUBLE

Para José Emilio Pacheco, el mejor
artífice, la generosa persona

Con cierta frecuencia esta columna recibe correos entrañables, mensajes dignos de conservarse. Algunos se contestan y agradecen de inmediato y otros se postergan por la sorpresa que causan o la emoción que provocan en el autor, un mero vehículo para la circulación del lenguaje ---a veces, diría Borges, los dioses conceden la alusión; casi nunca la expresión---.
Pero también se reciben mensajes reclamantes. Como aquel que llegó acerca del artículo del viernes pasado, “Esperando a quién”, donde se rechaza “la amarga perspectiva nacional” que según ese lector dicho texto sugiere. Ernesto Alcántara Guerra, su remitente, afirma que esa visión es destructiva y pesimista, antisocial y paralizante. Después de cavilarlo un rato acepto, nada más parcialmente, el segundo adjetivo, que me parece, igual que su contrario, el optimismo, una postura sentimental.
Y no es que yo mismo no sea sentimental con frecuencia o carezca de momentos optimistas y tonificantes, pero la escueta descripción de hechos, no su relato subjetivo, son propios de un realismo nacional que huele a Dostoievski: si eso es pesimismo, sea, pues así es. “Las cosas van color de muerto”: lo escribió a tiempo el poeta Eliseo Diego. Y mejor reconocerlas, porque entonces podrá resistirse ante ellas y cambiarlas, si es que eventualmente pueden cambiar.
Reconocer es comprender, darle algún sentido, aun cuasicatastrófico, a la inquietante realidad contemporánea, a su condición impredecible, sin síntesis ni referencia, sin pronóstico también. Y la construcción personal del sentido es clave para la sobrevivencia en momentos tan complejos como los actuales. ¿Inesperados? No, en absoluto: desde hace siglos la literatura y el arte de la modernidad han advertido sobre este proceso donde nada es cierto y todo está permitido, donde todo lo sólido se desvanece en el aire, donde los discursos de la normalidad ya no tienen lugar. Como a continuación queda comprobado, con este ejemplo brasileño que bien podría ser el de nuestro país:
“¿Solución? No hay solución, hermano ---le contestó no hace mucho Marcola, jefe de la banda carcelaria del Primer Comando de la Capital en las favelas de Sao Paulo, a un reportero de O Globo---. La propia idea de ‘solución’ ya es un error. (...) Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general. Y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una ‘tiranía esclarecida’ que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. ¿O usted cree que los chupasangres no van a actuar? (...) Tendría que haber una reforma radical del país”.
Quien habla representa una violenta cultura criminal ayudada por la tecnología, una especie de la post miseria, como él mismo la define. “Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio”, dice Marcola, jefe de la prisión y señor de su favela donde están armados hasta los dientes, mejor que las fuerzas policiales que entran muertas de miedo a territorio ajeno desde el cual derriban helicópteros y expulsan a los grupos de asalto. Ha leído 3,000 libros en la prisión y entre ellos al Dante, a quien cita reverente: un jefe criminal, un contra-genio bárbaro pero ilustrado y esclarecido.
“Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. (...) Ustedes sólo pueden llegar a alguna parte si desisten de defender la ‘normalidad’. No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. (...) Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: ‘Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno’.”
Cuán duro suena lo anterior, pero ora sí que siendo real el descriptivo análisis del jefe bárbaro es entonces racional, como quiere el Sr. Hegel. La razón engendra la no-razón. Del mismo modo, la no-solución es, en sí misma, una solución. Aceptar que vivimos en el centro de lo insoluble significa aplicar a nuestras cambiantes circunstancias el proverbio del Go: el punto vital de mi enemigo es mi propio punto vital.
La filosofía proveniente de la post miseria y su descarnada clausura del humanismo son un signo de la época y a la vez una discontinuidad con la política general de la verdad anterior y con sus discursos autorizados, con los abundantes y sentimentales anhelos de normalidad. Podemos lamentarnos todo lo que querramos por esa defunción cultural de la pastoral ilustrada, porque ya no nos quedan más comienzos culturales, o bien actuar como Marcola, inspirado por Nietzsche, a quien desde luego lee: “Lo que no nos aniquila nos vuelve más fuertes”. Y toda fortaleza es un realismo que reconoce sin autoconmiseración alguna cómo están las cosas, cómo va la realidad. Por eso la alquimia llamaba pykros al agua amarga del reconocimiento, condición necesaria para actuar en el mundo que nos fue dado para vivir. O que hicimos entre todos.


