Saturday, June 10, 2017

FRAGMENTARIA

Felix culpa. Así le llama Mircea Eliade en el cuarto volumen de sus memorias, culpa feliz, a la “adoración” que sentía por Nae Ionescu, el famoso profesor rumano de lógica y metafísica de quien se convertiría en ayudante académico durante sus años universitarios, antes de viajar a India a fines de la segunda década del siglo pasado para escribir su célebre tesis doctoral sobre el yoga. La atenuante expresión proviene de una frase de san Agustín: “Oh, culpa feliz que mereció tal, tan grande redentor”. Esa adoración no sufrió ninguna mella ante la abierta propaganda que hacía Ionescu en favor del fascismo italiano y del nazismo alemán. Tampoco al convertirse en el ideólogo y valedor de la Legión o Guardia de Hierro, movimiento rumano ultranacionalista de extrema derecha responsable de bárbaras matanzas rituales de judíos, niños entre ellos, como la del 22 de enero de 1941 en el matadero de Bucarest, cuando los “místicos” asesinos cantaban himnos cristianos, “en un acto de ferocidad quizás único en la historia del Holocausto”, como observó un comentarista. Al filo de la navaja. En su cáustico y necesario libro de ensayos Payasos. El dictador y el artista (Tusquets, 2006), el escritor rumano Norman Manea explora aquello que llama la experiencia totalitaria: algo incomparable, escribe, una situación extrema cuyos límites siempre pueden extenderse y cuyo potencial maligno da lugar a una patología social cancerosa. Una sociedad no monolítica, aunque eso parezca, convertida en una prisión global construida por el Estado y por los mismos conciudadanos y caracterizada por la ambigüedad, la hipocresía, las máscaras y el artificio. Manea no olvida la tragedia totalitaria, así como tampoco la comedia totalitaria, pues considera que ambas son inseparables. Los saltimbanquis. Norman Manea nació en Bucovina ---una región de grandes escritores como Elías Canetti y Paul Celan--- y fue deportado a los cinco años de edad junto con su familia judía a un campo de concentración ucraniano. Regresó en la adolescencia a Rumania para vivir la utopía comunista de la cual muy pronto se decepcionó, y con ella el brutal esperpento de la dictadura de Ceausescu, hasta que pudo exiliarse en Alemania primero y después en Estados Unidos. El escritor, afirma Manea, es un caso extremo en una situación extrema como aquella de la experiencia totalitaria: se convierte “en el símbolo del callejón sin salida en el que se encuentra toda la sociedad”. De ahí que comparta la condición de saltimbanqui con la que Gustave Flaubert se veía a sí mismo: “la parodia del Gran Adversario es la revancha irónica que tiene el escritor”. El humor y la parodia: últimos recursos de la escritura. Las otras desviaciones. Manea subraya un apunte de Mircea Eliade hecho en 1936: “Me tiene completamente sin cuidado el que Mussolini sea o no un tirano (…). También me tiene completamente sin cuidado lo que le pase a Rumania cuando liquide la democracia”. Manea el ensayista practica un recurso ya promulgado por Karl Kraus: “ahorcadlos con sus propias citas”. Y las de Eliade en su periodo legionario podrían multiplicarse para ahorcarlo varias veces, por ridículas unas y repulsivas otras: “…esperamos nosotros una Rumania nacionalista, una Rumania delirante y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengadora”. Anótese entre ellas el grotesco ditirambo a la dictadura salazarista escrito en 1941 cuando Eliade fue nombrado agregado cultural de la legación rumana en Lisboa. El decir a tiempo. Norman Manea lamenta que el diario de Eliade carezca del dramatismo de la introspección para encarar un pasado controvertido que, a pesar de su contexto político e ideológico, lo había llevado a incurrir en equivocaciones ahora incomprensibles y entonces fatales. Quizá le pedimos demasiado a los muertos inolvidables de nuestra cultura. Sobre Eliade (y también sobre Cioran) flota, como señala un crítico rumano, la niebla negra de la derecha legionaria, sin que hubieran hecho nada para disiparla. Al rememorar su pasado y contarlo, el autor de Maitreyi no desmontó las acusaciones de fascista, de simpatizante nazi y antisemita que aún ahora se le hacen. ¿No podía hacerlo o no quería hacerlo? ¿Es la misma arrogancia silenciosa de Heidegger que nunca fue capaz de reconocer que la revolución nacionalsocialista lo “electrizó filosóficamente” porque la interpretó como una salida colectiva de la caverna platónica, y lo llevó a cometer, durante unos meses delirantes, errores inesperados en el gran filósofo? Decir o no decir, reconocer o no reconocer: he ahí el dilema póstumo de estos príncipes del pensamiento. Sobre el error. “¿Me contradigo? Está bien, me contradigo: contengo multitudes”, dice un verso de Whitman. Lo grande contiene lo pequeño y en la brillantez está la oscuridad. En esa proteica suma de opuestos reside la conciencia, aun aquella que por provenir de intelectuales consagrados se considera superior. Semivíctimas y semicómplices, como todo el mundo, los sabios se equivocan a menudo. Lo descorazonador radica en su negativa a reconocerlo. A pesar de ello, la obra de Eliade no ha perdido ninguno de sus méritos conceptuales, de su sabia erudición, de su civilizada indagación sincrética. Su historia es la misma de la democracia occidental y de sus rechazos: la tragedia de la modernidad. Manea acepta que Eliade difícilmente habría podido prever entonces las terribles consecuencias de sus opiniones. Aunque pudo hacerlo después y no lo hizo. El arrepentimiento (la metanoia) sólo tiene una ocasión. Fernando Solana Olivares