Friday, July 27, 2007

SALVEMOS A NALANDA

La librería Nalanda está ubicada, desde hace quince años, en el número 16 de la avenida Centenario, centro de Coyoacán. No solemos fijarnos en las fechas púdicas que silenciosamente cambian las cosas, pero a partir de 1992, cuando su propietario Fernando Díaz de la Serna abrió sus puertas, Nalanda contribuyó sustancialmente a una expansión de la mentalidad urbana ilustrada y puso al alcance de muchos un fondo editorial hasta entonces inconseguible en nuestro país, cuyos temas fundamentales: las tradiciones espirituales, filosóficas y religiosas de la humanidad, introdujeron a ciertos discursos, a ciertas prácticas y a ciertas sensibilidades en aquellas nociones milenarias de la interioridad y la conciencia que el ignorante positivismo intelectual de esas épocas desconocía y menospreciaba.
Si nosotros los modernos estamos condenados a recibir la iluminación mediante los libros, como asegura Mircea Eliade, hemos sido muchos los que gracias a esa librería recibimos beneficios determinantes: los tantos descubrimientos y confirmaciones que venían a llenar una demanda insatisfecha de textos espirituales serios fundados en la tradición perenne. Una verdadera literatura esotérica ---que nada tiene que ver con la que se conocía como tal, casi toda ella intelectualmente fláccida y emocionalmente enajenante--- en el sentido de la palabra griega “hago entrar”, que significa abrir una puerta, ofrecer a los hombres del exterior el ingreso en el interior de la naturaleza de la realidad, ha sido traída por Nalanda a miles de lectores desde hace quince años con un nivel de refinamiento y solidez conceptual sistemático, pedagógico y profundo, que llama a un asombro cultural lleno de agradecimiento. Doctrina de la aparición simultánea: los tiempos se vuelven complejos y se complican a la vez que se inaugura una pequeña librería que proveerá a los interesados de sólidos medios librescos, y luego existenciales, para cabalgar al tigre de la época y salvarse de ella.
Hoy Nalanda, cuyo nombre proviene de una legendaria universidad fundada hace milenios por el emperador hindú Asoka, está a menos de dos meses de cerrar definitivamente. Ha sido alcanzada por la crisis económica real, no aquella de los macroindicadores estatales o de la inmoral riqueza de los maharajás mexicanos, sino por la contracción del mercado interno, por los usureros intereses bancarios, por la hasta hoy imparable tendencia capitalista monopólica que pretende hacer del país un descerebrado Sanborn´s único y descomunal.
La librería requiere para salir a flote una inversión de dos millones de pesos: un pelo de gato para cualquier rico y una suma inconseguible para el noventa por ciento de la población. Cantidad que podría reunirse si diez personas aportaran doscientos mil pesos cada una o si veinte gentes invirtieran cien mil. Su heroico propietario ofrece saldar estas aportaciones mediante libros, si así se quiere, o celebrar el trato financiero que convenga a las partes. Y la disyuntiva ahora es urgente: o se paga a los proveedores editoriales o se paga a los bancos acreedores. ¿No habrá una persona adinerada y sensible que tenga un gesto de buen gusto, el cual será bien visto y socialmente celebrado, o al menos que se permita un capricho patricio de verdadera filantropía y decida salvar una empresa importante y culturalmente singular, empleando para ello una cifra que en la masa de su fortuna no haría ninguna diferencia?
No tardará mucho en saberse si el milagro sucede pues el tiempo que corre en contra corre más de prisa. Si Nalanda cierra se habrá perdido otro lugar de intercambio intelectual y de encuentro humano, equidistante a la angustia solitaria y consumista del centro comercial contemporáneo. Por lo demás, dicha iniciativa no es otra cosa que un pequeño formato, la acción de unos cuantos asumida con plena seriedad, a contracorriente del empobrecimiento cultural masivo que va sucediéndose entre nosotros cada vez más. De ahí que tales iniciativas resulten vitales (y si la política fuera coherente, de seguridad nacional) para el sistema inmunológico del pensamiento y la cultura, atributos irrenunciables de una sociedad abierta o en proceso de llegar a serlo.
El pesimismo realista de estas épocas crepusculares ---que el espectáculo mediático de la imagen plana y la magia tecnológica del consumo presentan al contrario, como si fueran instantes históricos brillantes--- sostiene que todo el desorden existente forma parte de un orden que no puede todavía considerarse hacia dónde va. Pues una edad de monjes copistas como la actual surgida desde hace décadas solamente puede indicar que la oscuridad avanza, que las mentalidades se hacen uniformes, que los monopolios engullen todo y el estado burocrático controla, y que las zonas de resistencia y memoria vuelven a estar entre los libros y en la creatividad personal.
Como se van las golondrinas se van todas las cosas para no volver. Entre los altos beneficios terapéuticos de Nalanda se encuentran textos diversos y coincidentes en que todo es transitorio, la regla universal. Sería ocioso resistirse a algo que termina. El punto es otro: virtuosos sitios culturales desaparecen por un horror económico ajeno a su verdadero valor social y sentido público, esas pequeñas estructuras de efecto multiplicador que transmiten y preservan el arte más viejo que se conoce: el arte de hacer hombres. A menos que un milagro suceda.

Fernando Solana Olivares

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