Fernando Solana Olivares

Friday, November 20, 2009

ESPERANDO A QUIÉN

Ayer se ahorcó en el baño de la cárcel de Lagos una mujer, madre de tres niños, de oficio lavacoches, quien estaba detenida por haber robado un kilo de carne con valor de cuarenta y cinco pesos: Rosa Isabel Reyes Miranda. Otra Rosa, madre soltera, fue detenida hace días por hurtar dos paquetes de pescado en el autoservicio. “Fue automático”, dijo, “no lo pensé”. Una de las hijas acababa de preguntarle qué cenarían aquella noche.
Una joven mujer es aprehendida cuando lleva al hospital a su bebé de dos años molido a golpes. Después detienen al compañero de ella, el padre o no, a saber, de la criatura martirizada, con una maceta de mota entre las manos. La custodia del museo tiene grave a su mamá después de sufrir una extorsión telefónica que cimbró a la familia.
Los ejemplos de una creciente descomposición nacional pueden enunciarse como letanía, pues están a la vista del público y se relacionan causalmente entre sí: los últimos lugares en zonas estratégicas ---educación, transparencia, corrupción, competitividad, etcétera---; la discordia nacional política hacia dentro y hacia fuera de todos los organismos actuantes; el predominio de los tecnoburócratas, cuyo mundo mental no es el de la gente, desde el gobierno y en las cámaras; el interés insaciable de los barones del dinero; la imparable manipulación mediática del duopolio televisivo, su insistente proyecto con guión por estupidizar a las audiencias; la avanzada construcción calderonista de un régimen policiaco-militar autoritario; la feudalización de los gobiernos estatales encabezados por virreyes impunes y autistas; la inseguridad irresoluble, la justicia inservible, la desigualdad irremediable; los miles de jóvenes pululantes que no van a la escuela y representan un candente asunto, otro entre tantos, de seguridad nacional; la insensatez de quienes gobiernan municipios y estados, pequeños Nerones locales; la prevaricación de legisladores y magistrados, de comisionados de derechos humanos, de servidores públicos de todo nivel; la escasez de agua en la ciudad de México; las enfermedades crónicas en expansión como la diabetes y la obesidad; las epidemias de dengue y las pandemias que más virulentas muy pronto regresarán; el clima meteorológico iracundo. En fin.
La magnitud de los problemas rebasa, tanto intelectual como éticamente, a los encargados formales de resolverlos ---y aun a tantos que darían lo que fuera para ser los siguientes en encargarse y sucesivamente fallar---: ellos son parte de los mismos problemas que flagelan al país. Los cuales se presentan en tal abundancia que ningún paliativo o corrección parcial podría ir atemperándolos. Se requiere una refundación íntegral y orgánica de un Estado, que en mucho es ya fallido, y del sistema de gobierno, bien sea pactada, opción que se antoja imposible; bien sea impuesta por aquello que cambia las culturas: las catástrofes, los cambios violentos, los acontecimientos inesperados, la revolución, así ésta sea tan difusa y esperpéntica como pueda imaginarse en la tardomodernidad nacional.
Aunque el materialismo racionalista concibe al tiempo como un suceso lineal (de ahí la tóxica idea del “progreso” ininterrumpido), todos los fenómenos existentes están sujetos a ciclos. Por ello no es posible pensar que nuestro país podría transitar por un periodo indefinido, y “democrático”, de perturbaciones sociales, económicas y políticas, sin que se alcance un punto de no retorno, de generalizada descomposición. Las sociedades tienen éxito mientras sus miembros así lo crean. Salvando la pauta sentimental del pensamiento positivo, cuyo número ha de ser considerable hasta por autodefensa personal, todo análisis realista lleva a una conclusión: las cosas se desmoronan, como escribiría el poeta irlandés vidente, el centro no puede resistir.
Tal vez es justo y correcto, hasta necesario que así sea. Un día le pregunté al doctor Payán, un médico colombiano que fue secuestrado, cuándo se arreglaría su país. “Después que se lo lleve la chingada. Cuando acabe de enfermarse”, me contestó. Poniéndonos pragmáticos, hay que reconocer que la tragedia permite la purificación de las pasiones. Duele pensar que le suceda a uno, a quienes uno quiere, pero la época exige considerarlo, porque su premeditación es una forma de perder el miedo.
Y el miedo es capital en esta hora sombría, tan distinta de aquel tiempo mexicano que cuando ya era nublado resultaba bueno y pasó apenas ayer. Dice Sun Tzu que el punto vital del enemigo es el propio punto vital: saber qué y quién produce el miedo, y vencerlo en el interior de la conciencia por cualquier medio al alcance: la fuerza resistente, la calma interior, el desapego, la santa indiferencia, la lectura, el trabajo manual. El desorden es un orden que nadie puede ver y todo es pasajero.
Esperando a Godot, esperando a los bárbaros, esperando a ¿quién? A quien deba venir, que es más bien lo que tenga que venir. El tiempo se muestra líquido y veloz, como si estuviera concentrado en un embudo. La inminencia de algo en curso es un sentimiento impreciso y creciente que se encuentra entre muchos y en muchas partes, así cambie la narrativa de cada caso en particular. Como si el nudo de la tragedia mexicana ya estuviera anudado en sus peripecias adecuadas y sólo faltara el reconocimiento que su desenlace traerá.
Me temo que será pronto, pues la obra no parece soportar el prolongarse mucho más.

