Friday, August 16, 2019

LA ÚLTIMA LLAMADA

O la naturaleza a punto de desatar sobre nosotros la catástrofe merecida, esa amarga partera de las transformaciones humanas drásticas, entre las cuales está la extinción. En 2001, hace tantos y a la vez tan pocos años, un destacado grupo de científicos integrantes de varios programas internacionales de investigación global declaró que la Tierra funciona como un sistema único y autorregulado, un organismo vivo formado por componentes físicos, químicos, biológicos y humanos, cuyas interacciones y flujos de información son complejos y variables en sus múltiples planos espaciotemporales. Ya en 1785 el geólogo James Hutton había descrito a la Tierra y su biósfera, esa delgada capa esférica de tierra y agua envuelta por la atmósfera, como un sistema que se autorregulaba. En 1877 T. H. Huxley, abuelo del escritor de corta vista pero profundo vidente Aldous Huxley, externó una hipótesis similar. Pocos años después el ruso Vladimir Vernadsky afirmó que la biosfera funcionaba como una fuerza creadora de un desequilibrio dinámico que impulsa la diversidad de la vida y mantiene el tejido interactivo de los organismos vivos, como aquella profusa trama de intercambios, dependencias y vínculos que un filósofo griego había llamado “la poética del conflicto”. En la década de los setenta, entre la indiferencia de gran parte de la comunidad científica convencional y el rechazo de los intereses nihilistas del capitalismo salvaje, el científico James Lovelock popularizó el nombre de Gaia, numen de la diosa madre Tierra en la mitología griega, sugerido por el escritor William Golding, para designar un ser vivo de magnitudes y complejidades colosales que posee una conciencia, una mente, como dirían los sabios antiguos, capaz de mantenerse en homeostasis (un equilibrio dinámico que se regula a sí mismo, facultad de los organismos vivos). Capaz de tomar decisiones. El crecimiento numérico de los seres humanos y la revolución industrial han afectado al planeta como una enfermedad, escribió James Lovelock para explicar el estado de las cosas: “Igual que en las enfermedades humanas, hay cuatro posibles resultados: destrucción de los organismos invasores que causan la enfermedad; infección crónica; destrucción del huésped, o simbiosis, el establecimiento de una relación perdurable mutuamente beneficiosa entre el huésped y el invasor.” Ésta última cada vez parece más irreversible y fatalmente lejana, pues requiere terminarse, cambiándola radicalmente, la actual etapa terráquea del Antropoceno (o Capitaloceno, como pide un pensador que con justicia se denomine, dado que el capitalismo es su causa eficiente). Al modo de una carrera desesperada que va perdiéndose metro a metro, nuestros sistemas mentales impiden que veamos más allá de las estructuras humanistas, antropocéntricas y cristianas que constituyen las civilizaciones occidentales, todas fundadas en la violencia y la ruptura con la naturaleza. El predominio del pensamiento reduccionista ---aquel que hace la disección analítica de algo hasta sus componentes más pequeños sin comprenderlos del todo y después procede, como un doctor Frankenstein, al reensamblaje de las partes---, ha permitido grandes avances en física y biología, pero representa solamente una parte de la ciencia y no su totalidad. Lovelock en cambio adopta una perspectiva holística que entiende el todo como algo mayor a la suma de sus partes, y las estudia desde fuera y en funcionamiento como integrantes de un conjunto. Del pensamiento reduccionista se deriva la cada vez más destructiva y violenta visión cerrada de la Tierra, propia de esa segunda naturaleza humana que constituye la cultura. Adán y Eva fueron expulsados de su pertenencia a la naturaleza, de un amor y empatía, como los llama Lovelock, evaporados al perdernos en la vida urbana. Ya Sócrates opinaba que fuera de los muros de la ciudad no pasaba nada. Por eso autores como Subirats enseñan que nuestra civilización es violenta en cuanto separa al sujeto del objeto, violenta por la uniformización teológica del cristianismo, por su origen mitológico y el orden patriarcal que justifica, violenta por su misógino menosprecio antropocéntrico a Gaia, la matriz original. Violenta por su equivocada consideración de la naturaleza como algo mecánico e inerte. No fue Dios quien murió entre nosotros sino la Diosa, asesinada por aquel. De sobrevenir la catástrofe ecológica planetaria la amenaza no será para la Tierra misma sino para la especie humana. Esa delgada capa esférica de tierra y agua poderosa y frágil que ha sido hogar de los seres humanos hasta ahora, cuando la hemos destruido para acercarse a un final catastrófico que podría darse en 2050, según advierte la ONU en su último informe climático, si esto sigue como hasta ahora irreparablemente va. En tres décadas más, cuando mis dos nietos tengan casi cuarenta años y la generación de sus abuelos y padres ya no esté por aquí. La estupidez líquida de los tiempos terminales convocó el final. ¿Cuál será su evitamiento, su salida? ¿Los hay? ¿Los desastres parciales, las conciencias repentinas, los milagros súbitos? De la Tierra no se encarga esta divinidad. Fernando Solana Olivares

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