Friday, August 10, 2018

VOLVER A MARGULES

La cultura es el diálogo de los vivos con los muertos, la conversación con los ausentes inolvidables que fundan la memoria común. Un libro de María Teresa Paulín escrito en la Sorbona y recién aparecido: El teatro depurado y sin concesiones de Ludwik Margules (Secretaría de Cultura, 2016), invoca y analiza al gran genio teatral muerto apenas hace unos cuantos años. “El teatro es dominio de personajes complejos”, decía Margules, refiriéndose no sólo a los caracteres dramatúrgicos sino a las circunstancias compuestas de las tantas cosas con las que el director de teatro debe trabajar. El libro de esta joven doctora, que se contó entre las últimas generaciones de sus alumnas, lee y desmenuza algunas de las poderosas bitácoras de obra del director polaco para reconstruir el mecanismo creativo y la poética teatral que llevaba a escena. En la reconstrucción de los polisistemas mentales del genio siempre hay un doble privilegio: verlos ahora mismo pero suspendidos en el tiempo porque ocurrieron ya. Dicha cercanía-distancia es de lo que se compone toda cultura abierta, la que está vinculada al mundo anterior y vive en tiempo presente. Cuando Margules montó Los justos de Albert Camus logró un hecho escénico conmovedor. Con suma desnudez, atenido sólo a lo esencial, sin ningún afeite ni decorado, colocando a los actores a escaso metro y medio del espectador, todos alineados contra una pared metálica mugrienta y un rectángulo de tiza sobre el suelo donde transcurre gran parte de la acción, la obra cuenta las horas previas al atentado que un grupo terrorista llevará a cabo contra el Gran Duque, miembro del gobierno del zar. Los conjurados discuten su participación en la historia a través del asesinato que cometerán, ventilan sus escrúpulos éticos (aunque no sobre el acto de terror mismo), confiesan sus miedos y defienden su ciega decisión. Todo ellos ocupan un universo puramente histórico. Camus llamaba hombre absurdo, “pecado sin Dios”, a quienes matan al otro debido al calor, como Mersault mata al árabe en El extranjero, o como estos terroristas, los justos-injustos dispuestos a hacer saltar por los aires con bombas homicidas a la aristocracia para conducir al pueblo a su forzada felicidad. Mirar tan cerca alguna cosa lleva a integrarse con ella. El metro y medio de distancia entre el público y los actores se disuelve, también desaparece la pared que el director utiliza como muro de fronda de la obra cuya iluminación es cruda y directa, no cuenta con utilería alguna, los actores salen y regresan para representar de espaldas a esa pared que la misma cercanía evaporó. El público, de escasas treinta personas, no está entonces viendo la escena: se vuelve parte de la misma, el hecho teatral no se está representando ante ellos sino que está ocurriendo con ellos. María Teresa Paulín consigna en su pormenorizado registro cómo Margules se propone mostrar el huevo de la serpiente del totalitarismo y el terror que sobrevendrán históricamente, hacer pensar y sentir al espectador que todo lo ocurrido en Rusia a principios del siglo pasado se volverá universal, que la utopía ya no será una realización positiva sino una posibilidad totalitaria. Esta escueta condensación teatral obtenida por Margules en Los justos, la penúltima de sus obras, es resultado de un proceso creativo que la autora con justicia llama depurado y sin concesiones. “El ornamento o el adorno van quedando afuera. Ahora busco nada más lo esencial. El ornamento es para mí todo lo contrario de la evidencia, aquello que lo enturbia”, dijo alguna vez el director como síntesis de su quehacer estético, un arte de la sustracción dirigido en primer lugar contra él mismo, luego contra los demás elementos del hecho teatral, contra los autores, la obra dramatúrgica y el escenario. El temperamental director proponía la transgresión de los límites interiores del actor y la desdramatización tanto del texto como de la representación escenificada para alcanzar la conmovedora supraverdad que el arte a veces llega a mostrar. Ludwig reiteraba que la superestructura del mal era el sentimentalismo. El arte de efectos, el arte kitsch esconde tal desviación en la que él nunca incurrió. Su autocrítica era despiadada. María Teresa Paulín ensaya sobre un autor de excepción, su maestro, así concluye una obra de naturaleza efímera como es el teatro, y la fija inobjetablemente en el canon cultural. Bendito sea Margules, con una obra que encuentra una exégeta así. Ferando Solana Olivares

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