Fernando Solana Olivares

Friday, November 13, 2009

COMO UN PRÍNCIPE

Así se comportó el policía que me detuvo en la carretera. No fue un brusco “oríllese a la orilla” sino un buenos días en actitud muy cordial. “Soy el oficial tal y le ruego que apague un instante el motor”. Yo venía hablando por el celular, tal era mi infracción, la cual reconocí de inmediato. Me pidió muy comedidamente la licencia. “Sufro”, le dije, recordando a Garrick, “de un mal tan espantoso como no tenerla vigente”. Aunque no es cierto, porque le mentí a medias: adelanté los tiempos reales y le dije que ya había hecho lo que todavía no hago: tramitar mi licencia actual.
Tengo una terrible bronca con los papeles, las identificaciones, los recibos y las constancias. Ahí, como diría el Jamaicón, no me hallo. Pero este hombre refinado lo entendió sin ningún problema: ¿para qué querer ser algo cuando se es alguien?
Y me dejó partir a la continuación de mi día con un sencillo apercibimiento, una especie de multa buena-onda que debo pagar pronto en alguna tesorería pública. Ya la buscaré.
Fíjate en lo que te fijas, fíjate en lo que no te fijas. Y en existir burocráticamente nunca me he fijado, pero sé que existo a pesar de ello. El ser es ser percibido: yo me percibo a cada rato. Luego entonces, siguiendo la continuación de mi día, consideré hacer un acto de autoridad racional. Aplicar un examen sorpresa a mis alumnos, casi como antes me había sucedido con el príncipe que habría sido cochero en París y que ahora actuaba de oficial de tránsito en Lagos.
Lo anterior es un tema pendiente: la verdadera aristocracia humana, los ángeles buenos en el valle de lágrimas. Pero en cuanto al examen, no dejé pendiente nada. Rompí la regla tácita de negociar y facilitar los exámenes con la clientela estudiantil que los presenta, pues la mercancía llamada educación requiere consumidores satisfechos.
Hice cuarenta preguntas y pude haber hecho más sobre la Poética de Aristóteles, la Comedia del Arte, la peripecia y el reconocimiento, el nudo y el desenlace, sobre el teatro pobre también. Mi impulso partió de un simple silogismo: la vida no anuncia sus exámenes, ¿por qué entonces yo?
Entendí que a toda acción sigue una reacción. Cuando mis alumnos me califiquen ---así se usa ahora: al final del semestre los clientes juzgan el desempeño del profesor, el cual mientras más concededor y benevolente se comporte resulta mejor valorado---, podrán cobrar la sorpresa examinante. Pero mientras tanto deben responder cosas tan antigüas y tan actuales como la catarsis que se consigue en toda tragedia humana, si es que lo aprendieron.
