Tuesday, November 04, 2008

CUARENTA Y NUEVE MOVIMIENTOS

Cada vez que tengo que hablar de lo que escribo me ocurre exactamente lo mismo: no sé qué decir. Si no me lo preguntan, lo comprendo; si me lo preguntan, no lo sé. Entre tantas tareas misteriosas para mí está la escritura. La frecuento desde hace muchos años, trato de serle fiel y mantenerme a su altura. No es un atributo mío sino al contrario, yo soy deudor de él. Cuando Joyce dijo: “Escríbelo, escríbelo, maldita sea, ¿acaso sirves para otra cosa?”, fijó los términos del trato fáustico que todo aspirante a amanuense debe aceptar: escribe, en lugar de vivir. Con el tiempo uno llega a entender que la escritura es otra manera, multiplicada y abundante, de vivir. Con el tiempo, acaso, uno llega a entender que la escritura conduce a la liberación interior.
Sólo por una razón: el pensamiento es lenguaje, y la escritura, cuando se logra, es lenguaje cargado de sentido a su máxima posibilidad, pensamiento puro. ¿Qué es la escritura? Como enseñaría Alfonso Reyes, antes que otra cosa una intención, una voluntad, y luego, aunque de hecho al mismo tiempo, un uso técnico del lenguaje, una constante frecuentación. Quien enseña a escribir es el mismo lenguaje cuando se convierte en pensamiento intuitivo y va educando a su practicante. El Logos se manifiesta en palabras, así que el lenguaje es espíritu: en dicha zona no lineal y de múltiples dimensiones suelen ocurrir otras formas de la didáctica y el aprendizaje.
O eso digo, para evadir el tema: hablar de lo que ya escribí. Pequeños gestos componen las cosas mayores, y el epígrafe de este libro, proveniente de una cita de Paul Válery, menciona aquella política de las cosas donde el espíritu crea el orden y también el desorden para procurar el cambio de la realidad. Sus textos son cuarenta y nueve, de ahí el título, y forman un mural de fragmentos cuyos contenidos versan sobre los cambios que introduce el espíritu en un contexto dado, contenidos que cronológicamente conciernen un poco al pasado y al futuro pero sobre todo al presente, a esta época sin síntesis, edad obscura, le llaman algunos, que nos ha sido dada para vivir.
Los cuarenta y nueve textos están escritos en diversos géneros: crónica, cuento, diálogos, nota periodística, estampas teatrales, ensayo. Esa condición múltiple no es deliberada: cada texto ocupa, según diría la remetaforización alteña, una manera de escribirse. Quien la determina no ha sido su autor sino lo que quiere contarse a través de él, su mera subjetividad o bien esa sustancia transpersonal llamada lenguaje.
La cifra de cuarenta y nueve, un cuadrado de siete, tiene la misma significación cíclica para el budismo tibetano que el número cuarenta para judíos, cristianos y musulmanes. Es el plazo que necesita el alma de un muerto para alcanzar su nueva morada, la terminación del viaje. Siete es el número, conforme a la antigüedad, del acabamiento cíclico y de su renovación. Por eso este libro, Cuarenta y nueve movimientos, termina con la mención de una pareja, sobreviviente de la cultura tardomoderna e integrante de esas retaguardias de ahora que serán las vanguardias de mañana. Como ese mañana ya está entre nosotros, dicha terminación es entonces un comienzo.
Diversos tópicos se ilustran, se narran o se ensayan en este volumen, que en su origen desmedido proviene de algo que fueron setenta y siete textos: la budiatría occidental y contemporánea, los ciclos de la tradición perenne, el orientalismo a través de ciertos autores recurrentes ---quizá el más citado es René Guénon, ese extraño hombre de vida integral y sencilla: el crítico lapidario de la modernidad---, la ingeniería espiritual, la meditación, el budismo zen, las sectas contrainiciáticas, las desviaciones contemporáneas, la cábala, la persecución cátara, el 11-S, el arte y la abstracción, el haikú, los beatniks, el budismo histórico, el chamanismo pagano, los contactos entre Oriente y Occidente, un par de pérdidas amorosas, algunos asuntos sobre el cuerpo. En fin. Y un protagonista cuyo nombre es B, el cual aparece y desaparece entre las páginas, cambiando de apariencia, de género, de tiempo y de lugar.
Sobre todo es un libro que aborda la espiritualidad desde una perspectiva diferenciada por movimientos, a la manera de una composición. O cuando menos eso intenta. O cuando menos eso dice su autor. Para saber en qué consiste preferí acudir a otro tipo de valoración, así fuera extraliteraria y esotérica, pues en estas cuestiones peco de soberbia gremial y mejor le hago caso a aquella recomendación de Ezra Pound: no tomar en cuenta la crítica de quien no ha fabricado, cuando menos, una obra de voluntad o capacidad equivalentes. El I Ching refirió hace dos años, cuando fue consultado, el hexagrama 30, Li, Lo Adherente, El Fuego, para definir lo que este libro pueda significar. No he terminado de entender el alcance de este oráculo y su cabal sentido, tampoco el de la mutación en la que deriva: El Oscurecimiento de la Luz. Sólo el tiempo me lo permitirá conocer, pues es en el tiempo donde estos diagnósticos ocurren. (...)
Invitación. El próximo martes 4 de noviembre a las 19 hrs. en la librería Rosario Castellanos del FCE (Tamaulipas esquina Benjamín Hill, colonia Condesa) se presentará este libro con otros más de La Escritura Invisible ---todo un contenido literario y editorial el nombre---, una nueva serie de escritura creativa publicada por Terracota. La entrada es libre. Los asistentes serán bienvenidos. Los lectores también.

Fernando Solana Olivares

1 Comments:

Blogger russoeternal said...

Yo estuve en la presentación de este libro, Lagos de Moreno Jal.

Excelente, continúo leyendo.

12:40 AM  

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