Friday, September 07, 2007

ACASO ASÍ

“El esfuerzo es realizador”, leo en un texto hindú del siglo IX. La frase me parece cargada de sentido, como si me estuviera ofreciendo una revelación. Tal vez es uno de los pequeños signos que muy temprano por la mañana convoqué presenciar el día de hoy. Esa técnica psicofisiológica se llama crear el día y consiste en decirse a uno mismo al final de la meditación, estando sereno y concentrado, que quiere trabarse contacto mental con el nivel subatómico de cada cual. Desde luego debe aceptarse que en dicho nivel existe una manifestación de la conciencia que también es parte íntima ---y quizá la más importante pues resulta la más pequeña y la más extraordinaria, y ahí es el lugar donde acaso resida aquello que se denomina el observador. Para decirlo tan claro como abstracto: ese nivel donde todos y todo somos Uno.
¿A quién le solicité esto? Si fuera creyente diría que a Dios, pero desde hace tiempo nada más creo en el valor de la intención formulada y sostenida en mi propia mente, y no en los ruegos dirigidos a ninguna instancia metafísica superior. Entonces venía contando que la frase leída me significa un instante especial, pues estoy convencido que tal lectura es una coincidencia. Dicha palabra, cuyo prefijo alude a cosas que ocurren juntas, la entiendo al revés del sentido dominante que ahora se le da. Por ese significado etimológicamente correcto ---que representa no lo arbitrario sino lo que ocurre bajo formas y razones no percibidas por nuestros sentidos--- fue que el filósofo Schopenhauer mencionó que todo encuentro casual es una cita.
Así me topo con la frase, como si estuviera esperándome para que incidamos juntos, para que coincidamos. Puede verse claramente que aquello que durante lo cotidiano se encuentra está en el orden de lo pequeño, pero también de lo inesperado. La técnica de crear el día no es otra cosa que la disposición a incursionar, desde la mente concentrada, en la física de las posibilidades sobre la vida diaria, en la física cuántica que constituye a cada quien. Acudo a un ejemplo que se utiliza en las teorías de la comunicación para aclararme: si pateo una piedra le transfiero energía, si pateo a un perro le transfiero información. El animal reacciona por su propio metabolismo e interpreta mi acción como un mensaje, en cambio la piedra rueda inerte hasta que agote la fuerza de mi patada y según las condiciones de la superficie donde está y de la forma que tiene.
Simplificando: así como los conceptos de materia y energía fueron determinantes para la ciencia y el pensamiento del siglo XIX, la tardomodernidad cibernética ya considera otros diferentes y complementarios: la configuración y la información. De tal manera pienso en aquella frase leída hace un instante apenas, el esfuerzo es realizador. Al meditar, lo cual significa hacer un esfuerzo mental y físico sistemático de silencio interior e inmovilidad, cambia la configuración de la mente y ésta puede pensar la información que permita hacerle conocer la técnica personal de crear el día. La mente se enseña a sí misma pues ---así suene esto a cualquier bombástica afirmación New Age--- está conectada con la totalidad de lo existente, la mente es manifestación de esa totalidad.
Hace tiempo que ya no discuto estas cuestiones con quienes solamente hablan de aquello que pueden ver, medir o contabilizar. La realidad se compone por muchísimo más que eso, hay muchos mundos y están en éste. Lo afirman los budistas, los caldeos, los poetas, los físicos cuánticos, los místicos, los hindúes, los hermeneutas, los neognósticos, los prestidigitadores, los neurofisiólogos, los jardineros. Lo afirma mi soberana imaginación. Acaso así es indispensable para enfocar sostenidamente la conciencia en un solo propósito. Tal sitio, la mente difusa, es el de nuestra desgracia humana: sostenemos en promedio la atención, la enfocamos en un objeto no más de entre seis y diez segundos. De tal forma que si se aprende a mantener fija la mente en una intención no obsesiva, que contenga sentido y moral, es posible para cualquiera crear el día.
Y estar dispuesto a percibir sutiles noticias provenientes del silencio, del nivel invisible donde la mente y el cuerpo también están y son. Coincidencias, sincronicidades, fenómenos inexplicables, paranormalidades. O el mundo de lo extraño, del misterio tremendo que quería la reflexión medieval. Algo, si se quiere, parecido a la técnica literaria de las epifanías: buscar instantes donde ocurren los pequeños milagros diarios. Cada quien debe hacer la lista de los suyos, que no son ensoñaciones ni deseos yoicos, sino esas inesperadas cosas que todos los días suelen suceder. Por eso lo pequeño es hermoso, según propuso un economista influenciado por el pensamiento budista al cual el capitalismo ignoró.
Hay otros requisitos para emplearse en la técnica de crear el día: aceptar que uno es lo que piensa; aceptar que uno puede suprimir, primero, y cambiar, después, lo que piensa, si realiza todos los días algún ejercicio estructurado que signifique intervenir voluntaria y psicofisiológicamente en el flujo de la conciencia. Paradojas, dificultades, simplezas, porque la mente se educa a sí misma pues es del todo plástica, porque la mente aprende a serenarse junto con el cuerpo, el cual se fortalece y sana. Coexistencia de posibilidades que luego se manifiestan como un guiño simple pero extraordinario donde encuentro una frase reveladora que me lleva al fantástico dios de las pequeñas cosas. Y me cautiva su circuito de retroalimentación.

Fernando Solana Olivares

1 Comments:

Blogger Z o y r e said...

Hola, saludos.

No vaya a dejar de escribir.

Lo que escribe es importante.

Lo leo

12:15 AM  

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