¿Qué es la tragedia? Este examen, que debo leer en muchas versiones, algunas paleografiadas. Con dichos jóvenes he visto el concepto de la premeditación, del pensamiento anticipado. De siempre estar listos, en sus marcas, fuera: cuarenta cabezas cuya mayoría es femenina se inclinan sobre la silla atareadas y silenciosas para contestar las preguntas.
Tal mayoría lunar no sólo tiene que ver con la fascinación que ejercen los gineceos sino sobre todo con la época presente, cuando mientras las jóvenes estudian en las universidades, los varones de esa edad, en gran número, suelen no hacer nada. El ser es lo que conoce: serán entonces seres femeninos quienes entre nosotros conseguirán conocer. Nada mal como futura perspectiva, salvando los costos de la creciente disparidad tan visible ya entre ellas y ellos.
Esta atormentada crisis contemporánea de la conciencia masculina no es el tema. Tampoco la nueva geometría entre los géneros que derivada de la misma invierte roles y modifica saberes, trastorna aquello que Levi-Strauss llamó los patrones comunes de conducta y pensamiento. El sabio intelectual recién fallecido quizá no estaría de acuerdo. “Las costumbres de la tribu no se cambian”, dijo, para vetar sin éxito la llegada de Marguerite Yourcenar a la Academia Francesa, hasta entonces un bastión masculino.
Me pregunto si aquí, en este salón aéreo, se origina lo que vendrá, lo que va siendo. Miro a estos jóvenes como seres transicionales, oscilando entre un momento histórico que muere y otro que aún no termina de suceder. Me adelanto a lo inmediatamente visible, penetro en ello, y me respondo ---siempre hay un diálogo en la mente---, conforme a autores casi secretos llegados a mi mesa, que estoy delante de un mundo en ruinas y que nuestro acto, las musarañas caligráficas de estos jóvenes, comporta una lección cuyo alcance va más allá del resultado. Acaso tal intento, en el fondo, consiste no tanto en que aprendan qué pensar sino sobre todo cómo: la memoria personal y colectiva que solamente asocia y compara no puede llevar al conocimiento de lo nuevo, de lo desconocido.
Todos los actos están encadenados: el decentísimo trato de la mañana, aquella epifanía civil de un caballero a cargo del tráfico y las infracciones, la maravillosa película Los 39 escalones de Hitchcock vista apenas la noche anterior, y la inesperada prueba categórica de 40 preguntas que el maestro pedagógicamente decidió aplicar después. Además de causalidad existe la interdependencia: vivir es un incesante reconocimiento, una constante examinación, y a menudo no hay instrucciones suficientes para sus dilemas. De ahí que recuerde sin saber por qué al poeta burlándose del lenguaje: “Si al decir azúcar el mundo se azucara, al decir Râm quedará salvado”. Aunque creo que sí, que tiene sentido. Arrieros somos y en el lenguaje andamos.

