Wednesday, April 06, 2016

CUERPO MONASTERIO

“Cuando hice de mi cuerpo mi propio monasterio, abandoné el monasterio de la ciudad”. Estas líneas fueron escritas por Milarepa, el mago, poeta, ermitaño y sabio iluminado que nació en el Tíbet en 1040 y llevó la ascesis del renunciante y el esplendor del cuerpo hasta la vida simple de la cotidianidad. “Vivo en mi propio templo, en mi cuerpo”. La frase apenas audible la dijo Elena Gouliakova, una rusa extraviada en Monterrey que hace años llegó al país como maestra de patinaje en hielo y ahora vaga por las calles, duerme en cajeros automáticos, mendiga un cigarro donde puede y desconfía de su entrevistador. “Tú no podrás ser mejor que tu época ---pero, cuando mucho, serás tu época”, sentenció Hegel en uno de sus poemas de juventud. Si tal imperativo categórico es cierto, entonces en estos tiempos uno resulta ser esencialmente un cuerpo, porque hoy el ego es un ego corporal: la época radica en el cuerpo. “Los ancianos son asesinados. Las jóvenes son violadas. Y a los varones fuertes se les dan martillos, machetes y palos y se les obliga a luchar a muerte entre sí”, contó el operario de un cártel mexicano a la reportera Diane Schiller. La encarnizada semiótica del narco representa un código atroz cuya horrible grafía queda expuesta en los mancillados cuerpos de sus víctimas y enemigos. “Esencial: seguir el cuerpo y utilizarlo como guía. Es la gran razón”, consignó Nietzsche, el sagrado bailarín anticristiano que sentía una mayor agilidad muscular cuando su fuerza creadora fluía de manera más abundante. Aquel que aconsejaba dejar fuera del asunto el alma cuando su cuerpo estaba entusiasmado. Si toda persona, como afirmaba Montaigne, “lleva en sí, por entero, la condición de toda la humanidad”, entonces el cuerpo suma todos los cuerpos y todos hemos sido alguna vez Iskander derrumbando en India un elefante, la Sulamita pisando con pies de fuego aquella agua clara que esparció su amante o el torturado inerme ante el verdugo cruel. “Recuerda, cuerpo”, cantó el poeta Cavafis, para enfatizar que cualquier memoria del placer y del dolor representa un acto somático, como también lo supo Proust al iniciar su búsqueda del tiempo perdido con el cuerpo, a través del sabor de una magdalena y del aroma de una taza de té. Todas las religiones ofrecen un camino horizontal y al mismo tiempo otro cuya experiencia discontinua, visionaria y extática Erwin Goodenough denomina “camino vertical”. Involucra un proceso de ascensión síquica donde mediante ciertas disciplinas “el alma individual puede ascender al cielo” y el cuerpo queda atrás como un muñeco de trapo temporalmente abandonado. “Uno primero es irresistible, luego resistible, después horrible, a continuación invisible y al final se vuelve un lindo viejito”, ironiza Leonard Cohen para ilustrar la metamorfosis del cuerpo y su condición cosificada en estos días cuando predomina la mercadológica juvenilia, la patológica y patética compulsión doriangreyesca por parecer siempre joven ante los demás. El cuerpo es la cárcel del alma, aseguró un idealismo platónico debido al cual la doctrina eclesial cristiana lo condenaría durante siglos como sucio asiento del pecado hasta que el materialismo lo elevara a una narcisista divinización. En lugar de este costoso error cultural, Morris Berman propone “una nueva calidad, un nuevo cuerpo, una nueva historia y una nueva creatividad compartida por todos”, única posibilidad de salvación. Foucault denunció el “biopoder” del Estado moderno como un control autoritario de la política democrática sobre el cuerpo y la biología de los ciudadanos. Iván Illich habló de la “Némesis médica” como la venganza de la ciencia que medio mata a la gente en vida y afirma que su interés es la curación cuando está en la enfermedad. Fue Nietzsche quien supo advertir el advenimiento histórico de la divinidad atroz y la llamó Diosa de la salud. “El santo olor de la panadería”, escribió López Velarde en líneas imborrables. “Hay perfumes que en toda materia suelen hallar lo poroso: diríase que filtran el cristal”, dijo Baudelaire. Los dos versos involucran al cuerpo, ese templo del alma reverenciado como un noble vehículo por el pensamiento oriental. No como un fin en sí mismo, según propone la ignorancia occidental, sino como un medio para vivir a plenitud, en el dolor donde nos hacemos o en el placer donde nos gastamos, el misterioso milagro de la existencia. La unidad es doble: cuerpo/mente para entender. Fernando Solana Olivares

2 Comments:

Blogger ROBERTO EMMANUEL MARTINEZ SERRANO said...

Un placer leerlo sabio Maestro

9:18 PM  
Blogger ROBERTO EMMANUEL MARTINEZ SERRANO said...

Un placer leerlo sabio Maestro

9:18 PM  

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