Friday, May 01, 2009

APUNTES EPIDÉMICOS

Uno. Cuenta una antigua historia que Dios y el diablo iban caminando juntos cuando de pronto vieron un objeto brillante tirado en el suelo. Dios lo recogió y dijo a su acompañante: “Mira, es la verdad”. El diablo le propuso entonces: “Dámela, que yo la organizaré”. Así la epidemia de influenza porcina, cuya verdad, de serlo, parece estar organizándose de manera contradictoria, interesada y parcial. Suficientes testimonios y análisis periodísticos demuestran que desde semanas atrás diversas autoridades sanitarias estatales y federales sabían de un brote patológico atípico que no correspondía al comportamiento conocido de la influenza estacional. ¿A qué obedeció la tardanza en anunciar la existencia de una epidemia y tomar las medidas del caso: ineptitud, indiferencia, cálculo político, rentabilidad instrumental? A lo de siempre, por desgracia: a la organización de la verdad.

Dos. Todos somos ingenuos ontológicos porque actuamos según la experiencia que tenemos del mundo. Y como el de estos días es apocalíptico, paranoico y cuasi terminal, un sentimiento de desesperanza y zozobra invade a la sociedad. Quizá entonces debamos recordar que plegaria viene de precaria, pues de pronto, tan frágil como es, la vida acostumbrada se suspende, se paraliza, se descompone, al modo de un vuelco intempestivo donde las dificultades de ayer apenas se transforman en las urgencias de estas horas. Antes, los problemas de la gente comenzaban por no poder estar en su casa; ahora, los problemas de la gente radican en la necesidad de encerrarse en su casa.
Tres. El científico Louis Pasteur afirmó que la causa de las enfermedades no son tanto los virus como la poca resistencia del individuo invadido por ellos. Y mucha de nuestra vulnerabilidad física se debe, antes que a los acontecimientos mismos, a la interpretación que hacemos de ellos. La célebre sentencia: “A lo único que debe temerse es al mismo miedo”, debe aplicarse al cuerpo-mente de cada individuo. De ahí que desde una perspectiva holística se afirme que el cuerpo tiene su propia manera de “conocer” por medio del sistema inmunológico, una manera paralela al modo de conocer del cerebro y vinculada a él. La “mente” del sistema inmunológico posee una imagen dinámica y tiene la tendencia a dotar de sentido todos los “mensajes” del medio, incluyendo virus y alergógenos. Si rechaza ciertas sustancias o reacciona violentamente contra ellas no es porque sean extrañas, como creía el antiguo paradigma, sino porque no tienen sentido, no pueden ser encuadradas en el orden del conjunto orgánico. El sistema inmunológico es poderoso y flexible, pero al estar ligado al cerebro resulta vulnerable ante las tensiones psicológicas. Estados de tensión mental como la paranoia, la tristeza y la ansiedad deterioran la capacidad del sistema inmunológico. Nos enfermamos por razones genéticas o ambientales pero también, y sobre todo, por causas psicosomáticas. Nos enfermamos por miedo, pues el sistema inmunológico de los tardomodernos está deprimido y neurotizado. La alegría cura, la serenidad y la confianza también.

Cuatro. Las plagas contemporáneas provienen de los universos concentracionarios, eugenésicos y productivistas donde se tortura cruel y brutalmente a los animales: antier el síndrome de las vacas locas, ayer la gripe aviar, hoy la influenza porcina. Cuando al sabio le preguntaron por qué comía vegetales en lugar de animales contestó que aquellos gritaban y sufrían menos. Al adquirir los derechos que la conciencia y el lenguaje otorgan, los seres humanos olvidaron sus obligaciones concomitantes: tutelar, proteger la creación y a los demás seres vivos, servir de vínculo entre lo de arriba y lo de abajo. Hoy solamente destruimos, y así nos va.
Cinco. La pregunta es la primera operación del conocimiento y la función del conocimiento es encontrar sentido. El sentido es una función psíquica que depende de la identificación e implica un sentimiento de pertenencia. Pero de pronto la realidad es tan hostil como ajena y las más simples preguntas no garantizan obtener ningún conocimiento, ninguna verdadera respuesta: ¿los funcionarios y los políticos están a la altura del problema?, ¿no son ellos parte del mismo?, ¿cómo confiar en quienes todo lo ocultan, lo manipulan y lo instrumentan?

Seis. Las catástrofes de las civilizaciones son el mecanismo histórico mediante el cual cambian las culturas. Esta catástrofe menor sin duda cambiará ciertas formas básicas, pues como diría Ken Wilber, “en lo oscuro y lo profundo hay verdades que pueden curar”. El peligro, entonces, está en la superficialidad, en creer que el infierno de los contagiantes son los otros, en aislarnos detrás de un cubrebocas y pensar que aquello que ocurre sólo sucede fuera de nosotros y nunca en nuestro propio interior. En perder esta oportunidad que toda crisis trae consigo, en menospreciar el diagnóstico personal que una alteración drástica de lo cotidiano puede significar.

Siete. Los jóvenes florentinos del Decamerón de Boccaccio que huyen de la peste representan una recuperación de la gramática de la pertenencia mutua tras la ruina de las formas políticas encarnadas por la ciudad, una gramática que sólo puede lograrse desde los órdenes pequeños, desde uno mismo y los suyos, desde uno mismo y los demás. En cualquier tiempo difícil y adverso se debe simplificar. Serenar la mente, ocuparla sin preocuparla, evitar el sentimentalismo y rechazar el miedo, ese tóxico inducido del control mental. El cuerpo, que es el templo de la conciencia, tranquilizado y dócil y flexible, entonces la seguirá.

Fernando Solana Olivares

2 Comments:

Blogger Un Hombre Común said...

Maestro,
Gracias por esta reflexión. Le leo y la releo como buscando sentido propio.
Espero poder construir ahora si, un puente para concretar el encuentro.
Carlo Bernal

7:50 AM  
Blogger Moy said...

Excelente. Muy buen post.

9:09 AM  

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