Fernando Solana Olivares

Friday, November 06, 2009

ANDRÓMEDA CERCA

Me pregunto si de verdad existe la intemperie, y creo que no, porque a fin de cuentas ---experiencia de la edad, el tiempo, las circunstancias--- parecería que los sujetos descansan en algo que va más allá de ellos mismos: la Divina Providencia, el orden dentro del ruido, el azar milagroso o los efectos cuánticos de la materia que ocurren en el orden subatómico. O todo ello a la vez.
Miro las cosas que me rodean, estos objetos, cada uno de ellos vinculado a un recuerdo, a una emoción. Contemplo el lago de la memoria. Me invade un sentimiento de extrañeza pero lo acepto: el mundo es más misterioso de lo que imaginamos, más de lo que podemos imaginar.
Suelo pensar en la multidimensionalidad y lo hago ahora. Vicios de la mente, trampas de la costumbre, rutinas del recuerdo. Digamos que es una persistente voluntad de figuración la que me ocupa: explorar la idea de los espejos y las multiplicaciones, el espacio mismo que contiene otros espacios que no se pueden ver, como si fueran cajas chinas invisibles.
¿Sirve de algo cavilar en tan intangibles cuestiones? Sí, cómo no, según confirma un texto electrónico sobre el libro estrella del New York Times, Tiempo fractal del científico Gregg Braden, quien afirma que el solsticio de invierno de 2012 no representa el fin del mundo sino el de una era cuyo ciclo de tiempo abarca 5,125 años.
Entrevistado por Laurie Nadel, Braden señala que en dicha fecha el planeta recibirá “un disparo en línea recta, lineal, sin obstrucciones ocasionadas por cualquier otro planeta u otro cuerpo en el sistema solar”, teniendo acceso pleno entonces a la poderosa fuente de energía magnética que es emitida desde el centro de nuestra Vía Láctea.
No hay evidencia científica de que los polos se invertirán entonces y que tres días de oscuridad cegarán al planeta. Lo que ocurrirá ya está ocurriendo: terremotos, tsunamis, lluvias torrenciales, sequías extremas. “Los registros geológicos muestran que los cambios son intensos, absolutamente intensos, pero que son de corta duración”, asegura el autor.
Y advierte acerca de la muy posible repetición del error cometido en el 3114 a. C., la última fecha donde ocurrió una alineación cósmica similar: la feroz lucha entre las naciones de entonces por los recursos vueltos escasos que llevó al colapso a sus civilizaciones.
La única opción existente, la única esperanza que Braden contempla es lo que él llama “coherencia”: cuando muchos se reúnen y producen una emoción común basada en el corazón, ya sea gratitud, aprecio, generosidad o cuidado. Esto genera un campo magnético dentro de los cuerpos que comparten dicha emoción, los cuales son parte del campo magnético de la Tierra que así participa en tal modificación.
“El campo magnético de la Tierra ---dice Braden--- se eleva, cae y regula todo, desde el clima, las capas de hielo, los niveles del mar. Este campo une toda la vida, desde una brizna de pasto hasta una hormiga, desde una carpa a un pez de colores, desde un ratón a nosotros. (...) La coherencia puede ser medida. Mide 0.10 hertz de frecuencia. Esa es la medida de la coherencia creada entre el corazón y el cerebro”.
El origen de todo esto comenzó cuando durante el 11-S los científicos notaron que ciertos satélites reportaban cambios en el campo magnético de la Tierra, mientras millones de seres humanos estaban emocionados y conmovidos por los atentados al World Trade Center. Una parte de los científicos afirmó que no existía conexión alguna entre la modificación del campo magnético planetario y la profunda emoción común.
Braden habla de lo contrario: sostiene la existencia de un vínculo directo y operativo entre el desarrollo de la coherencia ---“una manera de estar en nuestros corazones”--- y el aprendizaje urgente de una forma colectiva y mayoritaria para influenciar creativamente ---“traer ese campo del caos hacia el orden”--- los campos magnéticos que están provocando el cambio.
Como es adentro, es afuera, sostiene finalmente el autor de Tiempo fractal. La creación de esta coherencia en el cuerpo dispara cambios bioquímicos que inician procesos de rejuvenecimiento, de fortalecimiento del sistema inmune, de creciente claridad mental y autocontrol. Virtudes indispensables para sobrevivir la época. Si las concede la coherencia, cuánto mejor.
Signos de los tiempos, dice la Biblia. Estamos fascinados por el pronóstico del final. Pero ello es en cuanto a la cultura humana y sus ideas sobre el mundo, sobre la duración ---el éxito, la ideología más falsa en circulación. Así no puede haber intemperie porque lo existente se basa en la perentoriedad. Igualmente radica en la interdependencia, aquel aleteo de mariposa asiática que crea una tormenta a la distancia. Inicia aquí, estalla allá.
El corazón secreto del reloj, decía Elías Canetti. Braden propone hacerlo público, desarrollarlo personalmente, sentir intencionalmente, y así intervenir desde las conciencias los campos magnéticos de un tiempo real que avanza hacia la cita del inminente invierno dentro de dos más, hacia esos filamentos del centro de la galaxia que tocarán la Tierra otra vez desde hace 5, 125 años. Tocarse el corazón uno mismo, tocar el corazón de los otros: la estrategia propuesta para modificar el final. El mundo es un lugar tan misterioso que bien puede pasar.

