Friday, September 20, 2019

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

El genio particular de Marcel Schowb (una especie de simplicidad espantosamente complicada, según lo definió Rémy de Gourmont) evoca en La cruzada de los niños la peregrinación que en 1212, entre la cuarta y quinta cruzada, hicieron miles de niños de Francia y Alemania para rescatar el Santo Sepulcro inspirados en un versículo del Evangelio de Lucas: “Dejad los niños venir a mí y no se los impidáis; porque de tales es el reino de Dios.” Los niños de entonces fracasaron, muchos fueron muertos, otros perecieron en el mar, algunos sobrevivieron para ser esclavizados. Roguemos porque los de ahora triunfen, pues de no ser así quién sabe qué nos espera. Los primeros niños actuaron determinados por la fe, y el papa Gregorio IX habló de hacerles un monumento expiatorio, la santa iglesia de esos inocentes. Los niños de estos días se ponen en movimiento ante la catástrofe tocando a la puerta del planeta. Su mantra es terminal, harto inquietante: “La casa se quema”. Y se erosiona, se deforesta, se contamina, se destruye, se inunda, se sella. Quién sabe cuánta fe generacionalmente tengan, en qué metafísica crean estos niños adolescentes de la última cruzada. Más bien pareciera que entienden intuitivamente el como si ante las cosas y actuaran en consecuencia. Sistema de signos, semiótica de la última hora. Fue una joven activista sueca de dieciséis años, Greta Thunberg, quien inició en Estocolmo las protestas mundiales de niños y jóvenes ante el calentamiento global y por extensión ante el capitalismo salvaje, el capitaloceno depredador de nuestra civilización que destruye más de lo que construye, que construye destruyendo, pues es abstracto, o sea, financiero: sólo hace dinero y busca rentabilidad. La primera cruzada fue un abuso histérico de la interpretación religiosa, esta segunda actúa por dramática y última necesidad. Hace todavía poco tiempo, las visiones apocalípticas eran ignoradas. Como la mayoría desconoce el estado real del mundo, las gentes buenas confían en un giro positivo del destino logrado por la tecnología. Optimismo funcional. Otros repiten, al modo de una profecía auto cumplida, que las cosas pueden terminar. Las niñas y los niños adolescentes, último recurso social, entran en escena. Un aforismo de Soren Kierkegaard, citado por la inclasificable Chantal Maillard, cuenta de un payaso que interrumpe la obra para informar a la asistencia sobre un incendio tras bastidores. Los espectadores ríen y aplauden. El payaso hace aspavientos, da gritos perentorios y el público se divierte aún más. “Así creo que se irá a pique el mundo ---escribe Kierkegaard---, en medio del júbilo generalizado de las sabias cabezas que creen que se trata de un chiste.” Enzensberger retrata lo mismo en el hundimiento del Titanic: la orquesta que sigue tocando con el agua llegándole al cuello. Y diría Sabina, rasposo juglar: “Que el fin del mundo nos pille bailando”. El sistema de pensamiento que provoca una crisis no puede ser el instrumento para resolverla. Ergo, debe cambiarse el modo de pensar. Acaso, cuestión más simple, debe aprenderse a pensar. Ya no a calcular. Mientras estas líneas se van escribiendo, el monte vecino cuajado de agaves es trabajado por una veintena de peones que colocan fertilizantes y pesticidas al pie de cada planta. El cultivo depredador ha matado todos los peces en la pequeña presa de la abadía y de otros incontables cuerpos de agua en la región, ha suprimido fauna y aniquilado flora endémicas. Después de cinco años de explotación intensiva, estas tierras serán un desierto. Pero en la patología capitalista, en su mundo al revés el proceso destructivo se contará positivamente como producto interno bruto y el alquiler mortal será visto como una buena tratada por sus propietarios. Aunque postrera, pues no habrá otras más. Aún el ganador de este cálculo voraz habrá perdido: la casa es común. La destructiva cultura alcohólica y el cortoplacismo capitalista del tiempo que invariablemente pareciera terminar hoy. Es ante esta capitulación del usuario terminal de sí mismo sin futuro, que Greta Thunberg, con otras jovencitas como la latinoamericana Alexandria Villaseñor y la mexicana Xiye Bastida (y tantos cientos de miles más en el planeta), protestan ante los líderes políticos y los centros de poder demandando un cambio radical: la sustitución de energías fósiles por energías limpias antes de que la catástrofe sea irreversible. El espíritu del mundo, decían los antiguos, para indicar fenómenos que iban más allá de las personas, eran colectivos y un signo de la época donde surgían. Ninguna líder más inopinada, menos previsible que la joven sueca a quien el espíritu del mundo escogió para hacer conciencia en el planeta sobre uno de los dos problemas que definirán la continuidad de la especie humana, la catástrofe ecológica (el otro, tanto o más urgente que aquel, es el de la inteligencia general artificial: un espanto como posibilidad). El 27 de septiembre Greta Thunberg hablará ante la ONU. Las grandes cosas exigen decirse con grandeza, pedía Nietzsche: cínicamente y con inocencia. Grandeza terminal hay en la frase: la casa se quema. Fernando Solana Olivares

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