Fernando Solana Olivares

Friday, October 30, 2009

PRESO EN MILÁN

Peripecias y reconocimientos componen el argumento de toda tragedia que sea completa, como la que sigue. Un hombre, adulto joven, investigador y docente en una universidad del interior, viaja a Italia para visitar a su mujer de esa nacionalidad y a sus dos pequeños hijos. Cuando baja del avión, cargado de regalos, es detenido, cumpliéndose así una denuncia penal que su mujer ha interpuesto contra él sin informárselo. Peripecias: el paso repentino de una situación a su contraria.
La esposa ya llevaba meses en su tierra, a la que había regresado huyendo de los maltratos del marido. Sería ocioso preguntarse cuán graves fueron éstos, porque sean los que hayan sido, eran. Y en el contexto de la disputa matrimonial hubo alcohol, la pócima necesaria para que el monstruo masculino despierte. Un dicho romano asegura que beber vino y no golpear a la mujer es como acudir a un circo donde no hay leones. Extraña simetría: el alcohol, la droga del ego, y la violencia contra lo femenino.
La tragedia trata de acciones, no de caracteres. De tal manera que la acción de este hombre habla por sí misma y lo condena. La dura ley. Además, preso en el extranjero. Ciertas versiones afirmaron entonces que la esposa estaba arrepentida de su denuncia y las consecuencias con ella desencadenadas. Pero la justicia no toma en cuenta que los estados mentales que determinan la conducta son transitorios: un solo acto determina la suerte de un sujeto.
Y éste fue encerrado en una cárcel que después de tres años de cautiverio llamaría “un verdadero infierno”, mediante una carta enviada a sus íntimos hace apenas unos días: “a los crueles suplicios de toda clase, como el estar atrapado entre los barrotes 22 horas al día, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, todo tipo de maldiciones, peleas, actos perversos, juramentos injustos, muertes ‘naturales’, innaturales, suicidios, angustia, soledad inconmensurable”.
Reconocimiento: cuando el personaje pasa de un estado de ignorancia al de conocimiento, y gracias a ese tránsito logra hacerse cargo de, o cuando menos comprender, su situación. Tal fue la causa por la que este hombre se declarara culpable ante el juez de los delitos que le imputaban. Esa actitud desconcertó a un alto funcionario universitario que viajó hasta allá para dar testimonio jurídico del buen desempeño laboral y público del investigador.
La carta mencionada confirma dicho giro, un tercer elemento de la trama, además de las peripecias y el reconocimiento: lo patético, la acción dolorosa que se representa. Rimbaud dijo: yo es otro. Este hombre dijo: yo soy culpable. Dicho comportamiento corresponde a lo que toda tragedia completa busca, la catarsis, la purificación de las pasiones del protagonista.
Aquella acción, purificarse, este hombre la asumió como una conversión al cristianismo. “El motivo de esta carta es muy simple: hacer eco a la voz de la esperanza. Estoy convencido que todos nosotros somos constructores inaplazables de un mundo nuevo”, escribe al comienzo de sus páginas manuscritas. Después cita un dicho árabe: “Si quieres trazar el surco justo sobre la tierra, apunta tu arado a una estrella”, para añadirle, devoto y antilírico: “Yo agregaría: esa estrella se llama Jesucristo”.
Amor, compasión, caridad, Ratzinger el teólogo, Tomás de Aquino, citas bíblicas y latinas, un místico de la tradición ortodoxa, dos beatos, uno de ellos vietnamita, entre otros términos salvíficos y hasta etéreos, componen la mayor parte de su mensaje, cuya tendencia metafísica y cuyo lenguaje directo le quitan tensión al tema, a pesar de la reiteración que hace: “ningún hombre está perdido”. Acaso es muy extramundano el dios que este hombre postula. Si lo viera como intramundano quizá describiría con detalles (peripecias) la experiencia de permanecer en una prisión extranjera por más de mil días y encontrar la presencia divina precisamente ahí. Pero a fin de cuentas afirmar esto resulta injusto, a un texto nada ajeno al mismo se le puede pedir.
Los maestros narradores promulgan que sobre el protagonista de un relato no debe decirse que está triste sino en vez de ello mostrar su aflicción. Que sin embargo el lenguaje tiene lógica propia y ésta resulta empecinada. Súbitamente así, sin anunciarlo, luego de exponer todas sus hipótesis de esperanza, la carta deriva hacia confesiones personales que no se extienden porque, según afirma su remitente, “parecería que escribo para llorar y desahogarme”.
Menciona brevemente a “amigos musulmanes”, desde luego a un sacerdote que lo conforta y a sus hijos, a quienes hace años no ve. Reitera su amor por amigos y familiares y se sube a su vehículo individual de fe cristiana ---por ahí la define exactamente: la fe es un hábito--- para cumplir el orden riguroso que tiene la tragedia. Cuando salga, porque saldrá, este hombre habrá ganado todo, habiéndolo perdido todo.
La gracia va hasta el final de las historias griegas, la sucesión de acciones, no de caracteres. Puede haber tragedia sin caracteres, pero nunca sin acciones. Este hombre está en su celda y desde ahí escribe una carta anunciadora, como si fuera el mensajero de una buena nueva. ¿Aceptaría pensarse que al enviarla él mismo, metafóricamente hablando, liberó su alma? ¿Que llegó hasta la cárcel para escribir esa carta? Toda tragedia deja cabos sueltos, vectores potenciales de historias que son otras historias.

Fernando Solana Olivares

Friday, October 23, 2009

ACCIÓN PLÁSTICA

Flaubert dijo que Ivêtot, pequeño pueblito normando, valía Constantinopla. El drama humano priva en todas partes. Como aquí, donde en el pequeño museo Agustín Rivera del INAH en Lagos de Moreno preséntase una exposición triple: “Los Helguera: una genealogía”, compuesta por esculturas del padre, Carlos Helguera; caricaturas del hijo, Antonio Helguera; óleos y dibujos del nieto, Julián Helguera.
Y la inauguración es un tumulto. El estrecho recinto del museo compuesto de dos salas rectangulares que terminan en un muro ciego hierve de gente. Mientras tanto, tres músicos al fondo de esa encrucijada, una viola y dos violines, están tocando un terceto de Antonin Dvorák, música elegida por Carlos Helguera, él mismo un consumado intérprete de ella, en una ocasión que cumple como homenaje a este hombre ya mayor que ha sido filántropo de la cultura en la ciudad por muchos años, trayendo de su peculio autores e intérpretes musicales muy ameritados.
Significa todo un ejercicio de silencio y quietud para quienes están de pie unos junto a otros, estudiantes universitarios sobre todo, todavía desmadrosos y no acostumbrados a estos asuntos: las inauguraciones. Junto al trío de músicos, compuesto por una mujer y dos hombres, está sentado el escultor, quien se observa, con cierto abandono que sólo es levedad, envuelto y transportado por los hermosos, expresivos sonidos. Detrás del homenajeado y los músicos sobresale el busto de don Agustín Rivera, el personaje que habitó la casa. Y le digo a mi mujer, quien permanece a mi lado:
---Mira, don Agustín está llorando.
Unos hilos líquidos corren de sus ojos, mojan las cuencas broncíneas del rostro y bajan por las mejillas. Mi mujer confirma que así es. Alrededor de nosotros: ella y yo, el homenajeado, los músicos y el busto de don Agustín, que llora lentamente, queda un escaso círculo de espacio libre. Todo lo demás, el reducido patio lateral y la escasa entrada, incluyendo la parte de afuera del edificio, vibra congestionado.
Asistir al acontecimiento requiere hacer un sacrificio. Las señoras copetonas de la aristocracia local se muestran un tanto desconcertadas, pues siendo fecha tan señalada no entienden cómo el lugar se atestó de pueblo estudiantil. Las costumbres de la tribu no se cambian y al fin, luego de veinte minutos y cuatro movimientos, termina la pieza de Dvorák para beneplácito de todos y se procede a la inauguración formal. Antonio Helguera se ha escondido en medio del tumulto, Julián Helguera está sentado en el piso como un jovencito más.
Procedo a reconocer los méritos de los tres expositores, hablo del heroísmo cultural de don Carlos, de su mecenazgo inusual, de su delicada galería de retratos escultóricos ahora a la vista del público, de la belleza del montaje, gracias a las soberbias piezas, en la sala que a continuación se abrirá. Digo que Antonio Helguera es un caricaturista ácido e implacable en la mejor tradición de la caricatura nacional, ese instrumento primordial de la conciencia crítica desde el siglo antepasado hasta nuestros días. Que hoy es un relator agudísimo de esta época sangrienta, desigual, autoritaria y estrambótica. Termino aludiendo la precoz maestría técnica de Julián, quien por primera vez expone, y cuyas obras hacen pensar en aquello de Molière: el artista nace sabiendo. Mil gracias a todos y Carlos Helguera corta el listón.
La tensa serpiente de gente se mueve con dificultad. Los estudiantes asaltan la mesa de bocadillos, de los cuales ya no habrá cuando al expositor se le antoje uno, y muy pronto se terminan las treinta botellas de vino previstas para el ágape ante el nada discreto asalto de los jóvenes y de otros festejantes. Quienes alcanzan copa brindan y comentan y chismean entre sí. El mismo número de gente representa un dictamen: qué éxito. A la gente le gusta la gente.
Aun aquí, tierra de godos, como afirma la conseja popular, parientes y enemigos todos. Este público que va formándose no parece estar enemistado, al contrario. En la sala de arriba resuenan carcajadas: las caricaturas de Helguera estremecen lúdicamente a los chavos, absortan a los grandes y epatan a los laguenses conservadores, nietos de cristeros. Los óleos de Julián llevan por tema un signo de la época: cuatro pasos de una pera en putrefacción. Y la sala de abajo, pululante de visitantes igual que la otra, montada como un escenario impactante y conmovedor de treinta y dos piezas de calidad memorable que confluyen en la acción plástica de los montajes: elaborar cajas mágicas, las cuales suspenden el tiempo del espectador porque intervienen el espacio que va a rodearlo.
Más tarde debió decírsele a la gente remolona y demorada que la ocasión había acabado. Desde entonces los lugareños no dejan de ir al museo a ver la muestra, cuya inauguración ---pueblo chico, comentario grande--- sigue mencionándose. Efemérides púdicas y discretas de una modesta escala. O cajas de resonancia: en Lagos se monta un espacio escénico y hasta ceremonial ---sin precisarla, pues es una ocurrencia que sería ocioso elaborar: algo tiene la sala de templo masónico---, y entonces el espíritu de la cultura, lo intangible, lo artificial necesario del arte se manifiesta, flota por aquí. Que Ivêtot valga tanto como Constantinopla. Tal barbaridad.
Misterio tremendo es el mundo, afirmaba el pensamiento medieval que tanto se nos parece: tanto para vivir asombrados, sólo mirando las cosas que ocurren unas tras otras como si cada día tuviera su propio afán, su propio significado. Como si cada día.

Fernando Solana Olivares